Domingo, 26 de octubre de 2008

Comentario a las lecturas del domingo treinta del Tiempo Ordinario – A, publicado en Diario de Avisos el domingo 26 de Octubre de 2008 bajo el epígrafe “el domingo, fiesta de los cristianos.

 

Muéveme, en fin, tu amor

 

DANIEL PADILLA

 

 

Todos reconocían la desconcertante sabiduría de Jesús, sin duda. Sin embargo, los fariseos, los sadu­ceos, etc., andaban siempre haciéndole preguntas capciosas: "¿Es lícito pagar tributo al César?", "Una mu­jer casada sucesivamente con siete hermanos, ¿con cuál de ellos vivirá en el `más allá'?" ¡Eran terribles! ¡Qué paciencia!

 

Pero, prescindiendo de ese "morbo", la verdad es que la pregunta que le hace hoy el doctor de la ley es bien im­portante: "¿Cuál es el primer mandamiento?”

 

Porque, démonos cuenta. Los judíos andaban atrapa-dos en un laberinto de leyes. ¡613 constituían la tela de araña de su Ley! Dicen que 365, en atención a los días del año y 248 recordando los huesos del cuerpo humano. Como para volverse locos. ¡Era, ya lo comprenderán, como caminar por un campo de minas!

 

La sabiduría popular de siempre nos ha dicho que "el que mucho abarca, poco aprieta" y que "hay que temer al hombre de un solo libro". Efectivamente, una de las más frustrantes sensaciones que va teniendo el hombre de hoy es la de estar metido en tantos quehaceres y compromi­sos, que, a la hora de la verdad, no llega a fondo a ningu­no. Si algún calificativo le cuadra a este ciudadano de principios del siglo XXI es el de la "superficialidad", ya que le toca mariposear en todo, sin profundizar en nada. No iba descaminada, por tanto, la pregunta del perito en leyes: "¿Cuál es eI primer mandamiento?" Y Jesús le di-jo: "Amar a Dios sobre todas las cosas". Palabra de Dios. No hacía falta que hubiera añadido más. Y punto.

 

Porque amar, conseguir que el móvil de todas nuestras acciones sea el amor, es ir llegando a la esencia del cris­tianismo. ¿Seré yo el número "uno" porque hable magis­tralmente "proclamando el evangelio a todas las gentes"? No, amigos míos, si no lo hago desde el amor. ¿Seré el más perfecto si "distribuyo mis bienes a los pobres"? Tampoco, si es una acción llamativa que no procede del amor. ¿Llegaré al ideal más alto, si "arrojo mi cuerpo a las llamas"? ¡Que no, amigos, que no! Todo eso no vale nada, si no lo mueve el amor. Francisco de Asís lo enten­dió muy bien. Por eso le decía a Fray León, cuando, ate­ridos de frío, en medio de la nieve, llegaban a Santa María de los Ángeles: "Si ahora, al llegar, el portero no nos recibe, sino que nos apalea y nos arroja a la nieve, y nosotros lo sufrimos por amor de Cristo bendito, escribe que en eso está la verdadera alegría".

 

Por ahí van los tiros. Por eso, hay que proveerse de grandes dosis de ese néctar maravilloso. Con él hay que rociarlo todo. Y así, no vayan al trabajo por "obligación", sino por amor. No den limosna por "aquietar la concien­cia", sino por amor. No vayan a misa "porque está mandado", sino por amor. No se priven de tal acción "porque es pecado y el pecado es causa de condenación", sino porque el pecado no cabe dentro de las reglas del amor. Vayan identificándose, en fin, con los sentimientos del poeta del célebre soneto:

 

"No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera... ".

 

Eso: "Muéveme, en fin, tu amor". Esa es la ley. Lo demás es lo de menos.


Publicado por verdenaranja @ 18:43  | Espiritualidad
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