Mi?rcoles, 20 de agosto de 2008

MANUEL APARICI

«Capitán de Peregrinos»

Hombre de virtudes heroicas, de profunda vida de oración y fama de santidad



3.      Virtudes anejas

 

         Como buen peregrino vivió la santa POBREZA con esforzada austeridad, desprendido de las cosas materiales pues pensaba que todo era puro don de Dios y regalo de su providencia amorosa. Pero su pobreza no era llamativa.

Se puso en condiciones de vivir pobre hasta pasar necesidad, en paz y sólo por Dios. A veces tenía que pedir ayuda a sus amistades para la atención de su casa y de su madre ya anciana, y, sin embargo, a través de sus manos pasó muchísimo dinero, no para él sino para los hombres sus hermanos.

         La pobreza se observaba en la austeridad de su vida, la modestia de su vivienda –vivía en casa de su madre–, de sus vestidos [1], dignos pero nada ostentosos, aunque él pertenecía a una familia de clase media alta. El ambiente doméstico era también de gran sencillez y absoluta austeridad. Todo lo que le rodeaba, absolutamente todo, era sencillo y eficaz. No se extralimitaba jamás nada aunque pudiera. Cuidaba las cosas, las aprovechaba, no despilfarraba.

Tampoco ambicionó cargos, ni poder, ni dinero, ni suspiró por la grandeza en que vivían sus amigos dedicados a la vida civil: Alberto Martín Artajo, Ibáñez Martín, Joaquín Ruiz–Giménez, etc. Por el contrario, rezumaba felicidad su vida en medio de su pobreza.

Pero la vivió con la dignidad que su posición le exigía, con un estilo que se diría franciscano. No de una manera que destacara o chocara. Para él suponía un gozo inmenso que Dios le “obligara” a ser pobre. Cuántas veces explicaba que obligar quiere decir etimológicamente atar, que Dios es tanto lo que nos quiere que por sus Mandamientos nos “obliga” a amarle, y que él por su sacerdocio queda crucificado por Cristo por la obediencia, la pobreza y la castidad.

Pasó de andar en coche–cama, antes de su conversión, a viajar toda la noche a pueblos lejanos sentado en trenes de madera en tercera una vez iniciado el nuevo camino, dejando toda clase de lujos: pañuelos de seda, etc. Tampoco andaba cogiendo taxis, cogía el metro mientras estuvo sano.

Y si algo necesitaba era por razones de su familia, a la que en no se sabe en qué grado tenía que ayudar.

         Atento siempre a la vida de Jesús, procuró ejercitar en sí mismo, primero, y, después, hacer vivir a los demás la pobreza, como imitación de Cristo y como testimonio en su tarea apostólica.

         Durante su enfermedad fue también un modelo a imitar. Cuando le veían postrado en la cama, enfermo, lleno de dolores, problemas de salud y pobreza, decía: «Para consumar el cáliz que ya había pedido beber y que el Señor me ofreció».

Cuando hablaba de la pobreza evangélica la presentaba con tales atractivos y razonamientos que entusiasmaba en lugar de retraer, porque palpaban la providencia amorosa de Dios y vivían los valores del Reino en plenitud.

Exhortaba a practicar y vivir sencilla y austeramente; preocuparse de la pobreza de los demás y tratar de remediarla. En este sentido, hacía referencias directas al mundo de los suburbios, uno de los mayores problemas de Madrid en aquella época, aconsejando a todos al menos su presencia allí. Ponía de manifiesto la responsabilidad y riesgos que comportaba la riqueza, siguiendo plenamente el espíritu evangélico, y los ejemplos que Cristo exponía en sus parábolas. En su época él elaboró bastante las doctrinas ascéticas que se daban a los jóvenes.

Resumiendo, era normal, ni miserable, ni pródigo, era limpio y aseado, ni ajeno, ni preocupado–avaro, absolutamente desprendido, muy amante del trabajo, servicial y siempre disponible a todos, con facilidad y alegría, como el Maestro, procurando no dar trabajo. Al contrario, trataba de allanar el camino.

 

         Tenía muy claro el significado y el alcance de ese consejo evangélico –OBEDIENCIA– que a ejemplo de Cristo tiene que ejercitar quien aspira a la santidad.

         Los Peritos Teólogos en su Informe nos hablan de su «entrega, respeto y obediencia incondicional a la Voluntad de Dios, expresada a través del director espiritual» y de su «fe en la Iglesia y obediencia al Magisterio Eclesiástico».

Analizando todo el conjunto de su vida, da pie a pensar que era heroico en su obediencia. Decía: «La cruz y la obediencia es lo único que salva y redime o la prueba y el sacrificio aceptados en actitud confiada y con el corazón abierto es el mejor apostolado, o la norma suprema de un creyente es aceptar la voluntad de Dios, etc., etc.».

         Su obediencia, fidelidad y cariño a la Jerarquía, en sus distintos cargos en el apostolado, estaba fuera de toda duda y fue siempre ejemplar y respetuoso en sus actitudes y palabras, aunque su juicio personal no coincidiera; obediencia amorosa, cordial, ciega, sin discutir jamás, sin censurar y volcándose en su ejecución, con absoluta docilidad y total sumisión, con alegría inmensa y ternura confiada. Y no sólo a sus explícitos mandatos, sino también a sus orientaciones disciplinares y pastorales. Si en alguna ocasión disintió de algún Prelado, se apresuraba a visitarle para dirimir cualquier dificultad que se pudiera presentar. Resaltaba también  en él su adhesión a la doctrina y documentos pontificios.

Era un hombre en continua actitud de servicio y apostolado a la Iglesia. Hacía continuamente alusión a la total obediencia a la Jerarquía, y más que nada al Papa. En el tema de la obediencia era reiterativo. Repetía con emoción una y otra vez: «El que obedece no se equivoca» y «todo con el Obispo y nada sin el Obispo». El Obispo era para él, el padre. Le tenía a la vez confianza. No sólo con el propio, sino también con otros. En él era pasión esta faceta.

Como dato significativo hay que resaltar el hecho de su obediencia a la petición del Cardenal Enrique Pla y Deniel de que retrasase su ingreso en el Seminario, pese a su gran deseo de hacerlo, manifestado insistentemente en sus escritos y palabras.

No es de extrañar, pues, que fuese muy querido por todos ellos.

Este era el talante con que orientaba y una de las dimensiones en que más insistía en la formación y orientación espiritual que daba a sus jóvenes. Esto mismo inculcaba a los que estaban a su lado y este aspecto marcó a todos lo que le trataron.

Era igualmente obediente con las Autoridades Civiles o con cualquier persona que tuviese autoridad tales como el Consiliario General  del Consejo y los Párrocos y hasta con los jóvenes.

Consta su acatamiento a las primeras, pero sin ocultar sus discrepancias con algunas de las decisiones y actuaciones y aunque en algunas ocasiones hubo sus roces y dificultades, fue siempre respetuoso y en último término lo dejaba en manos de sus superiores eclesiásticos. Nunca planteó actitudes y menos rebeldías contra ellas [2]. Asimismo, su comportamiento con ellas durante los periodos de persecución religiosa fue igualmente modélico. Nunca se le escucharon manifestaciones que pudieran ser ofensivas para con los gobernantes, ni en general ni en particular, cuando enviaban delegados del Gobierno a las reuniones.

Por lo que se refiere al Consiliario, nombrado por la Jerarquía, su postura era: Si señalaba una línea de conducta, él la seguía con toda sencillez y sin muestras de contrariedad. Y otro tanto cabe decir con relación a los Párrocos. Para él un Párroco no era un curas normal y corriente. Un simple Párroco le indicaba que tal o cual cosa no le parecían oportunas, sin dar demasiadas razones, y él aceptaba como un cordero, sin abrir su boca ni para defenderse, y cuando los jóvenes que estaban con él se irritaban y/o disgustaban les repetía aquella escena de los Hijos del Trueno: ¡No sabéis de qué espíritu sois!

Es más, siempre secundaba con docilidad las indicaciones que se le hacían por personas de buena fe, aunque no fuesen autoridad.

         Del ministerio sacerdotal tenía clarísimo que él era un servidor, un esclavo literalmente que no tiene derecho a nada.

Por otro lado, consultaba ordinariamente a sus colaboradores. Contaba con ellos y siempre pedía sus consejos. Como conocía a personas de mucha calidad, las consultaba también los temas que creía oportunos, con el fin de formar mejor su conciencia, las cuales, más adelante, llegaron a ocupar altos cargos en la Jerarquía de la Iglesia. En definitiva, oía a todo el mundo, escuchaba sus opiniones, las respetaba y tenía en cuenta –salvo que éstas tuvieran defectos contra la fe o la ética– poniendo en práctica muchas de ellas. No solo tenía en cuenta el parecer de los demás sino que creaba órganos de opinión y consejo para que sus decisiones fuesen más acertadas y eficaces de cara a la Comunidad y el futuro de la misma.

         Es más, no solo seguía el consejo de las personas a quienes había puesto al frente de cargos de responsabilidad sino que estaba siempre dispuesto a modificar su propio criterio cuando veía razones fundadas para ello en los demás.

         Y todo ello porque no era terco. Nunca decía eso es así porque lo digo yo o impusiese su criterio en caso alguno. Además, como era un hombre que estaba de verdad al servicio de los demás, apenas aparecían sus criterios propios. Consecuentemente, con él no te podías negar a nada y además lo hacías con sumo con gusto.

Con su comportamiento y sus palabras promovió entre los jóvenes el espíritu de obediencia sobre todo a la Jerarquía y sumisión a los consejos de los Consiliarios de los Jóvenes de Acción Católica. Y ello como una exigencia del amor a Cristo. Les repetía una y otra vez: «Cuando la Jerarquía manda ir por la derecha o por la izquierda, sin pensarlo más, todos a marcar el paso por donde manda. Frase que entonces ya tuvo algún comentario en privado en sentido negativo».

Ejercía la autoridad con gran suavidad, rectitud y dulzura, con grandeza de espíritu y caridad, elegancia y comprensión sobre sus colaboradores y subordinados.

Las declaraciones de los testigos son sumamente elocuentes y expresivas. Revelan su grandeza de alma y su actitud permanente de servicio y de obediencia.

 

         La CASTIDAD aparece como una escuela de donación de la persona y conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y la ternura de Dios.

         El Siervo de Dios, que se consideraba pecador, pedía al Señor un odio a muerte al pecado de impureza y a la Santísima Virgen, flor de la pureza, que le hiciera casto: «Haz que yo sea casto», anota en su Diario. Vivía el candor y la modestia de la pureza.

         La virtud de la castidad la vivió radicalmente a partir de su conversión. Y la vivió con toda naturalidad como una consagración de todo el ser humano al amor divino.

Al mismo tiempo observó la debida modestia en sus conversaciones, gestos, etc. así como en su trato, personal o epistolar, y lo hizo con plenitud.

         Era opinión común que para mantener la castidad hacía uso de penitencias corporales, si bien nunca se le oyó decir nada de ellas, lo cual es signo de modestia y humildad.

         Todos los que le trataban tenían la convicción de que en este aspecto era un verdadero ángel y que su porte, su talante, su conversación y enseñanzas eran las propias de un hombre casto enamorado de Jesucristo.

         Repetidamente manifestaba ante los jóvenes el horror y la bajeza de los vicios y pecados de la carne. Se preocupaba porque los jóvenes acertaran a vivir en la castidad en esa etapa de la vida en que tienen mayores dificultades. Siempre les aconsejaba que fuesen castos como medio imprescindible para seguir a Cristo.

Así en sus predicaciones, enseñaba, animaba y orientaba a una vida de pureza fuerte y luminosa, que exponía de forma interesante y hermosa. Enseñaba siempre que para vencer la carne deberían hacer mucha oración, fortalecerse con los Sacramentos, con la devoción a María, con la penitencia, el apostolado, haciendo gimnasia con su voluntad y una vida deportiva sana.

 

         Toda su vida era una constante demostración de su profunda HUMILDAD hecha estilo de vida en todos los aspectos. Decía: «La humildad es la que roba el corazón de Dios». Vivía una humildad sincera y efectiva en su comportamiento y esa misma sencillez la llevaba al trato con las personas de cualquier condición social. Jamás hablaba de sus méritos y evitaba, salvo que fuera necesario mencionar, su relación con altas personalidades.

         Se reconocía pequeño y pobre ante Dios, pero siempre tenía una gran confianza en el amor, en la misericordia de Dios, y estaba muy agradecido a Jesucristo a quien trataba de meter en todos los corazones.

         Su sencillez –que mantenía siempre y en todo momento– allanaba la conversación y la franqueza, incluso a los que le veían ya casi como un mito por su trayectoria en el apostolado jerárquico. Pero jamás se vanaglorió de la posición preeminente que tuvo como Presidente y Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica y nunca se enalteció de sus cargos [3], sino al contrario se presentaba como uno de tantos y no se avergonzaba de realizar trabajos que rebajaran su dignidad como ponerse a colocar cosas, hacer sobres, llevar bultos en los viajes, esperar a la gente, quedarse en el último lugar, ponerse a confesar porque otros no querían, etc.

         A pesar de sus altos cargos vivió la virtud de la humildad de una forma continua y consagró su vida a un trabajo oscuro y difícil, aunque por su preparación y su prestigio podría haber aspirado a puestos más destacados en la vida de la Iglesia. Nadie recuerda que hiciera pensar que los “explotaba” para su beneficio ni promoción. Tampoco recuerdan ningún detalle que hiciera pensar que aspiraba a “algo más”.

         No buscó nunca protagonismos, cargos públicos, honores, privilegios o puestos de relumbrón. Todo lo contrario. Y aceptó con humildad los que le propusieron. Tampoco se quejaba de no haber recibido más honores por los servicios prestados a la Iglesia en los cargos de Presidente y Consiliario Nacional. En su familia –según su sobrino Rafael– se comentaba que podía estar entre los candidatos al Episcopado, pero él nunca le oyó a su tío alusión alguna a este tema.

         Nada le humillaba. Recuerdo –dice su sobrina Josefina–que veníamos mi marido y yo de pasar un domingo en el Escorial. Hacía un tiempo espléndido, y me dice mi marido: estoy pensando que voy a subir a casa de tu tío Manolo a lavarle los pies y arreglárselos, pero es mejor que tú no subas porque a lo mejor le resulta violento y humillante, y se siente más a gusto conmigo solo. Yo lo esperé en un bar. Y cuando bajó me dijo: estuvo tranquilo, sonriente, y en ningún momento se sintió humillado porque le lavara los pies.

         ¡Hermoso es enjugar los rostros ajenos, pero más hermosos es dejarse enjugar el rostro por otros! Ello es prueba de una gran humildad.

         Sabía reconocer sus culpas y sus errores sin buscar justificaciones ni excusas. Y lo hacía con normalidad, facilidad y ánimo pronto para afrontar las circunstancias arduas y difíciles con sencilla humildad.

Al mismo tiempo, procuraba pasar desapercibido siempre que podía y cuando las exigencias de sus cargos se lo permitiesen y ocupar, cuando le dejaban, los puestos más humildes. Como era mayor que sus jóvenes, casi le imponían que aceptase la presidencia, lo que, a veces, no aceptaba. No obstante, aceptaba con bastante naturalidad el que tuviera que estar en los primeros puestos como Presidente o Consiliario Nacional.

Animaba a vivir la virtud de la humildad y repetía: «Sin humildad no hay virtud, y sin virtud, sabido es que no hay santidad, y nosotros somos peregrinos de un eterno camino de santidad”. Recordadlo: “Para Santiago, santos”, nos pidió Antonio Rivera. ¿Seremos capaces de defraudarle?».

Humilde, sencilla y modesta fue su vida a pesar de las circunstancias favorables de que gozaba por su posición social. El hato era sencillo.

 

         II       DE PROFUNDA VIDA DE ORACIÓN

 

Todos los testigos (Cardenales, Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y seglares) coinciden en afirmar que era un hombre de profunda vida de oración, sencilla, pero intensa y edificante, como intensa y edificante era su vida espiritual. Era la base y principio, el fundamento y oxígeno de toda su vida. Vivía en oración constante hasta tal punto que su vida no sabría explicarse sin su vida de oración, porque toda su vida se apreciaba como fruto de la oración. Vivía constantemente esa presencia amorosa de Dios [4].

Cuando no estaba ocupado en tareas apostólicas se le encontraban siempre rezando ante el Tabernáculo, abstraído en profunda contemplación. Se le veía como absorto, ensimismado, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, como si estuviera contemplando la majestad divina. Pasaba horas y horas de rodillas con la cabeza inclinada hacia la derecha. Más de una vez le han visto llorar ante el Sagrario. Era un alma eminentemente eucarística [5]. Impresionaba verle rezar.

         Esta era también su actitud cuando celebraba la Santa Misa. «Participar con él en la Eucaristía –dice José Luis López Mosteiro– era un don extraordinario … Un día, D. José Toubes, hablando a los feligreses, con nosotros allí, dijo casi una herejía: “La Misa que vais a oír hoy es extraordinaria, especial. La va a decir, D. Manuel Aparici, nada menos” … (Ya sé que no puede tomarse al pie de la letra; el bueno de D. José Toubes quería decir algo … Y lo dijo. Aquella celebración de la Eucaristía tenía el carisma del sacerdote santo que iba a celebrarla. Y eso no es herejía)».

         Y esa intensa vida de oración la llevaba tanto antes de su enfermedad como durante ella. Y la mantuvo hasta el día de su muerte. Su día de enfermo era un día permanente de oración. Y en tal estado ¡con qué unción celebraba la Santa Misa cuando se lo permitía su enfermedad y oraba ante el Santísimo en el Oratorio de la pequeña habitación de su casa!

Todos, absolutamente todos, quedaban edificados por su piedad, su amor a la oración y su actitud orante y lo consideraban un maestro, modelo a seguir, tanto en la vida de apostolado como en la vida de oración.

         Para varios testigos, entre ellos Mons. Mauro Rubio Repullés, fue favorecido con gracias especiales de oración, si bien ninguno de ellos sabe si tuvo o no experiencias contemplativas o místicas extraordinarias, si bien ninguno de ellos las descarta.

         El Rvdo. Manuel López Vega, compañero suyo en el Seminario, afirma que tuvo experiencias místicas y profundamente contemplativas, que era un hombre de Dios, místico. Por su parte, el Rvdo. Francisco Méndez Moreno asegura que un recuerdo que no olvidará son los momentos de oración que hacía en la Capilla. Por último, Mons. Maximino Romero de Lema le califica de «una persona ... muy “mística”» ... «dotado de dones carismáticos especiales», dice José Díaz Rincón, quien añade que se transformaba en la oración.

         Irradiaba y trasmitía el espíritu contemplativo a cuantos le rodeaban [6] y les iniciaba en la oración contemplativa. De «espiritualidad contemplativa», lo califica Mons. Maximino Romero de Lema.

         Dormía muy poco y dedicaba muchas horas de la noche a rezar ante el Sagrario. En los Cursillos de Cristiandad, pasaba prácticamente toda la noche en oración delante del Santísimo y muchas veces con los brazos en cruz. Y otro tanto cabe decir en los Ejercicios que dirigía. En las horas de descanso, o por la noche, se le encontraba en la Capilla, en el sitio que no pensaba ser visto o en las horas tardías, estaba postrado rezando.

         Por otro lado, era de notar la forma tan maravillosa en que sabía poner a la gente en oración, sin despegar los pies del suelo, dejando traslucir su profunda unión interior con Dios y su liderazgo de jóvenes.

         Recomendaba vivamente la oración. Quería jóvenes orantes con el gran orante que es Jesús. Les repetía: «Somos orantes o no somos cristianos» [7]. «Sin la oración no hacemos nada» [8].

Pero no solo la recomendaba, sino que creaba a su alrededor un ambiente que ayudaba a orar y enseñaba a orar. Mons. José Cerviño y Cerviño nos dice que, «en sus contactos personales con él, así como en la convivencia en el Colegio Mayor donde vivían [cuando estudiaban en la Universidad Pontificia de Salamanca, Facultad de Teología], éste procuraba siempre estimular en todos el espíritu de oración y la total conformidad con la voluntad del Señor». «Empujaba hacia una espiritualidad intensa, vida de oración, comunión diaria y/o frecuente, etc.» [9]. Pedía constantemente oraciones y oraba también constantemente por las necesidades de los demás.

Podemos concluir, pues, diciendo que Manuel Aparici, como los santos, dedicaba gran parte del tiempo a la oración, que constituye el momento privilegiado para comunicarse con el Señor. En ella encontraba fuerzas para su tarea apostólica y luz para enseñar a los demás el camino de la perfección.

         La oración de escucha, contemplación y diálogo de amor frente al Sagrario es –afirman los Peritos Teólogos– una nota distintiva en el desarrollo de su vocación. En la mayor parte de su Diario, Cuaderno, escritos, etc. –añaden– encontramos los diferentes momentos, meditaciones y reflexiones que en un ambiente de oración inspiraban su alma enamorada. Después de cada uno de ellos nos dejaba leer sus frutos y resoluciones.

La oración adquiere una expresión muy especial, es de súplica para poder identificarse con el sacrificio de su entrega en el camino de la cruz y la fuerza espiritual necesaria para no defraudar al Señor y mantener su espíritu de fidelidad.

Nos proyecta su vivencia espiritual en lo que es su especialidad: la oración de entrega y confianza en el diálogo íntimo de amor frente al Sagrario y a las continuas respuestas a la sensibilidad de su vida con miras a la maduración de su decisión fundamental en la consagración del deseo ferviente de ser Sacerdote Santo.

En sus oraciones y meditaciones, nos expresa la intimidad del dialogo de confianza que establece con el Amado. Es una verdadera manifestación de la escucha sincera del Amado que se comunica con un mensaje siempre nuevo y alentador.

Y siempre daba gracias al Señor por todos sus bienes.

         Manuel Aparici es un referente en nuestros días para todos seglares y sacerdotes, sanos y enfermos.

 

         III.     FAMA DE SANTIDAD

 

         Tenía un deseo ferviente de santidad y de que sus jóvenes fuesen también santos. Grandes eran sus anhelos de santidad. Así se aprecia en su Diario, Cuaderno, escritos, etc., así lo destacan los Peritos Archivistas y Peritos Teólogos en sus informes y así lo aseguran los testigos. Absolutamente todos los que le conocieron y trataron lo consideran un ejemplo vivo de seglar y de sacerdote santo. «La única tristeza –repetía– es no ser santo».

         De su fama de santidad y de su muerte santa ha quedado ya la debida constancia en estas páginas de la mano de testigos muy cualificados. Uno de los testigos, el Rvdo. José Manuel de Lapuerta y Quintero, afirma en su declaración que:

         *       «El Cardenal D. Vicente Enrique y Tarancón, cuando en una conversación le manifestó el deseo de introducir la Causa de Canonización de Manuel Aparici, y preguntarle si lo creía oportuno, su reacción fue inmediata: “sin duda alguna, es un santo que necesita la Iglesia de hoy, modelo de seglares y de sacerdotes”.

         *       »Mons. José María García Lahiguera, cuando se enteró de nuestros proyectos para preparar la introducción de la Causa del Siervo de Dios, espontáneamente me dijo: “Ya sé que estáis trabajando por iniciar la Causa de Manuel Aparici; enhorabuena y seguid adelante; cuando llegue el momento contad con mi testimonio, tengo muchas cosas que decir de este hombre que era un verdadero santo”. Falleció antes de nuestra recopilación de testimonios».

 

1.      Fama de santidad en vida

 

         La práctica totalidad de los testigos le tenían en vida por un santo y algunos por  un santazo. «Era unánime la opinión sobre su espíritu verdaderamente ejemplar como cristiano y como sacerdote. Hombre alegre y espontáneo, no podía disimular esas formas externas de santidad» [10]. «Que las volutas de humo que de él saques, al ayudarte a pensar, te aumenten la santidad», le dice su sobrino Luis [11].


2.      Fama de santidad en el momento de la muerte

 

         En el momento de su muerte, había una convicción generalizada de que había muerto un santo; que había coronado el cielo un apóstol colosal y prototipo. Tenemos un santo en el cielo era la expresión unánime y espontánea. Su santidad era conocida y destacada por todos los que le conocían como un eco de la vida que irradiaba. Se le tenía  por un santo de los pies a la cabeza.

 

3.      Fama de santidad después de su muerte

 

«Conocí a D. Manuel y pude admirar su obra entre la juventud, así como su vida ejemplar y gran espiritualidad en la dirección de jóvenes y sacerdotes, por lo que le hacen merecedor de los más grandes elogios. Puedo asegurar a Vuestra Eminencia Reverendísima –le decía el entonces Cardenal Arzobispo de Madrid D. Ángel Suquía Goicoechea como ya ha quedado dicho– que la fama de santidad del Siervo de Dios está viva en la Archidiócesis y también difundida en otros pueblos y regiones».

         «Y entre el pueblo de Dios –afirma ALFA Y OMEGA, revista del Arzobispado de Madrid [12]– está extendida su fama de santidad».

         Muchos sacerdotes y algunos Obispos le tienen como ejemplo y modelo de santidad en su comportamiento sacerdotal. Es un modelo de santidad que gusta, que parece al alcance y marca el camino de la entrega a la vocación apostólica sin condiciones y sin destellos sorprendentes.

         Han pasado muchos años desde su muerte y todavía sigue vivo su recuerdo al tiempo que se afianza su fama de santidad. Ha dejado una gran y profunda huella.

 


[1]  Se constató el uso continuo de un traje gris a rayas y, para los momentos solemnes, un pantalón de los llamados de corte y una chaqueta negra. Y en esta misma línea, se observó su comportamiento en el resto de las cosas necesarias para la vida.

[2] Hay que tener en cuenta que por su edad y circunstancias tenía muchas amistades con personalidades de la política con las que se llevó siempre bien.

[3] La Presidencia y la Consiliaría Nacional de la Juventud de Acción Católica eran cargos relevantes en aquella época.

[4]  Ver el número especial de BORDÓN, Abril 2002, «LA EUCARISTÍA, ALIMENTO DE LOS QUE PEREGRINAN» Manuel Aparici Navarro, “Capitán de Peregrinos”, y la Eucaristía.

[5] « ... Tener alma eucarística –escribe José Francisco Serrano en “Alfa y Omega” núm. 218 del 22 de junio de 2000– es un reto para los cristianos ... Nos hace falta un banco de almas eucarísticas ... ».

Tomando las palabras de S.S. Juan Pablo II a los jóvenes peregrinos de la Archidiócesis de Madrid a Roma en agosto del 2002, presidida por su Pastor, el Cardenal Arzobispo D. Antonio María Rouco Varela, Manuel Aparici nos diría: « ... revitalizad vuestras comunidades situando la Eucaristía en el centro y entregándoos día a día a los hermanos ... ».

[6]Mons. José Cerviño y Cerviño.

[7]  José Luis López Mosteiro.

[8]  Miguel García de Madariaga.

[9] César Domínguez Izuel.

[10]  Mons. José Cerviño y Cerviño.

[11]   Su carta de fecha 31 de mayo de 1948 (C.P., pp. 8480/8481).

[12]  Núm. 18 de fecha 5 de febrero de 1995.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 23:41  | Espiritualidad
Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios
Publicado por leopldocruzr
Jueves, 21 de agosto de 2008 | 15:52
creo en el espiritu santo la santa iglesia catolica y la comunion de los santos, pero los santos son ordenados por el due?o del proyecto que es Jesus sacramenado de el es que debemos esperar ese titulo por que el si sabe si lo merecemos o es vanidad.
Publicado por leopldocruzr
Jueves, 21 de agosto de 2008 | 15:55
Para nosotros ordenar santos deberiamos ser santos pero quisa ese calificativo deberian tenelo todos lo seguidores de Jesus Cristo pero a el es quien corresponde que nos califique.
Publicado por leopldocruzr
Jueves, 21 de agosto de 2008 | 15:58
Los terribles tiranos se asustaran cuando oigan hablar de mi, con mi pueblo me mostrare bueno pero en la guerra valiente, mostrare mi aguda inteligencia por que asi me haz preparado mi maestro Jesus y os doy gracias.
Publicado por leopldocruzr
Jueves, 21 de agosto de 2008 | 16:03
Aprovecho la oportunidad para dirijirme a mi amado padre glorioso San Jose quien tiene la llaves de la porteria para entrar al edificio de la sabiduria gracias a ti que me haz dado esa oportunida y me a orientado para ser un buen hijo, esposo y padre.