Martes, 22 de julio de 2008

Artículo del Padre Lorente, o.h., publicado en la revista "Familia Hospitalaria" número 70 ENERO-ABRIL 2008.


UN REGALO A LA HUMANIDAD:SAN JUAN DE DIOS

 

Fernando Lorente, o. h.

 

EN El CORRER DE LA HISTORIA, la Iglesia, experta en humanidad y a través de su doctrina, con distintas manifestaciones, proclama con fuerza este fundamental principio de ética cristiana: la persona es sagrada porque ha sido creada a imagen de Dios. Por eso, debe ser respetada, y todo cuanto atente contra su vida y su dignidad debe ser rechazado. Coherente con este principio, la Iglesia se ha esforzado siempre en ser humana y humanizadora. Su misión es evangelizar humanizando y humanizar evangelizando. La buena noticia que Jesús proclamó –su Evangelio– es esencialmente humano y humanizador, dador de sentido y de salvación. A esta misión estamos llamados todos los seres humanos que conociendo y viviendo la fe cristianas, e igualmente aquéllos que, con su conducta, se estén acercando a esta meta. Por eso, el Evangelio es siempre un punto de convergencia, pero igualmente es un foco de irradiación. En el correr de los tiempos siempre ha habido personas que, buscando al mismo Cristo en el Evangelio, cada una ha elegido su camino: S. Francisco de Así, Santa Clara, S. Agustín, Santa Teresa de Jesús, S. Juan de Dios, Santo Domingo de Guzmán S. Juan Bosco, Santo Hermano Pedro, Beata Madre Matilde (....)

 

Es así, cómo la santidad de la Iglesia —nos dice el Concilio Vaticano II— se manifiesta y sin cesar debe distinguirse por los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en sus fieles... que con edificación en los demás, se acercan a la perfección de la caridad —la santidad—en su propio género de vida. La vitalidad de la Iglesia, por tanto, responde a su efectividad santificadora. "La perfección de la Iglesia y su verdadero progreso se miden por los frutos de vida, bendición y santificación que produce; es decir, por el número, grandeza y excelencias singulares de los santos y de las santas instituciones que en su seno encierran" (P. Arintero). "Los santos, dice este religioso dominico, parecen mucha veces inútiles, por vivir como absortos en Dios; y sin embargo, como la piedad para todo es útil, para todo valen y en todo obran maravillas..." Esta singularidad diferencial de vida personal que encontramos en cada uno de los santos, es la que intentamos resaltar en S. Juan de Dios, cuya festividad celebramos hoy.

 

Dios, en su providencia, que inspira y dirige a su pueblo, su Iglesia, provee a sus necesidades con estas gracias especiales que concede a personas –y éstas responden a esta llamada– y las conduce por caminos distintos de santidad y en circunstancias nuevas. Es así cómo se constituyen estas personas en verdaderos modelos de conducta que la Iglesia denomina santos fundadores. Centrándonos ahora en la vida de S. Juan de Dios, su espiritualidad viene definida como un modo existencial que no es posible amar a Dios sin amar al prójimo. Consecuente con esta doctrina, él la vivía y la recomendaba de una forma invariable como exigente en todos los tiempos y para todos los estados de vida: "Tened siempre caridad, que donde no hay caridad no está Dios, aunque Dios está en todo lugar.

 

SAN JUAN DE DIOS

 

Nació en Portugal, en Montemayor el Nuevo, el año 1495. Pasando por una milicia llena de peligros, terminó buscando un ideal más elevado, entregándose al servicio de los enfermos y necesitados. En 1539 fundó un hospital en Granada. Supo vincular a esta obra un grupo de compañeros, los cuales constituyeron, después de su muerte -8 III 1550—, la Orden Hospitalaria de S. Juan de Dios. Fue beatificado en 163o y canonizado en 1690. El papa León XIII le declaró Patrono de los hospitales y de los enfermos. Pió XI, en 1930, lo declaró Patrono de los enfermos de ambos sexos y de sus asociaciones.

 

Esta fue la espiritualidad de S. Juan de Dios. La que vivía primero y la que después recomendaba con sus obras, palabras y escritos, pocos, seis cartas. Aquí estaba el gran secreto de su irradiación a todos los demás en lo social, de entonces y en lo apostólico de todos los tiempos. Todos los medios de salvación que nos dejó Cristo en la Tierra: su Iglesia, carismas, sacramentos, jerarquía, todo lo ordenaba para vivir y fomentar la caridad con estos hechos evidentes: acercarse y asistir al enfermo y necesitado. Toda su vida se desarrolla en esa autodonación entre Dios y el ser humano, que implica necesariamente el amor verdadero a todas las personas sin distinción alguna. La vida de este hombre, recorriendo calles y plazas de Granada y caminos de España, es aún hoy, el gran pregón de la verdad de Dios frente a la mentira del hombre: "Si alguno dice, que yo amo a Dios y aborrezco o no atiendo a mi hermano, soy un mentiroso. Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y este es el mandamiento que de Él tenemos: "quien ama a Dios, ame también a su hermano" (1 Jn. 4,20).

 

¿QUÉ HA DICHO LA HISTORIA DE SAN JUAN DE DIOS?

 

"Que fue tan hombre antes de su conversión, como después. Aunque sin preparación cultural, llega precisamente por este vacío, a un soberano simplísimo que se sintetiza en amar a Dios y a todas las personas. En escala de valores no pasó del primer Mandamiento: amor a Dios; el cumplimiento de los demás preceptos evangélicos fue una consecuencia. No pasó a la historia por saber mucho ni por peder mucho, sino por querer con todo corazón, plasmando el amor a Dios en amar a las criaturas más desamparadas. No nació para ser teólogo ni para predicar el Evangelio en dilatadas tierras, sino para amar intensamente a Dios en los enfermos y necesitados. Terminó su vida con una lección de caridad de plena actualidad en todos los tiempos y para todas las personas.

 

Con este espíritu yen esta misión "vivo —dice y escribe este Santo—empeñado, preocupado y fiado sólo en Jesucristo, comprometido en todo momento con la salvación de todos: sanos y enfermos, pobres y ricos y sin distinción de religión, porque en todos está Dios"

 

Esta misión iniciada en Granada donde el Santo atiende a inválidos, mentales, leprosos, mudos, niños, enfermos, ancianos y huérfanos y faltos de comida; y todos se mantienen con las limosnas que le daban y las que él pedía. Para que ninguno, desde el propio estado y vocación se quedara privado de vivir esta espiritualidad, ni nosotros tampoco, recordemos todos, no sólo esta espiritualidad de S. Juan de Dios, también la contenida en la Regla y Constituciones para su Hospital en Granada (1587): "Trabajad y manifestad que el Cristo compasivo y misericordioso del Evangelio permanece vivo entre las personas, y colaborad con Él en la salvación de todos"


Capellán de la Clínica San Juan de Dios

 


Publicado por verdenaranja @ 23:11  | Espiritualidad
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