Mi?rcoles, 02 de julio de 2008

Capítulo sacado de DOSSIER FIDES en el trabajo sobre "LA EUCARISTÍA: sacrificio, banquete y presencia del Señor", publicado por FIDES el 14 de Junio de 2008.

La gota de agua en el vino

 

El hecho de que en dos Concilios se haya hablado de la infusión del agua en el vino durante el ofertorio, resulta sorprendente hasta para los católicos practicantes. A parte de los acólitos, probablemente solo pocos participantes se dan cuenta que, en cada misa, en el cáliz, el agua es infusa en el vino. 

         

Siguiendo el sentido mistagógico, para acercarnos a los misterios de la fe, la gota de agua nos puede llevar a penetrar más profundamente la teología del sacrificio de la Misa. En el Concilio de Florencia (1439), convocado para llegar a un acuerdo con los cristianos armenios, la gota de agua fue objeto de profunda evaluación dogmática. Como materia necesaria para el sacramento de la Eucaristía, el Concilio menciona “el pan de trigo y el vino de uva al que antes de la consagración se le debe agregar algunas gotas de agua”.

 

Es significativo recordar que fue el mismo Señor quien instituyó este sacramento de este modo, sirviéndose de vino infuso con agua. Evidentemente era una antigua praxis hebrea el beber vino con  agua. El escritor Justino, que murió mártir hacia el año 165, nos ha dejado preciosas indicaciones sobre el modo como se daban las celebraciones eucarísticas protocristianas. Dice el testimonio: “Seguidamente se  llevan el pan y un cáliz con agua y vino al primer hermano”.

 

Esta praxis es también confirmada por los “testimonios de los santos padres y doctores de la Iglesia”, el Concilio de Florencia da también una explicación alegórico mística: “dado que esto es consagrado al memorial de la pasión del Señor”. “No se debe ofrecer en el cáliz del Señor o solo vino o solo agua, sino ambos, porque está escrito que tanto como el otro, la sangre y el agua, brotaron del costado de Cristo” (cfr. Jn 19,34). Es así que ingresa el carácter sacrificial de la santa misa, el sacrificio de sí mismo del Redentor por amor de nuestra salvación.

 

Se trata también de nuestro ingreso en Su sacrificio, sigue el Concilio. El efecto que el sacramento tiene sobre nosotros debe manifestarse en la gota de agua: “en el agua se prefigura el pueblo, y en el vino se manifiesta la sangre de Cristo”. “Cuando se mezcla el agua con el vino en el cáliz, se une el pueblo a Cristo, y el pueblo fiel se reúne y se une con aquel en quien cree”.

 

¿Por qué fue justamente este Concilio, cuyo contenido fue una conciliación con los armenios de tendencia monofisita, el que analizó detalladamente el tema de la gota de agua? La herejía monofisita tendía a acentuar excesivamente y unilateralmente la naturaleza divina de Jesucristo. La expresión  “monophysis” significa “una sola naturaleza”. La naturaleza humana asumida por el Hijo de Dios para nuestra salvación habría sido, según ellos, absorbida por Su divinidad. Para los monofisitas la realidad de la encarnación pasaba a segundo plano y la acción redentora en la Cruz perdía su significado.

 

Entre la desaparición de esta herejía en el siglo V y las negociaciones con los armenios del siglo XV pasó un milenio. Aquello que a raíz de la distancia de siglos se convirtió en algo menos problemático a nivel doctrinal, se percibía aún en un detalle litúrgico. Coherentemente, los monofisitas habían eliminado la gota de agua de su liturgia: lo divino no necesita de ningún complemento humano, de nada agregado por el hombre. La doctrina católica, en cambio, abraza ambas realidades, la naturaleza divina y la naturaleza humana, en la única persona de Jesucristo. De este modo aún hoy la oración que acompaña la infusión del agua en el vino dice: “El agua unida al vino sea signo de nuestra unión con la vida divina de Aquél que ha querido asumir nuestra naturaleza humana”.

 

Y se ve como un viaje teológico cuando a más de 100 años después, en 1562, en el Concilio de Trento, en una declaración dogmática apareció nuevamente la gota de agua en el vino. ¿Qué había sucedido? Martín Lutero había hablado de la gran potencia de la gracia. La justificación del hombre ante Dios solo podía realizarse mediante la gracia: “Sola gratia”. Nada habría permitido al pecador el participar en su redención, a excepción de su fe confiada: “Sola fides”. En consecuencia, para los protestantes la gota de agua en el cáliz se convierte en algo totalmente fuera de lugar. La pura obra divina no necesita acción alguna por parte del hombre.

         

¿Pero acaso no es verdad lo que el apóstol Pablo dice: “Completo en mi carne aquello que falta a los sufrimientos de Cristo, a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24)? Con esta afirmación san Pablo no pretende disminuir la obra redentora del único Redentor. San Pablo sabía por experiencia: “Por gracia de Dios soy lo que soy” (1 Cor 15, 10). E incluso alguna vez el Señor le hizo entender: “Te basta mi gracia” (2 Cor 12, 9). No obstante esto el apóstol era consciente de su tarea de “instrumento”. Es la mediación de los hombres la que necesitar ser completada y no la acción redentora, “por el Cuerpo de Cristo” que necesita el aporte humano. Y como Cristo no quería solamente redimir individualmente y la acción redentora incluye la edificación de Su Cuerpo, la Iglesia, cada miembro haces las veces de “gota de agua”. Existe un modo mucho más simple de ilustrar estos razonamientos de alta teología: cuando Jesús murió en la Cruz, lo hizo en cualidad de único mediador entre Dios y los hombres. Pero el hecho de que María, Juan y algunas fieles mujeres permaneciendo bajo la Cruz se unieron a Su sacrificio, no fue a los ojos de Dios ni una disminución del sacrificio de Jesús ni un agregado casual. Es justamente como la gota de agua en el cáliz de la salvación.

 

Regresemos, tras esta excursión en la historia de la Iglesia y de la teología, al ofertorio de la misa. Todos nosotros, la comunidad reunida en torno al altar, debemos ser don agradable a Dios, junto al sacrificio de Cristo. Es así que lo expresan los fieles en el “suscipiat” frente al sacerdote: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien el de toda su santa Iglesia”.

 

Las observaciones a un detalle aparentemente marginal del ofertorio revelan la gran riqueza espiritual escondida en estos momentos de la celebración de la misa. Es comprensible que las palabras que acompañan las acciones del ofertorio sean normalmente recitadas en voz baja, como está previsto por el misal. Los fieles pueden mientras tanto entonar un canto de ofertorio que favorezca la disposición de oferta, o pueden también escuchar al coro, o elevar silenciosamente el corazón y los sentimientos al Señor al tiempo que un órgano o algún otro instrumento acompaña esta acción.

 

El misal dice claramente que las procesiones del ofertorio por los fieles corresponden al contenido interior de esta parte de la misa. No es una casualidad el que en este momento también se realice la colecta para recoger las ofertas para las exigencias de la Iglesia y sobre todo de los más necesitados. Estos pequeños dones hacen también que la “gota de agua” tome una forma concreta.

 

Julia Verhaeghe, la Madre fundadora de la familia espiritual “La obra”, cuya vida estuvo marcada por un profundo amor por la Iglesia y su liturgia, veía a sí misma en la gota de agua, así como la propia misión: “Señor, deja que, en el cáliz del sacerdote que te ofrece el santo sacrificio, sea yo la pequeña gota de agua que se infunde en el vino perdiéndose en él”. Para un fiel que quiere participar en la celebración de la santa misa en un modo aún más espiritual, esta intención y oración puede ser un precioso estímulo.


Publicado por verdenaranja @ 23:52  | Espiritualidad
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Comentarios
Publicado por leopldocruzr
Martes, 08 de julio de 2008 | 16:54
la gota de agua en el vino me parece una gran vendicion por que los ministros de la iglesia deben ser amplios e insplicitos en los terminos eucaristicos ya que es la unica menera de atacar con todos los recursos al pecado y enga?o.