Mi?rcoles, 02 de julio de 2008

Capítulo sacado de DOSSIER FIDES en el trabajo sobre "LA EUCARISTÍA: sacrificio, banquete y presencia del Señor, publicado por FIDES el 14 de Junio de 2008.

Medicina de inmortalidad

 

Desde el punto de vista de la fe, el pecado es la causa última y más profunda de la muerte. La muerte, como nosotros la conocemos, como fuerza destructora, no estaba prevista por Dios para el hombre. Si el hombre no hubiese pecado esto no hubiera sucedido. “Con el pecado… la muerte ha alcanzado a todos los hombres” (Rom 5, 12). La muerta se ha convertido en condición general y cierta de la existencia humana: todo aquel que nace en este mundo, solo lo dejará una vez muerto.

 

Obtener la vida eterna, no obstante la muerte y a pesar de la muerte, no está en nuestro poder. Nadie puede llegar a la resurrección por sí mismo, solamente la gracia de Dios puede hacerlo. “¡Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15,57). Aquel que vino para liberarnos del pecado y también Aquel que quiere salvarnos del poder de la muerte.

 

Con el bautismo Dios nos inicia a la vida, donándonos la gracia del “renacimiento” para la vida eterna. Es como una vacuna antes de un largo y peligroso viaje. El bautismo nos da la primera “vacuna” contra la muerte eterna. Esta “vacuna”, a lo largo de la vida”, debe ser reforzada, sobre todo mediante los otros sacramentos. Los santos sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, son medicinas contra la muerte.

 

Los cristianos siempre han sido conscientes del hecho que sin la Santa Misa, sin la Eucaristía, al menos la dominical, no hubieran podido vivir. “Sin la celebración dominical del Señor no podemos vivir”, confesaban los mártires de Abitene (+304) frente al tribunal pagano. “No es positivismo o ansias de poder, si la Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo” (papa Benedicto XVI). No se trata de una orden impuesta desde afuera, sino de sobre vivencia: Si no recibimos regularmente a Cristo y Su gracia dentro de nosotros, si no nos hacemos “vacunar” continuamente contra la muerte y sus consecuencias, no tenemos ninguna garantía que alcanzaremos la vida eterna. El domingo es el día de la semana en el que “se realiza la vacuna”, porque es ahí que la fuerza del Resucitado se hace eficaz en modo más auténtico.

 

El nexo íntimo entre el recibir la Eucaristía y la promesa de la resurrección no es una construcción a posteriori por parte de teólogos. Este nexo está fundado en la roca originaria de la Escritura. El evangelista Juan dedica el sexto capítulo de su evangelio a la Eucaristía. Este contiene el gran discurso eucarístico realizado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. Una atenta lectura hace notar la doble indicación: “la Eucaristía es la prueba de la Resurrección” (cfr. Jn 6,44.54). Jesús dice muy claramente: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.” (Jn 6,53-54).   

 

En los antiguos autores de la Iglesia encontramos estas afirmaciones en modo más profundo y desarrollado. San Gregorio de Niza (+ después del 394) paragona la condición del hombre mortal con un envenenamiento fatal. Solamente un antídoto puede vencer esta fuerza que trae la muerte. “¿Cuál es este alimento?”, se pregunta san Gregorio, y la respuesta dice: “Nada que no sea este cuerpo que ha superado la muerte y nos ha traído la vida. Porque así como según las palabras del apóstol, un poco de levadura hace que toda la masa fermente, del mismo modo ese cuerpo dotado de inmortalidad plasmado por Dios, transforma nuestro cuerpo y lo hace semejante al Suyo”. El santo Padre de la Iglesia explica como el pan y el vino, mediante la palabra de Dios, son transformados en el Cuerpo de Cristo resucitado, “para que también el hombre, por la unión con Aquel que es inmortal, pueda ser partícipe de la inmortalidad”.

 

Una pequeña ayuda para comprender la Eucaristía como “medicina de inmortalidad” se puede encontrar en un breve excursus en la historia de los dogmas. Se trata, más precisamente, de las razones teológicas para el dogma de la Asunción de María al cielo. ¿Porqué la Madre de Dios, en la hora de su muerte, tuvo el privilegio de ser asunta por Dios al Cielo en cuerpo y alma, sin que su cuerpo conociese la corrupción?

 

Una razón recurrente en las predicaciones de los Padres de la Iglesia es la enseñanza bíblica según la cual María fue elegida por Dios como Madre del Señor. Ninguna criatura estaba unida a Cristo tanto como María, su Madre. El cuerpo de Jesús proviene del cuerpo de María, su sangre de su sangre. Así como el cuerpo de la Madre llevó al Hijo en su vientre hasta el momento de su nacimiento y lo nutrió, convirtiéndose en santuario de Dios, del mismo modo luego de su muerte su cuerpo sagrado habría de permanecer intacto y sin conocer la corrupción.

 

Lo que María era a fuerza de su vocación, es decir Aquella que lleva a Dios en sí, nosotros lo podemos lograr sólo progresivamente. En la santa Eucaristía recibimos a Cristo dentro de nosotros. En el fondo, bastaría una única santa Comunión para hacernos una cosa sola con Cristo. En lo que de Él depende, ello sería posible. Pero a causa de nuestra debilidad humana, tenemos necesidad de hacerlo una y otra vez. Debemos siempre y nuevamente “acoger el Cuerpo mortal de Cristo para ser transformados a semejanza de su naturaleza divina” (cf. Gregorio de Nissa). 

 

Ninguno puede realizar la asunción de sí mismo al cielo. Pero llevando a Cristo cada vez más dentro de nosotros, como hizo María, Él hará en nosotros lo que hizo en María por anticipado. En la hora de nuestra muerte, o al menos cuando nos acerquemos a ella, el Señor se convertirá en nuestro “viático”: será como una última vacunación, para que el aguijón de la muerte no pueda hacernos daño. Ya que ninguno de nosotros sabe cuándo llegará aquella hora, la Eucaristía debe ser, al menos cada domingo pero incluso en los días comunes, nuestro propio fármaco. De esta manera estaremos siempre preparados para el tránsito definitivo.

 

Señor, no soy digno

 

La definición de Eucaristía como “medicina de inmortalidad” indica que la recepción de la santa Comunión debe ser examinada atentamente. El mejor fármaco puede ser nocivo si no se administra de la manera correcta. Además, es necesario considerar que en el sacramento del altar se trata de recibir a “una persona”. Quien se acerca a la comunión recibe dentro de sí a Cristo, el cual se dona a sí mismo a través del ministerio de la Iglesia. Por ello, recibir la comunión tiene no solamente una dimensión personal, sino también eclesial. La Iglesia administra la recepción de la santa Eucaristía y determina cuáles son los presupuestos para una digna y fructuosa recepción de la comunión.

 

Sabemos que ya en la vida de la Iglesia primitiva surgieron las primeras dificultades relativas a la recepción de la Comunión. En la joven comunidad de Corinto algunos cristianos faltaban al discernimiento en relación al Cuerpo del Señor. Algunos no consideraban Cuerpo de Cristo al pan ingerido en la Eucaristía. El santo apóstol Pablo veía en ello una falta frente a Aquel que se dona a sí mismo, pero también una falta de eclesialidad. La Comunión es, según el apóstol, el modo más profundo y más eficaz para llegar a la comunión eclesial. “Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1 Cor 10,17) Quien recibe la comunión de manera indigna comete un pecado contra Jesús y contra su cuerpo que es la Iglesia.

 

“Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba el cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condena.” (1 Cor 11,27-29).

 

Cuando aquello que ya desde Cristo era pensado como Pan de Vida, es recibido de manera superficial, en lugar de donar la vida eterna puede ser causa del juicio. Aunque no haya utilizado la palabra “medicina”, es eso exactamente lo que San Pablo quería dar a entender: recibir la comunión de manera indigna daña a quien se acerca a ella tanto como un fármaco administrado incorrectamente puede dañar a una persona. “Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos achacosos, y mueren no pocos” (1 Cor 11,30).  ¡Qué triste diagnóstico! A pocos años de la institución por parte de Jesús de este don de su amor infinito, ya se presentan quejas por desviaciones y malas actitudes. Lo que debía ser alimento de vida eterna, para algunos se ha convertido en “agente patógeno”, y por ello “acelerador de muerte”.

 

El “escándalo” de la comunidad de Corinto, evidentemente, era la separación entre la Eucaristía y la vida, entre el culto divino y la recta relación con el prójimo. Los miembros acomodados de la comunión no habían considerado a los pobres, más bien los habían ignorado completamente. Esta grave falta de amor y de solidaridad permanece siempre como un ejemplo y una advertencia. Quien se acerca al altar del Señor debe examinarse a sí mismo también bajo esta perspectiva.

 

De un análisis histórico-eclesial emerge que la Iglesia siempre ha tenido que afrontar dos comportamientos errados: por una parte una recepción superficial de la Comunión, y por otra un temor exagerado de acercarse a la mesa del Señor. San Juan Crisóstomo, uno de los más grandes Padres de la Iglesia de Oriente, dedicó varias homilías a este tema. Quien no sepa que sus palabras se dirigían a una platea del siglo IV, podría tranquilamente pensar que se trata de un discurso dirigido por un sacerdote u obispo a una moderna comunidad católica del siglo XXI: apenas se presenta una ocasión festiva, la gente se precipita a la comunión, pero no porque esté bien preparada, sino porque van todos. “Veo que muchos reciben el Cuerpo del Señor sin pensar y en la primera ocasión que se presenta, más por hábito o tradición que por atención y reflexión”. Sucede también que los fieles se ausentan de la mesa del Señor por tiempos prolongados, y ello también a causa de una falta de hábito, según se lamenta el Crisóstomo.

 

Para evitar que caigamos en uno u otro comportamiento equivocado, la Iglesia, en el curso del tiempo, ha formulado condiciones para la admisión a la mesa del Señor. Fundamentalmente, las condiciones actuales son idénticas a las que ya la praxis protocristiana preveía al respecto. En el año 15, el mártir Justino, reflejando la tradición apostólica, escribe: “Nosotros llamamos a este alimento Eucaristía. En ella puede participar sólo quien considera verdaderas nuestras enseñanzas, quien ha recibido el baño para la remisión de los pecados y para la regeneración, y quien vive según los mandamientos de Cristo. Para que no la tomemos por pan y bebida corrientes”.

 

El bautismo como sacramento primordial es mencionado como condición. Este es el baño de purificación que prepara a la unión eucarística con el Señor. El bautismo es como una puerta de ingreso. Quien la ha pasado, experimenta, en la Eucaristía, el cumplimiento de la iniciación cristiana, la integración en la comunidad de Cristo y de la Iglesia. Aquellos que no han sido bautizados no pueden ser admitidos a la Eucaristía. Primero deben acoger a Cristo en la fe y consagrarse a Él en el agua del Bautismo.

 

También la adhesión en la fe, a la Iglesia y a su doctrina, es una condición para la recepción de los sacramentos. No es posible querer recibir el cuerpo de Cristo rechazando, al mismo tiempo, sus enseñanzas. De allí se explica también la norma según la cual los cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica no pueden recibir la santa Comunión  –con excepción de raras situaciones particulares, como por ejemplo en el caso de peligro de muerte. Quien recibe la comunión, no recibe en el sacramento solamente a Cristo, sino que se une, en el modo más sublime, también a la Iglesia, su cuerpo místico. Recibir la comunión excluyendo a la Iglesia no es posible ni saludable.

 

Si la Iglesia rechaza la así llamada intercomunión, lo hace por respeto a los cristianos pertenecientes a otras confesiones. Si un cristiano protestante fuese invitado, durante una misa católica, a la mesa del Señor, manifestaría que él está en plena comunión con la Iglesia y es católico. Una celebración cristiana protestante, sin embargo, ciertamente no lo querría. Primero debería existir, de parte suya, la adhesión a la fe de la Iglesia católica, junto con la aceptación sucesiva en ella de la comunión eucarística.

 

Es significativa en el contexto inter-eclesial la condición para la admisión expresada por Justino, es decir el “vivir según los mandamientos de Cristo”. Aquí, la mayor dificultad nace probablemente de las condiciones que encontramos hoy en día. De todos los ejemplos que se podrían dar al respecto, hoy dos particularmente actuales.

 

El número de los católicos que no sienten necesidad de participar, cada domingo, de la santa misa, es bastante alto. Cuando estos católicos, sin embargo, se presentan en Misa, sienten la necesidad de acercarse a la comunión. No parecen darse cuenta que la falta de santificación del domingo constituye una falta grave. En el fondo, es un comportamiento paradójico e incomprensible: se quiere estar unido al Señor en el sacramento, pero no se busca la unión con sus mandamientos. La recepción del Cuerpo de Cristo sin cumplimiento de la ley de Cristo, seguramente no corresponde a las intenciones del fundador, y en consecuencia no es saludable.

 

 El segundo ámbito toca las diversas situaciones irregulares en relación al sacramento del matrimonio. Los sacramentos no pueden jamás ser separados uno del otro. Están ordenados el uno al otro y unidos indisolublemente: así también el matrimonio y la Eucaristía. En el caso de ambos se trata de la unión carnal entre dos personas. Quien se dona a sí mismo a otra persona para que “sean una sola carne” (Mt 19,5), según la doctrina de la Iglesia, puede hacerlo solamente al interior del sacramento del matrimonio. Para un miembro bautizado de la Iglesia, en lo que respecta al sacramento del matrimonio no existe ninguna zona neutral. Toda  unión carnal fuera del ámbito del vínculo cristiano del matrimonio contradice la alianza con Cristo a la que nos hemos adherido en el Bautismo. Es verdad que hoy en día muchas persona se encuentran en esta situación. La Iglesia, sin embargo, es fiel a su convicción cuando insiste en el hecho de que quien se une carnalmente a una persona sin el sacramento del matrimonio, no puede, en estas condiciones, unirse en la santa Comunión con el cuerpo de Cristo. Esto vale, por tanto, no sólo para uniones libres y relaciones extra conyugales, sino también para los que están casados sólo civilmente, sea el primero o el segundo matrimonio.

 

Surge la pregunta de si la Iglesia, con su tan alta consideración de los sacramentos, no esté dejando de brindar a muchos los medios necesarios de la gracia: si la Eucaristía es la medicina de la inmortalidad, ¿porqué negársela a los fieles? A este respecto es necesario puntualizar que no existe ninguna situación humana en la que la Iglesia excluya de la santa Comunión de manera categórica y definitiva. A través del sacramento de la penitencia, la mayor parte de los obstáculos pueden ser superados. Las uniones libres se pueden regularizar a través del sacramento del matrimonio, y hasta los divorciados que se han unido nuevamente pueden ser admitidos a la Comunión eucarística si están dispuestos a renunciar, en el futuro, a la unión carnal con una persona que, delante de Dios, no les pertenece.

 

Ya que la Iglesia ha sido siempre consciente de la debilidad de sus miembros, se espera, como mínimo, que un católico esté “preparado por el sacramento de la Reconciliación” para “recibir al menos una vez al año la Eucaristía, s i es posible en tiempo pascual” (Catecismo de la Iglesia Católica, No. 1389) El hecho que la disminución de la praxis de la confesión vaya parejo con el aumento de la participación en la comunión es un problema pastoral que sin lugar a dudas preocupa mucho a la Iglesia hoy en día. La recuperación del sacramento de la penitencia contribuiría notablemente a la recepción más fructuosa de la comunión.

 

Quién no logra alejarse de una condición de vida que no corresponde con la doctrina de la Iglesia y que, en consecuencia, le impide cumplir con su “deber pascual”, debe al menos, en espera de la santa comunión, unirse a Cristo pidiéndole que en el momento crucial de su vida, le sea concedida la gracia de recibir el sacramento de la inmortalidad. 

 

Cuando escucha la oración “Oh Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”, el Señor seguramente distingue a los que verdaderamente se han sentado con Él a la mesa. O si pueden recibirlo también sacramentalmente en la santa hostia. La comunión espiritual debe en todo caso preceder a la comunión sacramental, para hacer que el más santo de los sacramentos, la Eucaristía, pueda producir sus más plenos efectos.


Publicado por verdenaranja @ 23:56  | Espiritualidad
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Comentarios
Publicado por leopldocruzr
Jueves, 10 de julio de 2008 | 16:01
CADA UNO DE NOSOTROS SOMOS COMO UN RECIPIENTE QUE LLENAMOS CON LO QUE EL MUNDO NOS OFRECE, CON MUCHAS SISA?AS SEMBREDAS POR EL DEMONIO. Y CUANDO ESTAMOS ARTOS DE TODO ESTO PRETENDEMOS EL ALIMENTO ESPIRITUAL CUANDO YA NO HAY ESPACIO.