Mi?rcoles, 20 de agosto de 2008

MANUEL APARICI

«Capitán de Peregrinos»

Hombre de virtudes heroicas, de profunda vida de oración y fama de santidad





2.      Virtudes Cardinales

 

         Practicó la virtud de la PRUDENCIA, ordenando todas sus acciones al fin sobrenatural.

         Coinciden casi todos los testigos en que no actuó por mera prudencia humana o por cálculos o previsiones materiales en el ejercicio de sus responsabilidades. Lo humano y material en él estaba supeditado a Dios. Obró siempre con prudencia sobrenatural. Era una de las constantes de su actuación hasta verle sufrir en silencio muchas veces.

         Ahora bien, los testigos no se limitan a afirmar que ejercitó la virtud de la prudencia sobrenatural, sino que dan un juicio sobre sus diversas actividades como seglar, como Presidente Nacional de la Juventud de Acción Católica, como seminarista, como Consiliario Nacional de esa misma Juventud y como enfermo.

En los momentos difíciles de España como consecuencia de un enfrentamiento que parecía próximo manifestó prudencia sobrenatural y no se dejó llevar del ambiente dominante. Constatando el ambiente político y social del momento, demostraba no sólo ecuanimidad sino un intenso amor a la Iglesia, a España y al prójimo. Una prueba más de su prudencia y fortaleza sobrenaturales se detecta en la orientación que dio a la Juventud de Acción Católica de Toledo sobre la forma de proceder, luego del asalto y cierre posterior por la autoridad de la República de que fue objeto su sede poco antes de comenzar la Guerra.

         Idénticas pruebas de prudencia y fortaleza sobrenaturales las dio como Presidente Nacional con ocasión de la Asamblea Nacional celebrada en Toledo en el año 1934. Declarada una huelga revolucionaria como protesta, bajo el lema: «Ni pan ni agua para los perros fascistas», sin perjuicio de mantener la Asamblea, supo crear un espíritu entre los jóvenes, que concurrieron a la misma desde todos los puntos de España, un clima de serenidad que evitó los enfrentamientos que hubieran podido producirse con quienes revelaban su manifiesta hostilidad a los asambleístas por las calles de la Ciudad.

         Él tenía relación con muchas instituciones, personas muy diversas y situaciones a veces contradictorias propias de aquel tiempo. Y supo llevarlo todo como Presidente con verdadero tacto y prudencia, a veces era verdaderamente heroica. Yo fui testigo –dice Mons. Mauro Rubio Repullés– de una prudencia verdaderamente extraordinaria en las decisiones de su cargo tanto como Consiliario como Presidente, dada la dificultad que en aquella época presentaba la mentalidad de los distintos ambientes donde tenía que intervenir».

         En su testimonio, Mons. Maximino Romero de Lema afirma que «hay un hecho en su vida apostólica, como Presidente, muy digno de ser señalado: Piénsese en la España de 1930 a 1936 y en los años siguientes de su Presidencia y en todas las acciones y reacciones allí nacidas. Manuel Aparici trató con caridad y prudencia todos los “movimientos” existentes dentro de la Iglesia.

         Esta prudencia, como sabiduría, mantenida durante tanto tiempo, y sin falsas componendas, es una prudencia superior a la ordinaria porque estaba en juego el fin sobrenatural de la Juventud de Acción Católica. Esta “sabiduría” está fundada en la oración. Y aquellos momentos fueron siempre difíciles.

«Esta prudencia la constató Felipe González Sánchez en unos momentos delicados para la Juventud de Acción Católica, en los que en la Rama Obrera se habían introducido elementos y criterios, que incluso hicieron mella en algunos de nuestros Consiliarios, en los que la fidelidad a la Iglesia no estaba tan clara».

         «En el Seminario –como ha quedado dicho– era prudente en sus juicios, en los comentarios; cuando en el curso había alguna decisión de los Superiores que no nos agradaba o no entendíamos, él siempre puso su nota y consejo prudentes; era prudente en sus manifestaciones, en su forma de actuar».

         Como Consiliario Nacional la prudencia inspiraba sus decisiones. Se mantuvo en una línea de prudencia y caridad hacia todos, procurando unir y suavizar diferencias. Cuando había discusiones que afectaban a temas políticos, procuraba no intervenir y era extremadamente prudente en su juicio sobre los gobernantes.

         Ya seriamente enfermo, se permitía con dificultad dar un paseo alrededor de una plaza próxima, apoyado en su hermana, mayor que él, y al enterarse que alguien hizo un comentario inconveniente dejó de salir con ella.

         Su prudencia está siempre en su preocupación por preparar una juventud para desarrollar una actividad cristiana, en su actitud de vida, en el trato con las personas, en su comportamiento público y en todos sus proyectos y actuaciones. Por ejemplo:

         *       En su preocupación por preparar una juventud para desarrollar una sociedad cristiana.

         Aunque sabía que su tiempo era limitado, no tenía prisa, pero tampoco ahorraba ningún sacrificio, ni viajes, ni horas de predicación, ni noches sin dormir. Se diría que era un prudente muy activo.

         *       En su actitud de vida, en el trato con las personas y en su comportamiento público:

         «Me llamó la atención … acerca de mi comportamiento con él en público declara su sobrina Josefina. Fui a Madrid, a casa de una prima de mi madre, y una mañana me fui a casa de la abuela y al entrar pregunté: ¿está el tío Manolo? Me dijeron: está en San Ginés, y fui a buscarlo y llegué cuando salía por el atrio y le di un par de besos y me fui con él para casa. Después me llamó y me dijo: “No vuelvas a hacer lo que hiciste hoy porque resulta muy extraño; quien lo vea no sabe que eres mi sobrina”.

         Otro detalle: llegué a Madrid y vi que tenían muchacha nueva muy enclenque y mayor, llamada Modesta; daba la sensación que no podía con el trabajo, y comentándolo con otra señora que también había ido a limpiar a la casa de la abuela, dije que me parecía que no servía de mucho. Fue una condición que le puso mi tío a mi abuela que no quería chicas jóvenes en casa, que se haría rarísimo cuando abrieran la puerta, para que no se prestara a comentarios».

*       En sus proyectos.

         Entusiasta sin dejar de ser prudente; abordaba proyectos difíciles que requerían mucho trabajo, pero lo hacía de una manera ordenada y después de haberlos meditado y rezado mucho. Nunca se le vio perder los nervios; era un hombre de muy buen consejo.

Coinciden los testigos en que antes de celebrar un cursillo, realizar una visita u otra actividad, tomar una decisión, dar un consejo o cuando tenía algún asunto delicado se encomendaba al Señor y pedía siempre oraciones a otras personas, conventos y militantes incluidos. Y esto lo hacía de forma habitual. Tenía relación e incluso amistad personal con algunas monjas de clausura a las que pedía ayuda espiritual para las responsabilidades y tareas propias de su cargo y también para su entrega, santidad.

         Asimismo, enviaba a sus jóvenes a visitar a personas mayores, enfermos y, sobre todo, conventos de clausura para pedir oraciones por tal o cual cosa concreta. Mimaba con sus atenciones a varios conventos; decía que eran su retaguardia.

         Era una persona a quien le gustaba asesorarse y pedir consejo, sabía escuchar, y luego decidía bajo su responsabilidad. No se dejó arrastrar de ninguna idea extremista de aquel momento.

         Según el caso consultaba a sus compañeros de Consejo, a personas conocedoras del asunto en concreto, a sus superiores jerárquicos o a la Jerarquía eclesiástica. Los grandes planes los consultaba con sus superiores jerárquicos y de un modo especial y en los asuntos graves con la Jerarquía, aceptando fielmente su decisión.

         Nunca puso en peligro el respeto debido a los demás, a la Iglesia, al estado sacerdotal o a la Jerarquía eclesiástica.

Gozaba del don de consejo. A alguno no le cabe la menor duda de que pudo haber tenido esta especial asistencia sobrenatural, considerando el modo en que lo hacía. Sus consejos eran siempre de un alto grado de equilibrio que invitaba a llevarlos a cabo dentro de ese mismo camino.

Por otro lado, nunca aconsejó por quedar bien, por agradar al aconsejado o por intereses de cálculo humano.

Soportó con caridad fraterna las burlas, enfrentamientos, presiones, ofensas, molestias, comentarios despectivos, burlones y reticentes, malas miradas, insultos callejeros, etc. por ser católico, dirigente de la Juventud de Acción Católica, sacerdote, etc. Unas veces venían del mismo clero, otras de las autoridades civiles o políticas. Los soportó siempre con buen espíritu, serenidad, paciencia y equilibrio sin espíritu de mala respuesta o de revancha. Tampoco hacía ningún comentario. No se quejaba sino al contrario exhortaba a la prudencia sobrenatural sin olvidar la audacia.

Las presiones que más vivió fueron las relativas al periódico SIGNO por parte de las Autoridades civiles encargadas de la censura. Él siempre pidió a sus jóvenes que defendieran la libertad de expresión, pero con prudencia y sin enfrentamientos. No faltaron tampoco, en algún momento, tensiones en relación con el Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Tanto en uno como en otro caso mantuvo actitudes firmes dentro de la prudencia.

Se comportó en todo momento como un hombre de Dios.

Exhortaba a todos a proceder con prudencia y a poner la mirada en Dios antes de tomar una decisión. Recomendaba siempre el equilibrio, la ponderación, el sopesar los pros y los contras, evitar desviaciones aceleradas, etc. e insistía en que incluso en conductas o actividades represivas podía haber siempre circunstancias que ignorábamos y disculpasen esas actitud.

Su ejemplo fue de una gran ayuda para todos para ser más prudentes en sus actuaciones.

         Por lo que a sus escritos se refiere, decir que en todos ellos manifiesta también una gran prudencia y da en ellos sabios consejos, propios de un hombre prudente. Aconsejaba como procedía él mismo dejando siempre a Dios la última palabra.

 

         Por su gran sentido de la fe en la palabra de Dios –JUSTICIA PARA CON DIOS–, se mostraba siempre pronto y diligente a entregarle sin reserva su corazón, a obedecer en todo a su divina voluntad y a seguir sus inspiraciones con amor y docilidad. Impulsado por este espíritu de fe, cumplió con fidelidad sus obligaciones para con Dios y las leyes de la Iglesia, tanto en su etapa de seglar como de seminarista y de sacerdote, con generosidad y espontaneidad, sin limitarse al hecho de la obligatoriedad, y lo hizo siempre con alegría, gozo e ilusión. No tenía otro norte en su vida que la imitación de Cristo. Y en este cumplimiento se jugó la vida.

         Lo que tenía que hacer como sacerdote lo ejercía con total entrega. No miraba el tiempo, molestias, sacrificios, sinsabores que le suponían tantas horas de hablar con la gente, confesar horas y horas, predicar, rezar, celebrar los Sagrados Misterios, etc. mientras se quebraba su salud, sin dejarse tiempo para nada, siendo él el que “tirase” de todos; pocos le ayudaban. Era un cristiano ejemplar y un sacerdote modelo. Fue justo e irradiador de justicia y de justeza para con Dios.

         Fue siempre ejemplo para todos. Les exhortaba a cumplir con las obligaciones para con Dios y les ayudaba, en cada uno de los estados de su vida, a vivir mejor esta virtud.

        

         Decía: «La JUSTICIA PARA CON EL PRÓJIMO es la base o entrada de la gran virtud de la Caridad». Superó en todo momento la justicia por la caridad y fue tan agradecido como ejemplar.

         Era un hombre equitativo y justo incluso en sus juicios para con los demás. No quería entretenerse en juicios sobre el prójimo. Era un género que no le iba. Por otro lado, siempre sabía quitar importancia a las faltas que pudieran cometer las personas manifestando con esto su caridad y también su justicia.

         No pensaba en sí mismo, ni en sus conveniencias, sino en los demás, en el prójimo. Jamás fue acusado de injusticia. Era un hombre honrado que cumplía siempre a rajatabla la palabra dada y lo que prometía, pero nunca prometió lo que no podía dar o hacer, pues era una persona muy seria y formal, responsable de cuanto se le confiaba, pero al mismo tiempo muy abierta, cariñosa y benévola.

         Si alguna vez tenía que reprender a alguien, lo hacía siempre con suavidad y cariño. Nunca con ira o con palabras duras. Aunque algunas veces se exaltase, terminaba con una inmensa dulzura.

         Su delicadeza con el prójimo era la mejor muestra del espíritu de justicia que le animaba. Trataba con justicia a todos sin acepción de personas, y cada uno pensaba que era plenamente querido por él. Le veían como un imán que atraía a todos.

Procuraba juzgar y discernir los conflictos con realidad, sin dejarse llevar de meros sentimientos de simpatía. En cierta ocasión tuvo que intervenir ante un sacerdote extranjero para corregirle evangélicamente. Trató de influir sobre él, aunque no llegó a lograr su objetivo en totalidad. Esta persona, aun cuando por debilidad hacía caso omiso de sus consejos, le respetaba y le admiraba por su espíritu sacerdotal. Como buen sacerdote respetó al máximo los secretos que le confiaban.

Fue siempre muy respetuoso para con los derechos de otras personas y fiel cumplidor con los deberes de justicia para con ellas. Obró siempre con rectitud y justicia. Grande era su preocupación por el problema social.

No consta que tuviera deudas contraídas y mucho menos pleitos en los Tribunales de Justicia, porque era de una honestidad económica absoluta. En materia tan delicada, era también ejemplo y modelo. No buscó donaciones, legados o herencias para su provecho ni medió para aprovecharse ni fue acusado nunca de apropiación indebida.

         También era una persona muy agradecida ante cualquier atención que se tuviese con su persona porque era todo corazón, caridad, coherencia, dulzura, comprensión, siendo la expresión de su rostro el reflejo de su alma limpia y de su ternura. Jamás fue hipócrita o desagradecido ni para con Dios ni para con el prójimo.

         No sólo fue justo con las personas allegadas, colaboradores y jóvenes que tenía confiados, sino que fue un verdadero volcán de caridad, porque era amigo, padre, madre, sacerdote, compañero y baluarte para con todos. Respondía siempre con mucha caridad, porque es lo que prevalecía en él, y cuando el asunto era delicado le veíamos a él cargarse la responsabilidad y el sufrimiento para descargar a los demás.

         Como en todos los demás aspectos, fue ejemplo y modelo que ayudó a los demás a ser más justos y equitativos con los hermanos.

 

         Afrontó todos los momentos difíciles de su vida con gran FORTALEZA de ánimo, prontitud y alegría, sin perder nunca la calma y la serenidad de espíritu, y sin dejarse llevar del desaliento. Los superó con firmeza y decisión. Lo sobrenatural informaba todos los aspectos de su vida. Ésta fue un ejercicio continuo de fortaleza dispuesto siempre a cumplir la voluntad de Dios. Buscaba los valores cristianos por encima de todo y a cualquier costo y se manifestaba pronto, fácil y alegre para sufrir y soportar todas las penalidades, aun con peligro de sus intereses, de su salud e incluso de su propia vida. Estaba dispuesto a perderla dejándose matar antes que hacerlo en defensa propia con personas que podían  no estar en gracia de Dios.

         Cuando algunos colaboradores le preguntaba si estaba cansado, repetía las palabras de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta».

A pesar de su no buena salud se esforzaba constantemente por el cumplimiento de su trabajo, especialmente en todo lo que se refería a su vida espiritual y en particular a su oración a la que dedicaba mucho tiempo cada día, al conocimiento de la Sagrada Escritura y a su preparación teológica.

Nunca se sintió dispensado de sus obligaciones para disminuir el ritmo de su trabajo, que ponían en peligro su salud, como realmente sucedió. Su vida tenía un ritmo exigente de trabajo, de oración, de entrega. Todo este estilo lo mantuvo siempre con salud y sin ella. Su larga y penosa enfermedad puso bien de manifiesto esta virtud.

Supo avanzar por el camino de la perfección sin desfallecimientos, pese a todas las dificultades, consciente de que los sufrimientos, tanto físicos como morales, eran pruebas amorosas enviadas por Dios para su purificación.

         ¡Era tan normal su trato en la adversidad y en la bonanza! Su talante vital era tan sorprendentemente sobrenatural que nada alteraba su señorío ante las eventualidades más o menos adversas.

Y como en el resto de las virtudes ayudó a muchos a vivir más plenamente la virtud de la fortaleza de palabra y de obra edificando a todos con su ejemplo.

 

Al hablar de la virtud de la TEMPLANZA, escribe en su Diario:

         «Versó el retiro sobre la virtud de la templanza. Me hiciste comprender que no se alcanza sin la mortificación; pero una mortificación total y completa. Pues esta virtud es una fuerza de la “nova creatura” que somos los cristianos y no podrá existir en nosotros mientras no esté completamente aniquilado y muerto el hombre viejo. Por esto se nos decía que era una consecuencia del santo bautismo.

         »Pero se nos dijo más: Que era una exigencia de nuestra vocación; y es verdad, si “sacerdos est alter Christus” no hay otro camino para llegar al altar que matar del todo al hombre viejo para que no viva más que Cristo. Ya el Señor me hizo ver en otra ocasión que a todo cristiano, pero de modo eminente al sacerdote, le pide su carne y su sangre para que, crucificando la carne y derramando la sangre, llegue a todas las almas la noticia de la Redención».

         Aunque de temperamento fuerte, vehemente y apasionado, tenía gran dominio de sus inclinaciones naturales, de sus palabras y de sus pasiones. Igualmente era vehemente en la defensa del ideal, pero suave en el trato y realizaciones. En él se cumplió plenamente el adagio latino: «Fortiter in re, suaviter in modo».

         Nunca observaron en él actitudes destempladas o palabras duras y fuera de lugar. Nunca se excitaba por los contratiempos. Nunca tenía gestos de violencia o impaciencia. Su imagen habitual era la de una persona muy abierta, muy cariñosa y muy serena, de aspecto ascético, sonriente, de buen humor, segura, no propensa a la polémica ante todas las situaciones, problemas. asuntos varios, etc. que se le presentasen. Reflejaba ser un hombre de mucha vida interior y de un gran paz que inundaba a todos.

Por lo que se refiere a la comida y a la bebida era una persona parca, de una gran sobriedad y austeridad, mortificada en todo prescindiendo de vinos, licores, exquisiteces etc., quizá con la única excepción del tabaco, si bien parece obligado aplicarle dos atenuantes: le servía para imponerse algún sacrificio y lo consideraba con frecuencia como instrumento de apostolado porque un pitillo oportunamente ofrecido podía abrir una conversación que le hiciese un bien al invitado. Si alguna vez pedía algo distinto de los demás, pocas veces, lo hacía por razones de salud. Sus comidas eran comidas muy sencillas, muy monótonas y nunca se le oyó quejarse ni pedir nada, ni querer nada. Es más, siempre tenía algún detalle individual para consigo mismo de privarse de alguna cosa que sus familiares y colaboradores consideraban mortificación, pero nunca intentó imponer estos criterios a los que le acompañaban, incluso le parecía normal que los jóvenes tuvieran un buen apetito.

Dedicaba poco tiempo al sueño. Madrugaba mucho y se acostaba tarde. Dormía poco, pero esta y otras mortificaciones no perjudicaban el ejercicio de sus deberes. Su familia jamás le vio dormir durante el día. Se mortificaba mucho en el tiempo dedicado al sueño; rezaba y estudiaba mucho y trabajaba de noche. Aquella frase que entre risas repetía: «La noche es joven y no tiene fronteras» reflejaba su actitud.

Su espíritu de sacrificio era de todos conocido, y su mortificación se presentía que llegaba a extremos importantes pero no perjudicaban el ejercicio de sus deberes. La fuente de su mortificación era la “sollicitudo omnium ecclesiarum”, que para él eran los jóvenes y su Acción Católica a la que entregaba cuanto era y poseía sin medida [1].

         Por lo que se refiere a las normas de la Iglesia sobre ayunos y abstinencias, era un fiel cumplidor de las mismas. Las tenía un gran aprecio y las recomendaba. Los consideraba convenientes cuando la Iglesia así lo determinaba y hablaba siempre de ellos como la mejor forma de ofrecer algo grato a Dios, avalado por su Iglesia; de hacerlo con entusiasmo y alegría, explicando cómo le enternecía a Dios el amor sacrificado de sus hijos y desaconsejaba a quienes los menospreciasen. «Era una persona que vivía la ascesis cristiana con mucha exigencia en todos los aspectos», afirma Mons. Mauro Rubio Repullés.

Tocante a su salud, era una persona normal en su cuidado. En cambio, Mons. Maximino Romero de Lema «pensaba que venía reduciendo su atención personal».

         Siendo su porte austero su persona no provocaba rechazo, retraimiento o temor en los que le trataban, porque la forma de vivir lo hacía con tanta normalidad, naturalidad y elegancia que no chocaba, lo que podía chocar era que lo hiciera de otra forma. Tan pronto lo descubrían lo que ocurría es que alababan a Dios y se contagiaban.

         Los jóvenes se sentían atraídos por su trato, que era cordial y afectuoso. El hecho real es que a los jóvenes se los llevaba de calle. Y todos cuantos colaboraban con él coincidían en el respeto y en la admiración hacia su persona.

«De su vida austera y fervorosa, a pesar de su juventud y de los medios económicos de que disponía, dan prueba el retiro en que vivía, alejado por completo de los halagos del mundo y su piedad profunda, alimentada con la oración y lecturas espirituales y la Misa y Comunión diarias, todo lo cual hacía que al tratar con él se sintiera uno envuelto en un ambiente cálido de piedad y de fervor. Contrastaba su línea de austeridad para consigo mismo con su bondad y disposición para servir a los demás. Severo para sí mismo y generoso para los demás», asegura José María Castán Vázquez.

Se le veía tan normal que parecía que nada le costaba ser tan normal como él se mostraba.

 

 [1]  Era el clima habitual que se aconsejaba en Ejercicios y dirección espiritual.


 


Publicado por verdenaranja @ 23:34  | Espiritualidad
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