Mi?rcoles, 20 de agosto de 2008

Artículo enviado por Calos Peinó Agrelo donde se exalta las virtudes de Manuel Aparici.

MANUEL APARICI

«Capitán de Peregrinos»

Hombre de virtudes heroicas, de profunda vida de oración y fama de santidad 

         No podemos finalizar su biografía sin hacer una referencia más amplia y precisa que la hecha hasta ahora, aunque sea de forma sucinta, a sus virtudes, vida de oración y fama de santidad.

 

         I.       HOMBRE DE VIRTUDES HEROICAS

 

         Por las declaraciones de los testigos –que constan en la Copia Pública de la Causa y que hemos utilizado para redactar este capítulo– sabemos que ejercitó las virtudes en grado heroico. Y las ejercitaba siempre con normalidad, sencillez, equilibrio, constancia, prontitud de ánimo y alegría espiritual. Sin embargo, muchos no sabrían decir cuales de ellas vivió con mayor heroicidad. No obstante, señalan como virtudes especiales la fe, la esperanza, la caridad para con Dios y para con el prójimo, la humildad, la paciencia, la prudencia y la fortaleza.

 

         1.      Virtudes teologales

 

         Era un hombre de una FE extraordinaria y profunda que vivió intensamente en todas las circunstancias de su vida. Era el motor de su vida de tal manera que ésta no podría entenderse sin aquella. «La fe –decía– hay que vivirla las veinticuatro horas del día, desde el amanecer hasta la noche y desde la noche hasta el amanecer».

Vivía totalmente en las manos de Dios y hablaba como quien estaba en permanente comunicación con Él. ¡Siempre estaba unido y pendiente de Dios!

Fue ejemplo y modelo del ejercicio de la fe y testimonio vivo que proyectaba y transmitía con su palabra y sus obras, ya en privado, ya en público; en sus charlas, consejos, predicaciones, diálogos personales, (era muy amigo del apostolado personal; es decir, uno a uno). Cuántas veces se le oía aquello: «hay que encender las velas una a una». Sus palabras impregnaban de modo pleno. Fue un gran apóstol de la enseñanza y de la predicación.

Una fe capaz de causar impacto en las personas que se acercaban a él. Arrastraba con aquel fuego del alma. Quería que la tuvieran y vivieran también las personas que le rodeaban y creía firmemente que el futuro de España dependía de la manera de vivir la fe los jóvenes. Insistía en la fe informando la vida y descubría que la fe sin obras es fe muerta; que la vida cristiana es fe y obras. Descubría la grandeza y la belleza de la fe, demostrando que la fe es lo único que da sentido a todo ¡hasta el dolor y la muerte!

Su vivencia teológica fue esencialmente paulina: conocía admirablemente los escritos de San Pablo y sabía adecuarlos al momento que se vivía, a las mentalidades juveniles y su enseñanza era muy trinitaria: El amor al Padre; su pasión por el Hijo era radical, Cristo fue su modelo vital y plena aceptación de la acción del Espíritu Santo.

         Al educar en la fe, daba mucha importancia a la educación familiar como algo fundamental para sembrar la fe.

         Exponía la sana doctrina, siempre en profundidad, con sencillez y ardor, pero de modo claro y acomodado al alcance de los que le escuchaban; reforzaba ésta con otras fuentes: Santos Padres, historia, experiencia, Magisterio de la Iglesia y muchos ejemplos, y con el testimonio de los santos, el suyo propio y el de otros miembros de la Iglesia. Motivaba y despertaba el interés y la disponibilidad aún de los más reticentes o apáticos. Como preparación, leía y estudiaba mucho.

Además ponía a sus jóvenes y no jóvenes en contacto con hombres de fe y de sabiduría cristiana para que les desvelasen los misterios de la fe y los avances en torno a los mismos, cuidando muy mucho que se les diera lo seguro y lo maduro, según las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia.

Recurrían a él para que les confortara en los momentos difíciles. Ayudó a muchas personas en momentos de crisis o dudas sobre su fe o su vida cristiana con resultados positivos –entre ellas a sacerdotes y seminaristas– con su oración y testimonio.

         Los medios que utilizaba para mantener su fe eran muy sencillos. La alimentaba con la oración continua, horas ante el Sagrario, los sacramentos, las jaculatorias que lo ponían constantemente en comunicación con Dios, la contemplación, el estudio, la meditación de la Palabra de Dios, el sacrificio, las mortificaciones y amarguras, dirección espiritual, etc. pues él era el servidor de todos, el último en todo, el que se conformaba con todo.

         Por ella, que llegó a ser martirial, estaba dispuesto a dar su vida. ¡Todo por Cristo. Ése era su lema!. Nunca ocultó su condición de apóstol comprometido, incluso en las épocas de persecución religiosa, y estuvo a punto de ser fusilado. A pesar de todo no se amilanó.

          De la fe en Dios brota la ESPERANZA y la confianza en Él como una relación necesaria de la criatura al creador, del hijo al padre, del siervo al señor. «Es la virtud –dice a Sor Carmen– que más necesitamos que aumente el Señor a través del don de la fe».

Tenía siempre presente, en todos los momentos de su vida, en salud y enfermedad, su condición de peregrino que camina hacia la Casa del Padre y, por tanto, puestas todas sus esperanzas en la misericordia de Dios. Para él el camino hacia el Padre era lo fundamental y la peregrinación el instrumento que acercase a los labios sedientos de la juventud el cáliz rebosante del amor de Dios. De ahí su desprendimiento pleno de todas las cosas de este mundo.

Mantenía en todo momento la serenidad de espíritu en medio de las contrariedades y pruebas de la vida. Al modo ignaciano, ponía de su parte cuanto era capaz y esperaba firmemente en que Dios pusiera el resto en el que tenía puestas todas sus esperanzas.

         Con su palabra y su ejemplo, como apóstol seglar y como sacerdote, enseñó a los jóvenes a hacer de su vida una peregrinación.

La idea de la confianza en Dios era una de las que más repetía, enseñaba y vivía, apoyado constantemente en Jesucristo al que amaba apasionadamente. Otra idea en la que insistía es la de la paternidad de Dios, ¡Dios es Padre !; decía: «es la Idea más fecunda de todo el Evangelio y la más repetida por Cristo», «todas las prerrogativas de Dios son grandes y hermosas: Señor, Juez, Omnipotente pero la que más sobresale en Él es que es PADRE».

Era un hombre de gran ilusión, de gran esperanza y en ella  se ejercitaba continuamente porque todo lo que hacía era una interrumpida expresión o manifestación de su esperanza y confianza en Dios y en sus planes.

         El Catecismo de la Iglesia Católica al hablar de la virtud  de la esperanza, afirma que ésta «protege del desaliento», «sostiene en todo desfallecimiento» y «dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna» [1].

         La virtud de la esperanza sostuvo sus trabajos apostólicos y le dio serenidad en los momentos difíciles. ¡Cómo intentaba una solución cristiana desde la esperanza! Mantenía siempre la paz y la serenidad de espíritu en medio de las contrariedades y pruebas de la vida, aun en los momentos más difíciles.

Esta serenidad y esperanza se evidenció muy especialmente durante su larga y penosa enfermedad, y a la hora de la muerte, que la vivió con la misma naturalidad con que vivió otras vicisitudes extraordinarias, que a otros desconcertaban por su dificultad.

         Pero no solo dio testimonio de esta virtud con palabras y obras, ya que su vida era una invitación permanente e irresistible a la esperanza dada la hondura de su vivencia cristiana, sino que fomentó ésta dando razones desde el amor de Dios.

         En sus charlas, meditaciones y contactos personales infundía siempre una esperanza gozosa, alegre, que dejaba entusiasmados a todos por seguir a Cristo. Cuando hablaba de la vida eterna, lo hacía con tal esperanza, con tal gozo y seguridad.

         Toda su vida era irradiación de fe, de esperanza y de caridad. No tenía compartimentos estancos en su vida. Siempre ecuánime, imperturbable, seguro, sereno, lleno de la santa esperanza. Irradiaba paz, luz a cuantos a él se acercaban.

          La más excelente entre todas las virtudes es sin duda la CARIDAD, que con razón se considera como forma, motor, fin y madre de todas las virtudes. Es imposible que nadie llegue a la cumbre de la perfección sin que haya primero ardido en la caridad para con Dios en primer lugar, puesto que «Dios es amor» (1 Jn 4,8).

         «El primer don y más necesario –dice el Concilio Vaticano II– es  la caridad con la cual amamos a Dios sobre  todas las cosas y al prójimo por su  amor ... Por eso el verdadero discípulo de Cristo se distingue por la caridad tanto hacia Dios como hacia el prójimo» [2].

         Los testigos dedican mucho espacio a la virtud de la caridad en el Siervo de Dios. Afirman que todo lo hacía por amor a Dios, al que amaba sobre todas las cosas, y que ese amor era el centro de su vida y la razón de todas sus actividades.

         No cabe duda que, a raíz de su conversión en plena juventud, se movió siempre en la esfera del amor de Dios. A Él consagró su vida y por su amor sacrificó todo hasta consumirse como holocausto en el altar en aras del amor.

         Si se destaca su fe y su esperanza, de forma especial hay que destacar la caridad: amaba a Dios con todo su ser y con todas sus fuerzas. Era norma de conducta en su vida.

         Tanto es así que se olvidaba totalmente de sí mismo, con peligro de salud, cansancio, problemas acumulados, su madre enferma y mayor. ¡Tenía que cumplir la voluntad de Dios! ¡Todo por agradarle! El cumplir su voluntad era su norma suprema. «La vida cristiana consiste en hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace» refleja su actitud en este sentido. El amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo era una constante en su vida.

          Practicaba la virtud de la CARIDAD PARA CON DIOS, con intensidad, constancia y fervor. Todo lo que recibía de Dios, bueno y menos bueno, era para él un regalo e insistía: «Todo en nuestra vida está hecho o permitido por Dios para nuestro bien, porque sólo Él es Bueno». Y esa aceptación era continua, tanto en las cosas favorables como desfavorables, fuese cual fuese; siempre las recibía como una caricia del Señor que debía llenarnos de gratitud.

         Pero el amor exige entrega, y entrega generosa y total. Su vida fue una entrega generosa y continua a Dios de una manera consciente y voluntaria. Pudo haberse cuidado y quizás hubiese vivido muchos más años, pero el amor de Dios y la preocupación por los jóvenes se lo impidió. Culminó su entrega generosa a Dios dejando un porvenir brillante para ser sacerdote.

         Podemos concluir, pues, que todo el testimonio de su vida es un permanente ejercicio de amor a Dios entregado a raudales a toda la Juventud española. Por último, ofreció su sacrificio al sacerdocio por este deseo de entregarse más totalmente a Dios y a toda la Juventud de Acción Católica. Era su máxima inmolación a Dios.

Pero no solo aceptaba la voluntad de Dios, sino que suscitaba en los demás el deseo de hacer lo mismo. «Sed generosos y haced como Cristo –les decía–, que cuando el buen ladrón le pide que se acuerde de él le da mucho más de lo pedido y se lo lleva al Padre; así debemos hacer nosotros dando más de lo que se nos pide».

         Como todas las personas enamoradas de Dios tenía suma aversión al pecado y sentía un profundo dolor por las ofensas a Dios, propias y ajenas, y mostraba un espíritu de reparación y deseo de evitarlas. Odiaba al pecado. De ahí su espíritu de penitencia. Concebía la vida cristiana como un ejercicio ascético personal y permanente. No solo se ofrece como víctima en expiación de las ofensas contra Dios, sino que recordaba con frecuencia la necesidad de reparación, pero no atosigaba a los jóvenes sino que los comprometía en la acción salvadora. Sin embargo, no era una persona obsesionada por el pecado en sentido negativo, sino porque ello suponía alejamiento de Dios. Lo que le hacía sufrir era que los jóvenes viviesen de espaldas a Dios y no conociesen su amor. Como director espiritual era muy abierto, muy comprensivo, siempre estimulando positivamente a sus dirigidos.

Vivía con mucha unción, entrega y devoción especial los actos litúrgicos, los sacramentos y los ejercicios de piedad, tanto colectivos como privados, que cuidaba con detalle y esmero. Todos quedaban vivamente impresionados por su devoción y recogimiento. Era ejemplar y edificante.

         Donde los testigos son más explícitos en sus declaraciones es en la forma que tenía de celebrar la Santa Misa. Su unción era elocuente desde el momento en que salía revestido. «La celebraba con singular devoción, como encuentro personal con Jesucristo», declara Mons. José Cerviño y Cerviño. «Impactaba muy positivamente cuando la celebraba», afirma por su parte Mons. Mauro Rubio Repullés. También impactaba, añade, cuando hacía oración y en la administración de los sacramentos.

         Jamás se le vio celebrar la Santa Misa sin prepararse y estar en oración de rodillas antes y después de la misma un buen rato. La celebraba como si fuera la primera y la última, con suma devoción, fervor, emoción y dignidad. La forma en que la celebraba era una manifestación patente de su amor para con Dios, signo de un profundo espíritu de oración y de aceptación de su voluntad. El verle y oírle decir Misa, realmente era muy poco común, o sea que llamaba la atención.

Sin embargo, en algún momento manifiesta en su Diario su dolor por no haber vivido el Sacrificio de la Misa con toda la unción que él hubiera querido. Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el culto de Dios y de los sacramentos, era muy exigente en la observancia de los más mínimos detalles, en su preparación a la Misa, celebración de la misma y acción de gracias.

También sus discursos e intervenciones, imposición de insignias, pláticas o meditaciones, etc. rezuman unción, entrega y devoción especial.

         Reconocen los testigos que no solo les dio un testimonio vivo de su amor a Dios, sino que, además, influyó con su ejemplo en su vida espiritual, profundamente dicen algunos de ellos. Y todavía más de uno siente ese influjo hasta el punto que se encomiendan a su intercesión.

Transmitía a todos el fuego de su amor a Dios Padre, la intimidad con Jesucristo y la devoción al Espíritu Santo. Se lo hacía vivir con sus palabras y con el testimonio de su vida. El influjo de su vida, trato, ejemplo y predicación fue definitivo para muchos.

         El ejemplo en la caridad para con Dios y para con el prójimo es la influencia más definitiva.

         El amor a Dios se concreta en obras de amor al prójimo. Quien no ama al prójimo no puede decir que ama a Dios. Cristo vive en los pobres y necesitados, y sólo los que lo aman con amor sincero saben encontrarlo en ellos.

El profundo amor a Dios era el motor de su vida, pero se concretaba en el amor a los hermanos, porque veía en ellos a Cristo presente y así lo enseñaba. Este amor para con el prójimo lo ejercitaba habitualmente de forma extraordinaria, heroica, al igual que el resto de las virtudes, con un trato permanentemente comprensivo, cordial y alegre. Decía: «El que no ve en el sufrimiento del hombre el sufrimiento de Cristo, no ve a Cristo».

La CARIDAD PARA CON EL PRÓJIMO fue total; caridad que ejercitó habitualmente en las diversas etapas de su vida. Y esta inmensa caridad le hizo hacerse mendigo por ellos. Les ayudaba no sólo con dinero que recibía y buscaba de otras personas, sino también de sus propios ingresos. Los tenía presentes en sus oraciones y en su favor ofrecía los sacrificios de su vida. Toda su vida fue una entrega plena y continua a los demás, hasta la entrega de su salud y de su vida. Su verdadero don era estar siempre a disposición de los demás; no ahorrarse ninguna molestia ni ningún esfuerzo con tal de poder ayudarles. Sus problemas y preocupaciones eran su propia vida. Atendía a todo el que llegaba.

         Este amor al prójimo estaba cuajado de actitudes y hechos apasionantes y heroicos como no temer ningún sacrificio, ni dificultad, ni viajes, ni entrevistas, ni noches, ni días, ni dormir, ni comer, ir a buscar a la gente en donde se encontrase, sensibilizar con gestos hermosos el amor de Dios, explicando el Evangelio, cargar con sus problemas, etc. Sólo contemplaba en ellos un alma que salvar.

         Era amable y simpático con todos, muy cariñoso, de trato exquisito, lleno de caridad. Su conducta era fruto de su vida en Cristo. Especialmente cordial y transigente con las personas que le eran cercanas; fraternal con sus colaboradores y de afecto sin ninguna clase de distanciamiento con las personas que estaban de servicio en los organismos de la Acción Católica.

Del ejercicio habitual de la caridad a las personas cercanas destacar: la delicadeza, ternura y veneración a su anciana madre, el cariño paciente con su familia, el ejercicio constante de padre para con los jóvenes. Más de una noche se le vio ir hasta las camas de sus jóvenes para ver si dormían y arroparlos cuando venía de la capilla de rezar o de su cuarto de estudiar. Se le vio ir a comprar medicinas para alguien que lo necesitaba, de llamar a médicos, el aguantarles hasta lo increíble, jamás provocar el menor problema por nada, no protestar por ninguna cosa, dejarse querer.

A las personas que dependían de él, las trataba con un amor tan exquisito que cualquiera se sentía a gusto con él; las trataba con el mismo afecto y cariño que a sus amigos o compañeros. A la sirvienta de la casa con el afecto y deferencia característicos de sus buenos sentimientos.

         Con otras personas su trato era igual de ejemplar y terminaba siempre cautivándolas por su personalidad humana y cristiana avasalladora. Con los pobres, necesitados, encarcelados, enfermos, postergados se crecía aún más su caridad, y su expresión como su talante eran la de un auténtico santo.

En repetidas ocasiones le ofrecían casas, viajes, hoteles, recreos, etc. para que descansara, o sencillamente como obsequio por su grandeza de espíritu y favores recibidos desinteresadamente, jamás se le vio ni una sola vez aceptar nada, porque pensaba que eso no era evangélico. Sólo se exceptuaría que alguna vez fuese a comer o pasar un rato de expansión, pero que lo hacía por estas dos razones: por caridad y apostolado.

         Se le vio afrontar con altura de miras, con caridad exquisita, normalidad absoluta, los “golpes bajos” que le ocasionaban, calumnias, comentarios, infidelidades, envidias.

         Amaba entrañablemente a los pecadores. Sentía por ellos especial compasión. Con ellos fue siempre comprensivo, abierto y dispuesto a escucharles y ayudarles, no miraba tiempo. También se mostraba muy comprensivo con los defectos y las limitaciones de las personas que lo rodeaban.

         Estimulaba la virtud en quienes buscaban la perfección; vivía con especial solicitud la santificación de los sacerdotes. No sólo no le oyeron nunca críticas negativas respecto a la conducta de otros, sino que procuraba salvar en ellos cuanto había de positivo.

         Por lo que se refiere a su reacción ante personas que le ofendieran o le pudieran causar sufrimientos, su reacción fue siempre de rápido y generoso perdón llevado al extremo de evitar alusiones a la cuestión y a sus protagonistas. Nunca conservaba rencor si le hacían algo.

Fue un auténtico apóstol de la reconciliación Inculcaba siempre tratar con amor a todos sin excepción, incluso a los contrarios. Animaba al ejercicio de la caridad hacia el prójimo en la forma de los más necesitados espiritual o materialmente, recomendando incluso la visita a los pobres y enfermos, a los encarcelados y a sus familiares. Cercanía a las personas que pensaban de manera diferente, la tolerancia con personas con ideas distintas, y todo ello, como expresión de la caridad para con el prójimo.

         El testimonio de su vida era acicate para todos. Y es que lo que enseñaba lo practicaba personalmente. Los testigos sienten todavía en su vida el ejemplo y el influjo de este enamorado de Cristo. Cuantos le trataron, salieron beneficiados de su amistad y de sus lecciones de bondad.

         Pero un día su mucho trabajo, y con el tiempo su salud, no le permitía atender directamente a los pobres, necesitados, enfermos y encarcelados, pero atendió especialmente a sus delegados en esta misión.

Para Mons. Mauro Rubio Repullés, «toda su concepción de su vida cristiana tenía como base el servicio a los demás ... Tenía muy claro sus deberes religiosos y su vida cristiana que debía girar en torno a Cristo y a su precepto de caridad para con los demás».

 

 [1]  CATIC, núm. 1818.

 [2] LG, núm. 42.

 

 

   


Publicado por verdenaranja @ 23:20  | Espiritualidad
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