Viernes, 03 de octubre de 2008

Vigilia de la Luz publicada en la revista misionera ILUMINARE, número 374 - OCTUBRE 2008, recibida entre los materiales para la celebración del DOMUND 2008.


VIGILIA DE LA LUZ
Como Pablo, misionero por vocación

MONICIÓN DE ENTRADA

El Año Paulino se ha convocado para conmemorar el bimilenario del nacimiento de San Pablo. En esta vigilia de la luz vamos a profundizar en la vocación misionera del Apóstol de las gen-tes, a sentir en nosotros la misma urgencia de la misión y a dejarnos incendiar con el amor de quien se sintió alcanzado por Cristo y no podía callarlo por nada del mundo. San Pablo es, según palabras del Papa Benedicto XVI, "el mayor misionero de todos los tiempos" (men­saje para la XLV Jornada de Oración por las Vocaciones, 13 de abril de 2008). De su mano, vamos a adentramos en el encuentro personal y comunitario con el Señor, pidiéndole que avive en nosotros y en toda su Iglesia la luz misionera.


Exposición del Santísimo y canto: CAUDATE DOMINUM (Taizé)


PRIMERA PARTE


El don de haber sido «alcanzado por Cristo» (Flp 3,12) Elección y vocación misionera de Pablo


Narrador 1: San Pablo se presenta a sí mismo como "apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios" (Rin 1,1).


Narrador 2
: Acusado por sus adversarios de no estar autorizado para el apostolado, San Pablo recuerda que la iniciativa de la misión no es suya, sino que se trata de una voca­ción recibida directamente del Señor.


San Pablo: «Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es cosa de hom­bres, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Je­sucristo» (Ga 1,11-12).


Narrador 1: En su experiencia vocación y misión son inseparables. Cuando nos cuenta su vo­cación, Pablo la hace remontar mucho antes del acontecimiento que se produjo en el camino de Damasco, afirmando que el Señor lo escogió ya desde el seno de su madre y lo llamó por su gracia (Ga 1,15) y le concedió, sin mérito propio alguno, la vocación misionera.


Narrador 2: Sin embargo, sólo descubrió esa vocación tras su encuentro con Cristo Resucitado en el camino de Damasco. En ese momento quedó cegado por la luz de Cristo y ca­yó a tierra (Hch 9,3-4). Así sucede siempre: cuando uno es deslumbrado, fascinado, "alcanzado por Cristo" (F1p 3,12), caen a tierra muchas cosas en nuestra vida

Narrador 1: Ayudado por Ananías, Pablo recuperará la vista y será bautizado, convirtiéndose en "instrumento escogido para llevar el nombre del Señor a los gentiles" (Hch 9,15).


Narrador 2: Ananías se presenta como modelo de la Iglesia, que. entonces como ahora, nos to-ma de la mano y nos guía al encuentro pleno con Jesús.


Narrador 1: Ananías es también modelo de toda persona que ha puesto Dios en nuestra exis­tencia para que encontrásemos la fe.


Narrador 2: Desde ese momento, la vida de Pablo comenzó a dar un vuelco y su escala de va-lores se trastocó.


San Pablo: «Todo lo que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en El, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe; para conocerlo a El, v la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus pa­decimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que va haya conseguido el premio, o que va esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si consigo alcanzarlo, habiendo sido vo mismo al­canzado por Cristo Jesús» (F1p 3,7-12).


Narrador 3: La experiencia personal de Pablo nos recuerda que la misión nace de la fe en Je­sucristo, del encuentro personal con Él. Sólo desde Cristo, en la fe, se comprende y fundamenta la misión. ¿Quién es para mí Jesucristo? ¿He vivido esta misma ex­periencia de Pablo? ¿Realmente siento que la misión no tiene ningún sentido si no nace del encuentro con Cristo, si no se fundamenta en Él? ¿Hago mía la vocación de toda la Iglesia a la misión? ¿Me he preguntado alguna vez si Jesús me llama. de una forma personal y concreta, a una vocación misionera de por vida?

(Silencio meditativo)


Canción: CRISTO, MI CENTRO (Mies)

 

 

SEGUNDA PARTE

 

«Ay de mf si no evangelizare!» (1 Co 9,16)

La misión para Pablo: un deber irrenunciable


Todos nosotros, como Pablo, somos llamados a ser misioneros, testigos de Jesús en nuestro mun­do. Conocer el Evangelio es un derecho que tiene el hombre de todo tiempo, por lo que la mi­sión se convierte en un deber irrenunciable. Afirma Pablo con rotundidad a los corintios: «El he-cho de predicar no es para mí motivo de gloria. Es más bien un deber que me incumbe i: ¡ay de mí si no evangelizare! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es que me han encargado esta misión» (ICo 9,16-17).

Pablo siente la necesidad urgente de misioneros que anuncien la Buena Noticia. Dice a los ro-manos: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo van a invocarlo si no creen en El? ¿Y cómo van a creer si no oven hablar de Él? ¿Y cómo van a oír sin alguien que proclame? ¿Y cómo van a proclamar si no los envían? Lo dice la Escritura: ";Que her­mosos los pies de los que anuncian el Evangelio! "» (R.rn 10.14-15).

PARTE

 

San Pablo, en sus cartas, pide a menudo a los fieles que recen por él, para que pueda anun­ciar el Evangelio con confianza y franqueza. A los efesios les pide: «Orad por mí para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio del cual soy embajador en cadenas y pueda hablar de él valientemente congo con-viene» (Ef 6,19-20).

A la luz de la palabra y la vida de San Pablo podemos preguntarnos: ¿siento en mí la urgencia de la misión? ¿Siento en mi corazón el fuego de la misión que me empuja a comunicar el don que he recibido?


(Silencio meditativo)

 

"En la homilía durante la celebración eucarística con la que he iniciado solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: «Nada hay más hermoso que haber sido alcanza-dos, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él». Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebra-mos en el Sacramento. Este exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una Igle­sia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera». También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros» (1Jn 1.3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos" (Benedicto XV1. Sacramentum caritatis, n. 84).


Canción: AY DE MÍ SI NO EVANGELIZARE

AY DE MÍ SI NO EVANGELIZARE,

SERÍA TRISTE, NO PODRÍA CRECER.
QUIERO CANTAR QUE TÚ ESTÁS VIVO,
QUE TÚ REINAS, QUE VIVES HOY. (bis)


He de hacerme esclavo de todos, un instrumento en manos de Él. En la acogida de sus dones, tendré su fuerza y su poder.


En nuestros campos y ciudades, en el trabajo y el hogar, el Señor dice a cada uno: es hora de evangelizar.



TERCERA

«El amor de Cristo nos apremia» (2Co 5,14) Celo y pasión por el anuncio del Evangelio


Narrador 1: El apóstol Pablo fue experimentando a lo largo de su ministerio que la misión es, como la redención, un acto de amor. El amor de Cristo es el que lo apremia a ir hasta el confín de la tierra como heraldo, apóstol y misionero del Evangelio. Cuando hemos experimentado la salvación en nuestras vidas, "es imposible ca-llar lo eue hemos visto v oído" (Hch 4201

 

Narrador 2: Es entonces cuando la experiencia de salvación se convierte en un anhelo por que todos los hombres la experimenten y lleguen al conocimiento de Dios. Este celo y pasión por el Evangelio debe llevarnos a anteponer el anuncio de la Buena No­ticia a cualquier otra cosa,. incluso a nuestra propia vida.

San Pablo: «No me importa mi vida con tal de que termine mi carrera y cumpla el ministe­rio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio, que es la gracia de Dios» (Hch 20,24).


Narrador 1: Es el amor el que nos debe empujar a anunciar a todos los hombres con fran­queza y fuerza, sin miedos ni vergüenza, la verdad que salva.


San Pablo: «No me acobardé de anunciar-os todo el designio de Dios» (I-Ich 20,27). «No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1,16).


Narrador 2: Pablo nos marca la medida de nuestra entrega para anunciar el Evangelio:


San Pablo: «Aunque soy libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a mayor número. Con los judíos me hice judío para ganar a los judíos: con los que están bajo la ley; como quien está bajo la ley (aun sin estarlo) para ganar a los que están bajo la ley: con los que están sin ley, como quien está sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo) para ganar a los que están sin lev. Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles. Me he hecho todo a to-dos, para salvar a toda costa a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, para ser partícipe de él» (1Co 9,19-23). «¿Quién sufre sin que sufra yo? ¿Quién se escandaliza sin que yo no me queme?» (2Co 11,29).


Narrador 3: ¿Tengo respetos humanos a la hora de dar testimonio valiente y humilde de Jesu­cristo? ¿Me siento interpelado por tantas y tantas personas que viven aún lejos de Cristo y que no han recibido nunca la buena noticia del Evangelio?


(Silencio meditativo)


Canción: TESTIGOS DE LA VERDAD (El grito de los sin voz)

ORACIÓN FINAL


Santo Apóstol Pablo, que con tu enseñanza y caridad has evangelizado el mundo entero, míra­nos con bondad e intercede por nosotros ante el Señor. Haz que vivamos en la fe, nos salve-mos en la esperanza y reine en nosotros la caridad. Que seamos dóciles a la gracia divina, a fin de que no caiga en saco roto. Que conozcamos, amemos e imitemos a Jesucristo cada vez más. Que amemos a la Iglesia como Cristo y seamos miembros vivos de su pueblo santo.

Padre todopoderoso, infunde tu Espíritu en nuestros corazones para que seamos incendiados por el ardor apostólico de tu siervo San Pablo, modelo de todo misionero. Bendice y asiste a todos cuantos se afanan para dar a conocer el Evangelio. Suscita muchos y santos misioneros de for-ma que el mundo experimente el anuncio salvador de Cristo. Amén.

 

Reserva del Santísimo y canto final: JUBILATE DEO (Taizé)


Delegación Diocesana de Juventud. Córdoba

PARTE

Publicado por verdenaranja @ 23:49  | Misiones
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