Domingo, 29 de junio de 2008

Comentario a las lecturas del domingo décimo tercero de tiempo ordinario - A, publicado en el Diario de Avisos el domingo 29 de Junio de 2008, bajo el epígrafe "el domingo, fiesta de los cristianos".

El Libro del Buen amor

DANIEL PADILLA

A
unque estoy decididamente de tu lado, Señor, te diré que muchas veces, al leer tu evangelio, pien­so: "Esto es... pasarse... ganas de incordiar". Así,  el fragmento de este domingo. Ponte en mi lugar, Señor. Más de una vez, teniendo a mi padre entre los partici­pantes de la eucaristía, me ha tocado proclamar: "El que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es dig­no de mí". Te lo repito: ponte en mi lugar. Porque yo, li­bre y gozosamente, he ido escalando un itinerario de amor hacia mis padres. Primero, por la misma fuerza de la sangre, que tira lo suyo. Después, por humanidad y por lógica: "¿Cómo no tratar de corresponder a quienes tanto me dieron?". También, por un elemental sentido de reparación, ya que nadie está libre de haberse equivoca­do alguna vez. Pero, sobre todo, porque Tú mismo reite­raste el mandato divino: "Honrarás a tu padre y a tu ma­dre". Si de algo estoy, por tanto, contento es de haber su­perado esta asignatura con bastante buena nota. Y ahora, de pronto, Tú me sueltas tu sentencia: "El que ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí".

He tenido que leer muchas veces el pasaje completo, para no tener un auténtico cisma interior. Creo que, al fin, lo he entendido bien.

Tú no quieres que deje de amar a mi padre para amarte a Ti.  Lo que Tú quieres es que llegue a amarlo de una manera tan purificada y tan noble, tan transformada e in­tensa, que en él, te vea a Ti: "El que dé de beber a uno de estos pobrecillos, no pierde su paga, ya que me da de be­ber a mí".

Muchas veces, Señor, en plena agitación del trabajo, lo he interrumpido para atender y servir a mis padres. Llevarles a urgencias en plena noche. Asistirles ante un problema, ayudarles en un apuro y, en ocasiones, no te oculto mi contrariedad.

Pero ahora comprendo que "amar a los padres" y "amarte a Ti" no son dos amores, sino un mismo amor. Ocurre como en el cine, cuando dos planos se superpo­nen en una mezcla progresiva y, al fin, prevalece una sola imagen, bella y nítida. Cuando yo me inclinaba ante los problemas de mis padres, para ayudarles y servirles,  allá se  fundían dos imágenes: la de ellos y la tuya. Desde el fondo, emergiendo y entremezclándose con aquel noble rostro, aparecía tu perfil inconfundible: el del "varón de dolores". Por eso, cuando se ama de verdad, es imposible amar a los padres más que a Ti.

Es necesario que todos los hijos entiendan bien esta página. Suele haber, en esto del "amor a los padres", una triple etapa: primero, de entusiasmo; después, de despe­go; al fin, de ternura. Tesis, antítesis, síntesis. De niños,      nos agarrábamos a ellos como a un árbol imprescindible. En la adolescencia y juventud, nos íbamos alejando, dis­traídos y displicentes. Al hacernos mayores, sentimos la necesidad de cobijarnos a la sombra del viejo tronco.

Hay que volver, amigos, cuanto antes, a esta etapa de síntesis. Hay que practicar al máximo eso de "hacer con ellos lo que quisiéramos que hicieran con nosotros". Es necesario que, al mirarlos, pongamos tras ellos, siquiera en la imaginación, la imagen de Jesús. Para que las dos figuras se mezclen y entrecrucen. Podrá ocurrir incluso que la imagen resultante se haga sonora y que la oigamos decir: "Lo que a ellos hacen, a Mí me lo hacen".

Decididamente, Señor, me gusta tu evangelio.


Publicado por verdenaranja @ 11:33  | Espiritualidad
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