S?bado, 06 de septiembre de 2008

Extracto de escrito sobre Manuel Aparici enviado por Carlos Peinó Agrelo  bajo el título "Vocación, Seminario, Ordenación Sacerdotal y Salamanca".  Según su Diario Espiritual y otros escrito y testimonios

(1941-1950)


VOCACIÓN SACERDOTAL

 

          Sintió la vocación muchos años antes de ingresar en el Seminario, pero no pudo ingresar hasta 1941 por obediencia a la Jerarquía. El primer curso, como veremos, lo hizo externo, por decisión de la Jerarquía, y al siguiente ingresa interno dejándolo todo y dependiendo de una beca para sus estudios. Tenía entonces 40 años.

 

         1.      Llamada a la vocación sacerdotal

 

         Comenzó muy pronto a sentir la llamada a la vocación sacerdotal declara Manuel Martínez Pereiro, amigo íntimo y colaborador muy estrecho desde los primeros tiempos [1].

«Superada su crisis juvenil –dice–, el Señor le regaló con la vocación sacerdotal que el Siervo de Dios fue cultivando cuidadosamente según se presentaban las circunstancias de su vida o que el mismo buscaba, atento a lo que estimaba más conveniente para ir avanzando por el camino que se le había abierto y siempre intentando cumplir la voluntad de Dios; lo hizo además con el mayor entusiasmo porque quería sin duda expiar y evitar los desórdenes de otros tiempos y conseguir que los demás hiciesen lo mismo [...].

»Circunstancias familiares, apostólicas y nacionales le fueron demorando la entrada en el Seminario más de lo que hubiese deseado, pero sin duda con buenos frutos».

 

         «Cambia su vida y habla de hacerse sacerdote oponiéndose a ello su padre», afirma su sobrina y ahijada, Josefina, que convivió con él [2].

         Años más tarde, en su declaración, lo recuerda así:

         «La primera vez que lo oí se lo oí directamente y fue una manifestación no pensada. Estábamos veraneando en La Toja, mi madre y mis hermanos, mi tía Matilde [hermana del Siervo de Dios] y yo, mis abuelos [los padres de Manuel Aparici] [...]. Discutían mi abuelo y él a grito pelado; debía de ser porque mi abuelo quería que hiciera otra vida más mundana y él le decía que no; fue la época de ir a Cambados, mi abuelo gritando dijo: si sigues así tiras tu carrera por la borda, y él gritando le contestó: pues sí, la tiro y me hago sacerdote; creo que era el año 1935; no volví a oír hablar más de este asunto hasta que llegó el momento, cuando mi padre me dijo que dejaba de ser de Aduanas, pudiendo ser Director, para ser sacerdote; no me extrañó nada porque recuerdo la discusión aquella» [3].

 

         En 1931, el 8 de febrero, nos da a conocer por su Diario los sentimientos de su alma con relación a Dios.

 

         «[...] Para mí no existe nada más que Jesús, que nos ama infinitamente y a quien tan mal correspondemos. Yo quisiera ser sólo de Jesús, pero no puedo. Dos deberes pesan sobre mí que me ligan al estado seglar. Si no fuera por ellos seguiría los impulsos de mi corazón, que sólo se halla contento cuando se ocupa de modelar en las almas la divina figura de Jesús. Hablar de Jesús, hacer que amen a Jesús, ser todo y en cada momento de Jesús, ese es mi gozo, mi contento, mi alegría».

 

         Siete meses después, el 25 de septiembre, anota de nuevo:

 

         «Al fin cojo la pluma para anotar los sentimientos de mi alma con relación a Dios, después de una larga temporada, la del veraneo, de tener interrumpida tan hermosa práctica. No quiero anotar ahora las impresiones de mi veraneo, ni menos hacer el balance de estos 53 días; quiero, sí, anotar los pensamientos que hoy llenan mi corazón. ¡Jesús! Esta palabra los resume todos; amo a Jesús, le amo con toda la fuerza de mi corazón, con todas las potencias de mi alma y siento el deseo ferviente de servirle y honrarle; pero ¿cómo? No basta querer, hace falta saber, saber qué es lo que Jesús quiere de mí para que, cumpliendo su voluntad, yo le glorifique, y al glorificarle desarrollar mi vida en Dios por Jesucristo. Necesito un Director Espiritual [4] que me guíe y quitar todas las imperfecciones que hay en mí y todos los pecados veniales. Pediré auxilio a Jesús, por mediación de María, y venceré, pues me aman tanto que no pueden desoír mis súplicas.

         »¡María! ¡María! Qué suavidad, qué hermosura, qué paz. Tu nombre hace latir mi corazón más deprisa. Te amo, pero quiero amarte más, mucho más, con toda mi alma de tal manera que pueda hacerte sonreír, y al hacerte sonreír a ti consolar a mi adorado Jesús. Teneros contentos a ti y a tu bendito Hijo es toda mi ilusión. ¡Ayúdame Madrecita mía!» [5].

 

         Y el sábado 3 de octubre habla de su vocación.

 

         «En esta semana, después de haber sentido en sus comienzos tan grandes fervores, ¿cómo me he comportado con Jesús?

         »En las horas de trabajo en la oficina es cuando flaqueo. ¡Me cuesta tanto mantener la unión con Jesús! Dos días hubo en que todo mi trabajo se lo ofrecí; pero los demás, aunque frecuentemente fijaba la vista en el crucifijo, no trabajaba como si Jesús fuera quien me hubiera entregado el trabajo. ¡Cuánta flaqueza! Pero Jesús me auxiliará y saldré de ella.

         »Debo pensar siempre que si escribo, estudio, ando, hablo o duermo es Jesús el que me anima y guía mi mano, ilumina mi inteligencia, fortalece mis músculos, vivifica mis órganos digestivos, presta aliento a mi boca y vela mi sueño, pues si nada puedo hacer sin Él, ya que su omnipotencia me sustenta todas mis acciones, debo ofrecérselas y, por lo tanto, debo ver si todas le dan gloria para que le sean agradables y las acepte.

         »Ánimo, sólo me exige que hoy sea suyo y que al terminar el día pueda decir “Hoy he vivido en ti y tú has vivido en mí”.

         »¿Cuándo lo conseguiré?

         »¿Y de mi vocación? ¿Le seguiré adonde me llame, o me aferraré a las criaturas?

         »Ayúdame tú, buen Jesús; fortalece mi corazón, quita los obstáculos que se opongan y cuida de los míos. Tú eres omnipotente y misericordioso. Atiende mis súplicas».

 

         Días después, el 19, escribe: «[...] Después algo de filosofía [...]». El 23 se entrevista con Llanos. Hablan de sus vocaciones y se pregunta: «¿Cuándo podré realizar la mía?».

 

         Y este anhelo sigue ocupando sus pensamientos en 1932.

 

         A primero de junio anota:

 

         «[...] A sus pies postrado pensaba en todo lo que su amor necesita y yo no le he dado; en esa sed ardiente de almas que le amen y a quienes colmar con sus dones, que quiere que yo le satisfaga. Oí su voz que me pedía que me entregara todo a Él y así prometí hacerlo. Luego, por la tarde, fue la imposición de distintivos ...  ¡Honda emoción! Prometimos consagrarnos a tu causa e ir en busca de las almas porque suspira tu amante Corazón. Con toda mi alma prometí. Sólo te pido, dulce Jesús mío, que me ayudes a cumplirla quitándome todo lo que me estorba para cumplir tus adorables designios: pecado venial, imperfecciones, preferencias, ...  ¡todo!, todo lo que traba a este instrumento tuyo que soy y tiene que desaparecer. Amén».

 

         A finales de dicho mes pasea por la tarde con Estrada después de hacer juntos la visita a Nuestro Señor Jesús y anota en su Diario [6].

 

         «[...] Le comuniqué mis proyectos, los mismos que le expuse a Ángel [Herrera Oria, más tarde Cardenal], claro que proyectos míos no son, sino los que yo creo que Dios tiene sobre mí; proyectos que a Ángel le parecieron muy bien y que me aconsejó meditara.

         »Ser de Jesús. Todo. Entregarme a Él, pero sirviéndole. Santificarme por amor suyo en los que su amor me confió. Deseo grande de su Vicario, nuestro Padre: vocaciones sacerdotales para la Acción Católica, vivir en el mundo para Dios, estar entre las almas para llevarles el amor de Jesús y llevarlas a Jesús, ser instrumento, nuevo instrumento en sus manos.

         »Grandes dones me has hecho, Amado mío. A mí, que tanto te he ofendido, quieres tomarme para que aplaque tu sed de almas. ¡Cómo me amas! ¡Y yo qué poco guardo tu palabra ... !».

 

         «Un viernes del primero de julio [7] –escriben los Peritos Teólogos en su Informe en el que dedican cinco páginas a la vocación sacerdotal de Manuel Aparici [8]– expresa su disponibilidad para consagrar su vida en una entrega al servicio de Jesús en la opción fundamental de su decisión de ser sacerdote santo.

 

         «En el fuego del amor eucarístico templé mi alma y estoy decidido, francamente decidido, a servir a Jesús. Con su divina ayuda haré los estudios y me ordenaré de sacerdote. Cerca de tres años llevo sintiendo tu llamamiento, Divino Jesús, y poniéndote dilaciones; ahora no puedo esperar ya más. Mañana empezaré mis indagaciones para buscar un profesor de latín y en cuanto lo encuentre empezaré a dar clases. Tu gracia me asistirá, porque me amas y quieres que sea tuyo [...]. Tú eres mío cuando yo quiero y yo ¿no voy a ser tuyo cuando tu quieres ... ?» [9].

 

         Dos meses más tarde, el 31 de agosto, da un paso más y anota en su Diario:

 

         «Bien veo que es preciso santificarse, llenarse de Jesús para derramarlo en las almas cada vez más lánguidas [...].

         »Yo te doy gracias, buen Jesús, porque, nuevamente, al mostrarme tus llagas me has llamado a ti. Quieres que sea tuyo, que en tu servicio me emplee, que te conquiste almas. Dame gracia, Señor, para que, así como me has hecho ver tus sufrimientos, hagas que los aplaque y te conquiste las almas que quieres estrechar en tu Corazón. Gracias también por esa carta que me trae noticias de tus jóvenes de Madrid. ¡Bendito seas!».

 

         En septiembre, se va a Vitoria, al Seminario, a hacer Ejercicios Espirituales internos. Le ha traído Ángel desde Bilbao.

 

         «[...] Durante el viaje hemos hablado de nuestros planes ... Me ha preguntado: ¿Sigues pensando lo mismo? Estoy completamente decidido, le contesté, y, sin embargo, mi vida de veraneo no abona esta decisión; pero en estos Ejercicios, que comenzaré mañana, espero que Dios me conceda su gracia y acabe de vencer todas mis resistencias» [10].

 

         Implora la ayuda de María para acertar en su elección de estado y reforma de vida, deseando, si Ella y su Hijo se dignan aceptarle, ser ministro suyo para no emplearse más que en la salvación de las almas.

         Después de cuatro días de Ejercicios, pero todavía en ellos, «un viernes 16 de septiembre– escriben los Peritos Teólogos en su Informe [11]– va madurando su decisión sacerdotal inspirado en lo que más tarde sería el lema que le identifique “SITIO”.

 

         »Ya está dado el primer paso. Si Jesús no dispone otra cosa, yo por mi parte estoy dispuesto a ser ministro suyo. Sacerdote secular, para emplearme todo en la salvación de las almas y satisfacer esa sed que se dignó manifestarme estando a sus pies postrado, desagraviándole de las muchas culpas que contra su amor se cometían y de las que yo mismo cometí, en aquella vela de los Luises en los días de Carnaval» [12].

 

         Examina la elección del medio: entrar de sirviente en un Seminario y seguir los estudios o simultanearlos con su profesión. Considera que el primer medio es más perfecto.

 

         «[...] Pues busco la pobreza, la humillación, el oprobio y si, como, con verdad, decía Pío X, hemos de copiar en nosotros a Jesucristo para poderlo llevar a las almas, de esta forma empiezo enseguida a copiarle. Además, la dignidad sacerdotal hay que ganarla, y de esta forma haré méritos para que Jesucristo me acepte.

         »Señor Jesús: enséñame a ser generoso; a serviros como merecéis; a darme sin medida; a combatir sin temor a las heridas; a trabajar sin buscar el descanso; y a consumirme sin querer otra recompensa que la de saber que he hecho vuestra santa voluntad.

         »Tú lo quieres ¡Oh Jesús! Pues hágase tu voluntad; pero ayúdame y dame fuerzas, porque soy tan vil que tengo miedo. Pero, ¿por qué vacilo? ¿No está Jesús en la Cruz por mí? ¿No me dice que no hay otro camino sino el Camino Real de la Santa Cruz? ¿No se abrazó Él a los tormentos, las injurias, las humillaciones, las burlas, las ingratitudes y las amarguras, y era Dios? ¿No abandonó Él a su Madre Santísima para ir a la muerte y muerte de cruz siendo inocente? ¿Y no sufrió todo esto por mí a pesar de toda mi miseria y de los millares de veces que le negué con mis pecados; con mis pecados que son la causa de su amargura de Getsemani, su pasión y su muerte? Y si tanto padeciste tú por mí, ¿no voy yo a padecer algo por ti?

         »El dolor es la medida del amor; y si yo no padezco por ti ¿cómo voy a poder decir que te amo?

         »No tengo más remedio que aceptar tu providencia y hacer el sacrificio que me pides, pues si no lo hago ¿cómo podré decirte alguna vez que te amo? Perdería tu paz, y siempre al adorarte o al recibirte oiría tu voz que me diría: Hijo ¡qué pequeño es tu amor! Además,  acudamos a S. Ignacio: Tú, tu  Padre,  la Virgen Santísima, el apóstol S. Pablo y toda tu corte me contempla y si yo me niego todos me despreciarán y tendrán por perverso y vituperable caballero. Adelante, pues, y a seguir a un Rey que sólo me pide sea gustoso de comer y vestir y luchar como Él para que así como tenga parte en los trabajos tenga también parte en la victoria. Además, si ahora estuviera en el momento de la muerte, ¿no querría poder decir?: todo lo abandoné por ti, padres, carrera, posición social, comodidades, todo por servirte a ti y buscarte las almas por las que lloras, sufres y mueres; si fui pecador, tu amor me fue a buscar; ahora, Señor, que me has de juzgar, no me rechaces.

         »Estabas desnudo y lleno de confusión; pasé por ti y te vi; era la época de tus vanidades y profanos amores; eché mi manto sobre ti y cubrí tu ignominia; te hice juramentos; me desposé contigo, dice Dios, y fuiste todo para mí”. ¿Este retrato de una santa mujer, me va a dar a mí miedo copiarlo?

         »Ya está aceptado Jesús mío. Me haré sacerdote estudiando como sirviente en un Seminario. Gracias Señor. ¡Bendito seas! Y gracias también a ti Virgen Santísima que me has alcanzado de tu divino Hijo que me pida este sacrificio. En ti confío Madre mía, no me desampares jamás.

         » Y vosotros S. Ignacio y S. Pablo que me habéis inspirado, ayudadme.

         »Omnia possum in eo qui me confortat». A.M.D.G.» [13].

 

         A la terminación de los mismos, pero ya en Madrid, el miércoles día 21 de septiembre, resume en su Diario los sentimientos de su corazón en los últimos días.

 

         «El domingo fue la terminación de los Ejercicios. En la comunión general y solemne que los cerró renové todas mis promesas; sentí húmedas mis pupilas, viendo tanto amor por parte de Jesús; me abracé a Él con todas mis fuerzas y a Él quiero estar abrazado siempre aunque tuviera que morir en la cruz. ¡Jamás comprenderé el amor de mi Dios y Señor! Siempre excederá su medida a la potencia de mi inteligencia y corazón. Desde mañana reanudaré mi vida corriente hasta que entre en su servicio, y desde mañana he de trabajar infatigablemente, pues Él lo quiere y yo no trabajo sino por Él».

 

         El domingo por la noche habla con Ángel y éste le ofrece otro medio.

 

         «No sé cual elegir –escribe–. El que yo escogí, por indicación de Nuestro Señor, me parece más perfecto, pero no sé cual será mejor para la gloria de Dios que vamos buscando. En fin –concluye– cotejaré y consultaré y le pediré a Jesús que me ilumine» [14].

 

         Su Director Espiritual le aconseja que estudie latín fuera del Seminario e incluso la filosofía, pidiendo dispensa y que se fuera examinando. Ocho días más tarde va a ver a García Colomo que le da una tarjeta para el Rector del Seminario y empieza a dar clases de latín con un profesor particular alternando estudio, ocupaciones profesionales y de Acción Católica, y se despide de sus compañeros del Centro Parroquial de San Jerónimo el Real, pues ya desde ese día considera que no pertenece a ellos, sino a la voluntad que Jesús tiene sobre él y que se dignó manifestarle en Vitoria. La despedida, como el mismo indica, fue dolorosa, pero necesaria.

         El 18 de noviembre, después de comer, habla con su madre de sus proyectos. La ve llorar y se le parte el alma.

 

         «[...] ¡Pobrecita! ¡Cuánto nos quiere! ... –escribe– [...] ¡Qué duro es para la carne el pensamiento de la separación!, pero ... tú me lo pides, oh Jesús, y estás en la cruz  ... por mí y por mis padres. ¡Oh Señor!, si tú quieres esto, ¿por qué no llenas su corazón y les haces ver cuando inmenso es tu amor? Ayúdame. Hazles ver cuan dulce es tu amor; que tú eres el bien, la vida y la felicidad.  Hazles  ver  que  les  amo mucho, muchísimo, más que a mí, pero no más que a ti [...]» [15].

 

         Pero elige al Señor y anota en su Diario el 3 de diciembre:

 

         «Tú me das a elegir entre mi madre y tú y ... yo tengo que elegirte a ti, pero ya que así lo hago ¿desoirás mis súplicas? ¿No consolarás tú a mis padres? Hazlo, amado mío; que no sufran ellos, aunque sufra yo o, por lo menos, que te vean como yo te veo: macilento, coronado de espinas, escupido, escarnecido, destrozado, muriendo en una cruz y diciendo: ...  hijo ¡Tengo sed! dame almas, almas ... almas ... ».

 

         Continúa con sus estudios de latín y se prepara con ardor para el cumplimiento de su vocación, pero a principios de julio de 1933 reconoce que ha aflojado notablemente, hasta abandonarlo. Se encuentra tibio, se hunde en el temporal de las ocupaciones y de las luchas; la materia, por un lado, y la familia, por otro, le hacen zozobrar. Pero reacciona y pide ayuda al Señor y a su santa y amadísima Madre. Triunfaré, dice: «Omnia possum in eo qui me con-fortat».

 

         «Su vocación al sacerdocio –dicen los Peritos Teólogos en su Informe [16]– tiene una fuerte inspiración bíblico teológica; continuamente le vemos meditando su decisión por seguir a Jesucristo, un ejemplo de esto tenemos la meditación de Jn 1, 43-45. Es más, se hace el propósito de meditar las Sagradas Escrituras en el Antiguo y Nuevo Testamento para amar y conocer la voluntad de Dios encarnada en las criaturas.

 

         »[...] Yo ... no sé si he seguido a Jesús, pues Él me llamó y me inspiró deseos de mayor perfección y santidad, me invitaba a servirle, a servirle como ministro de sus sacramentos, pero a servirle también en la persona de sus siervos, de sus futuros ministros para que así hiciera penitencia por mis pecados y, sobre todo, para que le siguiera por el camino que Él recorrió: la mortificación, la humildad y la pobreza. Pues, si Él es el camino de la verdadera vida, la humillación, la pobreza y la mortificación, es el camino que debo recorrer para alcanzar su vida y que mi vivir sea Cristo [17].

 

         »Entre sus meditaciones ocupa el sitio central Jesucristo y la Santísima Virgen María.

 

»He de nacer de nuevo, mejor dicho, por el bautismo ya nací a Jesucristo, pero he de crecer en Él, menguando en mí, y para esto he de abandonar mis criterios de la carne, y seguir los de Cristo; en todas las cosas he de buscar la gloria de Dios y que ella sea la única causa de mis actos. Le buscaré a Él, en mis obras, para que, con la ayuda que le pido en la oración y las fuerzas que Él me da en los sacramentos, Él haga las obras en mí o conmigo y haga que mi voluntad abrace, bese y ame el yugo suave de la suya.

         »¡Oh María, ora por mí! ¡Trinidad Santa, en el nombre de mi Señor Jesucristo, no me desampares! [18].

 

         »La oración de escucha, contemplación y diálogo de amor frente al Sagrario [19] es una nota distintiva en el desarrollo de su vocación. [Ya antes, siendo seglar, marzo de 1940, encontramos la profundidad espiritual de sus meditaciones, fruto del trato amoroso con el eternamente Amado; las inicia desde el camino del dolor y sufrimiento de Cristo, para identificarse con el proyecto de terminar concrucificado con Cristo. Estas meditaciones le llevan a asumir el propósito de su ideal de santidad y todas ellas están desarrolladas en un clima de oración. Por otro lado, el lenguaje empleado expresa el deseo de entregar su vida a una consagración plena en el amor de Dios].

 

         »¡Gracias Señor!

         »Me llamaste a ti ayer desde tu trono eucarístico. Me hiciste ver mi miseria y me ofreciste tu ayuda una vez más  [20].

 

         »Diálogo de amor

 

         » ... Y allí, a solas con Jesús, sufrí, amé y gocé. Él estaba allí y estaba a solas conmigo. Por mí estaba en el Sagrario, amándome, rogando por mí, ofreciéndome todo su corazón. Me postré a sus plantas y le pedí su ayuda, que no me abandonase, que no me dejase solo, que orase por mí, que tuviera paciencia, que no mirase a mi indignidad y miseria sino para enriquecerme con su ayuda. Le abracé en mi corazón, me ofrecí por completo a Él, para lo que Él quiera, para lo que Él disponga, y con suspiros y con ansias me arrojé a sus brazos con confianza plena, pues me ha amado tanto, tanto. Ha tenido misericordia tan infinita y divina conmigo que dudar de su amor por mí sería inferirle nueva ofensa. En ti confío, Señor y Dios mío, con tu omnipotencia cuento para vencer mi impotencia, tú me ayudarás y me darás tu gracia para servirte. Me santificaré con tu ayuda [21].

        

         »Es de singular importancia la meditación sobre la muerte reflexionada alrededor de su decisión vocacional. Porque se hace el compromiso de vivir crucificado en el amor de Cristo y muerto para los intereses vanos del mundo.

 

»La muerte es el contraste de mis afectos.

         »Concédeme, Señor, que sienta ahora lo que he de sentir en el momento de mi muerte.

»Sé que he de morir, mas no sé cuando.

         »Pero ¿qué es morir?

»Es separarme de todo lo que aquí me agrada. En primer lugar de mi cuerpo. Esta carne que tanto mimo y regalo ha de ser pasto de gusanos, se ha de trocar en polvo.

»Ya entonces con una sábana bastará para cubrirme; los trajes que un tiempo tanto me agradaron, de nada me servirán, los trajes que aún me agradan algo, pues ciertamente me agrada ir bien vestido y hasta tengo disputas por la confección de ellos.

»Los perfumes, los baños, esos baños de mar de los veranos, que ya me han hecho caer algunas veces ¿de qué me servirán?

»El frío ahora me asusta y entonces, entonces sí que estaré frío.

»Mi misma familia ¿de qué me servirá entonces? ¿No será precisamente el testigo que me acuse de mi flaqueza? Llorarán, sí; pero bien pronto no podrán resistir el espectáculo de mi corrupción y entre lágrimas dejarán este cuerpo, que ahora aman, bajo tierra.

»Los que me han conocido, aun mis mismos compañeros de apostolado, me olvidarán bien pronto. Puede que alguno me rece alguna oración, mas si me he condenado, ¿de qué me sirve?

»LA FLECHA, ¿cómo es que también me detiene? Su mismo nombre ¿no debería ser para mi una indicación precisa de mi conducta? ¿No me indica que se debe seguir veloz la dirección que el Señor marca? Pues, ¿de qué me ha de servir en la hora de la muerte? Cierto que es un apostolado; mas si por seguir con ella no cumplo lo que Dios me pide, ¿qué le contestaré?

»Si esta noche me muriera, ¿no sentiría tener que presentarme en este estado teniendo que decir al Señor: Tú me invitaste a una vida santa, a que lo dejara todo por ti, pero yo no supe decidirme y todavía no he hecho nada por seguir tus deseos, sino solamente decirlo a los demás, como mendigando su aplauso? [22].

 

»El juicio universal

 

         »Allí, delante de todo el mundo [...], delante de todos los que me han conocido, tendré que comparecer como soy, con un letrero en la frente que diga ...  ¡Ah! pero Dios es tan bueno que me da tiempo a arrepentimiento y aún me invita a que grabe en mi alma ésta otra leyenda: Sí fue ...,  pecó mucho, pero vio sus pecados y sintió tanto dolor de haber ofendido a Dios que desde aquel punto se entregó a mí y fue mi Cirineo y, con más ardor y diligencia que puso en la comisión del pecado, se dedicó a mi servicio y todo lo dejó por mí, no por temor a los castigos de infierno, sino por poder un día besar mi plantas y derramar sobre ellas todas sus lágrimas. Y yo que le había amado tanto, al ver ese deseo que yo mismo inspiré, le di mi gracia [23].

 

»Respuesta del amor de Dios

 

»Pues, bien hijo, yo te doy la vida para arrepentirte. Ya que te he traído a estos Santos Ejercicios, ¿no querrás ordenar tu vida, según mi voluntad? No tiembles, no desfallezcas, no tengas miedo. Yo que te sugiero mi deseo, no te abandonaré . Vive en mí, abrázate a mí, pídeme a mí mi ayuda y ya verás como haces mi voluntad.

»¿Mi perdón? Ya lo tienes. ¿No oyes que estoy siempre pidiendo a mi Padre: ¡Perdónales!? Y, además, si tú haces mi voluntad, tú te habrás abrazado a mí y yo te podré tener apretado contra mi Corazón.

»¿Qué tienes que vencerte a ti mismo? Cierto que sí, pero no estás sólo, estoy yo contigo y está mi Madre, que lo es tuya, y están mis santos, que todos queremos que seas feliz en el gozo, en el descanso y en la paz de mi perpetua alabanza.

         »Vamos a examinar juntos, hijo mío, qué afectos te apartan de mi voluntad.

»En primer lugar tu amor propio.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:20  | Espiritualidad
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