Lunes, 23 de junio de 2008

Homilía del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo de México en  la Misa celebrada el domingo 22 de junio de 2008 en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe durante la celebración de la Gran Marcha por la Vida.





HOMILÍA PRONUNCIADA POR EL CARDENAL NORBERTO RIVERA CARRERA, ARZOBISPO PRIMADO DE MÉXICO EN BASÍLICA

 

 

domingo, 22 de junio de 2008

 

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que levanta la voz en medio de la historia humana para invitarnos a proclamar la verdad. Su palabra resuena para invitarnos a que no temamos proclamar la verdad en medio de la sociedad. Este es el motivo de la peregrinación con la que Uds. llegan hoy a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe: agradecer el don de la vida y reafirmar la verdad de la vida humana, en un mundo que aparta la vista de lo que la ciencia reconoce: que la vida del embrión es humana desde el primer momento de la concepción, hasta el último instante de su existencia natural. Que no hay discontinuidad desde los momentos iniciales de la vida, cuando el embrión ya genéticamente es un ser humano, hasta el momento en que la muerte da fin natural a la existencia. Esta es la verdad que hemos de proclamar en la sociedad y es la verdad que tenemos que defender, con la claridad de la razón, ante las disyuntivas legales que una sociedad plural pone sobre la mesa del debate y sobre la conciencia de las personas.

 

Esta proclamación no nace de la prepotencia, o del afán de imponer las propias ideas a los demás. Nace de la certeza de que la verdad es la base de la convivencia social. La comunidad humana no está arraigada en la veleidad de la opinión, que hoy es válida y mañana, no, sino en la razón humana que llega a conclusiones firmes, cuando se desarrolla con sinceridad y no es servil a otro tipo de intereses. Incluso las verdades de la fe no son ciegos dogmas producto de un fanatismo exacerbado, sino que buscan la racionalidad que no contradiga la naturaleza investigadora del ser humano. El ser humano sin la verdad es enormemente frágil. La verdad es la fortaleza de los hombres y mujeres que viven en la sociedad y la justicia debe ser la primera aliada de la verdad.

 

Todos sabemos que en estos días se esta debatiendo la inconstitucionalidad de la ley que despenaliza el aborto, primero en el Distrito Federal, pero con seguras repercusiones legales en el resto de los Estados de la República.

 

Nuestro estado es un estado laico, que reclama la clara separación y respeto entre las realidades temporales y las realidades religiosas. La verdadera laicidad es la que escucha la razón, no la que se deja llevar por la sinrazón de una imposición de tipo político. Si se rechazan los dogmas religiosos, ¿se deben aceptar los dogmatismos ideológicos? El evangelio de hoy nos reclama a no negar la verdad, porque para nosotros sería negar a Cristo. En eso la palabra del Señor es tajante: el que me niegue delante de los hombres yo le negaré delante de mi padre que está en los cielos.

 

El cristiano no es un ser alejado de la sociedad. Ya desde los primeros años del cristianismo, en un escrito llamado “la carta a Diogneto” se nos dice que: Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Residen en sus propios países, comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia. Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas.

 

El cristiano vive dentro del mundo moderno y es un ciudadano más con los mismos derechos y deberes de cualquier otro ciudadano. El cristiano no pide fueros particulares, sólo pide que su voz se escuche sin el prejuicio que de antemano descalifica. Quiere ser oído con el respeto que merecen las verdades que nacen de sus convicciones. El cristiano quiere que se le respete el derecho a defender sus puntos de vista con racionalidad, con tolerancia y con respeto, sin ser señalados como oscurantistas por no ir siempre de acuerdo con la opinión del pensamiento oficial de una autoproclamada intelectualidad.

 

Hoy nos reunimos a pedirle a María Santísima que nos ayude a descubrir la verdad del don de la vida. Agradecemos a Nuestra Señora de Guadalupe que hasta hoy haya concedido a los mexicanos la claridad para ver que la vida humana es intangible. La verdad que el cristiano tiene que afirmar es también la verdad respecto a la mujer y a su dignidad, al respeto que se le debe y sobre todo al apoyo que se le ha de dar cuando se encuentra en la dramática disyuntiva de seguir adelante el embarazo o de eliminar la vida humana que ya late en su seno.

 

La mujer no puede atentar contra el ser humano que lleva en su vientre, sin graves consecuencias físicas y psicológicas para su persona, e incluso su propia muerte.

 

El evangelio nos dice que no hay nada oculto que no llegue a salir a la luz. Las ofensas a la vida humana, acaban por herir gravemente a quienes las llevan a cabo y por desgracia a quienes son víctimas: en primer lugar a los embriones humanos que son privados de la vida y además a las madres que se ven enfrentadas, una vez que han abortado, a una segunda soledad. Primero estaban solas, y les faltó apoyo para tener la fortaleza afectiva y psicológica que les permitiría llevar adelante un embarazo no previsto o a veces forzado. Luego se ven solas porque la sociedad, que no les acompañó para sacar adelante una vida humana, permite que se les quite la compañía de un hijo que, aunque no fuera deseado, habría sido un consuelo al dolor con el que quizá comenzó su existencia.

 

La promoción del don de la vida no se reduce al doloroso drama del aborto, sino que interpela a otro flagelo de nuestra sociedad que arranca vidas humanas. Me refiero a la violencia organizada, a la que se ceba en personas inocentes, secuestradas por culpa de un desprecio de la vida humana y del derecho a la libertad que tiene todo ser humano. Es preocupante que la sociedad no reaccione con valor ético y cívico ante estos grandes daños y no se oponga de modo frontal a quienes de modo impune siguen lucrando con el dolor y la vida de cientos de personas.

 

Hoy a los pies de la Virgen de Guadalupe queremos pedir también por las víctimas de esta violencia. Desde aquí hacemos un llamado a quienes han hecho de esta actividad una forma de ganarse la existencia, para que recuerden que ese no es un modo de vida, sino un camino de muerte. Muerte de sus conciencias y de sus corazones y también muerte de sus familias involucradas en un círculo de vicio que las hiere moralmente y, a veces, cobra el altísimo impuesto de las vidas de los hijos y las esposas de quienes se dedican a estos delitos.

 

Queridos participantes en la peregrinación por el don de la vida, ejerzan su derecho a mostrar, con razones y elementos legales, que la vida humana debe ser defendida y custodiada desde el primer momento. Apoyen a la mujer embarazada para que supere la difícil tentación de eliminar la nueva vida que comienza en su seno. Sean testigos en medio de una cultura plural y democrática, de que la convivencia humana necesita de los valores que garantizan la vida de todos y cada uno de los miembros de la sociedad, tanto de los que se pueden defender por si mismos, como de los que no lo pueden hacer, de los que pueden hablar para reclamar sus derechos y de los que no pueden hablar, de los que son útiles para nuestra sociedad y de los que no se pueden valer por sí mismos. Todos ellos tienen el don de la vida y ese don lo tenemos que agradecer, lo tenemos que respetar y lo tenemos que apoyar.

 

Jesucristo, como nos dice la segunda lectura de hoy de la carta de San Pablo a los Romanos, vino a destruir el poderío que la muerte ejercía sobre los seres humanos a causa del mal que reinaba en el mundo. Este es el gran mensaje que los cristianos, desde nuestra fe, usando la razón, podemos y debemos proclamar al mundo moderno: que el mal no vence al bien, que la muerte no vence a la vida, que la muerte no es la única salida que tiene el ser humano, que no es el único ni el último camino que tiene la mujer que se encuentra esperando un hijo, que no es el único ni el último camino que tiene quien se ve envuelto en la red de la violencia organizada.

 

Hay otro camino y es el camino que nos muestra la virgen de Guadalupe. Ese camino es Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida. Jesucristo que, como nos dijo nuestra madrecita del cielo, “es el verdadero Dios por quien se vive, el Dios del junto y del cerca, el señor del cielo y de la tierra”. El es el Dios de la vida, el creador de la vida, el que sacrificó su vida para entregarnos el don de la vida.

 

Que la Virgen de Guadalupe, madre de todos los mexicanos, ilumine a quienes tienen en sus manos las decisiones sobre la vida de otros mexicanos, para que tomen con valor, justicia y sabiduría, la decisión que brota de la verdad, y que se convierte en certeza de que, en el mutuo respeto, todos podemos vivir seguros en la casa común que es nuestra patria, que para todos es México.


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