Domingo, 02 de noviembre de 2008

Comentario a las lecturas del domingo trigésimo primero del Tiempo Ordinario – A, publicado en el Diario de Avisos el domingo 2 de Noviembre de 2008 bajo el epígrafe “el domingo, fiesta de los cristianos”.

 

Lo sé, Señor. "Una cosa es predicar y otra, dar trigo".

 

DANIEL PADILLA

 

Ya lo sé. Aunque parezca difícil "sentarse en la cátedra de Moisés", como hicieron los letrados, el magisterio verdaderamente difícil fue el tuyo: "te reba­jaste hasta someterte a la muerte y una muerte de cruz". Porque hay dos clases de magisterio: el de "los que pre­gonan y no hacen". Y el de "los que hacen, aunque no pregonen". Como aquellos dos hijos de los que nos hablaste. Uno dijo: "Voy a la viña". Pero no fue. El otro di-jo: "No voy". Pero fue.

 

Lo comprendo perfectamente. El verdadero maestro no es el que más ha leído, o más libros tiene, o más títu­los exhibe en su currículum. El verdadero es el que posee la virtud de la coherencia. Y la coherencia consiste en lle­var a la práctica las lecciones que se explican en la teoría. La coherencia consiste en "predicar" y "dar trigo". Como Tú, Señor, que por eso un día te atreviste a decir: "Me lla­man Maestro y de verdad lo soy". O como nos dices en el evangelio de hoy: "Que nadie les llame maestro, porque uno solo es vuestro Maestro: Dios".

 

Sin embargo, ahí nace nuestro dilema. Yo no puedo llamarme "maestro". De acuerdo. Sin embargo, Tú mismo "nos has llamado, para ser maestro de Israel". Pienso en los padres. Y en los catequistas, y en tantos cristianos comprometidos. Y, por supuesto, en mí. Entonces, ¿qué? ¿Nos retiramos?

Ya lo entiendo, Señor. Tú no me niegas la participa­ción en el magisterio de la palabra. Al contrario, a él me has convocado. Lo único que quieres advertirme es que "esa Palabra no es mía, sino que la he recibido, para que resuene en mí a través de mí". Tagore tiene una oración muy bonita: "Haz, Señor, que yo sea una flauta de caña, en la que la música que suene seas Tú".

 

Esa suele ser nuestra equivocación. Ir escondiendo la Palabra de Dios, tan diáfana, vital y penetrante, tras el ropaje altanero, barroco y a veces ficticio, de mis pobres palabras. Eso es lo que condenaste en los fariseos: "Di­cen, pero no haced". ¡Qué conmovedora confesión!, por el contrario, la de Pablo: "Cuando vine a ustedes, no lo hice con palabras de humana sabiduría...".

 

Y eso es lo que me pides. No que maraville a las gentes con mi palabrería vana. Sino que dé testimonio de Ti. Que deje traslucir a los demás la "experiencia" que he te-nido de Ti, Cristo resucitado. Que esté "tan tocado de ti", que no pueda menos que proclamar "lo que he visto y oí-do". Eso es lo que hicieron los Apóstoles: contar su "ex­periencia". Oigan a San Juan: "Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la Vida, eso es lo que les anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros".

 

Y eso es lo que han hecho los apóstoles de siempre. ¿Quién esperaba nada de "las palabras humanas" y de las "dotes intelectuales" de Juan Maria Vianney? Pero fue tal su "experiencia" de Dios, su "dejarse inundar de lo alto", su "sentirse instrumento" de la Palabra, y no protagonis­ta, que todas las gentes de Francia terminaron arrodillán­dose ante aquel confesionario de Ars –un pueblito insig­nificante-, en el que había una cátedra, muy distinta de la de los escribas y fariseos.

 

Y es que el Cura de Ars "no se dejaba llamar maestro. Sabía muy bien que el único Maestro es Dios".


Publicado por verdenaranja @ 21:15  | Espiritualidad
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