Jueves, 10 de julio de 2008

Mons. Luis Augusto Castro Quiroga, Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, en su alocución al inicio de la Asamblea Plenaria, en la que realizó un balance de estos años al concluir su periodo.



CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA

 

LXXXV ASAMBLEA PLENARIA

 

(Bogotá, D.C., 29 de junio a 5 de julio de 2008)

 

 

 

ALOCUCIÓN INAUGURAL

DEL EXCELENTÍSIMO MONSEÑOR

LUIS AUGUSTO CASTRO QUIROGA

ARZOBISPO DE TUNJA

PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL

 

 

Eminentísimo Señor Cardenal Giovanni Battista Re, Prefecto de la Congregación para los Obispos cuya especial presencia enaltece nuestra celebración, Excelentísimo Monseñor Aldo Cavalli, Nuncio Apostólico de Su Santidad en nuestra patria, Eminentísimo Señor Cardenal Cardenal Pedro Rubiano Sáenz, Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia; Monseñor Octavio Ruiz Arenas, Vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina; Monseñor Iván Antonio Marín López, Vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Monseñor Fabián Marulanda López, Secretario General del Episcopado, apreciados señores Arzobispos y Obispos, estimados sacerdotes y colaboradores del Secretariado Permanente del Episcopado; Directivos del CELAM que nos acompañan; Directivos de la Conferencia de Religiosos de Colombia, invitados especiales a esta celebración de nuestro Centenario, amables representantes de los medios de comunicación.

 

El Cardenal Biffi decía[1] que cuando un niño o un joven educado cristianamente en su familia, es colocado en su institución educativa, frente a frases que parecieran absolutamente ciertas siendo falsas, lanzadas contra la historia de la Iglesia por algún profesor, una autoridad o un texto escolar, y este niño o este joven empieza a sentir vergüenza de la Iglesia, está en grave peligro de perder su fe.

 

Pero al mismo tiempo, cuando a un niño o a un joven educado cristianamente se le presenta todo lo positivo de la historia de la Iglesia, se siente orgulloso de ser católico y está reforzando su fe y su identidad cristiana.

 

La celebración del Centenario de la Conferencia Episcopal quiere reforzar la fe y la identidad cristiana del pueblo de Dios que peregrina en Colombia, poniendo de manifiesto tantos aspectos positivos de la evangelización y de la promoción humana realizadas durante los pasados cien años.

 

Cuántos campos han ocupado a la Iglesia Católica en Colombia, en virtud de su misión, durante estos cien años.  Es un siglo de continuidad y de cambio.

 

Ante todo se puede poner en alto una continuidad propia del ser apostólico de la Iglesia.

 

Decían los Obispos en la primera Asamblea:  “¿Quién hay que no se horrorice y contriste al ver que los hombres... viven guerreando encarnizadamente unos con otros, de modo que no parece sino que el mundo es un campo en que riñe el combate de todos contra todos? Verdad es que el anhelo por la paz alienta en todos los pechos; y que no hay quien no la llame con vehemencia; pero, si se repudia a Dios, es en vano buscar la paz.  Donde Dios no está, de allí huye la justicia, y, faltando la justicia, no hay para qué esperar que reine la paz, porque la paz es obra de la justicia”[2].

 

Estas palabras de la Conferencia Episcopal de 1908, inspiradas en el Magisterio Pontificio, nos permiten inferir que la paz ha sido una preocupación constante de la Iglesia durante este siglo de existencia.

 

Afirmaban también los Obispos:  “Hemos de predicar más y más las verdades que la Iglesia propone acerca de la santidad del matrimonio, de la educación e instrucción de la niñez, de la propiedad y uso de los bienes temporales, de los deberes de los que administran la cosa pública; hemos, en fin, de restablecer, conforme a las ideas y a la moral cristiana, la armonía entre las diversas clases que componen la sociedad”[3].

 

Nuevamente estas palabras de la misma Conferencia de 1908 nos ponen de manifiesto lo que fue, es y será continua preocupación de la Iglesia:  la familia, la educación, la justicia social, la moral cristiana, todos elementos que en los términos de nuestro Papa hoy, no son negociables.

 

Añadían los Obispos en 1908:  “os encomendamos que todo lo que es verdadero y sincero, todo lo que es honesto, todo lo que es justo, todo lo que es santo…, sea materia de vuestros pensamientos[4].

Cita del Apóstol Pablo asumida por la Conferencia Episcopal de 1908 y que retomamos hoy al pie de la letra para presentar la esencia de la tarea eclesial en estos cien años:  Que cada cristiano en su comunidad sea justo, honesto, amable, de buena fama, virtuoso, de buenas costumbres pero ante todo, santo.

 

Concluían los Obispos:  “El celo de vuestro bienestar presente y futuro, el amor entrañable que nos anima respecto de vosotros, tal ha sido, después de Dios, el motivo de nuestras deliberaciones y de nuestros propósitos”.

 

Estas últimas palabras del mensaje de la Conferencia de hace cien años pueden y deben ser el mensaje de esta Conferencia del 2008:  el amor entrañable del buen pastor que, con una pastoral misionera, se proyecta celosamente hacia el pueblo de Dios que peregrina en Colombia, velando por su bienestar presente y futuro.

 

En síntesis, hay que reconocer que a lo largo de estos cien años, el Episcopado Colombiano se ha caracterizado por una significativa unidad y continuidad de criterios.

 

Sin embargo, también podemos constatar novedades o cambios de manera que podemos hablar de cien años de cambio en la continuidad.  Hago breve alusión a algunos de estos cambios.

 

De un abierto rechazo a la libertad religiosa a la aceptación de la libertad religiosa defendida con energía por la Iglesia.

 

De una profunda desconfianza en el lenguaje de los derechos humanos promovido por las Naciones Unidas, a la plena aceptación del mismo, iluminado por el Evangelio.

 

De una sociedad monoreligiosa a una sociedad con un pluralismo religioso muy fuerte, que nos ha llevado a vivir un modesto ecumenismo aún en búsqueda de mejores caminos de realización.

 

De una participación excesiva de la jerarquía en la política de partido, a una toma de distancia saludable frente a la política partidista, mas no a la política como bien común.

 

De una pretensión de tipo decimonónico del Estado de controlar el nombramiento de los Obispos, a una total independencia de la Iglesia al respecto.

De una lucha fuerte contra el pensamiento no católico comunicado por los medios de comunicación, a la aceptación del pluralismo ideológico de los medios, sin dejar de influir en los mismos y a través de ellos.

 

De una acción de promoción humana apoyada fuertemente por el Estado, a una acción totalmente libre de todo privilegio económico estatal.

 

De un deseo débilmente aceptado de dar prioridad al clero local y nativo, a la firme decisión de formar cuidadosamente un clero local para una entrega pastoral y competente en la nación, con el efecto lógico de que, actualmente, todo el episcopado es nacional y nuestro clero posee una cultura sobresaliente.

 

De una visión de las misiones como ministerio particular de las órdenes religiosas  (ius commissionis), a una visión de colaboración a la Iglesia local y a la jerarquía, con sentido de adhesión plena al Obispo.

 

De una visión litúrgica de lengua estrictamente latina a una inculturación de la liturgia en nuestro idioma y cultura, siendo muy sensibles al valor de la religiosidad popular.

 

Ha habido progresos significativos pero también retrocesos preocupantes:

 

De un entusiasmo masivo despertado por Pío X a favor de la catequesis continuada, a un debilitamiento de la misma que debemos superar, para que el entusiasmo inicial nos mueva a realizar el programa de Aparecida orientado a la formación de discípulos misioneros de Jesús.

 

De una pasión por la antropología indígena, por el aprendizaje de las lenguas indígenas y por la tarea educadora indígena, a una convivencia alterada por antropólogos, sectas y otros factores.

 

De una presencia de los religiosos y religiosas en muchas entidades del Estado en los campos de educación y de salud, a una progresiva eliminación de esta presencia por parte del Estado mismo, lo cual exige a la Iglesia definir su ubicación en estos campos.

 

Pero si en 1908 la Iglesia estaba necesitada de conversión, mucho más estamos necesitados nosotros hoy, pero siempre confiando en la luz y la gracia de Cristo, nuestro Maestro y Señor.

 

En síntesis, han sido cien años de crecimiento y de gracia de Dios.  El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres  (Sal 123,3).


COLOMBIA RELEE A APARECIDA

 

Gracias a diversas colaboraciones de las cuales las principales son la de la Universidad Bolivariana de Medellín y el Secretariado permanente del Episcopado Colombiano en Bogotá, hemos enfrentado la tarea de la recepción de Aparecida en Colombia de manera análoga como se elaboró la recepción de la Conferencia de Medellín en Colombia con el documento episcopal “La Iglesia ante el cambio”.

 

Esta relectura fue precedida de un taller y de otros encuentros del episcopado de manera tal que la obra que se entregará, refleja el pensamiento del episcopado mismo.  Esperamos que sirva para darnos ese impulso pastoral y ese entusiasmo apostólico que haga de Aparecida una realidad en nuestra Iglesia en Colombia.

 

Llamada:  “La Iglesia en Colombia, una comunidad que camina en la esperanza”, la obra evoca la realidad de los cien años de la Conferencia Episcopal y en ella asumimos una serie de compromisos conducentes a construir un futuro eclesial con una fuerte identidad cristiana y católica, en movimiento pastoral misionero, con la fuerza del Espíritu de Cristo.

 

LOS DESAFÍOS EN TORNO A LA PAZ, QUE NOS HACE COLOMBIA HOY

 

Después de todos los acontecimientos inesperados que hemos vivido en estos últimos meses, es necesario considerar los desafíos que nos plantea el logro de la paz en Colombia hoy, uno de los grandes anhelos de todos los colombianos y de la Iglesia.

 

En primer lugar estamos frente a un desafío ético.  Muchos colombianos aún piensan que los atajos ilícitos son la mejor manera para alcanzar lo que desean en términos de poder, de tener, de saber.  Tantas personas intentaron seguir los malos atajos, llámense paramilitarismo, narcotráfico, soborno, secuestro, trampa y otras violencias, y terminaron ya en las cárceles, ya extraditados, ya desdichados, ya sepultados.

 

El demonio tentaba a Jesús diciéndole:  “Si me adoras, te daré todos los imperios del mundo”.  Qué fácil parece volverse poderoso.  Basta vender el alma al diablo.  Jesús rechazó semejante propuesta.  Debemos motivar a ese rechazo hoy.

 

En segundo lugar, estamos ante un desafío espiritual.  El corazón del cristianismo es Jesucristo y su mensaje de amor.  Pero nos pregunta el Santo Padre:  ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida? ¿Estamos convencidos de la prioridad de la fe en Cristo? Por ello, la cultura de la paz que estamos llamados a fortalecer sólo será posible si logramos llevar a nuestros feligreses a comprender varias cosas:

 

Primera, la centralidad del amor en la vida cristiana, amor al amigo y amor al enemigo; amor a la verdad y amor a quien es diferente.  “Ama de veras y haz lo que quieras”  sigue siendo una frase agustiniana muy actual para nosotros.  La justicia quita los obstáculos pero es el amor el que construye la paz.

 

Segunda, el valor del perdón.  Suele decirse que el perdón fue un invento de Jesús.  Eso es desconocer la Sagrada Escritura, pero Jesús lo puso muy en alto e igual debemos hacer nosotros si queremos que el pasado no se perpetúe en el futuro sino que este punto de ruptura con el pasado, llamado perdón, nos abra a un futuro de reconciliación y fraternidad.

 

Tercera, el valor de la esperanza cristiana en los momentos difíciles.  Como bien nos lo quiso inculcar Benedicto XVI al ofrecernos varios modelos de víctimas triunfadoras en la esperanza, que es fe en el futuro de la mano de Dios.

 

Cuarta, conectada con la esperanza está el valor de la promesa.  Sin promesas no hay posibilidad de construir el futuro.  La Biblia es la narración del logro de una promesa, la tierra prometida.  Hay que invitar a los dirigentes y a sus opositores a formular promesas serias de paz, de serio cumplimiento y que abran al futuro que todos deseamos.

 

En tercer lugar, estamos ante un desafío pastoral.  Varios Obispos, a solicitud del Gobierno, realizaron una admirable labor pastoral con los combatientes de grupos paramilitares, tendiente a ayudarlos a dar el paso fundamental de la desmovilización.

 

El lema evangélico propuesto “Vete en paz y no peques más”  fue puesto en práctica por muchos, aunque algunos no acogieron la segunda parte:  “no peques más”  y en consecuencia, y sin nuestra intervención, fueron extraditados.  Nuestra labor pastoral en la búsqueda de la paz se fundamenta en favorecer el respeto por los acuerdos que reconstruyan confianza.  El incumplimiento profundiza las distancias.

 

Dado que quedan muchos colombianos con las armas en las manos, y siguen matando, es necesario proseguir una tarea semejante, con las debidas licencias, haciendo una doble invitación pastoral:  al desarme de las armas y del corazón, con miras a la paz y a asumir con responsabilidad los compromisos de justicia adquiridos.

En cuarto lugar estamos ante un desafío humanitario que nos exige hablar y actuar a favor de las víctimas, de los secuestrados, de los desaparecidos, de los desplazados, de los perseguidos injustamente, de los exiliados y de los reinsertados, explicitando la fuerza de la misericordia propia del Evangelio y su carga de reconciliación.  Es necesario hacer opciones especiales en nuestra pastoral social diocesana.  Hay que seguir luchando a favor de acuerdos humanitarios y de la solución política del conflicto, los cuales deberían implicar el cese inmediato de los secuestros con fines de extorsión y los atentados contra la vida en todas sus formas.

 

En quinto lugar, estamos ante un desafío social que nos impulsa a insistir en la solidaridad de las fuerzas productivas del país para que puedan generar más oportunidades de empleo digno y de educación para los más pobres.  De esa manera colaboramos a reducir la exclusión y la inequidad en Colombia.

 

Se trata de profundizar la práctica compartida de la Doctrina Social de la Iglesia, que al respecto es muy clara.  Juan Pablo II habló de la paz como fruto de la solidaridad, siguiendo el estilo de Pío XII que hablaba de la paz como fruto de la justicia.

 

En sexto lugar, estamos ante un desafío histórico que nos pide acompañar las experiencias de fortalecimiento de la ciudadanía y caminar más cerca de los dirigentes y legisladores, de sus proyectos y propuestas, para que estén en sintonía con esos no negociables como la vida, la familia y la libertad de educación.  El ejemplo de la Arquidiócesis de Medellín en este sentido es maravilloso y debería ser seguido por otras Diócesis en la medida de lo posible.

 

En séptimo lugar estamos ante un desafío jurídico.  La Ley de Justicia y Paz ha favorecido la apertura de un camino de purificación institucional.  Sin embargo, no ha favorecido suficientemente el avance efectivo hacia la paz.  Falta que se promueva una ley que genere las condiciones para una verdadera reconciliación que equilibre la tendencia a transformar las medidas de justicia en venganzas, amenazas y nuevas violencias y no en un serio avance hacia la paz de todos, incluidos los enemigos.  De nuestra parte, el llamado a la reconciliación debe resonar continuamente en el país.

 

En octavo lugar, estamos ante un desafío antropológico.  Nuestra patria está formada por múltiples regiones.  La paz debe tener también un sentido regional.  Un signo de esta exigencia son las Comisiones de Conciliación Regional lideradas por los Obispos en algunas regiones así como la diversidad que asumen las pastorales diocesanas.

En noveno lugar, estamos ante un desafío ecológico.  Es tal vez el más reciente y menos sentido a pesar de tantas voces de alarma.  Se trata de que la paz como relación sana con Dios y los demás hombres se extienda a la relación con la naturaleza que sufre nuestra agresividad y termina afectando gravemente a las futuras generaciones.  El tema de la solidaridad entre las generaciones es parte de cuanto pide la Doctrina Social de la Iglesia  (Compendio 369)  y Aparecida fue insistente en este campo con particular énfasis en la región amazónica  (D.A. 470-475).

 

En décimo lugar, estamos ante un desafío narrativo.  Muchos Obispos han trabajado a favor de la paz en la pastoral cotidiana y en circunstancias particulares.  Nuestro esfuerzo es discreto, muchas veces demasiado silencioso.  Es necesario aprender a contar la historia de nuestro esfuerzo por la paz con convicción, audacia y valentía, así como contamos la historia de la evangelización en general y la vida de la Iglesia universal a través de las épocas.  O narramos nuestra historia u otros la narrarán a su manera y, nada de raro, deformándola y tergiversándola.

 

 

AL FINALIZAR LA FUNCIÓN DE PRESIDENTE

 

En las siguientes líneas quiero resumir cuanto fueron los fines y actividades generales de la actual presidencia y los desafíos pendientes, dejando las acciones concretas para el informe global posterior.

 

Oramos cotidianamente por la Iglesia en Colombia y por el Episcopado Colombiano.  Nos toca ser aún más dinámicos para mover a orar al pueblo colombiano por los grandes objetivos de la Conferencia y orar más como comunidad episcopal.

 

Llevamos a cabo la representación de la Conferencia a nivel nacional e internacional, ya por el Presidente, ya por el Vicepresidente, procurando tomar parte en los eventos más sentidos de Iglesia; igualmente, se buscó estar presente semanalmente para enfrentar los problemas internos en los diversos ámbitos en colaboración armoniosa y eficaz con el Secretario General de la Conferencia y el Secretario Adjunto.

 

Buscamos hacer resonancia a las enseñanzas de Benedicto XVI no solo por nuestra obligación sino también por el valor de sus mensajes.  Tenemos que popularizar aún más su pensamiento en estos tiempos de tanta confusión ideológica.

 

Tuvimos una relación sincera, amigable y fructífera con el Señor Nuncio Apostólico Monseñor Beniamino Stella, quien siempre fue fuente de luces para la gestión de la presidencia.  Al mismo tiempo, seguimos las enseñanzas de Mons.  Aldo Cavalli especialmente en cuanto a la necesidad de estar en sintonía con las necesidades y urgencias del tiempo presente.

 

Quisimos ofrecer un rostro amable de Iglesia que refleje la serenidad que viene de la fe, más que la amargura que viene del choque con las corrientes adversas del mundo actual.  Es el gran desafío de la aceptación de la cultura nueva, señalado por Aparecida y que va tomando fuerza en nuestra patria, sin cerrar los ojos a las desviaciones preocupantes.

 

Avanzamos en la asimilación de Aparecida a través de las actividades generales con todo el Episcopado o a través de actividades más particulares, pero con la participación de los Obispos.  Nos queda el gran desafío de asimilar cada vez más el espíritu de Aparecida y de realizar la misión continental.

 

Realizamos tres asambleas sobre temas muy específicos que deben ser del interés máximo de los Obispos:  Acción misionera de la Iglesia, vida religiosa, la mujer en la Iglesia.  Urge en el futuro enfrentar los temas de la reconciliación en Colombia, de la comunicación de la Iglesia hacia fuera, de la ética en sus relaciones con la política, la sociedad y la religiosidad popular y el tema de la juventud ante la Iglesia hoy.

 

Apoyamos la gestión de las comisiones de la Conferencia Episcopal en los casos en que el apoyo era necesario.  Nos queda el gran desafío de aprobar definitivamente la nueva organización del SPEC para una mejor coordinación de las comisiones.

 

Acompañamos los diversos proyectos diocesanos en los que se requería un apoyo del presidente de la Conferencia, a pesar de las dificultades encontradas.  Hay que seguir con el esfuerzo de que cada Diócesis se comprometa ella misma en esos proyectos educativos o de salud en que quiere participar.

 

Apoyamos todos los esfuerzos de los católicos empeñados en la lucha a favor de aquellas realidades no negociables como la familia, la vida desde el comienzo hasta el final natural y la libertad de educación y la libertad religiosa, que han querido ser pisoteadas por algunos legisladores colombianos.  Nos queda por definir un compromiso más serio, especialmente a nivel universitario, de formación de líderes comunitarios, dirigentes políticos y constructores de la sociedad, para que desde dentro de las instituciones, sean capaces de hacer sentir más el valor de la vida en la legislación civil y según la doctrina de la Iglesia.

Tuvimos una relación positiva con el Estado, dejando en claro que no teníamos obligación de plegarnos a todas sus exigencias, manifestando nuestra oposición a algunas decisiones ministeriales en salud y educación pero también dejando ver la disponibilidad a una buena colaboración.

 

Continuamos con la puerta abierta al diálogo y a la colaboración con la comunidad internacional, especialmente con el cuerpo diplomático acreditado en Colombia, para una recíproca iluminación frente a la situación actual y para explorar formas concretas de colaboración en algunos aspectos humanitarios.

 

En concreto, articulamos esfuerzos y propósitos con la Secretaría de Estado, con las Conferencias Episcopales de España, Suiza, Francia, Alemania, Italia y Estados unidos y con la Secretaría de Estado de los Estados Unidos.

 

Decidimos estar bien metidos en la consecución de la paz.  Que no se diga nunca que mientras todos sufrían por la violencia, la Iglesia fue indiferente.

 

Esta presencia estaba marcada por la insistencia en una salida dialogada más que en una salida puramente bélica y en un llamado continuo a la esperanza en Dios y en nuestras mejores posibilidades.

 

Muchas decisiones pudieron ser por momentos incomprendidas, pero hacen parte de una visión de Iglesia como puente de paz, como lazo de reconciliación, que en algún momento pueda unir una sociedad cada vez más dividida por la confrontación.  Apostar todo por un camino hoy, puede cerrar puertas valiosas para el mañana.

 

Buscamos apoyar a las víctimas del conflicto en las diversas maneras posibles.  De manera especial trabajamos incesantemente en el acuerdo humanitario sin que hayamos obtenido aún los resultados deseados, por la dinámica propia de la confrontación, pero sin desistir en su búsqueda.  Escuchamos y apoyamos muchísimas personas amenazadas y necesitadas de seguridad dentro o fuera del país.  Debemos ser más explícitos en unir la opción por los pobres a la opción por las víctimas, para estar en el corazón del sufrimiento de Colombia.

 

Intentamos mejorar la forma comunicativa generando un medio de comunicación nacional, pero ni este proyecto ni el de la misión de reconciliación juvenil tuvieron el suficiente apoyo.  Tenemos un gran desafío como es captar mejor y valorar más la nueva fuerza de la comunicación y saberla utilizar especialmente para llegar a la juventud.

 

Buscamos tener una buena relación con los medios de comunicación ofreciendo la imagen de una Iglesia y un Episcopado que, sin olvidar lo específico de su misión religiosa, están caracterizados también por su sensibilidad en lo social, por su compromiso frente a las víctimas y por poner en evidencia ante los hombres de nuestro tiempo, un rostro misericordioso de Dios.

 

DECESO DEL CARDENAL ALFONSO LÓPEZ TRUJILLO

 

A todos nos tomó por sorpresa.  Las fuerzas físicas que manifestaba el Cardenal no hacían presagiar que se derrumbase de forma tan intempestiva.

 

Como anotaba el Cardenal Re, en la santa misa que presidió al mes de la muerte, y cuyas palabras evoco, en cada compromiso el Cardenal López Trujillo colocaba una fuerza enorme de voluntad, una claridad de pensamiento cristalina y una dedicación y determinación sin límites.

 

Nunca le faltó la valentía sobre todo cuando se trataba de defender los valores no negociables.  No se dejaba atemorizar ni por la impopularidad ni por la hostilidad.  Fue calumniado, pero las falsedades lanzadas contra él ni lo frenaron ni lo atemorizaron.  Como acontece con los hombres de destacada personalidad, no faltaron en relación con él juicios discordantes y sentimientos opuestos.  Pero no se puede negar la rectitud y la alta inspiración que estaban en la base de su dinamismo.

 

Nombrado muy joven Obispo Auxiliar de Bogotá, muy pronto fue llamado a ser Arzobispo de Medellín.  Fue Secretario General del CELAM y luego Presidente del mismo.  Fue también Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia.

 

 

Cuando Juan Pablo II lo llamó a presidir el Pontificio Consejo para la Familia se dio a la tarea de defender la verdad del amor familiar y el evangelio de la vida.  Para ello, supo rodearse de expertos de todo el mundo, demógrafos, sociólogos y economistas, para adelantar la investigación sobre la función social de la familia.

 

El Papa Benedicto XVI manifestó la gratitud al Cardenal por su infatigable actividad a favor de la familia, de la vida y de la transmisión íntegra de la fe.

 

Es una lástima que al momento de su muerte no se haya reconocido a nivel oficial el hecho de que el Cardenal ocupaba el más alto cargo al que ha llegado un colombiano en la Iglesia y la calidad de su servicio a la Iglesia y al país.

 

Renuevo mi agradecimiento muy especial al Cardenal Re y a Monseñor Octavio Ruiz por su presencia entre nosotros, a todos los que han colaborado para que este Centenario de la Conferencia sea exitoso y a cuantos están presentes hoy en este magno acontecimiento del Centenario y de la Asamblea Episcopal.

 

Para toda la Iglesia en Colombia, nosotros, Episcopado Colombiano, pedimos hoy al Señor sus luces para seguir hacia el futuro con el mismo ánimo y decisión apostólicos de los pasados cien años y renovamos en este aniversario nuestro vigor evangelizador y nuestra audacia apostólica, invocando la protección de María y acogiendo de manera muy personal y eclesial esas palabras suyas:  “Hagan todo lo que Jesús les diga”  (Jn 2, 5).

 

 

 

 

+ Luis Augusto Castro Quiroga

Arzobispo de Tunja

Presidente de la Conferencia Episcopal



[1]    Ver, Prefacio al libro de Vittorio Messori, Pensare la Storia, Ed. Paoline, Milano, 1992, p. 11.

[2]

Publicado por verdenaranja @ 14:41  | Hablan los obispos
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