Jueves, 16 de octubre de 2008

Posible homilía para entierro publicada  en Cuaderno "300 HOMILÍAS PARA FUNERALES", Número 160 del Volumen II. Elaboración de José Gómez Segura. VITORIA. [email protected]


Lo invisible es esencial a la vida

 

Estamos celebrando esta realidad consoladora que hace posible el Señor. El unir nuestra vida y la vida de N. a la vida de Jesús. Es el Señor el que nos toma de la mano y nos hace pasar a la vida que no acaba, a la vida trasformada en algo nuevo.

 

Jesús en sus comentarios comunicaba esta visión de la vida, como un tiempo de convivencia, de fraternidad pero que no acaba al chocar contra el muro de la muerte, sino que lo trasciende y cambia en vida plena para los hijos de Dios.

 

Este encuentro con Jesucristo, con los que estamos aquí y con vosotros, fa­miliares si nos ha de ayudar a algo ha de ser para meter en nuestros corazones esta certeza: Somos creyentes en una persona que está viva. La muerte no es el fin de todo. Es el fin de una primera parte, pero el comienzo de una nueva vida que nos hace entrar en el gozo pleno que todos anhelamos y que comenzamos a experimen­tar por este paso.


Nos acaba de decir el Señor en el Evangelio. "No perdáis la calma". Y lo dice Jesús que sabe muy bien el dolor que produce la separación de una madre, la muerte de un ser querido. Fijaos que dice Jesús estas palabras en una Cena de despedida cuando a El se le venía encima el final. Cuando sentía sobre sí la realidad dolorosa de la muerte. "No perdáis la calma. Creed. Tened confianza. Tened segu­ridad. Creed en Dios y creed también en mi".


Estas palabras de Jesús dichas en aquellas circunstancias nos las dice a cada uno de nosotros cuando nos llega esta realidad dura, dolorosa de la separación, pero es bueno oírlas, porque nos dan seguridad, confianza, nos abren a la fe y es cuando más las necesitamos.


Jesús las dice porque las vive. Jesús tiene la seguridad del más allá. Sabe que ese es el destino del hombre. Y habla muchas veces de ello. Somos de Dios. Venimos de El. Y volvemos a El.

 

Dios nos acompaña en nuestro caminar. El Padre nos recibe en la otra orilla, con los brazos abiertos, porque nos quiere hacer participes de su misma Vida.


Si seguimos leyendo el Evangelio nos dice Jesús que en la Casa de su Padre hay sitio para todos. Que El ha vivido nuestra vida y ha pasado por nuestra misma muerte para asegurarnos ese sitio. Tú y yo tenemos sitio junto al corazón de Dios, participando de su misma vida y de la misma felicidad de Dios. '° Vuelvo al Padre para que donde yo estoy estéis también vosotros". Creed esto dice Jesús en aque­lla despedida.


Queridos amigos: La inmensa mayoría de los que estamos aquí somos cris­tianos. Nos llamamos "cristianos". Pero yo me pregunto muchas veces hasta don-de esta verdad, esta seguridad orienta nuestra vida y anima nuestro vivir...

¿Seguimos a Jesús que es el Camino, la Verdad y la Vida o nos dejamos des­lumbrar por otras luces que nos ofuscan el camino y nos llevan a donde no quere­mos ir? ¿Seguimos el Camino de Jesús? ¿Vivimos en esa esperanza, en esa segu­ridad? La vida de que disfrutamos ahora es un regalo de Dios (porque la vida no te la das tú, la vida te la dan ... ) pero es una parte pequeña de ese Gran Regalo que es la Vida con Mayúscula ...

"Yo soy la Vida". Jesús es Vida, no sólo durante los 33 años que vivió, sino que es Vida hoy, después de 2.000 años. Si no ¿qué sentido tiene que estemos aquí? ¿Qué sentido tiene que estemos recordando y rezando por N.? ¿Para qué proclamar este Evangelio? Sólo si El es la Vida con mayúscula todo se ilumina para nosotros.


Ser cristiano es creer esto. Tener esta seguridad, no porque se pueda demos­trar materialmente, sino porque nos fiamos de El. No olvidéis que lo más necesario para la vida es invisible. El amor, la amistad, el aire, el calor, el perfume... Así es la seguridad del creyente. "Dichosos los que crean sin haber visto".


Vamos a continuar esta celebración encomendando a nuestro hermano N. Ponemos sobre el altar junto al pan y al vino este largo camino recorrido de X años, hecho de entrega, de cariño, de donaciones silenciosas a sus hijos, a tantas perso­nas.


Y pedimos al Señor que interceda por todos nosotros, por sus familiares, pa­ra que un día alcancemos lo que ahora " en vigilante espera confiamos alcanzar". Que el Señor nos conceda esta gracia.


Publicado por verdenaranja @ 12:14  | Homil?as
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