Domingo, 22 de junio de 2008

Comentario a las lecturas del Tiempo Ordinario publicado en el Diario de Avisos el domingo 22 de Junio de 2008 bajo el epígrafe "el domingo, fiesta delos cristianos".

Sentir Vergüenza

DANIEL PADILLA

S
olo hay que sentir vergüenza para hacer el mal, hijo mío". Nos lo dijeron muchas veces nuestros educadores, al entrar en la adolescencia. Cuando un tor­

bellino de sensaciones, ideas y sentimientos estallaban en nuestro interior. Cuando, sintiéndonos "mayores", luchá­bamos, entre el desparpajo y la timidez, por dejar a un la­do las cosas infantiles.


De niños, era otra cosa. De niños, lo hacíamos todo

con intensidad, apasionadamente, sin complejos. Reíamos con entusiasmo. Llorábamos desconsoladamente. Pataleá­bamos con rabia. Admirábamos con frenesí a nuestros pa­dres. Y amábamos al Dios de Jesús con toda el alma. To­do era al cien por cien. Pero, ¡amigos!, al llegar la adoles­cencia –y más la juventud- empezábamos a "dosificar" las cosas. Nos llenábamos de "prudencia". O de "miedo al ridículo". O de "falsa vergüenza". Cortamos de raíz el be­so que dábamos a nuestros padres antes de acostarnos. Sentíamos un cierto pudor de salir con ellos a la calle. Sin llegar a "groseros", pero nos daba apuro ser "delicados". Y se paralizaron bastante, por supuesto, nuestras manifes­taciones religiosas.


-¿Por qué no vas a Misa, hijo mío?


He ahí una pregunta, cuya respuesta seguramente tie­
ne muchas ramificaciones. En parte, por pereza. En parte, porque nuestra fe no se desarrolló en sintonía con otros crecimientos: culturales, sociales, políticos. En parte, por contagio colectivo. Y en parte, ¡ay!, por esa extraña vergüenza. No lo dudemos: muchos chicos y chicas deja­ron de "practicar" porque les resultaba "duro" exponerse al comentario y la sonrisita de los "supuestos" amigos. Suele ser más dificil el heroísmo de los trances sencillos y diarios que la "bravata" de un momento aislado. Da pena, pero es así.


Y ésa es justamente la gran advertencia de este do­
mingo: "Si se avergüenzan de mí ante los hombres, tam­bién yo me avergonzaré de ustedes ante mi Padre celes­tial". El cristianismo, amigos, requiere la valentía de las "minucias"; con ellas, vamos construyendo nuestro futu­ro. El cristianismo es una continua opción entre las cosas "que valen" y las que son "hojarasca". El cristianismo es saber elegir entre "la hora de la verdad" y los fáciles aplausos "de un momento". "Para mí, lo de menos es que vosotros, o un tribunal humano, me pida cuentas", decía Pablo, que "se había puesto por montera" todos los respe­tos humanos. Y añadía, "mi juez es el Señor; la concien­cia no me remuerde".


Es importante tenerlo en cuenta. Y si esta aventura nos resulta cuesta arriba y agobiante, confiemos en la prome­sa del Señor: "Nada hay oculto, que no llegue a saberse". Y me pongo a pensar en los humildes trabajadores sin "aureola": madres abnegadas de cada día, padres "sin tí­tulo", hijos corrientes y molientes que sólo han hecho "lo que tenían que hacer", seres que no han aparecido en ningún reparto importante, en ninguna lista electoral: ni siquiera en la alineación de un equipo de colegio. Solda­dos desconocidos. Campeones de lo vulgar. Héroes de la nada. Incluso, acaso recogieron las bromas de los vecinos.


Pero ¡ojo! ¡Ojo con las apresuradas calificaciones!

Ellos hicieron únicamente "lo que interesaba": "amar a Dios en su sencillez y al prójimo como a sí mismos". Es decir: "no se avergozaron de Jesús". Habrá que mirarles con respeto.Porque pienso que les veremos un día, "sentados sobre tronos, juzgando alas tribus de Israel". Porque, ya lo saben: "Al que es fiel en los poco, Dios le confía lo mucho".

 


Publicado por verdenaranja @ 11:18  | Espiritualidad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios