S?bado, 21 de junio de 2008

Día 22 de Junio
XII Domingo del Tiempo Ordinario

 

Criterios cristianos


El pasaje de san Mateo que nos ofrece hoy la Iglesia recoge una serie de criterios que el cristiano, como hombre que es de fe, debe tener en cuenta. De la fidelidad a estos criterios va a depender que su vida sea coherente; es decir, que llegue a ser responsable con los dones que ha recibido en los que radica su dignidad, y que pueda mantener con razón, como consecuencia, el tono interior optimista que le corresponde como hijo de Dios. Son afirmaciones escuetas del Señor, que nos resultan muy razonables habiendo reconocido previamente que, como cristianos, confiamos plenamente en Él. El punto de partida presupuesto en cada afirmación es la divinidad de Jesucristo. A partir de la fe en la divinidad del Señor, que incluye implícitamente el reconocimiento de su infinita bondad y de su omnipotencia, estos criterios propiamente son conclusiones que todo cristiano sostiene con firmeza si es segura su fe.


        Nada hay oculto que no vaya a ser descubierto. Es un convencimiento elemental que arranca de la fe en la eternidad, inmensidad y omnipotencia divinas; pues, aunque no sepamos cómo, Dios actúa en cada movimiento de sus criaturas, aunque no sea por ello temporal como nosotros, que sólo conocemos la verdad según acontece y actuamos a lo largo del tiempo de modo sucesivo. No podemos entender cómo es Dios, pero creemos, como dice san Pablo, que en El vivimos, nos movemos y existimos. Es inmenso y sostiene a todo en su ser. Toda la realidad le está presente y nada puede escapar al alcance de su poder.


        No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. ¡Qué consecuencia más lógica para quien ha captado la realidad de nuestra vida en Dios! Bien sabemos que, para todos, la muerte es una cuestión de tiempo: algo acabará matándonos. Ciertamente podríamos sentirnos por peculiares circunstancias gravemente amenazados de muerte, como cuando alguien padece una enfermedad mortal o, lo que es menos frecuente, si uno ha recibido amenazas de muerte. Parece importante, en todo caso, no tener miedo a la muerte, que llegará relativamente pronto. Basta que consideremos los miles y miles de generaciones que se han sucedido desde que existen hombres sobre la tierra. Por más adheridos que nos sintamos al momento presente, vale la pena reconocer lo habitual que viene siendo morirse: abandonar todo lo terreno con la sepultura, para quedar en este mundo únicamente en el recuerdo de unos cuantos seres queridos, y apenas por un tiempo.


        Queramos entonces estar, más bien, prevenidos contra el peligro de sucumbir para el destino para el que Dios nos creó. Morirse no es un fracaso. Diríamos, por el contrario, que es un trámite necesario para acceder a la vida eterna, en que consiste la plena realización humana. Algo muy bueno, por consiguiente. Puestos los ojos en ese espléndido destino de intimidad permanente y para siempre con la Trinidad, tomemos medidas seguras; pues, así como la muerte del cuerpo es inapelable y nos afectará a toda esta generación relativamente pronto, queramos o no; no debe suceder así con la claudicación integral de la persona, o "muerte del alma", de aquellos que pierden el sentido de su existencia en una vida al margen de Dios.

        A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Esta última afirmación de Jesucristo que consideramos hoy, es una advertencia bien clara y precisa que no podemos olvidar, si queremos vivir de cara a la eternidad, contemplando esperanzados en toda circunstancia nuestra vida más allá de la muerte.


        Confesar al Señor delante de los hombres es algo bien preciso, aunque pueda tener rmultiples manifestaciones. Consiste en mantener una conducta de acuerdo con el Evangelio, que deje patente ante todos la propia condición cristiana. Dejar claro que somos cristianos y animar a otros a seguir a Cristo, no es un requisito más aparte de vivir el Evangelio. Es otra de las manifestaciones, tal vez la más noble –el apostolado– de la caridad. Y la caridad, como sabemos, condensa de hecho todo el Evangelio.


        Suenan duras e intransigentes las últimas palabras de Jesucristo. Nuestro Señor –que es todo amor– no aboga por los condenados. Podría parecer que para ellos no tiene piedad ni misericordia. Sin embargo, ¡qué más querría el Señor que poder perdonarlos! Pero tendría que violentar la libertad del hombre, lo que supondría una contradicción esencial. El hombre, sin libertad, dejaría de ser humano. Los condenados pierden el sentido de su vida. Pierden su alma por su decisión de oponerse a Dios que el propio Creador respeta. Con ello se manifiesta hasta qué punto es grande el don otorgado al hombre, que siendo imagen de Dios, además de ser espiritual, posee, de acuerdo con su naturaleza, capacidad de autodeterminación a semejanza del mismo Dios, totalmente libre de coacción.


        ¡Concédenos, Madre Santa, conocer cada día un poco mejor la dignidad de nuestra condición y ser coherentes con ella!


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