Mi?rcoles, 04 de junio de 2008

Documento final de la XVIII Sesión plenaria del Pontificio Consejo para la Pastoral los Emigrantes e Itinerantes, celebrada en Roma del 13 al 15 mayo sobre el tema “La Familia Migrante e Itinerante”, del que transcribimos algunos puntos.




CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PASTORAL
DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES

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XVIII Sesión Plenaria
(Roma, 13 – 15 de mayo, 2008)

Tema: La Familia Migrante e Itinerante


Comunicado Final


“El futuro de la humanidad se fragua en la familia” (Familiaris consortio, 86). Por este motivo, el compromiso de la Iglesia en favor de las personas migrantes e itinerantes incluye la familia, “lugar y recurso de la cultura de la vida y del verdadero amor, y factor de integración de los valores” (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada del Migrante y el Refugiado, 2007). La familia es “la unión de vida y de amor, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer” y representa “un bien insustituible para toda la sociedad, que no se debe confundir ni equiparar a otros tipos de unión” (Benedicto XVI a los participantes en el Forum de las Asociaciones de Familias, 16 de mayo, 2008).
La familia es el camino de la Iglesia, y la pastoral que se dirige a las familias de los migrantes e itinerantes se propone su integración (que no es asimiliación) y/o cohesión. A veces, mantener unida la familia, o reunificarla, es un objetivo fundamental, pues sus miembros podrían llegar a separarse debido a la distancia o a la desintegración de la familia.


Atención pastoral a las familias migrantes


Durante esta Sesión Plenaria se examinaron los elementos necesarios para realizar un programa eficaz de atención pastoral a la familia en el contexto de la migración y la itinerancia, y se afirmó que la última Instrucción de la Santa Sede sobre la Migración, Erga migrantes caritas Christi (EMCC), constituye un claro impulso para esta misión pastoral. Nuestro ministerio debería permitirnos estar en comunión, ejercer la misión y, lo más importante, ser pueblo y familia de Dios.


La familia de los emigrantes e itinerantes


Al seguir las directrices para la pastoral contenidas en el Documento arriba mencionado del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, aprobado por el Papa Juan Pablo II el 1º de mayo, 2004, debemos prestar una mayor atención a las familias de los migrantes e itinerantes que, por definición, experimentan con mayor frecuencia una separación temporal corta o larga, según las circunstancias. Cuando una persona migrante o itinerante se encuentra lejos de su patria, y el cónyuge debe afrontar solo la atención y la educación de los hijos, esto la lleva, en cierto modo, a descargar en el otro las responsabilidades de los dos. Esta situación puede causar tensión en la familia. Y podría también producirse una ruptura permanente, si el que ha dejado el hogar establece relaciones esporádicas con otras personas o una sola relación permanente. Esto puede menoscabar las relaciones con la familia que ha permanecido en el país de origen. Se trata, pues, de un reto para las familias mismas, y también para los que les prestan asistencia pastoral.

Una espiritualidad de comunión, de unión y de solidaridad ayudará, decididamente, a los cónyuges y a la familia, a afrontar mejor los dolores y las penas de una separación temporal: si esa espiritualidad se mantiene viva mediante la oración y la comunicación, ayudará a superar las tentaciones de una separación permanente.

Muchas familias, o una o más personas de una misma familia, emigran porque no pueden vivir con dignidad en su propio país y sociedad. Buscan un trabajo que los hace desplazar para mantenerse y mantener a sus familias. En especial, los migrantes indocumentados e irregulares abandonan su país dejando la propia familia, con la intención de enviar dinero a casa. Puesto que todas esas personas constituyen un recurso para las sociedades donde trabajan, a pesar de su situación jurídica, es justo que se busque una solución para su problema de separación temporal o prolongada de la familia.

Esto se puede hacer, en primer lugar, estimulando la reunificación de las familias en los países receptores. Sin embargo, dichos países están limitando siempre más este proceso, y la separación de las familias tendrá consecuencias a largo plazo. Se sugiere, por tanto, realizar un estudio para ver cuáles son las consecuencias psico-sociales y calcular si llegan a contrarrestar los beneficios económicos. Con este objeto, los participantes en esta Sesión Plenaria apoyan a las Conferencias Episcopales que, cumpliendo su función profética, llaman la atención de los respectivos gobiernos para que examinen detalladamente y corrijan sus políticas de inmigración.

La visión, por parte de la opinión pública, de la integración o la no integración de los migrantes, tiene un papel importante en la elaboración de las políticas de migración, especialmente por lo que se refiere a la posibilidad de recibir o rechazar a los miembros de las familias. A este respecto, sería importante dar a conocer los programas de la Iglesia de acogida a los migrantes, en especial la atención espiritual y social que presta, así como su trabajo de abogacía y mediación, especialmente en los principales países de destino. Es necesario, igualmente, estudiar y desarrollar marcos jurídicos mejores - tanto a nivel internacional como nacional - con el objeto de que las sociedades puedan ofrecer auténticas posibilidades de integración (lo que no quiere decir asimilación), de rehabilitación para los que regresan y de estabilidad social y cohesión, tanto para los ciudadanos de los países receptores, como para los intinerantes y migrantes y sus familias. A este respecto, es necesario crear una conciencia y recordar que la integración no es un proceso que va en una sola dirección.

La cuestión de la separación de los miembros de la familia se podría abordar también, examinando la raíz misma de las causas de la migración y de la itinerancia, y el papel que tiene el desarrollo para encontrar las soluciones. Si las personas no emigran, o regresan para estar con sus familias, porque ha aumentado el nivel del desarrollo en el país de origen, se podría evitar la separación de las familias y la reunificación podría realizarse en el país de origen. La Iglesia hace un llamamiento claro y constante, a nivel nacional e internacional, sobre la necesidad de examinar las causas fundamentales de la migración, y el papel que puede desempeñar el desarrollo. En efecto, las personas deben tener derecho de no verse obligadas a emigrar para lograr su completo bienestar. La ayuda para el desarrollo legitimo es, por tanto, fundamental para lograr la armonía y la paz en la arena internacional.

La Iglesia tiene un papel importante en la defensa del “derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral favorable al desarrollo de la personalidad del niño” (Centesimus annus, 47), así como en la promoción de los numerosos derechos sociales relacionados con la situación de la familia de los migrantes y los itinerantes.


Problemas relacionados con la migración


Existen dos métodos fundamentales que se deben utilizar en la cura pastoral de las familias migrantes. El primero consiste en prestar asistencia a la familia para que mantenga la cohesión, y el segundo, en hallar las maneras de ayudarle en el proceso de inculturación (encarnación en las distintas culturas), que está estrechamente vinculado a la integración. Esto implica un diálogo que lleve a comprenderse mutuamente. El diálogo intercultural se realiza entre los pueblos de diferentes nacionalidades, religiones, denominaciones o incluso “ritos”.

Aún más, se podrían producir tensiones entre los cónyuges, o entre los padres y los hijos que parecen captar la inculturación con mayor rapidez que sus padres. En general, un método pastoral para ayudar a la cohesión familiar podría consistir en crear grupos de apoyo para los padres en las familias donde no se sabe bien la lengua del país receptor. Esto garantizaría la comunicación entre padres e hijos y con otras personas, por ejemplo con los maestros y asistentes sociales, así como con los agentes de la pastoral que prestan asistencia a las familias de los migrantes. De este modo, se facilitaría también su integración social.

El proceso de inculturación incluye, desde luego, programas en los que se facilita el aprendizaje del idioma del país receptor y, al mismo tiempo, se ayuda a que los hijos del migrante no olviden la lengua materna. Los programas de los consultorios matrimoniales en el idioma de origen pueden ayudar también a la cohesión familiar cuando la tensión es una amenaza para la estabilidad del núcleo familiar.

Los conflictos entre las generaciones son frecuentes, especialmente cuando se trata de los usos y costumbres del país que recibe. Otra fuente de dificultades es la educación católica de los hijos de los inmigrantes en los países de acogida, pues implica gastos para la instrucción que los migrantes ignoran. Todo lo que se haga para ayudar a los migrantes en el campo de la educación es un válido instrumento pastoral.

A las mujeres se les debería dar la oportunidad, en todo caso, de educar a sus hijos personalmente y, por tanto, la posibilidad de no trabajar si lo desean, sin sentirse obligadas a buscar un trabajo para aliviar la situación económica de la familia.


Tráfico humano y migrantes indocumentados



El tráfico de mujeres y niños, especialmente, y la situación de inmigrante indocumentado o irregular, son otros desafíos pastorales a los que la Iglesia debe responder. Ella puede sostener programas de protección para las víctimas del tráfico humano, eventualmente con miras a reintegrarlas en sus familias, así como proyectos de asistencia para regularizar las situaciones ilegales de los migrantes. No podemos dejar de insistir en que los migrantes son personas que tienen una dignidad humana, sea cual fuere su nacionalidad, cultura o situación jurídica. Sus derechos humanos han de ser protegidos.

La integración de los migrantes en el mercado del trabajo local requiere por lo general un proceso lento, si no están especializados. Con frecuencia, los inmigrantes se ven obligados a aceptar toda clase de trabajos, a veces dejando a sus hijos solos, u ocupados en un trabajo de menores. La atención a las condiciones de los recién inmigrados, los programas de asistencia económica y, especialmente, los servicios de ayuda para encontrar trabajo, son también instrumentos poderosos para la pastoral, sin olvidar lo que es específicamente pastoral.


Durante todo el ciclo de la vida


Las familias, incluso las de los migrantes e itinerantes, son particularmente sensibles respecto a dos acontecimientos en el ciclo de la vida: el nacimiento, y el fin de ésta, la muerte. El matrimonio está estrechamente relacionado con el primero. Las nuevas mentalidades y conceptos referentes a la religión, al matrimonio y a la familia, vinculadas al relativismo y al sujetivismo, circulan actualmente y condicionan también el comportamiento de los migrantes y los itinerantes. Es importante que la Iglesia dé una respuesta válida a las nuevas ideas, incluso para proteger las culturas de origen de esas personas.

Ella debe pronunciarse sin temor, y con un lenguaje expresivo e imágenes claras, contra todo aquello que puede suceder en los varios países; explicar con precisión su postura respecto a las cuestiones de ética que bombardean a las familias, hoy, y utilizar palabras acertadas al dirigirse a los media y a los gobiernos.


Nacimientos



Los estudios sobre las tasas de nacimiento de las familias migrantes en los países receptores han mostrado que, aunque en un principio son superiores a las de la población local, con el tiempo tienden a adaptarse a las del país de acogida, con la utilización de los métodos que allí se practican. Así pues, aunque en algunos países receptores se acostumbren la contracepción y el aborto, se debería responder a esto, entre los migrantes e itinerantes, mediante programas que promuevan la planificación familiar natural y un reexamen de importantes documentos conciliares y pontificios como Gaudium et spes y Humanae vitae.

La pastoral de los hijos que han nacido en un país distinto al de sus padres está, desde luego, estrechamente vinculada a la administración del Sacramento del Bautismo y a la preparación de las familias. Conocer las costumbres de los países de origen debe ser algo imprescindible para los ministros de la pastoral en su asistencia a las familias de los migrantes e itinerantes. Es bien sabido que la Iglesia proporciona una cura pastoral específica a la primera y a la segunda generación de migrantes, mediante la presencia, si es posible, de capellanes y agentes de pastoral del mismo idioma y cultura de los migrantes.


Matrimonio


El respeto por las costumbres del matrimonio de los recién inmigrados, la asistencia para su preparación y la ayuda para facilitarles el matrimonio sacramental, así como el respeto a este Sacramento, entre los itinerantes, constituye un método pastoral importante.

Existe una relación intrínseca entre el matrimonio, la familia y la Eucaristía. El vínculo fiel, exclusivo e indisoluble que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su expresión sacramental en la Eucaristía, corresponde al dato antropológico fundamental según el cual el hombre debe estar unido de modo definitivo a una sola mujer y viceversa (Sacramentum caritatis, 28; cf. Benedicto XVI a los participantes en esta Sesión Plenaria, 15 de mayo, 2008).

La religión, la tradición y la cultura son aspectos importantes que se han de considerar en los matrimonios entre personas de distintas religiones y denominaciones cristianas y de distintos ritos católicos. Respecto a estas varias formas de matrimonio, Erga migrantes caritas Christi da directrices precisas.

Es urgente, igualmente, hacer hincapié - en la catequesis y en la formación teológica - sobre la necesidad de preparar a los católicos a afrontar los desafíos que se presentan a las familias implicadas en la movilidad humana, especialmente en los matrimonios interreligiosos. Habría que despertar en las personas una profunda conciencia de su identidad religiosa, y formarlas en la extraordinaria riqueza y belleza del concepto de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia.

Las mujeres católicas casadas con no cristianos, especialmente con musulmanes, deben recibir apoyo por parte de la comunidad cristiana local, por difícil que sea, mediante encuentros de grupos de mujeres casadas, o de algún otro modo, por ejemplo, a través de contactos con los movimientos eclesiales y las asociaciones católicas de laicos. El apoyo comunitario es cada vez más importante en la sociedad actual.

Los migrantes y los itinerantes deben estar preparados para dar testimonio y proclamar la Buena Nueva, así como para dar buen ejemplo en ambientes “hostiles” a la familia. Los jóvenes han de ser formados para que sean capaces de tomar decisiones a largo plazo y para toda la vida, como la de formar una familia. Es preciso, en efecto, prestar una especial atención a la juventud, porque es el futuro de nuestras familias.


Muerte


En el otro extremo del ciclo de la vida, la experiencia de la muerte, para las familias de los migrantes, es siempre difícil. Puede tratarse de la muerte de seres queridos en el país de origen, o, con menor frecuencia, de la muerte de algún miembro de la familia en circunstancias poco comunes. La atención pastoral tendrá que consistir en consolar en el dolor y en ayudar a comenzar una nueva etapa de vida a las viudas o viudos.


Métodos pastorales


Un programa de pastoral de acogida es quizás el mejor instrumento que la Iglesia puede utilizar para las familias en el contexto de la migración. En una sociedad nueva todo es distinto: el idioma, la cultura y las costumbres. Sin embargo, hay algo que permanece constante: la Iglesia, y esto es importante en medio de los enormes cambios a los que se ven sometidos los migrantes. La Iglesia puede constituir para ellos una poderosa protección, siendo su abogada en la sociedad receptora. Es necesario, sin embargo, subrayar que la actividad pastoral no debe limitarse a prestar un servicio social o terapéutico, sino que ha de asumir una dimensión trascendental, católica.

La cultura de acogida debe comenzar en el punto de contacto más frecuente, a saber, la parroquia local, teniendo en cuenta, desde luego, la cura pastoral específica que prevé el Magisterio y que está confirmada en la Instrucción Erga migrantes caritas Christi. Es muy importante la buena acogida y aceptación de la población local a los migrantes. Esta actitud ayuda a la pastoral familiar. Teniendo en cuenta la situación de división familiar, temporal o permanente, posible o real, y muchos otros problemas de orden social, cultural, religioso, económico y jurídico, es un imperativo establecer una pastoral familiar en las Iglesias de origen y de destino.

Dicha pastoral familiar tiene que realizar un diálogo con los migrantes e itinerantes para conocerlos y saber cuál es la vida que llevan y cuáles son sus condiciones de trabajo. Dicho diálogo revelará su verdadera situación en el ámbito de la pastoral, sus necesidades prioritarias y las maneras de dar una respuesta eficaz a su situación. A través de este mismo diálogo, será posible elaborar una auténtica pastoral familiar. Sin él, la respuesta pastoral podría ser mal dirigida e irrelevante.

El diálogo para reconocer y practicar la reciprocidad en el campo de la libertad religiosa (véase EMCC 64) es una tarea que exige respeto mutuo, apertura, persistencia y determinación. Promover y garantizar esta reciprocidad es una responsabilidad primordial de las personas que toman las decisiones a nivel nacional e internacional. Con tal objeto, es indispensable el diálogo, la solidaridad y la colaboración entre los Estados. Sería necesario que las Naciones Unidas actuaran con determinación respecto a este problema, de acuerdo con la Declaración Universal de Derechos Humanos.

El diálogo entre las Iglesias de países/regiones de origen y destino, que tradicionalmente tienen “relaciones” - con la participación del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes cuando es necesario - debería fortalecerse y facilitarse. No hay que olvidar que cuando los derechos humanos y laborales de la persona migrante o itinerante son salvaguardados, esto tiene repercusiones positivas también en su vida familiar.

Tanto la Iglesia de origen, como la de destino, tienen que trabajar en comunión y en solidaridad para dar la posibilidad a los migrantes e itinerantes de ser ellos mismos evangelizadores. Así, en las Iglesias de los países de acogida, ellos podrían seguir un programa especial de catequesis y recibir una formación en la fe y bíblica. Pero, con relación a este mismo tema, es importante la formación de agentes de pastoral: sacerdotes, religiosos/as y laicos, que puedan seguir efectivamente la vida de los migrantes e itinerantes y de sus familias. La formación, en este campo debería estar incluida también en el programa de estudios de los seminarios mayores y en el de las casas de formación de las congregaciones religiosas.

Los movimientos eclesiales, los grupos de fieles laicos y las asociaciones de familias católicas pueden ser un buen punto de apoyo para las familias de los migrantes e itinerantes, y asistirlos individualmente para que mantengan y profundicen su fe, fortaleciendo, al mismo tiempo, los vínculos familiares.

Por lo que se refiere a los migrantes, se mencionaron tres situaciones particulares en el mundo: el Oriente Medio, África y Rumania. En este contexto, se afirmó que las Conferencias Episcopales Nacionales podrían elaborar sus propios “Directorios” nacionales, fundados en la ya mencionada Instrucción EMCC, publicada por este Pontificio Consejo.


Proposiciones


• que el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes celebre una Sesión Plenaria, o por lo menos un Simposio, sobre los “matrimonios mixtos” entre los migrantes y entre los itinerantes;
• que el PCPMI realice periódicamente un encuentro de los “Consejos” Continentales y Regionales de las Conferencias Episcopales, con el objeto de discutir uno o más temas relacionados con la migración y la itinerancia;
• que se organice, quizás conjuntamente con otros Dicasterios de la Curia Romana, un Encuentro sobre las Familias implicadas en la movilidad.


Conclusión


En general, el método pastoral para las familias implicadas en la movilidad requiere flexibilidad y atención respecto a todo el núcleo familiar. Las intervenciones en favor de los padres deben incluir a los hijos y viceversa. La familia se debe considerar como una unidad dinámica de intercambio de comunicación. Este dinamismo requiere constantemente un cambio de los sistemas de apoyo a las familias de los migrantes e itinerantes, a medida que van madurando en el nuevo ambiente que las rodea.

Aunque la situación de los migrantes e itinerantes sea distinta según los países, algunos de los elementos comunes que se describen arriba requieren una acción para que una verdadera cura pastoral y la acogida a las familias de los migrantes y de los itinerantes sea el sello auténtico de la actitud y la praxis de la Iglesia en favor de las personas implicadas en la movilidad. “De hecho, al presentar distintos métodos y propuestas, es necesario que no se pierda la directriz fundamental común, que es la realización del plan de Dios, que quiso que el hombre y la mujer se unieran en una misma carne (cf. Mt. 19,6) en el matrimonio, y que la familia sea un signo del inmenso misterio de la relación entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32)” (Mensaje de Juan Pablo II con ocasión de la Jornada de los Migrantes y Refugiados, 1987, n. 6). La Iglesia católica posee una hermosa enseñanza sobre el matrimonio y la familia que debemos tratar de transmitir, siempre más, y de infundir en la vida de las personas, peregrinos en este mundo nuestro de hoy.


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