Viernes, 10 de octubre de 2008

 

Por gentileza de Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista y colaborador en la Positio super virtutibus del Siervo de Dios Manuel Aparici.

 

MANUEL APARICI

SU ESTANCIA EN LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA, FACULTAD DE TEOLOGÍA

Desde el 1/10/1947 hasta el 30/5/1950, fecha en que es designado

Consiliario Nacional de los Jóvenes de Acción Católica

 

(Segunda Parte)
(Tercera Parte)

 (Cuarta  Parte)

 

 

         Recién ordenado sacerdote, el Siervo de Dios continuó su formación sacerdotal en la Universidad Pontificia de Salamanca, Facultad de Teología, desde 1947 a 1950.

Al igual que en el Seminario –afirma Mons. José Cerviño y Cerviño, Obispo Emérito de Tuy-Vigo– «no le eran fáciles los estudios, dada su edad y su incorporación tardía a los mismos; pero no se amilanó por ello y pudo concluirlos favorablemente. Su salud tampoco le fue propicia, pero vivió con ánimo generoso sus enfermedades» [1].

El 1 de julio de 1948, el Vicario General y Deán del Arzobispado de Zaragoza, Rvdo. D. Hernán Cortés, le decía en relación con los estudios: «Ya ve que tengo razón cuando le modero en ciertos afanes. Oro por usted; cuídese. Después de Dios y de la salud, que Él quiera que tengamos, son secundarios hasta los exámenes. De todos modos, celebraré que los termine. Ya me dirá cómo queda» [2].

         Cursó en total veinte asignaturas con las siguientes calificaciones: diecisiete sobresalientes y tres notables (8). Fue Bachiller en Teología en el Curso 1948/1949 con la califi-cación de notable (8) y Licenciado en mayo de 1950 con la calificación de aprobado (6), según certificado de fecha 19 de agosto de 1994 firmado por D. Marceliano Arranz Rodrigo, Catedrático y Secretario de la Universidad, Facultad de Teología con el Vº Bº del Decano de la misma (firma ilegible) [3].

         Su formación sacerdotal duró, pues, nueve años, desde octubre de 1941, fecha en que ingresó en el Seminario, hasta mayo de 1950, fecha en que tuvo que finalizar sus estudios en la Universidad Pontificia de Salamanca para hacerse cargo de la Consiliaría Nacional de la Juventud de Acción Católica para la que había sido nombrado en dicho mes y año. No pudo, pues, doctorarse en Teología como tenía pensado su Obispo.

Hacía de la Sagrada Teología no sólo tema de estudio, sino también meditación y vida; intentaba lograr eso mismo de cada uno de sus compañeros con su palabra y su ejemplo. Estudio, sí. Era su principal obligación. Pero además de estudio –decía– un poco de ministerio sacerdotal. Así daba Ejercicios Espirituales [4] y retiros mensuales a sacerdotes, seminaristas y seglares; hacía dirección espiritual, era confesor de muchos de ellos, les aconsejaba y alentaba, mantenía correspondencia después de intensas jornadas (con frecuencia le daban las dos de la madrugada), contestaba las consultas de conciencia que se le hacían y mantenía conversaciones apostólicas y espirituales con los hermanos, etc. Les «buscaba, además, directores de Ejercicios Espirituales y de retiros con hondura teológica y sobrenatural» [5] y les «preparaba encuentros con hombres de Dios como D. José María García Lahiguera, D. Casimiro Morcillo y tareas como novenarios a la Inmaculada, predicación de Semana Santa, etc. […] Le abrasaba la idea de despertar el celo apostólico en todos los que estaban a su lado» [6]. Pero repetía: «menos prisa humana y más impaciencia divina» [7].

         «En los Ejercicios –según Ana María Rivera Ramírez, testigo [8]–, en los que seguía a San Ignacio, se apreciaba el cansancio, el problema circulatorio que parecía tener. Era difícil acertar con el asiento, cojines, probando lo posible sin lograr verle cómodo. En estas condiciones daba meditaciones como si no le pasara nada, largas, estilo contemplaciones, que se nos pasaban volando. Se mantenía en ellas e igual en las comidas y tiempos libres, un silencio no impuesto, apenas recomendado, espontáneo, fruto de ver las verdades vivamente expuestas en Ejercicios que duraban ocho días y recibir esas verdades como vividas, como experimentadas.

         »Especialmente las meditaciones sobre la Virgen no se olvidan nunca.

         »Siempre, en todas las exposiciones, el amor de Dios se hacía tan visible, tan verdadero, expresado de tal forma que brotaba amor nuestro a Dios.

         »Con los ejemplos de las distintas formas de amor humano, se pasaba suave y fácilmente al Único Amor. Inhabitación, Jesús Sacramentado, la Pasión, “en Él vivimos, nos movemos y somos”, con abundantes citas del Nuevo Testamento y Santos Padres. También el testimonio de los santos, de los mártires y de los jóvenes que vivían entregados.

         »Insistía mucho en el amor del Padre y de Jesucristo por entregarle y entregarse en la Pasión y Muerte.

         »Para entender el dolor sufrido por Jesucristo bajaba a detalles en que lo experimentásemos (brazos en cruz, etc.) puesto que éramos jóvenes y sanas. Pequeñas mortificaciones dolorosas, dolores que vinieran por sí solos … En todo ello eran sus palabras: si yo siento este dolor ¡Qué dolor tendría Cristo que se hizo todo llagas, bocas abiertas en su Cuerpo para poder decirnos por ellas “te amo”!

         »En los pequeños dolores míos, mi reacción primera de ¡cuánto me duele! que pasara a ser ¡cuánto me amas!

         »Las consecuencias al oírle eran siempre alegría y paz; sentido de la propia nada y luz sobre el hondo pecado propio de desamor, no correspondencia … mas nunca desánimo sino confianza en ese amor de Dios y la intercesión amorosa de la Virgen, corredentora, omnipotencia suplicante, forzó la hora en Caná …

         »Era claro ver en Aparici a Dios Padre, a Cristo perdonando, amando, acogiendo, medio de recibir su Amor Divino» [9].

 

         «[...] Cuando salíamos a predicar, –dice el Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro– daba el horniento para hablar de Dios y según Dios a las almas. Se me recuerda este caso: Iba yo a predicar, primera cuaresma de mi vida sacerdotal, a un pueblecito de Plasencia; estaba nervioso. Me refugié en el Sr. Abade [10]; me dijo: “Hazles ver que, si tú vas a predicarles, es porque Dios les ama y quiere que se conviertan a Él; diles esto; díselo muchas veces y con mucho cariño, verás qué fruto obtienes”. Y así fue. Yo soy especialmente deudor a su cariño» [11].

 

Con relación a su formación, Florencio López [no se sabe quien fue, ni de quién o quienes le defendía. Lo cierto, por el contenido de la carta, es que le defendía] le dice el 31 de mayo de 1948:

 

«Desde luego puede asegurarte que, aunque directamente, abiertamente, no parecía que hiciera nada en tu formación, sí puedo asegurarte que me preocupé, mucho más de lo que a primera vista pudiera parecer; y que desde lejos hice cosas que sólo Dios conoce, para que redundasen en beneficio de tu formación. Tuve, entre otras, la ilusión de que te dejaran en paz, y de que en la soledad y recogimiento y, sobre todo, sin ninguna otra distinción, te pudieras dedicar a lo tuyo. Y eso que en alguna ocasión pudo parecer rigor excesivo e incluso incomprensión, no era más que un grandísimo afán de que tu formación sacerdotal pudiera cristalizar, con tiempo, calor y reposo. Yo ya sé que no todo el mundo lo entendería. Pero me importaba mucho más tu formación que el concepto que de mí pudieran formarse en alguna ocasión» [12].


        
1.      Llegó a Salamanca revestido de una aureola heroica.

                  ¡Qué hombre bueno, qué sacerdote cabal!

 

         «En las fichas biográficas que han circulado en  periódicos y revistas con ocasión de la muerte de Manolo Aparici –escribe a su fallecimiento José María Javierre en la revista “Incunable” un recuerdo bajo el título “Recuerdo de Incunable para Manuel Aparici– [13] hay una laguna: un par de años a los que nadie da importancia, entre su primera Misa y el regreso del antiguo Presidente de la Juventud para ocupar el puesto de Consiliario Nacional. Es el tiempo que Aparici pasa en Salamanca como alumno de  la  Universidad  Pontificia. Ejerce entonces una influencia silenciosa –como suele ocurrir en cuanto se refiere a nuestra intimidad sacerdotal–, pero muy profunda, sobre varias promociones de estudiantes salmantinos.

         »Manolo llegó a Salamanca revestido de una aureola heroica que las circunstancias de su acción juvenil en la guerra y la postguerra le habían merecido. Poseía las dos notas capaces de arrebatarnos en aquel momento exacto: Una fiebre de ideales nobles –peregrinación, sacrificio, oración ardiente, entrega– y un afán apostólico bien probado en su vida de seglar. El tuvo que notar que los curas jóvenes que estudiábamos entonces en Salamanca le mirábamos con ojos de admiración y respeto. Pero supo disimular: a nadie he visto más sencillo, más cordial, más humilde, dispuesto a oír y a comprender. Dispuesto incluso a participar en nuestras aventuras y a fracasar en nuestros ensayos. Después de algunas aventuras pintorescas habíamos pedido al Sr. Obispo que nos dejara a los estudiantes del “Jaime Balmes” (Colegio de Nobles Irlandeses, entonces Colegio Mayor Sacerdotal “Jaime Balmes”) [14]–con sede por aquel entonces en el descascarillado y magnífico palacio de Irlandeses– gobernarnos por nosotros mismos.

         »Cuando llegó Aparici le nombramos Rector por aclamación. Manolo pidió limosna en Madrid para apuntalar la economía del Colegio; agenció becas y viáticos [15]; compró los muebles para una salita de estar –nunca olvidaré la cara de desconsuelo que ponía Manolo cuando una tarde el tresillo voló por la ventada al patio a impulsos de la furia embriagada de un amigo irlandés–; organizó Retiros y Ejercicios; creó la Academia Sacerdotal, en cuyo seno germinó la idea de “INCUNABLE” [16]; y hasta presidió nuestros festejos “religiosos y civiles” en los días de huelga que alguna vez nos atrevimos a organizar como protesta contra el olvido de fechas insignes en el calendario escolar. En el “Balmes” de entonces estudiábamos como fieras, vivíamos una temperatura sacerdotal enardecida, nos queríamos mucho […] y lo pasábamos “bomba”. Respaldados por la dirección espiritual cálida y exigente de Manolo, a quienes muchos de nosotros habíamos entregado confiadamente nuestro corazón.

         »¡Qué hombre bueno, qué sacerdote cabal! Aparici dio testimonio de fe, de piedad, de amor.

         »No era gran teólogo, ni siquiera pertenecía al tipo intelectual [17]. En sus pláticas, en sus conversaciones, decía cosas oscuras y complicadas en torno a los grados de humildad, al esquema de las virtudes, a las edades de la vida interior; las fierecillas escolásticas que estábamos a su alrededor sonreíamos pícaramente cuando Manolo se perdía en esos berenjenales. Pero nos cogíamos a su mano porque el nos entraba de verdad en la nube donde el Señor habita: Manolo percibía el misterio de la existencia sacerdotal, paladeaba los jugos de la fe. Esto, esto es la radiografía exacta: Aparici  tenía  fe,  vivía  de  la fe. Como el justo. Como Abrahám [...].

         »¿Era ingenuo Manolo? Sí, era ingenuo. Aunque se puede ser bueno del todo, y Manolo era bueno, sin ceder, sin entregarse a la ingenuidad Aparici traía en su alma toda la resaca de caballero andante que la guerra española le dejó dentro. Él se sabía Capitán de Peregrinos. Nunca pensó en calcular los dividendos que a él podían corresponderle por el esfuerzo realizado, y por eso quienes había sido con él compañeros de Ideal le miraban ahora con cierta lástima, porque ya ellos sacaban las sumas y gozaban la renta de las hermosas palabras. Manolo continuaba creyendo en los altos ideales. Y quedó desplazado, anacrónico. Excesivo, Aparici re-sultaba excesivo. Tenía demasiada fe, demasiado fervor. Su nombre no entró en la baraja de importantes, no le tocó sitio en el extraño escalafón que nos fabricamos los clérigos, donde pueden dosificarse la devoción y las ambiciones secretas, donde pueden cohabitar las frases pías y el codazo ventajista. A Manolo no le interesaba medrar: estuvo al margen del tinglado. Era un sacerdote verdadero. Ensamblado en el Cuerpo Místico de Cristo: que santa manía la suya, situarlo todo en el gran mapa del Cuerpo Místico.

         »Ocurrió que el Señor signó la vida de Aparici con la tiza de las grandes ocasiones: ocho años en cruz. Según la partida de nacimiento, ya no era joven y, sin embargo, todos le pensábamos como un muchacho escogido por Dios para el sufrimiento. Allí, en su sillón, en la soledad del hombre vencido, esperaba las visitas que casi nunca llegaban: “Tenemos que ir a verle; cuánto hace que no has visto a Manolo; ayer le encontré un poco mejor … ”. No era falta de cariño, sino esta falta de tiempo a que nos condena la vida de ingrato ajetreo. Manolo sabe que es precisamente de cariño el marco en que los sacerdotes de su época salmantina conservan su recuerdo. Y también “Incunable”».

 

         2.      Su vida era la normal de un alumno

 

         El Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro lo recuerda así: «Su vida era la normal de un alumno que estudia medita, asiste a clase, pasea, ora largos ratos ante el Sagrario –era edificante verle arrodillado– participa activamente en las alegrías y las penas de los estudiantes sacerdotes–residentes [18] en el mismo Colegio, alienta y aconseja cuando íbamos a misionar o cuando volvíamos, etc.» [19].

         «[...] Manolo –añade– no sólo estaba entre y con los compañeros, era además el hombre hecho que intervenía, llegado el caso, ante las autoridades académicas, ante el Gran Canciller, ante las autoridades civiles a nivel de Madrid. Esto lo hacía sin el menor aparato o empaque. Si era necesario actuaba» [20].

         «[...] Al hablar de los alumnos –sigue diciendo–, pongo, en mi mente, a la cabeza de los mismos a Manolo Aparici con su benéfica influencia en los alumnos, con su entereza ante los profsores y con su valentía ante las autoridades tanto docentes como académicas».  «Intervenía, llegado el caso y si era necesario, ante unos y otras, ante el Gran Canciller, ante las autoridades civiles a nivel de Madrid y lo hacía sin el menor aparato o empaque». Ante todos pesaba muy mucho este hombre de Dios» [21].

         «Le observábamos como un alumno más –asegura por su parte Mons. José Cerviño Cerviño–, pero intensamente volcado en los estudios [...]».


3.      Se le estimaba como un hombre de una sola pieza y como sacerdote,

         intachable y muy sobrenatural

 

         El Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro nos dice que:

         «Se le estimaba como hombre de una sola pieza y como sacerdote, intachable y muy sobrenatural; a la par se valoraba mucho su criterio a todos los niveles: Gran Canciller, Rectorado, profesorado, alumnos-compañeros-sacerdotes-sacerdotes. Esta fama era avalada por su conducta de cada día y momento».

         «Su trato se caracterizaba por un natural sentido sobrenatural; en Manolo no asomaba lo ficticio por ninguna parte; con él se estaba a gusto; se le podía contradecir sin miedo a perder la paz o la amistad; escuchaba y contestaba con la misma paz. Era todo tan llano, tan divino y tan humano [...]».

         «Admitía el diálogo, pero sin violencia. Cuando surgían discusiones y/o se calentaban los ánimos, Manolo intervenía serenando el ambiente y nos decía: “Discutamos  pero siempre con caridad”. Siempre tenía razones para  poner  paz  y  dar  visión  sobrenatural  del percance ocurrido [...].

         »Sus dictámenes, consejos, orientaciones, etc. siempre eran dictados desde la perspectiva de la fe. No se preocupaba por agradar o por quedar bien; sí cuidaba mucho el decir y hacer el bien. No era precipitado en sus juicios, era pausado y aplomado. Era meditador asiduo de la vida de Jesucristo, del misterio de Cristo, del misterio del Cuerpo Místico, de la Teología del Espíritu Santo con sus dones y frutos [...].

»Soy testigo receptor de su influencia positivísima en mi alma y en el grupo de sacerdotes que vivíamos en el Colegio de Nobles Irlandeses. Mons. Cerviño y el P. Gálvez y muchos otros pueden hablar de esto […]».

«Era un hombre enamorado de la Santa Madre Iglesia y de la Jerarquía. Sufría por la Iglesia cuando topaba con personas consagradas que no servían su vocación» .

«Ejerció una influencia silenciosa, pero profunda, sobre varias promociones de estudiantes salmantinos. Fue director o responsable del grupo de vocaciones tardías que se formaban en la Universidad .

«[...] Salamanca nos hizo mucho bien a los alumnos de la Universidad Pontificia de Salamanca por medio de tres factores: Los profesores, en clase; los libros, en las horas de estudio; por último, los amigos, en los momentos de expansión. El alma de todo este torrente de vitalidad era Manolo [...] el alma de aquel modo de ser alumnos de la Universidad Pontificia se lo debemos a él [...].

         »El grupo (lo integraban: Manuel Aparici, José María Javierre, José Cerviño, Librado Callejo, Marcelino Martín de Castro, Batanero, Vicente Vilar Hueso, Sanchís, etc.) no era cerrado; a él pertenecían todos los amigos de Manolo, estuvieran o no en Salamanca; al grupo se integraban todos los nuevos alumnos que venían a la Universidad. Así se sumó José Gálvez, de Madrid, Elidio Fernández, canónigo de Lamego (Portugal). Considerábamos amigos nuestros los amigos de Manolo: D. José María García Lahiguera, D. Juan Ricote, Alberto Martín Artajo, Ibáñez Martín que nos visitaron en Salamanca siendo ministros [...]».

 

         Para Mons. José Cerviño «fue ejemplar sacerdote, en su vida espiritual, en su relación con Obispos y Sacerdotes, en su celo apostólico, en su vivencia de la Comunidad Presbiteral, en la que se consideraba un hermano más y estimulaba a los otros en la misma línea. Actuó como consejero a nivel personal y de los grupos con los que trataba […]. Fue especial promotor y alentador de la santidad sacerdotal y de la vida comunitaria en el Colegio. Promovió conferencias de tipo pastoral. También se preocupó de las mejoras materiales del Colegio. Vivía con austeridad. Y con gran alegría».

 

         «Forjó también un proyecto de Colegio de Consiliarios de Acción Católica ; proyecto de vida en común» [30], «Sentía verdadera angustia espiritual por la escasez de sacerdotes Consiliarios de Acción Católica» [31],

         Fue, además,  Director responsable del grupo de vocaciones tardías que se formaban en la Universidad.

          4.      Salamanca hizo mucho bien a los alumnos.

                  El alma de todo este torrente de vitalidad era el Siervo de Dios

          «[...] Salamanca –dice el Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro–  nos hizo mucho bien a los alumnos de la Universidad Pontificia por medio de tres factores: Los profesores, en clase; los libros, en las horas de estudio; por último, los amigos, en los momentos de expansión. El alma de todo este torrente de vitalidad era Manolo Aparici; yo nunca había reflexionado sobre este particular; sin embargo, al hacer recuento de los que integraban el grupo (Aparici, José María Javierre, Cerviño, Librado Callejo, Marcelino Martín de Castro, Batanero, Vicente Vilar Hueso, Sanchís, etc., incluidos algunos operarios), reconozco que el alma de aquel modo de ser alumnos de la Universidad Pontificia de Salamanca lo debemos a Manolo. El grupo no era cerrado; a él pertenecían todos los amigos de Manolo, estuvieran o no en Salamanca; al grupo se integraban todos los nuevos alumnos que venían a la Universidad. Así se sumó José Gálvez, de Madrid; Elidio Fernández, canónigo de Lamego (Portugal); considerábamos amigos nuestros los amigos de Manolo: D. José María García Lahiguera; D. Juan Ricote, Alberto Martín Artajo, Ibáñez Martín que nos visitaron en Salamanca siendo ministros ... ».

          5.      Reglamento del Colegio Mayor Sacerdotal «Jaime Balmes»

          En fecha que se desconoce, el Siervo de Dios redactó el Reglamento del Colegio Mayor Sacerdotal «Jaime Balmes»:

          «Fin

          »El Colegio Mayor Sacerdotal “Jaime Balmes” tiene por fin no sólo facilitar residencia en ambiente de recogimiento, estudio y oración, santa alegría y hermandad sacerdotal a los sacerdotes alumnos de la Pontificia Universidad de Salamanca, sino completar y perfeccionar su formación ascético-apostólica de acuerdo con el pensamiento de los Pontífices.

                  »Miembros

          Serán miembros del Colegio los sacerdotes alumnos de la Pontificia Universidad que se comprometan a la observancia del Reglamento del Colegio y a cooperar lealmente en las instituciones formativas del mismo.

          »Régimen

          Estará dirigido por el Rector nombrado por S.E.R. el Obispo de Salamanca, Gran Canciller de la Pontificia Universidad.

          »Consejo Asesor

          Con objeto de asesorar y auxiliar al Rector en la dirección del Colegio se constituirá al comenzar el curso por tantos sacerdotes como facultades elegidos por los colegiales alumnos de cada una de ellas y por un colegial de libre designación del Rector.

         Presidido por el Rector se reunirá como mínimo una vez al mes».

  

 [1]  C.P. pp. 449-461.

 [2]  C.P. p. 8479.

 [3]  C.P. pp. 716-717.

 [4]  «Acabo de terminar la primera tanda de Ejercicios dada a los Jóvenes de Acción Católica aquí en Salamanca –le dice a Sor Carmen el 18 de marzo de 1948–. Los puse bajo el amparo de su hermano Antonio; su vida ha sido el libro de lectura; ya he visto en los propósitos de algunos la influencia de su ejemplo y su intersección. Encomienden a mis muchachos para que Jesús los haga fieles.

»Del 19 al 23 doy otra tanda interna a preuniversitarias de Madrid y del 26 al 1 otra a un grupo elegido de jóvenes de Madrid que ya han hecho cuatro o cinco veces Ejercicios internos; quieren hacerlos bien. Encomienden a este sacerdote de Cristo, pues todavía no vive en cruz y es preciso.

»¡Cómo me ha dolido no ser santo al recibir las confesiones de estos chicos! Veo muy claro que Él me quiere en cruz para que sus amados jóvenes no pequen; ayúdenme ustedes. Confío en Él; me hace saber que es fiel y que llegará a crucificarme totalmente, pero ¡me tarda tanto!» (C.P. pp. 1768-1769).

 [5]  Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro, compañero de curso del Siervo de Dios y residente en el mismo Colegio de Nobles Irlandeses por el año 1947/1948 (Sus cartas de fechas 28 de mayo de 1976 y 24 de agosto de 1993. Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia: www.peregrinosdelaiglesia.org).

 [6]  Cf. Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro (C.P. pp. 497-518).

 [7]  «La impaciencia es divina –decía–. Nace del amor. La prisa, no, porque nace del temor y se mide contra reloj. El Espíritu Santo nunca llega tarde» (Mons. Jesús Espinosa Rodríguez. C.P. pp. 9839-9843).

 [8]  Ponemos aquí su testimonio aunque ella, naturalmente, no era alumna de Salamanca, por la descripción tan precisa que hace.

 [9]  C.P. pp. 691-700.

 [10]  Surgió muy pronto el trato entre ellos. A Manuel Pérez Barreiro le daba apuro llamarle de tú y le llamaba cariñosamente «Sr. Abade», según usanza gallega de llamar «Abade» a los sacerdotes, a lo cual Manuel Aparici correspondió llamándole «Abaiciño». Éste se confesó con él bastantes veces.

 [11]  Su carta de fecha 28 de mayo de 1976 (Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia: www.peregrinosdelaiglesia.org).

 [12]  C.P. p. 8482.

 [13]  Núm. 5, 1964/1965. (C.P. p. 9260).

Aunque se trata del testimonio de su compañero en Salamanca a raíz de su muerte lo ponemos aquí porque nos habla de la llegada a Salamanca del Siervo de Dios.

 [14]  La pensión del mes de octubre de 1947 con todos los gastos incluidos tales como teléfono, etc. (único recibo del que se dispone) ascendió a 456 Pts, (Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia: www.peregrinosdelaiglesia.org).

 [15]  Extremo éste que confirma Mons. Cerviño (C.P. pp. 449-461).

 [16]  De la que fue promotor, según el Rvdo. D. Luís María Torrá Cuixart. (Su carta del 20 de junio de 1994). Sin embargo, según el Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro, fue creada por el Siervo de Dios, si bien en otro momento dice que intervino en su creación. Durante su estancia en Salamanca, publicaría en la revista una serie de artículos (Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia: www.peregrinosdelaiglesia.org).

 [17]  «Y nada más, le decía Miguel Benzo, sacerdote, por carta de fecha 10 de junio de 1948. No quiero entretenerte más porque te supongo sumergido en exámenes. Vosotros, los intelectuales ... ».

El Siervo de Dios tenía con él una relación muy estrecha. Fue Maestro de Ceremonia en la primera Misa del Siervo de Dios. Miguel Benzo escribió de él en Ecclesia con fecha 5 de septiembre de 1964:          «Y aquel hombre de cuarenta años emprendió alegremente la trabajosa subida de las declinaciones latinas, los razonamientos escolásticos y los textos teológicos. De la habitación helada, y los largos pasillos recorridos en dos filas. De las escaleras trabajosamente barridas, y de los grasientos mandiles en el servicio del comedor. De la silenciosa hora en la Capilla y de los ingratos exámenes, que a sus compañeros, en plena edad de estudios, les eran más fácil superar con brillantez»

Por otro lado decir, que Carlos Mántica cita a Miguel Benzo, como profesor de teología del Seminario Hispanoamericano de Madrid, páginas 63 y 64, en su libro «Para caminar en Cursillos de Cristiandad», Secretariado Nacional de Cursillos de Cristiandad de España, Madrid, con prólogo de Sebastián Gayá, 1981.

 

 [18] «Los alumnos sacerdotes de la Universidad –le dice a Sor Carmen con fecha 18 de mayo de 1948– estamos unidos en amor de servicio de Cristo mediante Vanguardia de Cristiandad. Soñamos con hacer de esta Universidad mente y corazón de la Hispanidad, pero, aunque el Señor bendice los esfuerzos, todavía su sacerdote no se le ha entregado del todo. No olviden nuestra hermandad; siento que me ayudan, pero fuercen al Señor para que me venza».

 [19]  Su carta de fecha 3 de noviembre de 1989 (Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia: ww.peregrinosdelaiglesia.org).

 [20]  «[...] Los años de Salamanca han sentido los embates de muchas presiones ideológicas; Aparici, mientras estuvo, siempre ha sido nuestro bastión ante los diferentes embates de cualquier índole que fuesen ... » (Rvdo. D. Manuel Pérez Barreiro. Su carta de fecha 28 de mayo de 1976. Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia; ww.peregrinosdelaiglesia.org).

 [21]  Página web de la Asociación de Peregrinos de la Iglesia: www.peregrinosdelaiglesia.org

 


Publicado por verdenaranja @ 23:44  | Espiritualidad
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