Jueves, 26 de junio de 2008

Artículo semanal del Padre Fernando Lorente, o. h., publicado en EL DÍA, el miércoles 25 de Junio de 2008 en la sección CRITERIOS bajo el epígrafe "Luz en el Camino".


La vida cristiana, antes, ahora y siempre


LA VIDA CRISTIANA, en todos los tiempos, es toda ella un don gratuito de Dios que se define como fe en Cristo. Ser cristiano, por tanto, es el que cree en Cristo. Es por esto que las certezas que da la fe al ser humano le constituyen en una atmósfera de libertad amplia precisamente en los problemas para los que la inteligencia humana no propone soluciones satisfactorias. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma de las dificultades de la existencia humana, y las más decisivas son la misma vida y la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Esto vale no solamente para las personas cristianas, sino también para todos los seres humanos de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema de todo ser humano en realidad es una es una sola, es decir, divinas. (cf. Vaticano II. GS, 22) Para madurar esta vivencia cristiana, ¿qué dificultades hay que vencer? Cada época tiene las suyas. Esclarecer algunas de las que estamos viviendo es el intento de este breve comentario.


En primer lugar estamos viviendo en una sociedad indiferentista del bienestar, que actúa como un poder -aunque sea democrático- disolvente de las estructuras cristianas, que durante muchos siglos han protegidos la fe religiosa del pueblo. La sociedad cristiana, como toda sociedad rectamente ordenada, fue un su constitutivo primario una sociedad familiar; hoy, en los países más progresivos que se nos presentan como paradigma del futuro, la familia es una realidad conflictiva, fundada sobre un matrimonio inestable y que parece en trance de extinción. Si se sigue avanzando por la pendiente del divorcio, la anticoncepción y el aborto, como parece -por los hechos del Gobierno español actual-; y se sigue generalizando una llamada emancipación de la mujer que signifique su equiparación laboral con el hombre, el abandono del hogar y la renuncia a educar a sus hijos, e incluso a tenerlos, quizás se incremente la productividad social y se alcance la igualdad entre los sexos, pero será a costa de la muerte de la familia y de su suplantación por la "comuna". Y la "comuna" - que quede claro- nunca podrá ser célula de una sociedad cristiana.


Existen otros factores de indeferentistas: a) La pérdida del sentido femenino del pudor, un hecho de tan amplias proporciones que puede considerarse como uno de los fenómenos que caracterizan a nuestro tiempo y que, como tal fenómeno, quizás no tenga precedente en la historia humana. Pero lo que tal vez se lleve la palma en cuanto a eficacia disolvente sea el insensible acostumbramiento a los que es deforme y pecaminoso, hasta el extremo de llegar a considerar como normal y corriente lo que contradice y quebranta la ley divina, natural y evangélica. Esta pérdida del sentido moral es producida, sobre todo, por la presión de los diversos medios de comunicación social que, día a día, van conformando las conciencias de las personas sencillas e imponiéndoles sus criterios y juicios de valor. Los "ídolos" modernos son de carne y huesos, no de piedra o metal, como los de antes. Unos opinan sobre la existencia de Dios; otros, desde su influencia olímpica sobre el matrimonio y sus puntos de vistas, muchas veces disparatados, impresionan y confunden a las muchedumbres fervientemente entusiastas y sencillas. b) Ciertos periódicos y ciertas revistas de sociedad, aún sin abrigar ningún concreto propósito antirreligioso, deforman las conciencias de las gentes sencillas y contribuyen a que se extienda en la práctica la inobservancia de la ley de Dios.


Ahora bien, sería un error sacar de cuanto venimos diciendo la conclusión de que todo es malo en la nueva sociedad y de que, comparado con la época en que vivimos, cualquier tiempo pasado fue mejor. Esto, ciertamente, no es así, pero aunque lo fuera, de nada serviría la nostalgia y las lamentaciones, porque la historia nunca retrocede y estos tiempos -no los de ayer- son además los nuestros, los que Dios nos tenía reservados como escenario de nuestra vida y palenque para nuestra lucha de cristianos. La sociedad actual supera a la del pasado desde casi todos los puntos de vista: en instrucción y en higiene. En alimentación y en sanidad, en el vestir y en las vivienda. En muchos países, la mortalidad infantil jamás fue tan escasa, la vida humana nunca fue tan larga, todo el mundo sabe leer y escribir, se lava más, se come mejor y le queda tiempo para la diversión y el descanso. El bienestar material y el nivel social en nuestras tierras occidentales, al menos, superan ampliamente a las sociedades del pasado… Pero como el Cristianismo no es un humanismo -por muy noble que puedan ser los ideales humanistas- sería equivocado asignarle como fin la consecución de la más perfecta forma de existencia humana en la tierra. Una cosa hay cierta para los creyentes -y no creyentes-: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios.


Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad. Esta es la vida cristiana antes, ahora y siempre.


* Capellán de la clínica S. Juan de Dios


Publicado por verdenaranja @ 1:15  | Migraciones
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