S?bado, 11 de octubre de 2008

Por gentileza de Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista y colaborador en la Positio super virtutibus del Siervo de Dios Manuel Aparici.

 

MANUEL APARICI

SU ESTANCIA EN LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA, FACULTAD DE TEOLOGÍA

Desde el 1/10/1947 hasta el 30/5/1950, fecha en que es designado

Consiliario Nacional de los Jóvenes de Acción Católica

 

 (Parte Primera)
(Segunda Parte)
(Tercera Parte)



12.    Los amó hasta el fin [1]

 

         »La historia de la Iglesia o la de los hombres injertados en Cristo por virtud de su gracia es una manifestación de ese amor.

         »La crucifixión de S. Pedro, la degollación de Santiago y S. Pablo, la trituración de S. Ignacio por los dientes de las fieras, el fuego que abrasa a S. Lorenzo, la vida austera y santa de S. Benito, los arrobos y penitencias de S. Bernardo, los sufrimientos de Teresa, las impaciencias de Javier, la vida toda de la Iglesia es el triunfo de ese amor, pues pareciéndole poco los sufrimientos de su pasión para demostrarnos su amor, que con alegría los sufre por rescatarnos de la culpa, quiere sufrir en sus elegidos para a través del tiempo ir proclamando con la voz de la carne y de la sangre, puesto en cruz por desposarnos con Él, que nos ama, que nos ama, que nos ama hasta la muerte y muerte de cruz.

         »La liturgia, la plegaria oficial de la Iglesia es otra prueba de este amor hasta el fin. Todas las almas que viven por su amor se unen a su plegaria eucarística y con un solo acento y una misma lengua; en toda la redondez de la tierra y en todos los instantes resuena el cántico de su amor interpretado por la lengua de los hombres que están en Él concrucificados».

 

*-*-*-*-*-*-*

 

         «En este día ha querido el Señor que comience a ejercitar mi alma en el conocimiento de su amor.

         »Después de una temporada de tibieza y desgana en su santo servicio, mi Esposo bondadosísimo me trae a Él para purificarme en el fuego de su amor.

 

         »Principio y fundamento

 

         »Soy de Dios. Por creación, por redención, por consagración sacerdotal ... Y soy para Dios. Para unirme a Dios en su Cristo a través de todos los instantes en los que su amor me conserva y me da el operar, tanto natural, como sobrenatural.

         »Soy para la gloria de Dios. Este debía de ser el pensamiento inspirador de todas mis obras y, sin embargo, en esta última temporada nunca o casi nunca actuaba este pensamiento que es, precisamente, mi razón de ser.

         »Tampoco me apliqué, aunque Él me instaba con su gracia, a conocer la infinita amabilidad suya que El se digna manifestarme en su Hijo Jesucristo Señor nuestro. Mi oración, cuando la hacía, era tan perezosa y distraída, que no llegaba hasta Él. Y, sin embargo, Él me ha traído a Ejercicios» [2].

 

         13.    ¿Cómo le veían otros compañeros?

 

         Mons. José Cerviño y Cerviño,

         Obispo Emérito de Tui–Vigo y testigo

 

Su trato con el Siervo de Dios fue bastante íntimo. Coincidían en querer vivir a fondo el espíritu sacerdotal. Durante su estancia en el Colegio Mayor procuraron dar vida a la Academia «Juan de Ávila» para su formación espiritual y pastoral, incluso utilizaron como lema el «pro eis» evangélico, para expresar su preocupación por los sacerdotes.  Este lema pasó más tarde a ser el lema del escudo episcopal de Mons. Cerviño. Se debió, en gran parte, al influjo que ejerció sobre el testigo aquella experiencia de vida sacerdotal orientada por el Siervo de Dios.

         «Me parece que su canonización no sólo encuentra un fundamento serio en su vida real, sino que puede ser muy valiosa para ofrecer un ejemplo de laico y de sacerdote verdaderamente modélico [...]. Para mí fue un gran compañero, amigo y, sobre todo, guía espiritual […]. He recordado gozosamente su vida y virtudes y he confiado en su valimiento por mi santificación y mi labor apostólica [...] al que he tenido en mi vida sacerdotal como modelo de entrega al Señor y a los hermanos» [3].

«[...] Para mí es el recuerdo de un Congreso que me ayudó a reencontrarme con la personalidad de un gran apóstol seglar y de un ejemplar sacerdote, a quien tuve la suerte de tratar de cerca. Que el Señor nos dé el consuelo de un final feliz de un proceso promovido por Vds» [4].

         «Con gozoso saludo en estas fiestas navideñas, y que sigan con ilusión el desarrollo del proceso, hasta que veamos ese final feliz, que todos esperamos y deseamos.

         »Supongo que el Apóstol Santiago será un buen mediador para que el Capitán de Peregrinos sea glorificado como una de los grandes testigos del Evangelio, sobre todo para la Juventud» [5].

 

«[...] Me habló de su alejamiento de la vida cristiana en algún momento de su juventud.

»[...] Tuve la suerte de estar a su lado en la Peregrinación a Santiago –él y yo emocionados– cuando autobuses y camiones partían de retorno a sus lugares de origen, entre cantos de alegría por el gozoso momento.

»No le fue fácil su vida en el Seminario, en medio de gente mucho más joven que él. Pero su inteligencia y su formación superaron obstáculos, y, sobre todo, le ayudó su vivencia de la fe, su confianza en Dios. Y desde luego siempre quiso profundizar en los estudios teológicos. Por eso, a pesar de su edad madura, frecuentó las clases en la Facultad de Teología de la Universidad Pontifica de Salamanca. Allí le observábamos como un alumno más, pero intensamente volcado en los estudios.

»[...] Fue ejemplar sacerdote, en su vida espiritual, en su relación con Obispos y sacerdotes, en su celo apostólico, en su vivencia de la Comunidad presbiteral, en la que se consideraba un hermano más y estimulaba a los otros en la misma línea. Actuó como consejero a nivel personal y de los grupos con los que trataba.

»[...] Fue especial promotor y alentador de la santidad sacerdotal y de la vida comunitaria en el Colegio. Promovió Conferencias de tipo pastoral. También se preocupó de las mejoras materiales del Colegio. Vivía con austeridad. Y con gran alegría.

»Su cercanía humana, su dulzura en el trato, su sintonía con las preocupaciones de los demás, su espiritualidad profunda, su amor a los jóvenes, a la Iglesia y al Papa.

         »[...] Su entereza ante la enfermedad, su paciencia, su paz interior y la actitud de entrega total en las manos del Padre.

»Todos sintieron su muerte y revivieron su admiración por la figura sacerdotal ejemplar que reflejaba al exterior.

»Tenía una idea clara del papel del seglar cristiano en la Iglesia y en el mundo, anticipándose a la doctrina del Concilio Vaticano II. Le preocupaba la adhesión a la Jerarquía de la Iglesia y ayudaba a valorar la vocación sacerdotal como algo fundamental en la Iglesia [...].

» Su fe. Es uno de los aspectos de su vida que más nos impresionaba a todos. Vivía totalmente en las manos de Dios. Hablaba como quien estaba en permanente comunicación con el Señor. Su preocupación por la juventud miraba especialmente a despertar y animar en ellos la fe. Su exposición sobre la doctrina de la Iglesia ayudaba a esclarecer los Misterios de la fe católica.

«Su conocimiento y meditación de la palabra de Dios –y en especial de los Evangelios– fueron el normal alimento de su fe viva [...].

»En mis contactos personales –así como en la convivencia en el Colegio Mayor  donde vivíamos– procuraba siempre estimular el espíritu de oración y total conformidad con la voluntad del Señor.

»Los difíciles momentos que le tocó vivir en la Iglesia española -durante la República, la Guerra Civil y la posguerra- puso siempre su confianza en Dios, con la seguridad de que todo obedecía a una Providencia especial sobre España y, en concreto, sobre la juventud española. Creo veía con clarividencia un resurgir de la religiosidad y, en concreto, de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, que él promovía. Y, dado su entusiasmo por el Apostolado seglar, animaba al compromiso cristiano del laicado para la renovación de la Iglesia española ya antes del Concilio Vaticano II.

»Nos transmitía a todos el fuego de su amor a Dios Padre, la intimidad con Jesucristo, y la devoción al Espíritu Santo. Nos lo hacía vivir en sus palabras y en el testimonio de su vida de unión con Dios. Celebraba la Eucaristía con singular devoción, como encuentro personal con Jesucristo. También en esto puedo dar testimonio de que influyó en mis actitudes personales de confianza en el Señor.

»Era en él un reflejo de su amor a Dios. Se preocupaba, sobre todo, de los problemas espirituales. Sentía especial compasión de los pecadores; estimulaba la virtud en quienes buscaban la perfección; vivía con especial solicitud la santificación de los sacerdotes.

         »No sólo nunca le oímos críticas negativas respecto a la conducta de otros, sino que procuraba salvar en ellos cuanto había de positivo.

»Con los que vivíamos en el mismo Colegio procuró fomentar la fraternidad, el servicio solidario, el espíritu de auténtica comunidad cristiana y sacerdotal. Creo que cuantos le tratamos, salimos beneficiados de su amistad y de sus lecciones de bondad.

»Durante el tiempo de su permanencia con nosotros en el Colegio Mayor de Salamanca, tuvo ocasión de mostrar su capacidad de regir y coordinar la vida del grupo sacerdotal, superando los naturales conflictos entre quienes convivíamos bajo el mismo techo. Asimismo animó nuestras reuniones de reflexión sobre la vida espiritual y el apostolado, expresando criterios evangélicos de actuación. Creo que todo ello obedecía, no a motivaciones puramente humanas, sino con espíritu sobrenatural.

»En su condición de seglar y posteriormente como Sacerdote, procuró siempre hacer la voluntad del Señor. Especialmente mantuvo fidelidad a sus deberes sacerdotales, y observó la disciplina eclesiástica como expresión de la obediencia prometida en su ordenación.

»Su delicadeza con el prójimo era la mejor muestra del espíritu de justicia que le animaba. Procuraba juzgar y discernir los conflictos con realidad, sin dejarse llevar de meros sentimientos de simpatía.

»En algún caso tuvo que intervenir ante un Sacerdote extranjero para corregirle evangélicamente. Trató de influir sobre él, aunque no llegó a lograr su objetivo en totalidad. Esta persona, aun cuando por debilidad hacía caso omiso de sus consejos, le respetaba y le admiraba por su prudencia y espíritu sacerdotal.

»Nos contaba algunas veces los momentos difíciles de su vida como seglar y más tarde como seminarista. Parece supo hacer frente valientemente a esas dificultades. Durante el tiempo de sus estudios superiores en la Universidad Pontificia, no le eran fáciles los esfuerzos, dada su edad y su incorporación tardía a los estudios teológicos; pero no se amilanó por ello y pudo concluirlos favorablemente.

»Su salud tampoco le fue propicia, pero vivió con ánimo generoso sus enfermedades. Creo que dio ejemplo, sobre todo en su última enfermedad, de un talante cristiano, aceptando el sufrimiento, no sólo con resignación, sino con espíritu evangélico de asimilación a los sufrimientos de Cristo.

»De temperamento naturalmente fuerte y apasionado, supo controlar sus inclinaciones al mal, a partir de su conversión [...].

»Pude contemplar su templanza en el comer y en el beber, como también en sus reacciones temperamentales. Era austero y mortificado para sí mismo; pero procuró siempre que los que vivíamos en el Colegio tuviéramos un mejor acondicionamiento, y así logró que se instalase la calefacción, para evitar el duro clima salmantino en el invierno. Aunque le gustaba un atuendo digno, rehuía el lujo y las cosas superfluas.

»[...] A su salud –aunque débil– le dedicó los convenientes cuidados, dejándose guiar por los médicos.

»Atento siempre a la vida de Jesús, procuró ejercitar en sí mismo y haciendo vivir a los demás la pobreza, como imitación de Cristo y como testimonio en su tarea apostólica.

»Austero en el cuidado de su persona y en su modo de vivir, nos dio ejemplo de comportamiento sacerdotal. Tenía como modelo más cercano a San Juan de Ávila. Ni ambicionó cargos, ni poder, ni dinero.

»A su vez procuró huir del ocio, con su actividad constante de formación y de apostolado. El trabajo fue norma de su vida.

»La opinión entre los compañeros sacerdotes era que D. Manuel Aparici vivía en una actitud de total sumisión, no sólo a los explícitos mandatos, sino también a las orientaciones disciplinares y pastorales de la Jerarquía. Y lo hacía con plena docilidad, aunque su juicio personal no coincidiera teóricamente con tales normas. Eso mismo inculcaba a los que estábamos a su lado. Y [...] fue ése también el talante con que orientaba a los jóvenes.

»Tuve siempre la sensación de que vivió la castidad íntegramente. También era opinión común que hacía uso de penitencias corporales. Y que guardó siempre el mayor recato en el trato con las personas.

»Se reconocía pequeño y pobre ante Dios y respetaba la autoridad y el talante de los demás. A mí me hizo mucho bien su actitud sensible y dialogante.

»Alma orante, transmitía el espíritu contemplativo a cuantos le rodeábamos. Cultivaba no sólo la oración personal sino también la comunitaria [...].

»Ante nosotros destacaba por su actitud profundamente cristiana, virtuosa, ejemplar.

»Creo que era unánime la opinión sobre su espíritu verdaderamente ejemplar como cristiano y como Sacerdote. Hombre alegre y espontáneo, no podía disimular esas formas externas de santidad.

»Había la convicción generalizada de que había aceptado gozosamente sus sufrimientos ofreciéndoles por la Iglesia, y en especial por los jóvenes y por los sacerdotes.

»Creo que la fama de santidad ha ido creciendo entre los que le conocieron.

»He confiado en su valimiento por mi santificación y mi labor apostólica [...].

»[...] Con el deseo de que su Causa prospere para bien de la Iglesia y honor del Siervo de Dios, al que he tenido en mi vida sacerdotal como modelo de entrega al Señor y a los hermanos» [6].

 

Rvdo. D. Antonio J. Sanchís Martínez

 

         Su primera noticia de Manuel Aparici fue en 1940 con ocasión de la Peregrinación Nacional de los Jóvenes de Acción Católica al Pilar de Zaragoza. Posteriormente en 1948 le conoció en la Universidad Pontificia de Salamanca con motivo de ir a estudiar Derecho Canónico. En esa fecha el Siervo de Dios era Rector del Colegio Sacerdotal «Jaime Balmes», y lo trató hasta su fallecimiento. A partir de entonces el Siervo de Dios fue su confesor semanal hasta 1950. Su trato seguía siendo íntimo, aunque se debilitó un tanto debido a la distancia. Le visitó durante su enfermedad.

         Manuel Aparici le propuso irse con él a Madrid como Viceconsiliario de la Acción Católica, pero su Arzobispo (el testigo era de Valencia) creyó más conveniente que permaneciera en la Diócesis dada la escasez de sacerdotes.

 

«Me impresionó enormemente que un seglar estuviera hablando más de una hora con el entusiasmo con que lo hizo [con ocasión de la Peregrinación Nacional de los Jóvenes de Acción Católica al Pilar de Zaragoza] [...].

»Me hizo ir a la Peregrinación Nacional a Roma, octubre-noviembre de 1950, con motivo del Año Santo y la definición dogmática del dogma de la Asunción de Nuestra Señora. Entonces pude comprobar el trato exquisito que me tributaba: alojados en el campamento “San Giorgio” en tiendas de campaña, me preguntó si tenía frío; por la noche, una vez acostados, vi que se acercaba y me cubría con una manta; también me estimuló, ante mis temores, a que dirigiera el canto gregoriano a toda la asamblea. Recuerdo una anécdota significativa: cuando llegó la audiencia ante el Papa, no teniendo él manteo me pidió que le dejara el mío, lo que hice gustosamente.

»El 10 de enero de 1951 recibí una carta suya [...], en la que lamentaba la negativa del Arzobispo a acceder a su petición de que formara parte del equipo de Consiliarios Nacionales, invitándome a “ofrecer nuestra contrariedad al Señor por la misma Obra en la que los dos habíamos soñado en trabajar juntos”, según su propia expresión.

»[...] Destacaría su enorme personalidad humana y cristiana, que atraía a todo el que tenía trato directo con él, de tal manera que por el Colegio pasaron personalidades de la talla de Martín Artajo, García Lahiguera, Ruiz-Giménez, etc. [...] que debía su vocación y carrera diplomática al Siervo de Dios.

»[...] Su obediencia a la Jerarquía era estricto.

»Sobre la naturaleza y el ejercicio del ministerio sacerdotal era clásica su afirmación de ofrecerse como víctima por el bien de los hermanos, dándole un valor amplio y profundo al sacrificio. Su disponibilidad sigue siendo válida, al igual que otros planteamientos que rigieron su vida.

»En sus obras y sus palabras se advertía siempre una fe intensa, vivida en grado extraordinario. En las circunstancias normales de la vida, como en los momentos más difíciles siempre vivió la virtud de la fe en grado heroico, interpretando todos los acontecimientos con espíritu sobrenatural.

»Su trato me ayudó siempre a vivir yo personalmente la virtud de la fe.

«Me consta que [...] vivió la virtud de la esperanza, porque me la supo transmitir a mí. Observé en varias ocasiones que en medio de contrariedades y prueba de su vida mantenía la serenidad de espíritu, consecuencia de su esperanza.

»Practicó la virtud de la caridad para con Dios en grado eminente, poniéndola como norma de conducta en su vida, con un deseo de entregarse a Dios [...].

»Sorprendía por su unción y devoción especial al celebrar la liturgia y ejercicios de piedad colectivos y comunitarios.

»[...] Vivía la presencia de Dios en todos los momentos de su vida, lo que trascendía en sus palabras y gestos. Consecuencia de ello fue el influjo que sobre mi vida espiritual tuve durante los años que me dirigí con él.

»[...] Ejerció habitualmente en las diversas etapas de su vida un amor extraordinario para con su prójimo,  no  sólo  de  cara a los alejados, sino  también a los que vivían cerca de él [...]. Buscaba y conseguía recursos para reducir al mínimo los gastos personales de los residentes y dar posibilidad a los sacerdotes con menos recursos de que estudiaran allí.

»[...] Ejerció la virtud de la prudencia sobrenatural en grado heroico, sobre todo en sus consejos, exhortaciones y conversaciones [...].

»[...] Extremadamente estricto en el cumplimiento de las leyes de la Iglesia y siempre fiel a la llamada de Dios.

»Respetó siempre el derecho de las otras personas. Cumplió con los deberes de justicia para con los trabajadores y empleados y fue agradecido con los bienhechores.

»[...] Ya muy enfermo, le vi con la misma disposición de aceptación de la voluntad de Dios que había mantenido siempre. Vivió la fortaleza de espíritu.

         »Fue una persona enormemente sencilla, a pesar de las circunstancias favorables de que gozaba por su posición social. No tenía afición ninguna por el lujo, capricho o cosa superflua [...]. Muy amante del trabajo, servicial [...]. Era sencillo con las personas que debía tratar por razón de su cargo. No buscó honores ni cargos públicos y aceptó con humildad los que le propusieron.

»Ejerció siempre las virtudes manifestando equilibrio, constancia, prontitud de ánimo y alegría espiritual,  que le hacían destacar en grado heroico [...]. Era una persona extraordi-naria» [7].

 

         14.    Cartas de su madre [8]

 

         Son cartas llenas de amor; cartas sencillas de una madre a un hijo. ¡Con qué ternura describe las cosas sencillas de su vida! ¡Qué penosa se le hace la separación! Pero espera ilusionada las cartas de su hijo, tan llenas de cariño y amor al Señor, que le consuelan.

 

         Con fecha 12 de noviembre de 1947 le dice:

 

         «Queridísimo hijo Manolo:

         »Recibimos tus dos cartas que me gustaron mucho y leí con todo el inmenso cariño que sabes te tengo. La última, sobre todo, me parecía aún más bonita que los artículos del “Id a Jesús”; ésa era casi más para tu hermana que para mí. Ahora quiero que me hagas otra platiquita para mí sobre el tema que tengo de que por mis pocos o ningún mérito mío, no tenga nada que ofrecer ni presentar a Dios, y por esto desconfío y temo por mi salvación, haciéndome este temor sufrir mucho; también sobre la poca preparación y fervor para la comunión.

         »Hoy he pasado el día tontón por no haber venido Matilde [hermana del Siervo de Dios] hasta ahora, que son las 7,30.

         »Tengo crisis doméstica; la cocinera falta por fin, aunque todavía no está fuera de casa ya no tengo; veremos si acierto. Teresa me habla de una de su pueblo que dice es de confianza y buena, no sé que hacer.

         »Estoy deseando que vuelvas.

         »Mil besos de tu madre que te quiere con todo el alma.

         »P/S. Cada día me acostumbro menos a que no estés en casa.

         »Estoy disgustada porque o no me hace efecto el (ilegible) pues no será bueno y no obedece mi naturaleza. Me analicé y tengo l6-10 a pesar de ponerme 20 unidades; me tienen éstos en gran preocupación y cuando más falta me hace Javier [Dr. García de Leániz Aparici] , no viene. Estoy triste».

 

         Al día siguiente le escribe de nuevo:

 

         «Queridísimo hijo:

         »Ayer te escribimos Matilde y yo. Como se echó la carta tarde, tal vez recibas las dos juntas.

         »Te pongo estas letras porque se me  olvidó decirte que no dejes de escribir al Banco y a la Telefónica para que suspendan en absoluto los primeros el pago de toda clase de recibos y los otros que nos vayan a cobrar, sino poco a poco me quedo sin (ilegible). Sin nada. Dime su descubierto.

         »Dime cuando vas a venir otra vez. Cada día se me hace más penosa tanta separación y soledad.

         »Sobre las consultas de tu hermana yo creo que por su salud conviene que haga hábito y propósito de comulgar los viernes. Pero ella es muy bastante. También a pesar de lo que ella te diga, creo yo que un poco de pereza de levantarse algo más temprano.

         »Adiós hijo mío. Escríbeme prontito que tus cartas, tan llenas de cariño y amor a Nuestro Señor, me consuelan. No dejes de hacer mi encargo si no precisa que yo firme. Hazlo desde ahí directamente y si yo tuviera que firmar me los mandas, con sobre puesto, para que yo no tenga más que firmar, cerrarlas y enviarlas por correo.

         »Millones de besos de tu madre que te quiere muchísimo».

 

         Con fecha 15 de mayo de 1948 le dice:

 

         «Queridísimo hijo mío Manolo:

         »Recibí tu cariñosa carta que, como siempre, me sirvió de gran consuelo, alegrándome mucho del buen resultado (aunque esperado) de tus exámenes y deseando llegue el 21 para tener la alegría de estar unos días reunidos.

         »Ayer, día 14, tuvieron una niña muy hermosa Alfredito y María Antonia, y están deseando que vengas cuanto antes para que la bautices.

         »Llamó Lancecita (?) Leániz para que la diéramos tu teléfono para llamarte, para ver si podías venir para la primera comunión de su hija; no sé en qué habéis quedado.

         »Te mando una nota del Hispano, que como es el segundo aviso, que recordarás que te envié el anterior, si te parece contestas desde ahí diciendo que por ausencia de Madrid te presentarás dentro de unos días. Tú sabrás, poco más o menos, para qué es.

         »Todavía no he escrito al del aceite por habérseme extraviado tu carta con la dirección, que hoy encontré. Mañana lo haré para enterarme del precio. Estuvo aquí hace pocos días una hija o hermana de éste para decirme que tuviera preparados los envases para enviarlo. He visto y son carísimos, pues de 50 kilos son 160 pesetas y como son muchos kilos no sé por donde va a salir.

         »De dinero estoy muy mal. Del Consejo todavía no me han enviado nada a pesar de haber yo llamado a Navarrete diciéndole me lo enviara. Escríbeles tú enseguida para que lo hagan. Yo no puedo resistir más por no estar D. Evaristo que es con quien más confianza tengo. No dejes de hacerlo.

         »Hasta pronto, te envía miles de besos tu madre que con todo el alma te quiere, te quiere.

         »P/S. De lo de Matilde todavía no han dado curso a nada. El tío Manolo escribió; cree que tú no te ocupas de lo suyo, así que, aunque no sea más que dos letras, escríbele».

 

         Con motivo del aniversario de su primera Misa, le dice con fecha 2 de junio de 1948:

 

         «Queridísimo hijo de mi alma:

         »No me olvido que mañana, día tres, hace un año del día felicísimo para todos de tu primera Misa, fecha inolvidable en que Dios me hizo la gracia de darme un hijo sacerdote suyo, aunque tantas penas me ha costado, por la separación de tantos años, que algunas veces me hecho protestar, pero Nuestro Señor sabe que con todo mi corazón le amo y que aunque en ti le doy lo que es suyo, también eres mi hijo queridísimo y acepto cuantos sacrificios puedas costarme que a mi edad ya tan avanzada es bastante sensible.

         »Recuerdo como si estuviera pasando todo este día tan señalado y miro mucho las fotos de tu primera Misa tengo.

         »En este momento recibo tu cariñosa carta por la que veo lo feliz que eres en tu estado sacerdotal, siempre le pedí a Dios que así sea.

         »Supongo que ya habrás recibido el paquete que se te mandé con el rosario, los cigarrillos, y una carta con acuse de recibo, que supongo sería la de D. Hernán puesto que (ilegible) no ha recibido ninguna. Te incluso unas cartas (ilegible) por si tenía (ilegible).

         »Mañana recibiré la Santa Comunión ofreciéndola para que Dios te haga un santo como siempre se lo pido.

         «Te envío muchos besos con toda mi alma. Tu madre que te quiere muchísimo».

 

         Esta última carta incompleta (son hojas sueltas) no lleva fecha, pero todo hace pensar por su contenido que Manuel Aparici estaba en Salamanca.

 

         «Pensarás hijo mío –dicen las hojas sueltas– que es algo de pereza el motivo de no haberte escrito; no es así, es que he tenido un fuerte enfriamiento teniendo que guardar cama dos días. Ayer me levanté y hoy ya me encuentro bastante mejor. El lunes se casó Rafaela; no sé si sabías la fecha fija. Pídele a Dios que sea feliz, que ya sufrió bastante y es muy buena. Yo no fui a la boda por estar ese día en cama.

         »Ayer estuvieron tía Pilar y Pilarcita. Me traía esta última el importe de los cursillos que las diste en Chamartín, y como para mí era difícil poder girártelo le dije que lo hiciera ella para que lo tuvieras tú por si te hacía falta; son 250 pesetas. Te lo ha girado Alfredito, así que ya sabes de que es, y si te parece que procede acusa recibo. Si hubiera sido hoy cuando hubieran bajado hubiera descontado de ahí 84 pesetas del día de haber de Aduanas que han venido a cobrar y lo del recibo del revocado de la fachada. Hoy me han venido esas dos recetas que me han desnivelado por completo. Creo que no te hubiera parecido mal, tú verás lo que haces.

         »Creo no te olvidarás de felicitar al tío Andrés; si no lo has hecho, hazlo, que son muy cariñosos y le gustará. Creo se marchaban a Quiñones. Escríbeles allí.

         »Dime si dijiste al hermano del sacerdote D. Saturnino que estuvo a verte el día que te marchaste lo que te encargué del pan y los huevos y qué te dijo.

         »De José Luis [hermano del Siervo de Dios] sigo sin tener carta, y me apena mucho; escríbele.

         »El tío Gustavo sigue lo mismo: invisible».

 

         Y para finalizar dos cartas del Siervo de Dios a su madre y hermana Matilde, únicas que figuran entre sus escritos y documentos [9].

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Publicado por verdenaranja @ 0:23
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