S?bado, 06 de septiembre de 2008

Extracto de escrito sobre Manuel Aparici enviado por Carlos Peinó Agrelo  bajo el título "Vocación, Seminario, Ordenación Sacerdotal y Salamanca".  Según su Diario Espiritual y otros escrito y testimonios

(1941-1950)


SEMINARIO

 

         Se conoce muy poco de su vida en el Seminario y lo poco que se conoce, se conoce principalmente, por su Diario y por las declaraciones de sus condiscípulos, testigos en su Causa de Canonización. Por ellos sabemos de sus anhelos, esperanzas, sueños, sinsabores, luchas, fallos, entrega generosa, etc. en sus días de seminarista.

         También existen algunos escritos y testimonios indirectos, pero nos servimos fundamental de los primeros.

 

CURSO 1941/1942

(Desde el 1/10/1941 hasta el 30/9/1942).

 

  

         Este primer curso estudia externo y sigue trabajando en la Juventud de Acción Católica y ejerciendo su profesión.

         Pero antes, concretamente el 17 de julio de 1941 (todavía no se había despedido de la Presidencia Nacional), había ido a ver al Obispo de Madrid-Alcalá, D. Leopoldo Eijo y Garay. «Su contestación fue un si no quieres, este año puedes estudiar externo». Y así lo anota en su Diario [1].

         Y el 29 de marzo de 1942, Domingo, se matricula en el Seminario.

         Y empieza a soñar ya con su Ordenación Sacerdotal. ¡Y estaba empezando los estudios eclesiásticos!

 

         «La figura de Manuel Aparici –escribe Eclesia– llega a las puertas del Seminario [...] de la mano de Dios, con el espíritu de la Iglesia y con el alma abierta de par en par a todas las llamadas de la gracia. Su vida privada y su actuación como Presidente Nacional de la Juventud Española de Acción Católica fueron ante Dios y ante los hombres la expresión de un mismo espíritu, claro y único, que hoy esplende más que nunca a través de la sotana humilde de un seminarista. La Iglesia le tiende sus brazos maternos, el Papa le premia su abnegada labor con la concesión augusta de la Cruz “Pro Ecclesia et Pontífice” y la Juventud de Acción Católica le mira emocionada como a su “Capitán” [...].

         »A la vista de las necesidades angustiosas de tantas Parroquias españolas que se encuentran hoy sin padre y sin pastor, y ante las graves preocupaciones de la Jerarquía eclesiástica por la escasez de vocaciones sacerdotales, hizo al Señor entrega absoluta de su persona, y Cristo le eligió para el sacerdocio católico ... » [2.

         «Esta noticia escueta –dice “Ecclesia” al principio de su artículo– tiene la fuerza evocadora de un mundo de recuerdos y esperanzas en la Juventud Española de Acción Católica. Recuerdos aleccionadores e incitantes de una juventud consagrada al servicio de Dios y de la Patria; esperanzas ante el amanecer de un nuevo espíritu sobrenatural en esta juventud de oro que Dios ha regalado a España, como un campo de flor cuajado de promesas» [3].

 

         Siendo seminarista vuelve a Zaragoza para rendir gracias a la Señora y Madre suya, la Virgen del Pilar, y rogarla que guíe también sus pasos de seminarista y de sacerdote si su divino Hijo se digna asociarle a su eterno sacerdocio. En prenda de gratitud, le ofrenda su insignia de joven de Acción Católica que le protegió durante 13 años de apostolado seglar. Y termina así:

 

         «Dignaos, oh Virgen Inmaculada, Asunta a los Cielos, alcanzarme en vuestra mediación a Cristo que está en la Cruz de mi emblema, que a vuestros pies deposito, se transforme en la cruz del sacerdocio católico al que vuestro Hijo me llama a vivir y a morir» [4].

 

         El 26 de octubre de 1941, Festividad de Cristo Rey, recuerda su último día de joven de Acción Católica.

 

         «¡Gracias divino Rey de mi alma, gracias! Tú has querido que fuera así mi último día de joven de Acción Católica.

         »A la mañana, después de pedirte que me inmolaras contigo y que me dieras gracia para perderme en ti, como se pierde la gota de agua en el vino, tú, Divino amador de la infinita miseria del alma, abrazándome, nutriéndome con tu caridad infinita, en lo hondo de tu Corazón, te ofreciste inmolado en la Santa Hostia al eterno Padre como víctima propiciatoria por todos los pecados de los hombres, y una vez que con tu oblación me alcanzaste infusión nueva del Espíritu Santo [5] que renovará mi alma, viniste tú mismo a mi pobre alma para sanarla y enriquecerla. Cuando estabas en mi pecho, cuando me sentía abrazado por ti, te pedí que me aceptaras por ellos, que me hicieras tú mismo, que sólo tú puedes hacerlo, víctima de expiación y propiciación por los pecados de los hombres, te pedí que, puesto que por mano de tu Vicario me ofreces, con tu bendición, la Cruz Pro-Ecclesia et Pontifice, tú mismo me dieras fuerza para clavarme en ella contigo» [6].

 

         Seguidamente, invoca a la Madre de Dios y Madre de su sacerdocio.

 

         «Después, la imposición de insignias a 54 soldados apóstoles tuyos en el cuartel, y luego la ofrenda de mi insignia a tu Madre Santísima bajo la advocación del Pilar. Le pedí a tu Santa Madre con toda mi alma que, así como me alcanzó gracia para caminar sin caer desde que me proclame peregrino de su amor, así ahora me cobije bajo su manto y me alcance gracia que guíe mis pasos de seminarista hasta llegar al altar totalmente concrucificado con vos si, como de vuestra infinita misericordia espero, os dignáis asociarme a vuestro eterno sacerdocio.

         »Y por boca de vuestro representante me dijisteis: “Recibe el ciento por uno y además la vida eterna”. ¡Bendito seas Señor! porque yo os ofrendaba una cruz pidiéndoos, por mediación de vuestra Madre, que la trocarais por la del sacerdocio y vos me habéis dicho que me la trocaréis por cien cruces. ¡Gracias Señor, gracias! Yo sé que no puedo ni siquiera llevar una cruz y vos me prometéis cien, y al prometérmelas me prometéis también vuestra gracia para llevarlas, y es necio que yo vea si puedo o no, porque empiezo a saber que no puedo; pero también que tu gracia lo puede todo.

         »Después el desayuno con los soldados. ¡Cómo me mostraste tu amor con los corazones de ellos a mí, tu apóstol, que, por inconsciencia, tanto se semejó a Judas. Luego en La Seo volviste a bendecirme desde la Hostia Santa clavándome en el alma tu llamamiento, no apóstol o mártir, sino apóstol y mártir a un tiempo.

         »Más tarde, mi despedida. Les amé con el corazón tuyo que te había pedido prestado en la Comunión, les hablé de tu Madre y Madre nuestra, también de lo que significaba vivir conforme al dogma de la Inmaculada y las creencias de su Asunción y Mediación Universal ...

         »Y aquí, nuevamente me urgiste; tu representante, mi amigo del alma D. Hernán Cortés me dijo: “Qué gran responsabilidad la suya, Manolo. En su primera Misa, la Hostia que consagre ha de estar formada con todos los mártires de España, y para ofrecer así el Santo Sacrificio ha de hacerse con una gran santidad”.

         «Y por último el acto de la tarde. Los versos y la jota que me dedicaron y las palabras de Mosén Francisco, la lección de mi ejemplo. Tú sabes, Señor, que no es del todo verdad, que no ha sido total mi entrega, que me he reservado siempre algo; pero tú me dices con las mismas palabras que pronuncié a continuación que mi entrega ha de ser total y completa y por todos. Dame gracia, Señor, dame gracia para que mi vivir escondido en ti llene de agua viva los vasicos sedientos de sus almas ... Por tu agonía de Getsemani [7], ¡oh Señor!, clávame en tu cruz para que por culpa mía no se pierda  ninguna  de  las almas que tu has amado hasta el fin» [8].

         Ya en Madrid de vuelta de Zaragoza, día 27, escribe en su Diario:

 

         «Esta mañana, en Zaragoza, ayudé la Santa Misa a D. Hernán Cortés; estaba lleno de emoción, un ansia inmensa de darme del todo me consumía.

         »En la acción de gracias volví a implorarla del Señor para morir a todo lo mío.

         »Luego visitas y visitas, y de todos: cariño, gratitud y respeto.

         »La comida en el Seminario, retratarme con los seminaristas, charlas con el Rector, verme agasajado y acompañado hasta la estación.

         »¡Qué ganas se me pasaban de echarme a los pies de todos para besarlos. Ellos sí que mueven la gratitud de los que aman a Cristo y no yo que tanto le he traicionado ... !

         »En fin, en esta semana es preciso que vea a D. José María García Lahiguera, que le abra mi alma y que me guíe para empezar a crucificarme».

 

         Los pensamientos y anhelos de su corazón durante este su primer curso de seminarista nos los ofrece en su Diario. Su corazón está pletórico de alegría y dispuesto a servir al Señor como Él quiera, cuando Él quiera y cómo Él quiera. Nos habla de sus fallos, de su confía en Dios y en María, etc.

 

         PRIMER TRIMESTRE

 

         «Ayer me concedió el Señor la gracia de velar un cadáver durante tres horas. A la luz de aquellas cuatro velas fui examinando mi vida.

         »Es verdad que ya he empezado a cumplir la voluntad del Señor que me quiere sacerdote, pero ¿mi vida de seminarista es santa?

         »[...] Mi tiempo de oración  es más breve [9], hay días que no hago la visita al Santísimo ni hago examen, el latín y las cartas de despedida absorben mi tiempo.

         »Tampoco he sido víctima. Le hice un voto al Señor con unas, como arras del mismo, pequeñas mortificaciones que manifestaran la buena voluntad del alma y no lo he cumplido nunca; unas veces con un pretexto, otras con otro; el caso es ese. Vi que lo único que puede asustarme al morir es no haber muerto antes del todo a todo.

         »Muerte del yo carnal; mortificaciones:

         »Comer (grosero); dormir (en duro y lo estricto); posturas (incómodas); inclemencias tiempo (frío, calor).

         »Muerte del yo espiritual: afectos.

         »Así, muriendo antes a todo lo exterior y mundano, la muerte es la vida, es Jesús que llega y viene para llevarme con Él al Padre.

         »Cada día el Señor aumenta la confianza que tengo en Él».

 

         «He expuesto al Director Espiritual los propósitos que, con la gracia de Dios, hice en Ejercicios. Los ha aprobado todos y me ha animado a cumplirlos.

         »El principal, que me permitirá ser víctima, es no desanimarme por los fracasos y las infidelidades; todo esto debe servirme para vivir colgado de Dios, confiando en Él sólo».

 

         «[...] De la oración de todo el día he sacado una consecuencia: Si yo quiero, María me alcanzará la gracia de vivir crucificado con su divino Hijo; porque hoy [día de la Inmaculada Concepción] María, menos que nunca, puede negar nada a un Hijo [...] y hoy tampoco Jesús puede negarle nada a su Madre, nunca lo hace, pero hoy su día, hoy tiene que concedérselo; por ello digo: Si yo quiero porque desgraciadamente el único que puede poner dificultades es este yo carnal que no acaba de morir. Hice en la Misa la renovación de mi voto» [10].

 

         «Mi primer día de víctima y mi primer día de ingratitud e infidelidad [...].

         »¡Cómo resaltaba, sobre la prontitud de María en seguir las indicaciones del ángel, mi desidia y pereza! Me consta que el Señor ha aceptado mi ofrecimiento, ya que mis propósitos han sido aprobados por su representante, y para primer día me dejo vencer por la pereza. Pero al menos, Señor, te cumplo el propósito de no desanimarme. Adelante, pues.

         »La oración me ha hecho ver que las primeras jornadas serán muy fatigosas [...], pero que las hace más  suaves si  acierto a vivir  dentro  de mí  con la Trinidad Santa que mora en mí [...].

         »Gracias, Señor, porque me das a conocer más y más mi miseria [...].

         »Señor, tú me perdonas, porque eres mi amigo y tu Madre y yo te lo pedimos; haz que mañana te sea más fiel» [11].

 

         «Segundo día después de mi oblación y casi peor que el primero [...]» [12].

 

         «Hoy tampoco me he acercado nada al altar, no he sido víctima [...]. Creo que el Señor me hace ver la causa de mis fracasos:

         »1º    La oración de antes de acostarme la hago mal, sin renovar  la oblación de víctima y pedir al Señor su ayuda para triunfar en la primera batalla: levantarme.

         »2º    La oración no la preparo bien, actuándome en la presencia de Dios e invocando, por mediación de Jesús, al Padre para que me envíe su Espíritu. Tampoco hago examen de cómo me ha ido en la oración.

         »3º    El examen. Ni trato de buscar las causas de mi fracaso, ni pido dolor vivo, ni hago propósitos firmes.

         »Hoy no he vivido actuando en la presencia de Dios» [13].

 

         «Veo que voy en declive; no estoy más cerca de la crucifixión de mi voto, pero invocaré a mi Señor [...]» [14].

 

         «[...] Fui  a  Capitanía  para  despedir  a  la  familia y gestionar víveres para el Semina-rio [...]» [15].

 

         «[...] Me fui al Seminario, donde el Sr. Obispo confería Órdenes. Un sólo y eterno sacerdote, Cristo, en el cual todos los demás son participados. Esta fue la luz interior de las tres horas y media de oración de la mañana. El Obispo representa a Jesucristo; concelebraban con el Obispo los ordenandos, pero eso harán siempre concelebrar con Jesucristo. Esa simultaneidad externa, es decir, las oraciones y fórmulas de la consagración de los ordenandos con el Obispo, ha de ser siempre una simultaneidad interna, tan perfecta y tan honda que ya no sean dos sino uno, bajo apariencias carnales Jesucristo todo y solo Jesucristo. Este ha de ser mi trabajo, hasta que llegue para mí el día de la Ordenación, dejarle hacer al Señor en mi alma.

         »[...] La resolución que tomé fue regalar inmediatamente mi tarjeta de fumador [16]. Me  costó  mucho, pero fue tan grande la ayuda de María que lo hice [...]» [17]

 

         SEGUNDO TRIMESTRE

 

         «Tres han sido las consignas dadas por el Director Espiritual del Seminario para 1942: Más oración, vida de oración, de continua y profunda unión con Dios. Más sacrificio, obediencia; realmente la oración, la unión con Dios por Jesucristo comporta el sacrificio, su vida fue cruz y ¿cómo podría yo decir que vivía unido a Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo, sino me abrazara a la cruz? Y como consecuencia de estas dos consignas, más y más santidad en el año 1942.

         »Y, sin embargo, aún no he hecho oración en ningún de los tres días de este año, todavía no me he recogido a solas con el Señor para rogarle me ayude a rendirle mi alma [...].

         »Pero parece que cuanto más me ama el Señor, menos le amo yo. En verdad que no he avanzado nada hacia la cruz y, sin embargo, han pasado ya 24 días desde que renové mi voto de víctima. No obstante, Jesús, que tanto me ama, aunque tan a fondo me conozca, me sugirió el propósito de no desanimarme por mis muchos fracasos. Confiando, pues, en su gracia me volveré a Él, le pediré su ayuda y me la concederá.

         »Esta erupción que padezco me ha sugerido el pensamiento de que si padezco por la repugnancia que puedo inspirar a la gente, más debiera padecer por la repugnancia que inspiran a Jesús, a María, a los santos y a los ángeles, las llagas y postemas de mis pecados e imperfecciones que afean la f.

 

         «La pasada semana ha sido una de las más infructuosas; toda ella dominado por la pereza al levantarme y, a causa de ella, casi sin oración [...].

         »No obstante, Él hace que se aumente más y más mi confianza en su infinita caridad. Es mi amigo y ¡todo lo espero de su amor!» [19].

 

         Resumen de las meditaciones y propósitos formulados durante estos cinco días de enfermedad.

 

         «Ante todo, misericordiosísimo Jesús, ¡gracias, gracias por la infinita piedad de tu Corazón Santísimo para mi pobre alma!

         »Me has sostenido durante estos días de enfermedad y me has devuelto la salud y me has infundido una confianza inquebrantable en tu caridad infinita.

         »Tú me diste gracia par ofrecerte todas las molestias y padecimientos de la enfermedad. A los pies de mi lecho estaba tu sagrada imagen de Crucificado, que dulcificaba y transformaba en secretísimo gozo todas mis dolencias. Cuando el frío de la fiebre estremecía mis huesos, me hacías pensar en ese intensísimo frío de la terrible fiebre de tu Cuerpo hecho llaga que te estremeció en la cruz y que al obligar a tu Cuerpo a restregarse con las asperezas de la cruz hacía tus llagas más y más profundas y dolorosas.

         »Y cuando el lecho y la almohada me parecían de piedra en las que más y más se maceraba mi quebrantado y dolorido cuerpo me hacías pensar que eso y todo lo que han padecido, padecen y padecerán los hombres lo quisiste tú pasar por mi amor, por apartarme de mis miserias y pecados y apegarme a tu Corazón y darme tu caridad infinita.

         »Y cuando la fiebre resecaba mi boca y agrietaba mis labios, comprendí un poco mejor aquella sed tuya con la que hace años estas urgiendo a mi alma.

         »Y pensaba también que podía morir y presentarme ante ti, y repasaba mi vida y mis obras y me veía tan pobre y sucio y sin tener nada que presentarte ..., y entonces volviste a hacer vibrar en los oídos de mi alma tu amorosa queja: Amice, ad quid veniste? Osculo filium hominis tradis? Y me diste luz y gracia para penetrarla y entenderla. Decías: ¡Amigo!, y cuando tú dices amigo es verdad, y es que nos amaste “in finem” como dice S. Juan, y me hiciste sentir un poco más lo que es esa brasa infinita de tu infinita caridad de la que todos hemos recibido. Sentí que la caridad de María, tu Madre y Madre mía también, no era nada junto al manantial de caridad de tu Corazón, y que toda la Iglesia, la triunfante, la militante y la que ha de venir, no era nada tampoco, que toda medida era pequeña para tu caridad sin medida, y aunque sentía que en aquellos momentos, como en todos, me estabas amando en María y en los santos y en la Iglesia y en toda criatura que manifestara amor, comprendía que todo esto era impotente a declarar tu amor.

         »Y vi que otra vez iba a caer en la falta de querer juzgarme a mí mismo para encubrir mis miserias, y que con ese juicio en el que quería descubrir amistad y beso contigo iba a entregar a la muerte a este tipo de hombre que soy yo. Pues muerte es hasta querer confiar en la cooperación de mis obras a tu gracia, y vida verdadera y sobreabundante confiar sólo y exclusivamente en tu infinita caridad.

         »Y sentí gozo por mi miseria y desnudez, pues cuanto más pobre fuera tú me amarías más; y me llenaste de paz. La muerte, si llegara, sería la amiga del Esposo; acudiría a ti diciéndote: Amado, Amigo único y fiel, no tengo nada mío que ofrendarte sino ingratitudes y flaquezas, pero tengo tu Corazón, ¡oh Jesús!, que tantas veces me has dado con un dar no fingido como el mío, que continuamente quiero recuperarme de la entrega, sino total y completo; y puesto que me lo has dado y es mío, es la ofrenda que te presento, tú propio Corazón, la confianza que tú mismo has puesto en mí, en tu infinita caridad; me entrego a lo que tú amor quiera de mí.

         »Luego  me  llegó  la noticia de la muerte de mi hermano de Seminario Ricardo Bermejo [20] y comprendí que descansaba en ti. Pues, como nos decía en tu nombre otro siervo tuyo muy amado, el Cardenal Gomá, que también estará gozando de ti, tú eres fiel y a aquel alma que te había sido fiel siempre, que niño aún ya trabajaba por tu gloria, que todos los días acudía a recibirte y que a tu llamamiento lo había dejado todo para entregarse totalmente con un hambre y sed de que tú le justificaras; y a aquella alma que te había sido fiel siempre; que, niño aún, ya trabajaba por tu gloria, que todos los días acudía a recibirte y que a tu llamada lo había dejado todo para entregársete totalmente con un hambre y sed de que tú le purificaras; a aquella alma tu fidelidad y tu amor no podían haberle faltado en sus últimos momentos y tú habrías acudido a terminar rápidamente tu obra para que, derribada esta morada terrena de su cuerpo, fuera en ti, por ti y contigo a gozar eternamente en la morada que tú le habías preparado en casa de tu Padre.

         »Y renové, Señor, mi oblación con una confianza absoluta en que llegará a ser cierta y total, puesto que tú me inspiraste que tomara a tu Madre por valedora e intercesora ante ti.

         »Desde mañana reanudar mi vida de obediencia a la voluntad de Jesús» [21.

 

         Veinte días sin anotar nada.

 

         «Vuelvo mis ojos atrás y encuentro muy pocas obras de amor; sin embargo yo siento en lo más hondo del alma este diálogo: Me amas y te amo. Me amas y me manifiestas tu amor por todas tus criaturas. Tu ministro y mi Director Espiritual, que tú me enviaste a casa para que me confesara y me ungiera y purificara con tu Sangre preciosa; la comunión del primer día después de mi enfermedad y todas las sucesivas; el cariño de mi profesor y compañeros de clase; la oración y vida santa de mis hermanos de Seminario; ... todo, todo, me habla de tu amor infinito y, aunque yo no correspondo y no me dejo poseer por tu gracia, confío en tu caridad y espero en ella que llegarás a vencerme, a dominarme totalmente para que al fin viva crucificado contigo.

         »Pero hoy, Señor, fuera de la cadeneta no he sufrido nada por ti» [22].

 

         «Nuevamente me urges a la entrega total. ¡Bondadosísimo Jesús! Comprendo que tiene que ser desde ahora, desde esta Santa Cuaresma. Es la primera que paso como seminarista, aunque lo sea externo, y no puedo dejarla pasar en vano; tú pasaste por mí cuarenta días y cuarenta noches de riguroso ayuno y penitencia y de ferviente oración, y si yo quiero, de verdad, asemejarme a ti, y para un seminarista no hay otro camino, debo hacer penitencia y oración, no ya por mí, pues que te entrego mi alma y el cuidado de su aprovechamiento, sino por las almas que me están esperando, que yo no conozco todavía, pero que tú conoces y amas desde toda la eternidad, y las amas ¡tanto! que por ellas, por su bien, para que te conozcan a ti en mí, me urges a que me dé todo a ti sin reservarme nada.

         »Pero, Señor, aunque siento que me urges, que me suplicas y ruegas, que me cercas y acosas con tu gracia, se resiste en mí todo lo que hay de hombre viejo, de hombre de pecado; siento un peso de muerte en mis miembros que se resiste y lucha ...

         »¡Ah Señor, que tu nombre de Jesús significa socorro y ayuda de Dios! ¡Socórreme y ayúdame! ¡Yo no puedo!

         »Tú lo has dicho: “He venido a buscar a los pecadores” y yo soy un gran pecador, porque resisto a tu gracia, porque me haces ver y sentir que de mi entrega depende la santificación de multitud de almas, y aunque digo amarte y siento correr sobre mi corazón las lágrimas de sangre que derramaste en el huerto al ver este siglo nuestro y esta ingratitud mía, no me entrego, me resisto, me reservo  algo.  Vénceme  Señor,  doblega  a  mi dura cerviz, ponme en tu cruz» [23].

 

         «¡Señor qué poco he vivido hoy en tu cruz por las almas!

         »Permanecí, sí, a la mañana una hora en actitud de orar; tenía sueño, la cabeza me pesaba, me hallaba árido y seco y hube de acudir a un libro de meditaciones y leer un rato, pero tú me diste gracia para que hubiera algo en mí que sin palabras dijera: Señor quiero serte fiel. Luego fui a Misa y a comulgar con mi madre; tuve poca unción, no viví a fondo el drama de tu cruz; después de recibirte, sí, tú me diste lágrimas para pedirte por todas las almas de los cinco continentes.

         »Vine a casa, desayuné y escribí unas cartas, y fui a echarlas al correo; y fui a visitarte en tu Sacramento de Amor y le pedí a tu padre nutricio que me alcanzara la gracia de sentir un poco de intimidad contigo, y me hiciste sentir que son quinientos millones de niños y otros quinientos de jóvenes y mil de adultos los que están apartados de ti, por el pecado, la herejía, el cisma o la infidelidad, y recordé que nos decías en tu Evangelio: “No los estorbéis de venir a mí”, y comprendí que son mis pecados, mis infidelidades, mis ingratitudes, mis cobardías las que ponen estorbos a esas tiernas almitas que tú amas tanto y que yo impido de acercarse a ti. Porque si yo me hubiera dado a ti, como hace tanto tiempo me estás pidiendo ... habría más santidad en tu Iglesia, y esa caridad tuya nos hubiera urgido más a llevar la noticias de la Redención que obraste hace 19 siglos.

         »Y  le  pedí  a  S. José  que  me  alcanzara  de su Esposa  y de Jesús el darme del todo ... » [24].

 

         «Gracias, Señor, porque me has mirado reprochándome tiernamente que te hiciera esperar tanto, gracias amadísimo Jesús.

         »Confiando en que tu infinita caridad me ayudará y dará fuerza, te prometo no volver a fumar. Ayúdame, Amigo tiernísimo y fiel, a que yo también lo sea tuyo.

         »Ayer me decías que no estorbara a las almas de venir hasta ti, porque son mis pecados, mis imperfecciones e ingratitudes lo que estorba a ti para llenarme de tu caridad, y como soy miembro de tu Iglesia y me llamas a tu sacerdocio, hurtaba a tu Esposa una perfección a que tiene derecho y a la que está necesitada en la porción que milita para atraer a tu amor a los pecadores y a los que no te c


Publicado por verdenaranja @ 23:37  | Espiritualidad
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