S?bado, 14 de junio de 2008

 


Artículo publicado en el Boletín "Misioneros Javerianos", número 442 - MAYO 2008, en la sección INFORME.


EL CAMINO DE LAS FAMILIAS-DE LA PARROQUIA AL MUNDO

 

Ya lo escribía Juan Pablo II°: «La familia es el objeto fundamental de la evangelización y de la catequesis de la Iglesia, pero es también su sujeto creativo. Precisamente por esto, para poder ser este sujeto, no sólo para poder perseverar en la Iglesia y sacar de sus recursos espirituales, sino también para constituir la Iglesia en su dimen­sión fundamental, como una «pequeña Iglesia», la familia debe de manera particular ser consciente de la misión de la Iglesia y de su propia participación a esta misión».

 

Las directrices del Papa son signi­ficativas. Después de decir que la familia cristiana es un sujeto «indis­pensable e insustituible» de la evan­gelización y de la catequesis, añade que es «el sujeto creativo», lo que hace referencia al sujeto institucio­nal: papa, obispos, sacerdotes. En la Iglesia hay un sujeto con el deber propio de continuar la evangelización y de mantener la fidelidad a los orígenes. Es garantía de verdad y de unidad. Y hay un sujeto con el preciso deber de encarnar el mensaje en el momento histórico en el que vivimos: la familia. Si la familia cristiana no cumple con su compromiso de «evangelización creativa», la mi­sión de la Iglesia no tiene gancho, el Evangelio se separa del mundo y se transforma en algo que no es actual y no interpela casi nada. Esto es lo que, desde hace unos siglos, ocurre en la Iglesia.

 

Primera evangelización

 

Por lo tanto hay que devolver a la familia su «don pro­pio», que es el de la escucha y la transmisión de la Palabra de Dios. La Iglesia domés­tica es el princi­pal lugar donde la Palabra debe ser escuchada de forma metódica y habitual, en familia y como familia. Es un punto de partida fundamental, el motor de toda renovación pastoral. Sólo a través de esta escucha familiar, que se hace obediencia de fe y elec­ción de vida, la Palabra pasa de generación a generación. Es a la familia a la que le co­rresponde la misión de la primera evangelización y de la catequesis de los hijos, no sólo en su niñez sino a lo largo de todo su crecimiento, hasta la juven­tud. La más amplia comunidad cristiana con sus ministerios específicos es quien debe sostener a la familia, sin sustituirla en este deber.

 

La acción de los pastores de la Iglesia debe buscar que se mantenga en la familia la conciencia y la habili­dad de comunicar la Palabra. Por lo tanto, la primera acción pastoral no debe ir dirigida tanto a los niños como a las familias de los bautizados. El compromiso de las familias respecto a la Palabra de­bería ser una condición para poder administrar el bautismo a los niños.

 

La relación entre Iglesia doméstica e Iglesia universal y su misión en el mundo se entiende mejor si estudiamos el dinamismo interno que lleva a cada familia a tejer una relación de comunión que se ensancha en círcu­los concéntricos, alcanzando en pri­mer lugar a las demás familias cris­tianas de su entorno y, después, a las demás comunidades cristianas, para terminar con los cristianos de todo el mundo y de la humanidad entera.

 

Deber constante


Con el Vaticano II hemos redescu­bierto que la misión es un deber constante no sólo del Papa sino de todo el Colegio episcopal y que debe encon­trar raíces y expresiones en cada co­munidad local: «Viviendo el pueblo de Dios en comunidades, sobre todo diocesanas y parroquiales, en las que de algún modo se hace visible, pertenece a ellas también dar tes­timonio de Cristo delante de los gentiles. La gracia de la renova­ción en las comunidades no puede

crecer si cada una no expande los campos de la caridad hasta los confines de la tierra y no siente por los que están lejos una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros» (Ad Gentes 37).

Hoy debemos tomar conciencia de que hay una misión de evangelización que hay que realizar entre nosotros, ya que los cristianos somos minoría en un inundo que está volviendo al paganismo. Pero esta misión local no debe disminuir la urgencia de la misión en el mundo. Misión en nuestra tierra y misión fuera de ella no deben ir por caminos diferentes sino complementarse, deben ser estímulo la una de la otra.

 

La misión

 

En esta misión, en su doble dimensión, se integra la familia cristiana por la razón de siempre: su naturaleza ecle­sial. Si la familia es Iglesia y la Iglesia es misionera, tam­bién lo es la familia.

 

Una segunda ra­zón es que la fami­lia es una comuni­dad abierta, crea-dora de una comu­nión siempre nueva y más amplia. El horizonte último de esta comunión es el mundo, porque el amor que circula en las familias cris­tianas es el mismo amor que circula en Dios; el mismo amor con el que el

Padre «tanto ha amado al mundo que ha mandado a su Hijo Unigé­nito para que el mundo se salve por El» (Jn 3,16.17).

 

Un tercer motivo hay que bus­carlo en el hecho de que la familia está siempre en los confines del mundo, incluso podríamos decir que ella misma es mundo. En ella y a través de ella, el Evangelio se adapta a la vida en todos sus as­pectos terrenos.

 

Como comunidad intrínsecamente misionera, la familia debe educar a sus hijos en la vocación misionera y, también, debe aceptar el mandato que la comunidad podría conferirle, en­viándola a los no creyentes.

 

Familias misioneras

 

El tema de las familias misioneras no es un capítulo aparte dentro de la visión global de Iglesia: supone un nuevo modelo de Iglesia que debe conducir a una renovación. No es un simple fenómeno numérico, sino un cambio sustancial dentro de la Igle­sia.

 

Puede sorprender que sólo en es-tos últimos tiempos se haya empe­zado hablar de familias misioneras, después de siglos en los que el tér­mino «misionero» había sido reser­vado a los miembros de congrega­ciones religiosas. ¿Cómo pudo ser esto? Pues porque se había olvidado la naturaleza misionera de todo el pueblo de Dios. El mismo pueblo de Dios había sido dividido en dos categorías: la primera, comprometida con el Reino (los sacerdotes y los re­ligiosos y religiosas); la segunda, activa en los asuntos temporales y encargada de proporcionar los medios a la primera. Además, se olvidó la naturaleza eclesial, y por tanto misionera, de la familia. Si reesta­blecemos estos tres términos (Igle­sia-misión-familia), la Iglesia cam­bia de forma radical y recobra su di­namismo evangelizador.

 

Se puede comprobar que, anti­guamente, la misión entre los no creyentes exigía una dedicación total, con situaciones de incomodidad y peligros, un partir sin previsión de volver. Es decir, algo que difícil-mente podía conjugarse con la vida de una familia normal. También hoy hay —¡y las habrá siempre!— situa­ciones que piden una particular con­sagración para la misión. La misión ad gentes, ad ex­tra y ad vitam, como consagración especial, será siem­pre algo actual pero esto no quita que una parte im­portante de la mi­sión pueda ser asu­mida por las fami­lias. Dios concede­rá a las parroquias y a las diócesis también vocacio­nes específicas, como las de los mi­sioneros y de las misioneras consa­gradas, pero el en­vío de familias de­bería llegar a ser la forma más ha­bitual de la misión: familias conec­tadas entre ellas y con sacerdotes, con religiosos y religiosas misione-ras, en un horizonte más amplio del que ofrece la parroquia. n

 

Francisco Grasselli


La Iglesia que vive en el tiempo es misionera por naturaleza (AG 2): o es misionera o no es Iglesia porque ha sido constituida por el Se-ñor Jesús «sacramento universal de salvación» (LG 48). En nuestras comunidades está muy presente un pecado del que nunca nos confe­samos: el pecado de «no misión». Obedecemos de forma repetida al mandamiento de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía»; tam­bién notamos la urgencia de otro mandamiento: «Amaos como yo os he amado»; pero no tenemos la menor percepción de la fuerza obli­gante de sus últimas palabras a los apóstoles: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. (Mc 16, 15) 

 

Hay que tomar conciencia de que una parroquia sin misioneros en sentido estricto (sacerdotes, religiosas, segla­res, familias...) no ha alcanzado su madurez. No es suficiente, aunque puede ser un buen pri­mer paso, enviar donativos o hacer apadrinamientos o her­manamientos. Hace falta que la parroquia, dependiendo de la diócesis, sea comunidad «que envía». Puede haber enviados (familias o personas indivi­dualmente), pero es la comuni­dad entera la que debe enviar, asumiendo solidariamente la responsabilidad de la misión entre los no creyentes.

 


Publicado por verdenaranja @ 0:31  | Misiones
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