Domingo, 08 de junio de 2008

Testimonios de sacerdotes, religiosos y religiosas de una vida ejemplar, enviados por Carlos Peinó Agreo. Peregrino, Cursillista. Colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus del Siervode Dios.

MANUEL APARICI
TESTIMONIOS DE UNA VIDA EJEMPLAR


Junio 2008


16.    Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro

 

«Su vida –asegura  – era la normal de un alumno  que estudia –intensamente volcado en los estudios–, medita, asiste a clase, pasea, ora largos ratos ante el Sagrario –era edificante verle arrodillado– participa activamente en las alegrías y las penas de los estudiantes sacerdotes–residentes  en el mismo Colegio, etc.».

«En los Ejercicios –según Ana María Rivera–, en los que seguía a San Ignacio, se apreciaba el cansancio, el problema circulatorio que parecía tener. Era difícil acertar con el asiento, cojines, probando lo posible sin lograr verle cómodo. En estas condiciones daba meditaciones como si no le pasara nada, largas, estilo contemplaciones, que se nos pasaban volando. Se mantenía en ellas e igual en las comidas y tiempos libres, un silencio no impuesto, apenas recomendado, espontáneo, fruto de ver las verdades vivamente expuestas en Ejercicios que duraban ocho días y recibir esas verdades como vividas, como experimentadas.

»Especialmente las meditaciones sobre la Virgen no se olvidan nunca.

»Siempre, en todas las exposiciones, el amor de Dios se hacía tan visible, tan verdadero, expresado de tal forma que brotaba amor nuestro a Dios.

»Con los ejemplos de las distintas formas de amor humano, se pasaba suave y fácilmente al Único Amor. Inhabitación, Jesús Sacramentado, la Pasión, “en Él vivimos, nos movemos y somos”, con abundantes citas del Nuevo Testamento y Santos Padres. También el testimonio de los santos, de los mártires y de los jóvenes que vivían entregados.

»Insistía mucho en el amor del Padre y de Jesucristo por entregarle y entregarse en la Pasión y Muerte.

»Para entender el dolor sufrido por Jesucristo bajaba a detalles en que lo experimentásemos (brazos en cruz, etc.) puesto que éramos jóvenes y sanas. Pequeñas mortificaciones dolorosas, dolores que vinieran por sí solos […]. En todo ello eran sus palabras: si yo siento este dolor ¡Qué dolor tendría Cristo que se hizo todo llagas, bocas abiertas en su Cuerpo para poder decirnos por ellas “te amo”!

»En los pequeños dolores míos, mi reacción primera de ¡cuánto me duele! que pasara a ser ¡cuánto me amas!

»Las consecuencias al oírle eran siempre alegría y paz; sentido de la propia nada y luz sobre el hondo pecado propio de desamor, no correspondencia […] más nunca desánimo sino confianza en ese amor de Dios y la intercesión amorosa de la Virgen, corredentora, omnipotencia suplicante, forzó la hora en Caná […].

»Era claro ver en Aparici a Dios Padre, a Cristo perdonando, amando, acogiendo, medio de recibir su Amor Divino».

 

«[...] Cuando salíamos a predicar –dice el Rvdo. D. Manuel–, daba el hornento para hablar de Dios y según Dios a las almas. Se me recuerda este caso: Iba yo a predicar, primera cuaresma de mi vida sacerdotal, a un pueblecito de Plasencia; estaba nervioso. Me refugié en el Sr. Abade; me dijo: “Hazles ver que, si tú vas a predicarles, es porque Dios les ama y quiere que se conviertan a Él; diles esto; díselo muchas veces y con mucho  cariño,  verás  que  fruto obtienes”. Y así fue. Yo soy especialmente deudor a su cariño».

«Al hablar de los alumnos, pongo, en mi mente, a la cabeza de los mismos a él con su benéfica influencia en los alumnos, con su entereza ante los profesores y con su valentía ante las autoridades tanto docentes como académicas». «Intervenía, llegado el caso y si era necesario, ante unos y otras, ante el Gran Canciller, ante las autoridades civiles a nivel de Madrid y lo hacía sin el menor aparato o empaque» . «Ante todos pesaba muy mucho este hombre de Dios».

«Se le estimaba como un hombre de una sola pieza y como sacerdote, intachable y muy sobrenatural; a la par se valoraba mucho su criterio a todos los niveles: Gran Canciller, Rectorado, profesorado, alumnos–compañeros–sacerdotes. Esta fama estaba avalada por su conducta de cada día y momento».


«Su trato se caracterizaba por un natural sentido sobrenatural; en él no asomaba lo ficticio por ninguna parte; con él se estaba a gusto; se le podía contradecir sin miedo a perder la paz o la amistad; escuchaba y contestaba con la misma paz. Era todo tan llano, tan divino y tan humano [...]».

«Admitía  el diálogo, pero sin violencia. Cuando surgían discusiones y/o se calentaban los ánimos, intervenía serenando el ambiente y nos decía: “Discutamos  pero siempre con caridad”.  Siempre tenía razones para poner paz y dar visión sobrenatural del percance ocurrido [...]

»Sus dictámenes, consejos, orientaciones, etc. siempre eran dictados desde la perspectiva de la fe. No se preocupaba por agradar o por quedar bien; sí cuidaba mucho el decir y hacer el bien. No era precipitado en sus juicios, era pausado y aplomado. Era meditador asiduo de la vida de Jesucristo, del misterio de Cristo, del misterio del Cuerpo Místico, de la Teología del Espíritu Santo con sus dones y frutos [...].

»Soy testigo receptor de su influencia positivísima en mi alma y en el grupo de sacerdotes que vivíamos en el Colegio de Nobles Irlandeses. Mons. Cerviño y el P. Gálvez y muchos otros pueden hablar de esto [...]».

«Era un hombre enamorado de la Santa Madre Iglesia y de la Jerarquía. Sufría por la Iglesia cuando topaba con personas consagradas que no servían su vocación».

«Fue ejemplar sacerdote, en su vida espiritual, en su relación con Obispos y sacerdotes, en su celo apostólico, en su vivencia de la Comunidad Presbiteral, en la que se consideraba un hermano más y estimulaba a los otros en la misma línea. Actuó como consejero a nivel personal y de los grupos con los que trataba […]. Fue especial promotor y alentador de la santidad sacerdotal y de la vida comunitaria en el Colegio. Promovió conferencias de tipo pastoral [...]. Vivía con austeridad. Y con gran alegría».

Ejerció una influencia silenciosa, pero profunda, sobre varias promociones de estudiantes salmantinos. Fue director o responsable del grupo de vocaciones tardías que se formaban en la Universidad .

Forjó un proyecto de Colegio de Consiliarios de Acción Católica; proyecto de vida en común. Sentía verdadera angustia espiritual por la escasez de sacerdotes Consiliarios de Acción Católica.

«[...] Salamanca  nos hizo mucho bien a los alumnos de la Universidad Pontificia de Salamanca por medio de tres factores: Los profesores, en clase; los libros, en las horas de estudio; por último, los amigos, en los momentos de expansión. El alma de todo este torrente de vitalidad era Manolo [...] el alma de aquel modo de ser alumnos de la Universidad Pontificia se lo debemos a él [...].

         »El grupo (lo integraban: Manuel Aparici, José María Javierre, José Cerviño, Librado Callejo, Marcelino Martín de Castro, Batanero, Vicente Vilar Hueso, Sanchís, etc.) no era cerrado; a él pertenecían todos los amigos de Manolo, estuvieran o no en Salamanca; al grupo se integraban todos los nuevos alumnos que venían a la Universidad. Así se sumó José Gálvez, de Madrid, Elidio Fernández, canónigo de Lamego (Portugal). Considerábamos amigos nuestros los amigos de Manolo: D. José María García Lahiguera, D. Juan Ricote, Alberto Martín Artajo, Ibáñez Martín que nos visitaron en Salamanca siendo ministros [...]».

 

17.    Rvdo. D. Antonio J. Sanchís Martínez

 

         Su primera noticia de Manuel Aparici fue en 1940 con ocasión de la Peregrinación Nacional de los Jóvenes de Acción Católica al Pilar de Zaragoza. Posteriormente en 1948 le conoció en la Universidad Pontificia de Salamanca con motivo de ir a estudiar Derecho Canónico. En esa fecha el Siervo de Dios era Rector del Colegio Sacerdotal Jaime Balmes, y lo trató hasta su fallecimiento. A partir de entonces el Siervo de Dios fue su confesor semanal hasta 1950. Su trato seguía siendo íntimo, aunque se debilitó un tanto debido a la distancia. Le visitó durante su enfermedad.

         Manuel Aparici le propuso irse con él a Madrid como Viceconsiliario de la Acción Católica, pero su Arzobispo (el testigo era de Valencia) creyó más conveniente que permaneciera en la Diócesis dada la escasez de sacerdotes.

 

«Me impresionó enormemente que un seglar estuviera hablando más de una hora con el entusiasmo con que lo hizo [con ocasión de la Peregrinación Nacional de los Jóvenes de Acción Católica al Pilar de Zaragoza] [...].

»Me hizo ir a la Peregrinación Nacional a Roma, octubre-noviembre de 1950, con motivo del Año Santo y la definición dogmática del dogma de la Asunción de Nuestra Señora. Entonces pude comprobar el trato exquisito que me tributaba: alojados en el campamento “San Giorgio” en tiendas de campaña, me preguntó si tenía frío; por la noche, una vez acostados, vi que se acercaba y me cubría con una manta; también me estimuló, ante mis temores, a que dirigiera el canto gregoriano a toda la asamblea. Recuerdo una anécdota significativa: cuando llegó la audiencia ante el Papa, no teniendo él manteo me pidió que le dejara el mío, lo que hice gustosamente.

»El 10 de enero de 1951 recibí una carta suya [...], en la que lamentaba la negativa del Arzobispo a acceder a su petición de que formara parte del equipo de Consiliarios Nacionales, invitándome a “ofrecer nuestra contrariedad al Señor por la misma Obra en la que los dos habíamos soñado en trabajar juntos”, según su propia expresión.

»[...] Destacaría su enorme personalidad humana y cristiana, que atraía a todo el que tenía trato directo con él, de tal manera que por el Colegio pasaron personalidades de la talla de Martín Artajo, García Lahiguera, Ruiz-Giménez, etc. [...] que debía su vocación y carrera diplomática al Siervo de Dios.

»[...] Su obediencia a la Jerarquía era estricto.

»Sobre la naturaleza y el ejercicio del ministerio sacerdotal era clásica su afirmación de ofrecerse como víctima por el bien de los hermanos, dándole un valor amplio y profundo al sacrificio. Su disponibilidad sigue siendo válida, al igual que otros planteamientos que rigieron su vida.

»En sus obras y sus palabras se advertía siempre una fe intensa, vivida en grado extraordinario. En las circunstancias normales de la vida, como en los momentos más difíciles siempre vivió la virtud de la fe en grado heroico, interpretando todos los acontecimientos con espíritu sobrenatural.

»Su trato me ayudó siempre a vivir yo personalmente la virtud de la fe.

«Me consta que [...] vivió la virtud de la esperanza, porque me la supo transmitir a mí. Observé en varias ocasiones que en medio de contrariedades y prueba de su vida mantenía la serenidad de espíritu, consecuencia de su esperanza.

»Practicó la virtud de la caridad para con Dios en grado eminente, poniéndola como norma de conducta en su vida, con un deseo de entregarse a Dios [...].

»Sorprendía por su unción y devoción especial al celebrar la liturgia y ejercicios de piedad colectivos y comunitarios.

»[...] Vivía la presencia de Dios en todos los momentos de su vida, lo que trascendía en sus palabras y gestos. Consecuencia de ello fue el influjo que sobre mi vida espiritual tuve durante los años que me dirigí con él.

»[...] Ejerció habitualmente en las diversas etapas de su vida un amor extraordinario para con su prójimo,  no  sólo  de  cara a los alejados, sino  también a los que vivían cerca de él [...]. Buscaba y conseguía recursos para reducir al mínimo los gastos personales de los residentes y dar posibilidad a los sacerdotes con menos recursos de que estudiaran allí.

»[...] Ejerció la virtud de la prudencia sobrenatural en grado heroico, sobre todo en sus consejos, exhortaciones y conversaciones [...].

»[...] Extremadamente estricto en el cumplimiento de las leyes de la Iglesia y siempre fiel a la llamada de Dios.

»Respetó siempre el derecho de las otras personas. Cumplió con los deberes de justicia para con los trabajadores y empleados y fue agradecido con los bienhechores.

»[...] Ya muy enfermo, le vi con la misma disposición de aceptación de la voluntad de Dios que había mantenido siempre. Vivió la fortaleza de espíritu.

         »Fue una persona enormemente sencilla, a pesar de las circunstancias favorables de que gozaba por su posición social. No tenía afición ninguna por el lujo, capricho o cosa superflua [...]. Muy amante del trabajo, servicial [...]. Era sencillo con las personas que debía tratar por razón de su cargo. No buscó honores ni cargos públicos y aceptó con humildad los que le propusieron.

»Ejerció siempre las virtudes manifestando equilibrio, constancia, prontitud de ánimo y alegría espiritual,  que le hacían destacar en grado heroico [...]. Era una persona extraordi-naria».

 

18.    Rvdo. D. Antonio Santamaría González

 

         Conoció al Siervo de Dios en una primera fase en que no hubo mucha relación. En un segundo momento tuvo relación con él durante veinte días seguidos. Pero fue en el tercer momento, en que él vino a Burgos [1936] y mantuvieron una relación íntima, y es cuando captó su personalidad y su vida religiosa. La relación continuó en Madrid, y devuelta a Burgos, sigue manteniendo relación por carta; relación que dura  hasta el fallecimiento del Siervo de Dios.

         Colaboró con él en la Juventud de Acción Católica. Fue antiguo propagandista con él y secretario y hermano de vocación.

 

«Durante la vida de Seminario destaca su vida ejemplar de piedad, de sencillez y humildad. Yo le caracterizaría como de una vida ignaciana [...].También quiero destacar en él su voluntad de aceptación del dolor y de darle a esta actitud una dimensión redentora [...]. Su personalidad, su capacidad y voluntad de trabajo. No conocía el descanso y sí siempre el servicio a los demás y la búsqueda permanente de ayuda y de soluciones a los problemas de los demás.

»Era un hombre totalmente de fe. Su vida no se podría entender sin la vivencia de la fe. Él hizo de la fe un estilo de vivencia connatural, que la contagiaba a los que estábamos con él. No necesitaba proponérselo. Surgieron un montón de vocaciones en su entorno y yo las atribuyo a su ejemplo [...]. Su forma de oír Misa, de rezar, de vestir, de conversar […]: en realidad, su estilo de vida [...]. Su capacidad para saber oír [...]. Destacaría la manifestación de su fe en la aceptación del dolor. Él era un hombre de oración intensa [...]. Aceptó el dolor como un servicio a los demás y ese fue el significado que dio a la muerte.

»[...] Cuando yo le manifesté mis deseos de ingresar en el Seminario de Madrid, le expuse mis dificultades. Su contestación fue inmediata: le encargó a Maximino Romero de Lema que me escribiera diciendo que la fe lo soluciona todo.

»Quiero destacar la situación difícil en que él desarrolló la tarea. Sin embargo, ¡cómo intentaba una solución cristiana desde la esperanza!

»Aceptó en todo momento la voluntad de Dios e intentó seguirla permanentemente [...]. Vivía pensando continuamente en la virtud; no tenía ni un asomo de angustia, ni de tristeza; era un hombre que reflejaba serenidad, optimismo, confianza, incluso en los momentos de dolor, porque vivía de forma amorosa. La voluntad de Dios se manifestaba en su vida [...].

»La caridad para con el prójimo fue total. Vivía para servir a los demás. Los problemas y preocupaciones de los demás eran su propia vida. Atendía a todo el que llegaba [...]. Sin duda que la vida, testimonio y actuación de D. Manuel era un acicate para los que estábamos alrededor. Y pienso que el testimonio de su vida puede ser un ejemplo para la juventud de hoy.

»De todas las virtudes cardinales que él vivió con intensidad, yo destacaría, o por lo menos a mí más me llamó la atención en él, fue su sentido de la prudencia. El era un hombre sensato, ecuánime, y por ese motivo, en una época tan turbulenta en que le tocó vivir, fue muy respetado. Él era una persona a quien le gustaba asesorarse y pedir consejo, y luego decidía. Sabía escuchar, pedir consejo y decidir. Él no se dejó arrastrar de ninguna idea extremista de aquel momento.

»[...] Vivió en total pobreza, no tenía nada. Y sin embargo, a través de sus manos pasó muchísimo dinero, pero para los demás. Como era muy admirado y querido por todos, le daban dinero y él lo ponía inmediatamente en manos de otros o al servicio de la propia actividad de la Acción Católica.

»[...] Vivía en total sencillez. Lo extraordinario en él era la normalidad con que actuaba en todo.

»Yo le considero un santo y me encomiendo a él todos los días [...]. La opinión de los que tuvimos relación con él es de que estábamos tratando con un santo, pero de nuevo cuño; no como los que aparecen en los libros de entonces, dado que era un santo que vivía la sencillez y la normalidad».

 

19.    Rvdo. D. Gratiniano Checa

 

         «Siendo Consiliario de la Juventud de Acción Católica asistí a un Cursillo de Cristiandad en el que él era director espiritual. Su intervención impresionó tanto que casi todos estábamos llorando y hubo que serenar el ambiente. Posteriormente, hablando con él particularmente, sobre los actos de piedad y vida interior, manifesté que no hacía lectura espiritual porque me lo impedían mis muchas obligaciones, y llegó a convencerme de la necesidad de ella, de lo cual me alegré muchísimo y nunca he olvidado. Posteriormente en Cuenca, en una Asamblea Diocesana de la Juventud de Acción Católica, di una charla estando él presente. Al terminar, una de las conclusiones que saqué es que el cincuenta por ciento de los jóvenes deberían trabajar como educadores de los aspirantes, a lo que él me respondió que no el cincuenta sino el cien por cien, al menos indirectamente. En otra ocasión, en una Asamblea Diocesana, asistiendo todas las Ramas, pasó un joven de un pueblo, Priego, creo que por curiosidad. Y tras la intervención del Siervo de Dios, fue tal su conversión que me manifestaba que se daría por satisfecho en la vida siendo el portador de sus maletas. Después de marcharse al pueblo, se hizo un apóstol y, posteriormente, he sabido que ingresó en una orden religiosa. Entre nosotros quedó como heredado de su mentalidad que un Centro de Acción Católica no muere mientras que haya un joven dispuesto a morir por el Centro. Recuerdo en alguna otra reunión haber servido de gran estímulo a todos los asistentes.

         »Destaco que parecía que ardía en fuego de amor, y quiero recordar que se ofrecía como víctima por los sacerdotes. Le tenía por santo; admiraba su entrega, su amor a Dios, a la Iglesia […]. Creía en la importancia y trascendencia del Apostolado Seglar, especialmente de la Acción Católica.

         »Era un hombre totalmente entregado a Dios y a las almas, con profunda devoción a Santa María.

         »Con ocasión del Cursillo de Cristiandad, su manera de exponer, sobre todo la Eucaristía, la convicción de su fe impresionaba a todos los asistentes, y especialmente a mí, de tal forma que aquello era la manifestación de una fe viva y extraordinariamente intensa.

         »Toda su persona manifestaba vivir las virtudes teologales.

         »Observé [...] su deseo de entregarse a Dios y el deseo que suscitaba en los demás de hacer lo mismo. En mi propia vida puedo testificar que su influjo ha sido profundo.

         »El trato con las personas era exquisito, lleno de caridad [...]. Vi a un hombre de Dios.

         »En el ambiente de los jóvenes, aunque no se pronunciase la palabra santo, se le tenía como algo extraordinario».

 

         20.    Rvdo. D. Armando Montoliú

 

         «Con Manolo me unió una amistad tan grande y unos consejos que hicieron de mi un sacerdote [...]. Pero a lo que me pides, no me puedo negar. Así que a mandar».

         «Tan grande que el día 21 de dicho mes de junio celebraba la Santa Misa en la capilla de nuestra sede donde descansan los restos mortales de Manuel Aparici, su querido amigo. Fue muy emotiva para él y para todos los que le acompañábamos. Entre los asistentes estaba José Díaz Rincón, testigo, que se había dirigido con D. Manuel durante más de 15 años, y con él había recorrido toda España dando Cursillos de Cristiandad, unos 75. De la emotividad de ambos participamos el resto. ¡Cuánto querían a D. Manuel ¡Qué ejemplos más vivos  para  todos  nosotros.  Testigos  mudos,  silenciosos, pero elocuentes, sin palabra alguna [...]»

         Por su escrito del 27 de abril de 2003 decía a la Asociación de Peregrinos de la Iglesia:

         «[...] He hablado con el Sr. Obispo y hemos acordado que será el Vicario General D. Bernardo Álvarez Alfonso (hoy Obispo de la Diócesis de Santa Cruz de Tenerife) el que se hará cargo de promover por toda la diócesis [...] el conocimiento de Manolo.

         »Yo no puedo olvidar que Manolo y yo fuimos grandes amigos»

 

21.    Rvdo. D. Jaime García Rodríguez


Canónigo Secretario Capitular y Delegado de Peregrinaciones.

Santiago de Compostela

 

         «Celebro vuestra decisión de iniciar los trámites en orden a la futura beatificación de Manolo Aparici. Tened ánimo en esta empresa. Vale la pena y se lo merece este hombre de Dios que hizo tanto bien en su tiempo y posteriormente.

         »Personalmente he tenido poco trato con él fuera de la absolución sacramental algunas veces. Su espíritu rebosante de fe y dimensión apostólica contagiaba enseguida. A parte de este contacto personal hay lo que recibes de él a través de otras muchas personas que de él sólo saben decir cosas buenas, sobre su gigante personalidad cristiana.

         »Deseo que contéis conmigo, en lo que esté a mi alcance, para colaborar en esta noble causa, por estar persuadido que será conforme con la voluntad del Señor.

         »¡¡Ojalá que de este rescoldo se avive lo que tanto bien ha hecho a la Iglesia, y que lleva veinte largos años de letargo: nuestra Acción Católica!! Esto que fue el mimo de Manolo será, sin duda, objeto de su intercesión ante el Señor.

         »Mi Arzobispo me ha pasado copia de vuestra carta acaso por conversaciones en este mismo sentido hacia Manolo o, tal vez, por ser uno de sus sucesores en Acción Católica y SIGNO».

 

22.    Rvdo. D. Mariano Barriocanal

 

         «Le conocí personalmente con motivo de su estancia en Burgos, antes sólo por referencia, en los días de la Cruzada Nacional iniciada en el año 1936 y terminada en el año 1939.

         »Se había establecido en Burgos, capital de la Cruzada, al igual que los demás directivos de las organizaciones de la Acción Católica, como Presidente del Consejo Nacional de la Juventud de Acción Católica, y tuve ocasión de tratarle frecuentemente y de conversar con él sobre temas de apostolado dada mi condición de Consiliario de la Federación de Estudiantes Católicos, cuya finalidad y misión apostólica coincidía con los fines y objetivos de los Jóvenes de Acción Católica, y además porque hospedado en uno de los pisos donde yo vivo, él subía a comer en la misma mesa en que yo lo hacía.

         »Estas circunstancias me dieron ocasión para tratar a D. Manuel Aparici con alguna intimidad y conocer su fondo espiritual y sus afanes apostólicos que desarrolló principalmente en el campo juvenil, aunque no le fueron ajenos los demás campos.

         »Él fue el creador de los Centros de Acción Católica de Vanguardia con los que mantuvo en los jóvenes que luchaban en el frente el auténtico espíritu de Cruzada, espíritu que llevó a no pocos jóvenes al heroísmo y a los demás les conservó en la vida de piedad y la fidelidad a las costumbres cristianas, proveyendo de rosarios, escapularios y medallas a los soldados y a los jefes, con lo que los unos y los otros manifestaban cual era el sentido de sus luchas y sacrificios.

         »Con este motivo D. Manuel Aparici hubo de desplegar unas actividades que en no pocas ocasiones le supusieron peligros y sacrificios como eran las visitas a los Centros de Vanguardia y, por otra parte, había de atender a la abundante correspondencia que recibía de los jóvenes soldados y de la que se servía él para alimentar y sostener en ellos el ideal cristiano de la lucha y ofrecer a Dios los sacrificios, aún el de la muerte, por el triunfo de la causa de Dios y de la Iglesia; y todo ello sin odios ni rencores para el enemigo, al que había que liberar como a un hermano de sus errores y extravíos. Así brotó aquella consigna del joven soldado llamado con razón “El Ángel del Alcázar”, héroe de ese reducto invencible, que pedía a sus compañeros: “Tirad, pero tirad sin odio”, consigna que revelaba el espíritu cristiano que animaba a aquellos jóvenes soldados.

         »El inspirador y animador de este espíritu cristiano, que animó a muchos soldados de nuestra Cruzada, fue D. Manuel Aparici que tenía un alma de auténtico apóstol de Cristo, que se entregó sin reservas, sin regatear esfuerzos ni sacrificios al apostolado de la juventud.

         »De su vida austera y fervorosa, a pesar de su juventud y de los medios económicos de que disponía, dan prueba el retiro en que vivía, alejado por completo de los halagos del mundo y su piedad profunda, alimentada con la oración y lecturas espirituales y la Misa y Comunión diarias, todo lo cual hacía que al tratar con él se sintiera uno envuelto en un ambiente cálido de piedad y de fervor.

         »Contrastaba su línea de austeridad para consigo mismo con su bondad y disposición para servir a los demás. Severo para sí mismo y generoso para los demás.

         »Tallado, diría yo, para el sacerdocio, vino a ser lo que esperaba y fuertemente anhelaba, siendo el sacerdote santo, probado en el crisol de una larga y dolorosa enfermedad, que le sirvió para inmolarse y ofrecerse a Dios como víctima de propiciación a ejemplo del Sumo Sacerdote Jesucristo, inmolado en la Cruz.

         »Por haberse trasladado a Madrid, a la terminación de la Cruzada, yo no viví a su lado, pero informes bien verídicos me aseguran que su última enfermedad, sobre todo, fue una auténtica y verdadera inmolación sacerdotal.

         »Estos son los informes y noticias que yo puedo aportar en orden a la espiritualidad y virtudes del presbítero D. Manuel Aparici (q.e.p.d.)».

 

         23.    Rvdo. D. Jesús Rojo Cano

        

         Estando en Talavera de la Reina, su pueblo natal, en noviembre de 1955 (había sido ordenado sacerdote en 1951) se enteró que se iba a celebrar un Cursillo de Cristiandad en el Colegio Fundación Santander en el que participaría el Siervo de Dios.

«Participé en aquel Cursillo de Cristiandad –dice– y siempre recuerdo con emoción inolvidable que el día que daba la conferencia sobre los Sacramentos [...]. Al hablar de la Eucaristía nos refirió que él sabía de casos de personas que se habían acercado a comulgar con paladares de goma para conservar la Hostia Santa sin humedecerse y después llevarla a antros sacrílegos para que la profanaran. D. Manuel durante unos momentos lloraba y lloraba derramando lágrimas abundantemente, lleno de dolor por el sacrilegio y amor a Jesús Sacramentado.

         »Se quedó grabada profundamente en mi alma la fe y devoción tiernísima de D. Manuel a Jesús Eucaristía. Se traslucía a ojos vista un alma santa.

» Quiero aportar este hecho que yo viví con el deseo de verle un día en los altares».



Publicado por verdenaranja @ 18:59  | Espiritualidad
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