Domingo, 08 de junio de 2008

Testimonios de sacerdotes, religiosos y religiosas de una vida ejemplar, enviados por  Carlos Peinó Agreo.

Peregrino, Cursillista. Colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus del Siervo de Dios.  (Segunda parte)


MANUEL APARICI
TESTIMONISO DE UNA VIDA EJEMPLAR

Junio de 2008

10.    Rvdo. D. Francisco Méndez Moreno

        

Conoció a Manuel Aparici en el Seminario. Se ordenó con él esa misma mañana, junto con el resto de compañeros.

«Manolo, era el mayor de edad de los que componíamos la promoción, y yo el más joven [...]. Casi me duplicaba en edad con mis veintidós años que yo tenía al ordenarme. Esta diferencia de edad hacía que, en el trato conmigo, me llamara familiar y cariñosamente con el nombre de “Paquillo”, y yo, por otra parte, le agradecía por lo que de amistad significaba para mí. [...]. Él era para mí el compañero veterano y amigo mayor, a quien casi reverenciaba dada su historia personal de entrega en el apostolado de la Iglesia y a Cristo.

»En las conversaciones que teníamos en los ratos de recreo pude observar algo que no se me olvida: en los temas serios y graves hablaba con una profunda convicción que traslucía sus sentimientos interiores y el gran conocimiento y dominio de los temas. En los temas más vulgares y ordinarios hablaba siempre con una gran afabilidad y con una continua sonrisa en sus palabras. De cualquier tema que tratase la conversación terminaba él llevándolo por el camino de la fe y refiriéndolo siempre a la voluntad de Dios. En todas sus palabras trascendía su vida interior de trato con Dios.

»[...] Durante su enfermedad, le visité una vez, y le recuerdo inmovilizado en un sillón, pero siempre con el mismo espíritu y más, si cabe, gozoso y alegre por cumplir la voluntad de Dios de aquella manera. Solamente me ha quedado el pesar de no haberle visitado más veces en aquellos últimos años, por la caridad y amistad con él y para mi personal provecho y ejemplo.

»Recuerdo [...] su figura física y espiritual [...]. Pero por encima de todos, uno que no olvidaré: los momentos de oración que hacía en la Capilla. Su profundo recogimiento transparentaba la vida intensa de trato con el Señor. Esto me edificaba mucho siempre que le veía en la Capilla y era para mí motivo de admiración y santa envidia.

»La dedicatoria que me puso en el libro que me regaló un final de curso en vísperas de marchar de vacaciones […] refleja toda su gran personalidad espiritual. También me dedicó una estampa-tarjeta de la Virgen, en la que refleja su devoción y amor a la Virgen María.

»Ojalá que el Proceso vaya adelante con rapidez, y que la Iglesia pueda gozarse pública y oficialmente de la santidad de este hombre excepcional, mi amigo y compañero».

Con motivo de la celebración del Congreso Nacional en el centenario del nacimiento del Siervo de Dios nos dijo: «Con todo entusiasmo me uno espiritualmente a la celebración del Congreso Nacional Manuel Aparici. Mi oración en estos días por esta intención ha de ser especialmente intensa y en la Eucaristía diaria encomendaré los trabajos del Congreso, para que  sea abundante el fruto que produzca en pro de la Causa de nuestro querido Manolo Aparici [...]».

 

11.    Rvdo. D. Manuel López Vega

 

         Conoció a Manuel Aparici por primera vez a principios del curso 1944-45 en el Seminario Conciliar de Madrid. Él procedía del Seminario de Sevilla y por razones del Servicio Militar se trasladó a la Capital y por benevolencia de los Jefes del Cuerpo de Sanidad vivía en el Seminario y se matriculó en primero de Teología en su mismo curso.

         «Desde el principio –dice– recibí una cordial acogida por parte de todos y en especial de Manolo como cariñosamente se le conocía. Dada su edad yo le hablaba de usted hasta que con seriedad me obligó a tutearle.

         »Yo tenía una lejana referencia de su persona y obra siendo Presidente Nacional de la Juventud Masculina de Acción Católica a través del periódico SIGNO. Me encantó su trato familiar, sencillo, serio y ameno a veces chispeante y sobre todo sabiendo llevar habitualmente el tema hacia Jesucristo del que estaba “enamorado”. Paseábamos juntos por los jardines o patio exterior del edificio siempre con charlas interminables. Sus conocimientos y experiencias del Cuerpo Místico me edificaban. También en la capilla estábamos juntos. Pude detectar en todas sus comuniones una profundidad de oración y de intimidad amorosa manifestada con leves quejidos que me llegaron a convencer de experiencias místicas y profundamente contemplativas. Aún después de tantos años las recuerdo y siempre me sirvieron de estímulo y admiración.

         »Sólo le traté ese curso pues volví al año siguiente a Sevilla donde mantuve con él alguna relación epistolar así como alguna que otra visita raras veces.

         »Tengo el convencimiento pleno de que fue un hombre de Dios, místico, apóstol de la juventud y gran devoto de la Virgen».

Años más tarde siendo sacerdote, en la Hoja Parroquial de fecha 9 de diciembre de 2001, bajo el título Manuel Aparici, escribió:

«[...] Fue un gran apóstol de la juventud [...]. Llevó más de cien mil jóvenes en peregrinación a Santiago de Compostela en marcha misionera para vitalizar el catolicismo español. Los preparó con Cursillos de Adelantados de Peregrinos, lo que después dio origen a los Cursillos de Cristiandad [...].

»Pude ser testigo de su espíritu apostólico, carácter siempre jovial, mucha espiritualidad y oración mística. Siempre me impresionó su recogimiento en la Misa y fervor en la comunión que transparentaba su amor intenso y constante a Jesucristo [...].

»Que llegue pronto a los Altares el que fue “Capitán de Peregrinos”».

 
12.    Rvdo. D. Julio Navarro Panadero

 

         Conoció a Manuel Aparici en su estancia en el Seminario. Coincidió con él algunos años. Era de cursos diferentes.

         «Ya de sacerdote, alguna vez charlamos y en día cercano a su muerte, en su lecho de enfermo tuve de él alguna muestra notable de su gran espíritu.

         »Como ambiente creo que vivía en ámbito de fe en sus criterios y obrar. Su conversación era normalmente elevada a un plano sobrenatural y visión de las cosas muy evangélico. Siempre con ansias apostólicas. Así me embarcó y participé una vez con él en aquellos Cursillos parecidos o más bien pioneros de los famosos Cursillos de Cristiandad posteriores y pude verle actuar con aquel fuego de alma que arrastraba.

»Estando ya cercano a su muerte, acompañé a verle con su amigo D. Pedro Álvarez Soler (q. e. p. d.) que iba a celebrar Misa a su lado (no se permitía entonces la concelebración) en su habitación (tenía para ello la licencia oportuna).

         »Acabada la Misa y dado gracias, me dijo: “Julio, ahora sé decir Misa”. Cuando se estaba inmolando en el altar con Cristo Sacerdote».

 
13.    Rvdo. D. Juan Montaner Palao

 

         Su primer contacto con el Siervo de Dios fue en Murcia en 1940, en su visita a la Juventud de Acción Católica; a su venida a Madrid le visitó varias veces en el Consejo Superior de Acción Católica, y después cuando ya el Siervo de Dios era seminarista, en el año 1942, para consultarle sus problemas de vocación. Finalmente, estando enfermo tuvo varias ocasiones de hablar con él.

         «[...] Se manifestaba su gran práctica y vivencia de la virtud de la fe. Como consecuencia de ello vivió con interés y conocimiento la Teología y las demás Ciencias Sagradas, y lo sabía transmitir a los jóvenes.

         »[...] Recuerdo que, con motivo de las consultas que le hice, primero sobre mi vocación, y luego estando ya él enfermo, llevaba el espíritu de fe a aceptar todo como dentro del Plan providencial de Dios, tanto en cuanto a la vida sacerdotal como luego en la oblación de nuestra vida y en particular la suya, ya delicada por la grave enfermedad.

         »La manifestación de la esperanza en D. Manuel se exteriorizaba [...]; esperanza que infundía, que nos transmitía a todos los Jóvenes de Acción Católica [...].

         »Observé cómo D. Manuel vivía la confianza en la misericordia de Dios en medio de las contrariedades y pruebas de su enfermedad [...] manteniendo una gran serenidad de espíritu [...].

         »Observé [...] el ejercicio de la caridad del Siervo de Dios, en su deseo, de palabra y obra, de entregarse a Dios, y de aceptar sinceramente su voluntad.

         »La unción que yo veía en sus discursos e intervenciones, demostraba el amor profundo que D. Manuel sentía hacia Dios y por la juventud a la que orientaba hacia la santidad. Todo esto tuvo en mí repercusión, y sigue teniendo influjo en mi vida espiritual y sacerdotal.

         »La caridad del Siervo de Dios para con el prójimo, yo la resumiría en la amabilidad con que trataba a todo el mundo, y a mí personalmente, que para él yo había sido un desconocido.

Todo esto [...] era fruto de esa vivencia de Dios y sus virtudes, porque él tenía algunos gestos de temperamento que podía suponerse enérgico.

         »[...] Fidelidad y constancia en el cumplimiento de la celebración diaria de la Eucaristía en su casa a pesar de la enfermedad. Fortaleza, en sus discursos en público, y sus conversaciones en privado. Era muy morigerado en sus hábitos diarios, y en su aspecto físico de persona ascética.

         »[...] La austeridad de su vida, la modestia de su vivienda, de sus vestidos, dignos pero nada ostentosos [...]. En cuanto a la castidad fue muy cuidadoso y delicado en sus conversaciones.

         »Destacó en la humildad [...].

         »Lo considero como una persona virtuosa en el ejercicio de las mismas en grado heroico, en especial en la humildad, en el trato con los demás, Paciencia soportando su larga y penosa enfermedad. También en la fe y la esperanza.

»Flotaba en el ambiente, entre los Jóvenes de Acción Católica, la fama de santidad del Siervo de Dios, y nos afectó mucho su ingreso en el Seminario aunque yo lo atribuyo a que correspondía a su deseo de mayor santidad [...]».

 
14.    Rvdo. D. Antonio Garrigós Meseguer

 

         Conoció a Manuel Aparici en el año 1939/1940. Desde el año 1950 (el Siervo de Dios ya era Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica) no solo trabajaron juntos, sino que tenían una íntima amistad que abarcaba todas las facetas de sus vidas. Participó en las peregrinaciones al Pilar, a Santiago de Compostela y a Roma, para la proclamación del Dogma de la Asunción de María, con el Siervo de Dios.

«Hubo un momento especial en la vida de Manolo, que también me afectó a mí. Fue cuando vino un equipo de mallorquines a dirigir el primer «Cursillo de Cristiandad» en Madrid, patrocinado por Manolo [...]. Tengo que decir que, cuando Manolo sufrió el infarto que lo postró, yo comenté con algunos amigos que bien pudo influir la presión emocional a la que estaba sometido constantemente en los Cursillos de Cristiandad, en los que muy frecuentemente se implicaba, convencido de que era el gran hallazgo apostólico. Dios sabe.

»[...] En algunas visitas encontrábamos también el problema de los diuréticos, que no le permitían estar mucho tiempo sin orinar.

»La influencia de Manuel Aparici en la reconstrucción espiritual de España en la posguerra me parece muy importante. Sobre todo porque supo crear un estilo de vida cristiana en la juventud muy distinto al estilo de los vencedores. Creo que es muy reveladora una anécdota que escuché en aquellos tiempos: un hombre que estaba en la cárcel por su participación en el bando de los vencidos, escribía a su mujer: «si veis a una persona que lleva en la solapa una crucecita verde, confiad en él: lo encontraréis dispuesto a ayudaros» […]. Esa actitud de curar heridas y suavizar la derrota fue […] una característica muy acentuada en Manolo y en la Juventud de Acción Católica que él inspiró tanto siendo seglar, como en el puesto de Consiliario […]. Sólo Dios sabe hasta donde esa semilla fecundó el porvenir de nuestra Patria.

»[...] Era tal el prestigio y la talla humana y cristiana de Manolo, tan reciente su paso por la Presidencia y tan evidentes sus huellas que hubiera sido moralmente imposible pretender trazar otros caminos. Fue el quien los trazó distintos, cuando adoptó el sistema de «Cursillos de Cristiandad», y nadie se opuso.

»Manolo [en los Cursillos de Cristiandad] se veía sometido continuamente a la misma presión, porque él era el que “marcaba el paso”. Manolo no sabía vivir en otro ámbito distinto al de la Juventud de Acción Católica. Su habitación de enfermo era otro modo de hacerlo, como fue otro modo la época de Seminario, de cura o seglar.  […]. Su habitación de enfermo (en su casa) seguía siendo considerada por todos como el centro de irradiación del espíritu de la Juventud de Acción Católica. Él no se lamentaba. Vivía una etapa distinta en su camino y la asumía con naturalidad, sin hacerse ilusiones sobre su restablecimiento. Sin dramatismo comentaba el alejamiento de algunos amigos, que no le dedicábamos el tiempo que hubiera merecido.

»[...] Era una personalidad muy normal, nada enigmática, nada solemne, nada extraordinaria. Destacaría de él el entusiasmo y la firmeza para perseguir lo que se proponía, aunque fueran cosas de gran dificultad […]. También lo definiría como un hombre enormemente cordial y directo, que inspiraba instantáneamente confianza, con el que se podían compartir trabajos y responsabilidades sin sentirse uno ensombrecido por su personalidad […]. Él había asumido e interpretado con mucha claridad el espíritu de la Acción Católica definida por Pío XI.

»Siempre es bueno y oportuno dar a conocer a estas personalidades que han marcado una época, sobre todo cuando se trata de época tan especial como la que vivió Manolo Aparici. Lejos de encontrar razones espirituales o eclesiales que obstaculicen la tramitación de esta Causa, me parece que, un estudio inteligente de Manolo y su época puede ser muy iluminador hoy en la Iglesia.

»[...] Ya de seglar, daba la impresión de no vivir para otra cosa que para transmitir a los demás el entusiasmo por Jesús y su Evangelio de salvación [...]. Lo de “llevar almas de joven a Cristo”, que a algunos puede parecer una expresión poética, creo que entonces era algo que se pretendía vivir, con resultados palpables.

»Lo vivía Manolo en las circunstancias normales de la vida, con una enorme naturalidad, como si no hubiera otro modo de vivir. [...]. Lo que, mirando hacia atrás, me parece heroico es todo lo que acabo de decir. Sin embargo, en la convivencia diaria no se me ocurrió pensar que aquello fuera heroico, sino lo normal, si uno se tomaba en serio el Evangelio. De ahí la eficacia de su ejemplo […]. Me ayudó a vivir la fe, pero no por algún acto concreto, sino por su modo habitual de vivir.

»[...] la esperanza firme en las promesas de Jesús fue una característica de la vida de Manolo. Yo lo recuerdo siempre muy despreocupado de los asuntos temporales, aunque hubo de trabajar en proyectos difíciles y problemáticos […]. Ese mismo espíritu de audaz confianza lo mostró en la organización de grandes acontecimientos […]. Al modo ignaciano, ponía de su parte cuanto era capaz y esperaba firmemente en que Dios pusiera el resto […]. Durante su enfermedad, lo vi vivirla con la misma naturalidad con que vi vivir otras vicisitudes extraordinarias, que a otros desconcertaban por su dificultad.

»Todo lo que antecede considero que es testimonio suficiente de ese amor a Dios. […]. Manolo era una persona muy emotiva, siempre se manifestaba así, tanto en su vida particular como en público. Eso también se reflejaba en la celebración litúrgica.

»No recuerdo en Manolo ningún rasgo que revelara interés o esfuerzo para sí o para fines particulares. Creo que se puede decir […] que vivió para los otros.

»Desde un punto de vista humano, no puede decirse que Manolo fuera una persona “prudente”. Más bien era impulsivo, capaz de entusiasmarse con grandes proyectos e ideas. Creo que eso es prudencia sobrenatural. Se trataba de cosas difíciles, algunas muy difíciles […]; las estudiaba bien, llegaba al convencimiento de que eran cosa de Dios mediante la oración y la consulta a la Jerarquía y  a  personas  de  fiar, y se lanzaba y lanzaba con él a su equipo de gente […]. No le faltó la serenidad y el tino necesarios para mantener una organización muy bien estructurada.

»[...] hacía frecuentes donativos y ayudas de todo tipo; daba la impresión de que administraba donativos y ayudas de otras personas, que se los confiaban.

»Sus relaciones con toda clase de personas, altas o bajas, eran cordiales y sencillas [...]

»Necesitó mucha fortaleza en todas las etapas de su vida […]. Tengo la impresión de que existía un reconocimiento generalizado de su labor. La gran prueba de su larga enfermedad sin perspectivas de curación […] lo vi afrontarla con serenidad y sin dramatismo. Vivir cerca de él esos momentos impresionaba.

»Era más inclinado a sobrecargarse de trabajos y obligaciones que a rehuirlas.

»Como seglar, lo recuerdo con un porte exterior cuidado, sin ninguna clase de afectación. Como sacerdote, era un poco menos cuidado […]. Creo que estaba en la línea de San Pablo: la fuente de su mortificación era la “solicitudo omnium ecclesiarum”, que para Manolo eran los jóvenes y su Acción Católica a la que entregaba cuanto era y poseía sin medida.

»Tengo la impresión de que cuanto poseyó, estaba al servicio de su misión, sin restricciones.

»Eran cargos relevantes [Presidente y Consiliario Nacional] en aquella época. No recuerdo nada que hiciera pensar que los “explotaba” para su beneficio ni promoción. Jamás recuerdo ningún detalle que hiciera pensar que aspiraba a “algo más”.

»Su oración […] era como la nuestra, llena de esfuerzo y deseo […].

»Para mí el grado heroico de la virtud de Manolo consistió en la perseverancia en un estado de entrega incondicional a una vocación para la juventud, que fue, al menos en el tiempo que le conocí, el motivo de su vida.

»[...] Es un modelo de santidad que me gusta, que parece al alcance y marca el camino de la entrega a la vocación apostólica sin condiciones y sin destellos sorprendentes».

 

15.    Rvdo. D. José Manuel de Lapuerta y Quintero

 

         Como miembro de la Acción Católica conoció la doctrina, espiritualidad y afán apostólico de Manuel Aparici. Refirió los testimonios recibidos por él sobre el Siervo de Dios de parte de testigos cualificados, ya fallecidos, que le trataron muy directa e íntimamente, como el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón, el que fue Arzobispo de Valencia, cuya Causa está introducida, D. José María García Lahiguera; de D. José Gálvez, que fue director espiritual del Seminario y le trató en la última etapa de su vida, y de Mons. Ricardo Blanco.

«El Cardenal Tarancón, cuando en una conversación le manifesté nuestro deseo de introducir la Causa de Canonización de D. Manuel Aparici, y preguntarle si lo creía oportuno, su reacción fue inmediata: “sin duda alguna, es un santo que necesita la Iglesia de hoy, modelo de seglares y de sacerdotes” [...].

»Mons. José María García Lahiguera, cuando se enteró de nuestros proyectos para preparar la introducción de la Causa del Siervo de Dios, espontáneamente me dijo: “Ya sé que estáis trabajando por iniciar la Causa de Manuel Aparici; enhorabuena y seguid adelante; cuando llegue el momento contad con mi testimonio, tengo muchas cosas que decir de este hombre que era un verdadero santo”. Falleció antes de la recopilación de testimonios.

»D. José Gálvez también me animó a seguir adelante, y se ofreció como testigo de cómo vivió su enfermedad y especialmente sus últimos momentos, que fueron un tes­timonio de oblación.

»Mons. Ricardo Blanco, Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, en la entrega de los escritos del Siervo de Dios, en poder de las Descalzas Reales, al glosar la figura de D. Manuel, resaltó tres etapas de su vida: su conversión (plena, añadió el Sr. Obispo), su vida apostólica especialmente en la Juventud de Acción Católica (su gran obra), y su victimación, que acepta Dios, especialmente por los jóvenes y los sacerdotes».

 


 


Publicado por verdenaranja @ 18:46  | Espiritualidad
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