Mi?rcoles, 18 de junio de 2008

Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o.h., publicado en EL DÍA el miércoles 18 de Junio en la sección CRITERIOS baja el epígrafe "Luz en el Camino". 


Luz en el Camino Fernando Lorente, o.h. *

 

 

Madurar juntos

Madurar juntos


RECOGEMOS de un gran escritor y pensador inglés católico, Chesterton, la afirmación siguiente: "El divorcio es, en el mejor de los casos, un fracaso, y nos interesa mucho más buscar y curar sus causas que completar sus defectos".

En relación con el libelo de repudio, Cristo admite una única excepción, el caso de fortificación adulterio. Pero ¿se trata de una excepción o debe entenderse que el divorcio no es permitido sino exigido por la ley judía en ese caso?

¡Divorcio!, qué palabra más llevada y traída por la sociedad y, particularmente, por muchos de nuestros políticos desde el poder y desde fuera de él. La buena política de un Estado, en esta materia como en tantas otras, es la de enseñar y ayudar a vencer las dificultades de la vida de los ciudadanos, no aumentárselas. El divorcio es una palabra que ha protagonizado y sigue protagonizando más debates frontales y está haciendo correr largos ríos de tinta en esta vida nuestra de cada. En este caso, no entramos hoy en la discusión de un estudio técnico, sino que vamos a contar una bella historia de amor y de larga fidelidad, entre las que me han narrado los ancianos pacientes en esta clínica (hoy hospital) de San Juan de Dios.

Se trata de una pareja de avanzada edad, rayando los cien años. Con qué gozo me contaban la fiesta familiar de su ochenta aniversario de boda. La parte "más" de esta historia matrimonial queda contenida en la declaración que me hicieron estos esposos: "Para ser sinceros, hemos tenido buenos y malos momentos, como cualquier otra pareja. Lo mejor, de todas formas, es que hemos madurado juntos". Y terminaron con esta sincera y profunda manifestación, ofreciendo esta otra rectitud de conducta: "El truco es que nunca nos hemos dado por vencidos en nuestras relaciones. Madurar así juntos, supone, en primer lugar, aceptar que el amor, como los frutos en la primavera, no está todavía en sazón, no ha llegado a granar en la hora temprana de un matrimonio recién estrenado. Supone comprender que el amor no se cogió nunca adulto en la cima del desarrollo, sino que hay que ir construyéndolo hora a hora, como se levantan todas las construcciones, colocando un ladrillo sobre el otro, un esfuerzo sobre otro esfuerzo, la renuncia y la dicha de hoy sobre la dicha y la renuncia de ayer".

Ante esta vivencia y ante otras similares que he escuchado de ancianos, hospitalizados o en sus domicilio uno piensa que, junto al largo frente de los que esperan una solución oficial para su problema, hay otra amplia representación de divorciados anónimos que, compartiendo hace tiempo la tragedia de una soledad en compañía, nunca llegarán, desde sus criterios religiosos o censuras sociales, a ampararse en una salida que no les vale. Pero el último extremo de un divorcio legal o de una soledad largamente arrastrada en compañía puede estar gritando la urgencia, como última experiencia, del truco de estos viejos, pacientes en este centro hospitalario o visitados en su domicilio de Los Sauces (La Palma) durante el período de más de 20 años: "Nunca nos hemos dado por vencidos en nuestras relaciones".

Terminamos estas entrañables referencias con esta reflexión desprendida del recuerdo de mis padres y del encuentro apostólico con tantos ancianos fieles a sus compromisos sociales y cristianos: "¡Cuántas veces los conflictos matrimoniales son fruto de una reclusión crónica en los propios puntos de vista que han impedido que el yo y el tú hayan madurado en el nosotros!".

Finalmente, escuchemos la llamada de un viejo pastor apostólico: "Creed en vuestra vocación, en esa hermosa vocación al matrimonio y a la paternidad que Dios os ha dado. Creed que está con vosotros, porque toda paternidad en los cielos y en la tierra recibe su nombre de él. No penséis que hay algo que podáis hacer en vuestra vida que sea más importante que ser un padre y una madre verdaderamente cristianos. El futuro de la Iglesia, el futuro de la Humanidad depende en gran parte de los padres y de la vida familiar que construyen en sus hogares. La familia es la verdadera medida de la grandeza de una nación, del mismo modo que la dignidad del hombre y de la mujer es la auténtica medida de la civilización" (Juan Pablo II. 1979).

* Capellán de la clínica S. Juan de Dios


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