Lunes, 09 de junio de 2008

Palabras del Papa Benedicto XVI durante la audiencia a los Obispos de Myanmar recibidos el 30 de Mayo  de 2008 con ocasión de la visita Ad Limina Apostolorum.

 

 

Mis queridos hermanos Obispos,

 

Me alegro de daros la bienvenida, obispos de Myanmar, que habéis venido a la ciudad de Roma a venerar las tumbas de los santos Apóstoles y a fortalecer vuestra comunión con el Sucesor de Pedro. Nuestro encuentro hoy atestigua la unidad, caridad y paz que juntamente nos une y estimula nuestra misión a enseñar, guiar y santificar al pueblo de Dios (cf. Lumen Gentium, 27). Estoy agradecido por el amable saludo y por la garantía de oraciones que el Arzobispo Paul Grawng me ha expresado en vuestro nombre y en nombre del Clero, los Religiosos y laicos de vuestras Diócesis respectivas. Deseo responder con mi saludo cordial y sincera oración que “el Señor puede daros la paz a todo tiempo y por todos los medios” (cf. 2Tes 3, 16).

 

La Iglesia en Myanmar es conocida y admirada por su solidaridad con los pobres y necesitados. Ésta ha sido especialmente evidente en la preocupación que habéis manifestado tras la desgracia del ciclón Nargis. Las numerosas agencias y asociaciones católicas en vuestra tierra manifiestan que el pueblo bajo vuestro cuidado ha hecho caso al grito del Bautista: “El que tenga dos capas comparta con el que no tenga; el que tenga comida que haga lo mismo” (Lc 3, 11). Confío que bajo vuestra guía, los fieles continúen demostrando la posibilidad de establecer “un lazo fructífero entre la evangelización y las tareas de la caridad” (Deus Caritas Est, 30), de modo que otros “experimenten la riqueza de su humanidad” y que “Dios pueda ser glorificado a través de Jesucristo” (ibid., 31; cf. 1 Pe 4, 8-11).

 

Durante estos días difíciles, sé cuán agradecido está el pueblo Burmese por los esfuerzos de la Iglesia en proveer refugio, comida, agua, y medicina a aquellos aún en apuros. Tengo esperanza que, siguiendo el acuerdo recientemente alcanzado sobre la provisión de ayuda por la comunidad internacional, todos los que están dispuestos a ayudar sean capaces  de suministrar el tipo de asistencia requerida y disponer del acceso efectivo a los lugares donde más es necesitada. En este tiempo crítico, doy gracias al Dios Todopoderoso que nos ha congregado “cara a cara” (1 Tes 2, 17), porque me da la ocasión de reafirmaros que la Iglesia Universal está unida espiritualmente con aquellos que lloran la pérdida de seres queridos (cf. Rom 12, 15), al mismo tiempo que mantiene en ellos la promesa del Señor del alivio  y consuelo (cf. Mt 5, 4). Quiera Dios abrir los corazones de todos de modo que un esfuerzo conjunto pueda facilitar y coordinar el empeño actual de socorrer a los que sufren y  reconstruir la infraestructura del país.

 

La misión de la caridad de la Iglesia brilla fuertemente de modo particular a través de la vida religiosa, por la que hombres y mujeres se ofrecen a sí mismos con corazón indiviso al servicio de Dios y del prójimo (cf. 1 Cor 7, 34); cf. Vita Consacrata, 3). Me agrada notar que un número creciente de mujeres está respondiendo a la llamada de vida consagrada en vuestra región. Pido que su aceptación libre y radical de los consejos evangélicos inspiren a otros a abrazar la vida de castidad, pobreza y obediencia por el bien del Reino. Preparar candidatos para este servicio de la oración y  trabajo apostólico requiere un empleo de tiempo y recursos. Los cursos de formación ofrecidos por la Conferencia de Religiosos Católicos de Myanmar avalan  la posible cooperación entre las diversas comunidades religiosas con el respeto debido al carisma particular de cada una, y apunta hacia la necesidad de una sana formación académica, espiritual y humana.

 

Semejantes signos de esperanza se ven en el número creciente de vocaciones al sacerdocio. Estos hombres son “llamados juntos” y “enviados a predicar” (Lc 9, 1-2) para ser ejemplos de fidelidad y santidad para el Pueblo de Dios. Llenos con el Espíritu Santo y guiados por vuestro cuidado fraternal, pueden los presbíteros llevar a cabo sus sagrados deberes con humildad, sencillez y obediencia (cf. Presbiterorum Ordinis, 15). Como sabéis, esto requiere una formación profunda que esté de acuerdo con la dignidad de su oficio sacerdotal. Por tanto os animo a continuar haciendo los sacrificios necesarios para asegurar que los seminaristas reciban la formación integral que les haga capaces de llegar a ser heraldos de la Nueva Evangelización (cf. Pastores DaboVobis, 2).

 

Mis queridos hermanos, la misión de la Iglesia  de extender la Buena Nueva  está cimentada sobre una generosa y puntual respuesta de los fieles laicos a llegar a ser trabajadores de la viña (cf. Mt 20, 1-16; 9, 37-38). Ellos tienen necesidad también  de una formación cristiana fuerte y dinámica que les inspire a llevar el mensaje del Evangelio  a sus lugares de trabajo, familiar, y a la sociedad en general (cf. Ecclesia in Asia, 22). Vuestros informes aluden al entusiasmo con el que los laicos están organizando  muchas iniciativas nuevas, muchas veces  implicando a gran número de gente joven. Al fomentar y supervisar estas actividades, os animo a recordar a aquellos bajo vuestro cuidado a volver continuamente al alimento de la Eucaristía a través de la participación en la liturgia y la contemplación silenciosa (cf. Ecclesia de Eucaristía, 6). Programas efectivos de evangelización y catequesis también requieren planificación y organización claras si ellos han de conseguir el fin deseado de la verdad cristiana y conducir al pueblo en el amor de Cristo. Es deseable que hagan uso de las ayudas adecuadas, incluyendo folletos y materiales audio-visuales, para complementar la instrucción oral y proveer puntos comunes de referencia para la auténtica doctrina católica. Estoy cierto que otras iglesias locales a través del mundo harán lo que puedan por facilitar materiales  siempre que sea posible.

 

Vuestra activa participación en el Primer Congreso de Misión Asiática ha llevado a nuevas iniciativas en promover  la buena voluntad con los Budistas en vuestro país. En este aspecto, os animo a que desarrolléis siempre mejores relaciones con los Budistas para el bien de vuestras comunidades individuales y para toda la nación.

 

Finalmente, mis queridos hermanos, deseo expresar mi sincera gratitud por vuestro ministerio fiel en medio de circunstancias difíciles y contratiempos muchas veces más allá de vuestro control. El próximo mes, la Iglesia inaugura un año de Jubileo especial en honor de San Pablo. Este “Apóstol para los Gentiles” ha sido admirado a través de siglos por su inquebrantable perseverancia en pruebas y tribulaciones vívidamente contadas en sus Epístolas y en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2 Tim 1, 8-13); Act 27, 13-44).

 

Pablo nos exhorta a mantener nuestra mirada fija en la gloria que nos espera para nunca desesperar en la pena y sufrimientos de hoy. El don de esperanza que hemos recibido – y en el que estamos salvados (cf. Rom 8, 24) – trasmite gracia y transforma nuestro camino de vida (cf. Spe Salvi, 3). Iluminados por el Espíritu Santo, os invito a uniros a San Pablo con la confianza segura que nada – ni la angustia, o persecución, o hambre, ni cosas presentes, ni  cosas futuras – pueden separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor (cf. Rom 8, 35-39).

 

Encomendándoos a la intercesión de María, Reina de los Apóstoles,  de buena gana imparto mi Bendición Apostólica a vosotros, a vuestro clero, Religiosos y fieles.


(Traducción particular no oficial desde el  Inglés) 

 

 

 

 

 


Publicado por verdenaranja @ 21:10  | Habla el Papa
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