Jueves, 19 de junio de 2008

Puntos para la reflexión sacerdotal sobre la fraternidad sacerdotal.

FRATERNIDAD PRESBITERAL

 

Nunca debemos olvidar que es de la gracia del propio ministerio de donde el sacerdote debe extraer las aguas de su espiritualidad y encontrar la fuente de su santidad.

 

San Pablo recuerda a Timoteo: "Aviva el fuego de la gracia de Dios que está en ti porque te impuse las manos" Y una de las dimensiones de esta gracia es la FRATERNIDAD PRESBITERAL. Imita lo que conmemoras. Confiesa lo que crees y, de tanto creerlo, hazlo ensayo, camino de la vida cotidiana con mis gestos.

 

Dice P. O: "Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el Orden del Presbiterado, están unidos todos entre sí por la íntima fraternidad sacramental y forman un presbiterio especial en la Diócesis, a cuyo servicio se consagran bajo el Obispo propio".

 

¿EN QUÉ CONSISTE ESTA FRATERNIDAD

SACRAMENTAL?

 

El Concilio entiende que la comunión en el ejercicio de los poderes sacramentales deriva de la naturaleza misma del Sacramento y desde esta clave teológica, el servicio apostólico aparece como un servicio colegial.

 

Desde esta perspectiva, esta realidad teológica hace que el presbiterado no pueda vivirse ni proyectarse más que desde una autonomía condicionada, que no tiene por qué limitar la libertad personal, pero la regula y la religa a la solidaridad con los demás hermanos en función de la única misión de la Iglesia, que es la única misión de Jesús.

 

De este modo, no se es apóstol sino con; no se es presbítero, sino con. Y esto no es puro juego de palabras. La realidad teologal tiene que hacerse estilo, tiene que configurar nuestro talante, los modales. Tiene que abrimos a otra comprensión y visión de las cosas, educándonos el corazón para que en el ejercicio del ministerio signifiquemos y desarrollemos lo que afirmamos y creemos como realidad teológica.

 

Esta coordinación presbiteral pone de manifiesto que la misión es de Jesús, es única y sólo en función de la misma, todos los presbíteros tenemos que integramos y cohesionamos para no introducir ni fisuras y ni parálisis en el dinámica salvadora de la misión de Jesús.

 

Según esta clave, nosotros, sacerdotes diocesanos, tenemos que vivir la fraternidad diocesana como camino, como latido, como tarea, como encargo.

 

El presbiterio diocesano, desde esta perspectiva, no consiste fundamentalmente en una combinación estructural, sino que cada sacerdote tiene que "vivirse" dentro del presbiterio y el presbiterio tiene que "vivirse" como una realidad sacramental dentro de la Iglesia particular.

 

La diocesaneidad no es un elemento puramente - jurisdiccional. Tiene un contenido místico, una realidad carismática, tiene una fuerza dinamizadora, que debe configurar el estilo y la propia espiritualidad del sacerdote diocesano.

 

¿EN QUÉ CONSISTIRÍA ESTA MÍSTICA DE LA

FRATERNIDAD SACRAMENTAL?

 

Partiendo de la insistencia de san Pablo: "Avivad el fuego de la gracia recibida", podríamos poner en boca del Apóstol en nombre de todo el presbiterio diocesano: Extraed de esa conciencia de la fraternidad sacramental un latido común, un estilo de comportamiento, una capacidad de cooperación y una educación de la propia entraña, para no sabernos vivir más que haciendo camino con otros y para no saber trabajar sino concertando con el resto de los hermanos las tareas en función de la única misión.

 

EXIGENCIAS MÍSTICAS, COMO CAMINO ESPIRITUAL Y CONFIGURACIÓN DEL PROPIO ESTILO, NACIDAS DE ESTA FRATERNIDAD SACRAMENTAL

 

PRIMERA CLAVE: Hacer de todo, ámbito fraterno. Hacer de todo encuentro fraterno, hogar de hermanos, donde cada una se sienta reconocido, como en su casa, sin tenerse que cuidar sus modales o ponerse la careta. Y se está en el hogar, cuando nos creemos, nos queremos, nos tenemos tanta esperanza que siempre nos esperamos.

 

SEGUNDA CLAVE: La cooperación. Se es con otros, se es junto a los otros. Esto exige en ocasiones reconvertirnos, educar el corazón desde la comprensión de que soy junto a, que no tengo razón de ser más que viviéndome "con ".

 

TERCERA CLAVE: Vivir la parcela encomendada en combinación de la única Viña del Señor. Es necesario concentrar en la parcela encomendada toda nuestra capacidad creadora, pero no como propiedad, porque nadie puede adueñarse de ella.

 

CUARTA CLAVE: Considerar la pastoral de conjunto como un ejercicio práctico de cooperación.

 

El esfuerzo pastoral de conjunto no es sólo exigido por los nuevos condicionamientos sociológicos, ni está solamente en función de la rentabilidad pastoral, aunque los incluye. Es un signo cuasi-sacramental, una visibilización de esa co-misión, de esa corresponsailidad, nacida de la fraternidad sacramental.

 

QUINTA CLAVE: Caminar de dos en dos. Es más que una realidad sociológica o psicológica. Podemos estar en un lugar junto a otros compañeros, por casualidad. Pues bien, tendríamos que transformarlo en gracia. Y, por ello, hacer camino "de dos en dos" hasta que el grupo fraterno vaya logrando un alma gemela de sintonía, de cariño, de comprensión, de purificación de actitudes.

 

Desde esta perspectiva de la fraternidad,

podríamos decirle al Señor:

 

Señor Jesús: - ¿Cómo está mi corazón respecto a mis hermanos? - ¿Cómo me sorprendo ante ellos?

¿Qué les aporto con mi carácter, con mi silencio, con mi palabra, con mi transparencia al comunicarme con ellos, con mi diálogo entrañable? ¿O qué les niego?

-¿Cómo me sitúo ante el proceso colectivo? ¿Me inhibo del esfuerzo solidario? ¿O aporto ánimo, esperanza, sabiduría e iniciativa?

-¿Me sorprendo acogiendo las sugerencias de los otros hermanos y, en ocasiones, las interpelaciones? ¿O soy excesivamente autónomo, interiormente parapetado? ¿Me muestro agradecido de que me hagan luz y reconocido porque me ayudan a ponerme en verdad?

-¿Cómo encajo el dolor e integro la lógica penalidad del camino solidario y cotidiano con los demás hermanos? ¿Eso dolor lo vivo como aprendizaje de comunión, como ejercicio de fraternidad, como expresión de estar compartiendo la misma misión de la Iglesia, que es la misión de Jesús?

-¿Cómo es mi mirada sobre los hermanos? ¿Tengo capacidad para fijarme en lo bueno que tiene cada uno y agradecerlo o me paro más bien en lo negativo, hurgando en ello?

 

-¿Cómo se halla mi libertad ante la concertación diocesana desde el enclave concreto donde vivo? ¿Me siento libre para sugerir, para interrogar, para sugerir con el fin de adentrarme en la espesura de la-misión de la Iglesia, de la misión de Jesús?

-¿Se me conmueve el corazón por la ternura, cuando por alguna circunstancia tengo que usar "el bisturí", con el fin de no hacer daño, sino curar?

 

A la luz de estas sugerencias, nos vendría bien ponemos a orar al Espíritu,
diciendo:

 

"En tu luz, queremos ver nuestra luz. Espíritu Santo, ayúdanos a ver si
tenemos corazón de hermano".

 

Lo que veamos de bueno, apuntalémoslo y urjamos al Espíritu a que nos siga ayudando a fortalecer esas actitudes y comportamientos.

Que la comprensión en el Espíritu de la fraternidad sacerdotal nos haga generosos para querernos "a muerte ", para cubrirnos las espaldas, para adentramos cada día más en la espesura del Misterio del Evangelio y para servir, en una concertación inteligente y cordial, a nuestro pueblo.


Publicado por verdenaranja @ 0:12  | Espiritualidad
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