Jueves, 03 de julio de 2008

Capítulo sacado de DOSSIER FIDES en el trabajo sobre "LA EUCARISTÍA:sacrificio, banquete y presencia del Señor", publicado por FIDES el 14 de Junio de 2008.

El sacramento del amor

 

Con frecuencia se reprocha a los católicos practicantes que a pesar de estar siempre listos para ir a la Iglesia, el amor al prójimo no parece ser su fuerza.

 

¿Es verdad que los asiduos frecuentadores de la Misa que, según el mandamiento de Jesús, celebran Su memoria, son píos, pero faltos de caridad activa? No bastan pocas páginas para demoler esta acusación. Al final, a las acusaciones no se responde con la tinta, sino sólo con la vida concreta.

 

Primero, sin embargo, debemos analizar el íntimo nexo que existe entre la Eucaristía y el amor cristiano. La Eucaristía es el “sacramentum caritatis”, el sacramento del amor de Dios que, con la correcta participación activa, no puede ser sino una continua “schola caritatis”, escuela de amor. Jesús mismo ha demostrado este íntimo nexo a Sus discípulos cundo inició la Cena lavándoles los pies. Es significativo poder constatar que el evangelista Juan no dice casi nada de la institución de la Eucaristía, pero describe detalladamente cómo Jesús lava los pies de sus discípulos.

 

El método pedagógico de Jesús, durante toda Su vida, se basó más en el ejemplo que en la enseñanza: “Os he dado el ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13,15). El lavatorio de los pies y la Eucaristía están muy cerca el uno de la otra no sólo desde el punto de vista temporal, sin también en cuanto al contenido. Es típico de nosotros hombres querer representarnos a nosotros mismos, hacernos servir, estar al centro de la atención, esperarnos algo de los demás, pretender honores para nosotros. En el lavatorio de los pies, Jesús va en la dirección exactamente opuesta: Él, “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), se arrodilla para servir a Sus discípulos como un esclavo. Voluntariamente se pone a sí mismo en el último lugar. El gesto del lavatorio de los pies es un punto clave en una larga serie de humillaciones durante la vida de Jesús, a partir de la pobreza del pesebre hasta el último ofrecimiento en la Cruz. La humillación de sí mismo, en la Última Cena, sigue adelante en un modo cada vez más acentuado: Jesús sale fuera de noche, es abandonado por todos, se deja encadenar y arrestar, acepta la sentencia injusta… El abajamiento de Dios llega al punto de dejar que se le quite todo, no sólo sus vestiduras, sus últimas posesiones terrenas. En la Cruz, Jesús renuncia incluso a la última consolación, experimenta el sufrimiento del abandono total, porque “la caridad no tiene nunca fin” (1Cor 13,8).

 

Para los discípulos el lavatorio de los pies, se convirtió,  entre todos los acontecimientos de la pasión,– si bien sólo retrospectivamente, es decir, cuando ellos comenzaron a entender – la clave que les permitió comprender aquello que la persona de Jesús tenía de extraordinario: el Hijo de Dios se abajo a sí mismo hasta la muerte. Por esto – justamente porque no tenía ninguna expectativa para sí mismo – a Jesús no parece haberle pesado que los discípulos no hayan entendido aquello que hacía. “Lo entenderás más adelante” (Jn 13,7) le dice Jesús a Simón Pedro. No dice: ser entendido, ser honrado, ser servido, sino más bien: entender, honrar, servir… hasta el detalle – éste es el camino de Jesús.

 

La cuarta plegaria eucarística, cerca de momento de la consagración eucarística, añade la siguiente fórmula, revelándonos el verdadero sentido de la celebración: “Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo”. En el evangelio de Juan esta frase está colocada antes del episodio del lavatorio de los pies y dentro de éste (Jn 13,1). Con esto, la celebración de la Misa se presenta como prueba perfecta de amor de Dios hacia nosotros los hombres, como superación incluso del lavatorio de los pies: Jesús viene a nosotros todavía más humildemente, más pequeño, más simple, bajo la especie del pan, alimento de los pobres.

 

Desde nuestra infancia se nos ha dicho que el momento de la consagración eucarística es la cumbre de la celebración de la Misa. Consagración, sin embargo, no significa sólo que el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. Consagración significa también que debemos ser transformados; y no sólo en este o aquel ámbito de nuestra vida – lo que está en juego es toda la existencia cristiana. El amor sobrenatural debe convertirse en nuestra más íntima fuerza de vida, el motor íntimo de todo nuestro pensar, hablar y actuar. “La caridad es paciente, es benigna la caridad; la caridad no es envidiosa, no se vanagloria, no se hincha, no falta de respeto, no busca su propio interés, no se enfada, no tiene en cuenta el mal recibida” (1Cor 13,4-5).

 

Toda celebración eucarística es una continuación de la cadena de “tramas”: el Hijo que tiene la forma de Dios se convierte en el Dios que ha tomado la forma del esclavo, el Dios que ha tomado la forma del pan. Aquél que para nosotros se hizo pequeño, modesto, escondido, humilde, quiere continuar Su obra en nosotros. ¿Quién de los participantes a la Misa podría por lo tanto querer de nuevo ser grande e importante? Pero Cristo nos dejará todavía un poco de tiempo: esto que en la celebración de la Misa Él hace de nosotros, ahora quizás tantos todavía no lo entienden – pero lo entenderán después, justamente como Simón Pedro (Jn 13,7).

 

Aquél que se dirige al pozo continuamente no puede sino quedar purificado – con la condición, naturalmente, de que al acercarse al pozo vaya con  la intención de recibir el agua purificadora. Esto vale para cualquiera que se acerque al altar de Dios: en el fondo no puede sino ser absorbido por el amor que surge del amor de Cristo.

 

Quienes celebran fielmente la Santa Misa, ¿dejan ver todo esto? ¿Viven el amor de Cristo? Aquellos que reciben a Cristo tan frecuentemente bajo la especie del pan, ¿Lo ven también bajo la forma de sus hermanos? ¿Se dan cuenta de que: “Cada vez que habéis esto a uno sólo de estos hermanos míos pequeños, a mi me lo estáis haciendo” (Mt 25, 40)?. Naturalmente también entre los cristianos practicantes hay ejemplos deplorables de ineficiencia y faltas. La falta de amor es particularmente dolorosa cuando viene de hombres “píos”.

 

En su conjunto, sin embargo, la experiencia demuestra que los fieles que frecuentan la Misa con frecuencia son también fieles testigos de humanidad auténtica. Cuando regresan de la Misa, se ocupan de sus parientes necesitados de atenciones continuas. Existen fieles que soportan las situaciones más difíciles de la vida de pareja o familiar, fieles que sacan del sacrificio de la Misa la paciencia para poder soportar los propios sufrimientos psíquicos y físicos. ¡Cuántas madres o abuelas solícitas, con gran fidelidad a Jesús eucarístico, se hacen cargo de los problemas de sus seres queridos donando, gracias a su vida de oración, apoyo espiritual a su familia! Muchos religiosos viven en comunidad con personas minusválidas o han fundado una “Fazenda da Esperanca” para drogadictos, porque se sienten inspirados por la Eucaristía.

 

Un particular servicio de amor por parte de quien participa asiduamente a la Misa es la solicitud por los difuntos. Estos fieles regalan a las “pobres almas”, como las llaman, su oración de intercesión, sobre todo a quien más necesita de la misericordia de Dios. También esta es una forma de servicio silencioso, y con certeza para nada insignificante, a los “pobres”. Una vez encontré a un jubilado que probablemente no había perdido ni una sola misa de diario y que luego, todo el día,   hacía de abogado de aquellos que no habían tenido suerte en la vida. Impresionante así mismo el testimonio del sacristán de la iglesia de San Felipe en Franklin, quien, después de la Misa, por petición de su comunidad parroquial, iba a encontrar a los prisioneros, siguiendo la palabra de Jesús: “Estuve en la cárcel y habéis venido a verme” (Mt 25,36). Este servicio, obviamente, forma parte de un amplio radio de acción social, establecido por una parroquia de la diáspora, en el sentido de un cristianismo auténtico.

 

Que la adoración de la Santa Eucaristía pueda conducir a la cumbre del amor, lo demuestra, en modo más que conmovedor, la doctora Annalena Tonelli. Parecía una especie de “Madre Teresa” africana. Ya desde niña sabía que, un día, habría ayudado a otros. A la edad de 26 años, esta joven mujer siguió la llamada de Cristo y se fue al continente africano, donde dedicó su vida a los pobres y a los que sufren. En una Somalia afligida por la guerra civil, Annalena Tonelli hacía de pacificadora entre grupos étnicos, culturas y religiones. Ella se ocupó de los refugiados, y se comprometió también en la educación escolar. Es impresionante cuantas obras organizadas y altamente cualificadas de caridad consiguió fundar en más de 30 años de actividad.

 

Cuando Annalena Tonelli, fue brutalmente asesinada el 5 de octubre de 2003, en la clínica en Baroma que ella misma había fundado, el luto fue grande por esta mujer extraordinaria que gozaba de estima internacional. Tan sólo unos pocos meses antes, el Alto Comisario de las Naciones Unidas para los Refugiados le había conferido el premio Nansen por la obra humanitaria realizada a favor de los refugiados somalíes.

 

Es hermoso cuando una mujer que ha seguido a Jesús en el servicio de los más pobres es respetada por las autoridades laicas. Sólo después de su muerte se supo que precisamente la Santa Eucaristía era la fuente secreta de esta adorable vida vivida para los demás. Como Annalena, siendo cristiana, estaba completamente sola en un contexto islámico, ya en el lejano 1971 le fue concedido, por parte de la Iglesia, el privilegio de llevar siempre consigo la Santa Eucaristía. El Obispo Giorgio Bertin renovó este privilegio y, en agosto del 2003, celebró con ella en Borama la última misa de su vida. Esta es su narración:

 

“Finalmente – estábamos presentes sólo ella y yo – cambié la hostia consagrada y, envuelta en un corporal, le di una parte de la gran hostia con la que había celebrado el sacrificio de la misa. Una semana después del asesinato de Annalena, esta hostia fue encontrada por mi vicario general. Después de haberla buscado largamente la encontró, en su ambulatorio, en un suave y pequeño saco de cuero, junto a un crucifijo franciscano. Envuelta en el corporal estaba la mitad de la hostia consagrada – la mitad que le había dado. La Eucaristía le dio paz interior y le hizo decir: ‘Aquí está. Su voz no me abandona nunca. La conozco tan bien, porque está inscrita en mi corazón. Nada es más importante que el estar ante Él. Conozco Su voz mejor que mi propia voz y que mis propios pensamientos. Me llena con la certeza del paraíso y con el deseo inconmensurable de permanecer con él, junto a la inquietud que experimento  ante el sufrimiento del mundo y al mandato del Señor de sumergirme en este sufrimiento’”.  

 

Evidentemente Annalena Tonelli, en su camino de fe, llegó allá a donde los cristianos, según la voluntad del Señor deberían estar. En la celebración eucarística, ella, a la invitación del sacerdote “Levantemos el corazón”, podía responder con todo el corazón: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Su inmersión eucarística en Cristo no la hacía ni sorda ni insensible hacia el sufrimiento en el mundo. Es más, el sumergirse en el cáliz de la salvación le daba la fuerza de dar su propia sangre, su propia vida, por sus hermanos. Junto a tantas personas que han dejado que su vida se transforme por la fuerza de la Eucaristía, el ejemplo de Annalena Tonelli puede ayudarnos a tomar, en el futuro, muy en serio las palabras pronunciadas en la segunda plegaria eucarística: “Haz [a tu Iglesia] perfecta en el amor”.


Publicado por verdenaranja @ 0:00  | Espiritualidad
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Publicado por leopldocruzr
Martes, 08 de julio de 2008 | 23:23
El consagrarce uno a Cristo es un profecion que dia a dia hay que llevar con toda responsabilidad y esferzo, para poder amar con sinceridad por que esta es la llave del conocimiento.