Domingo, 02 de noviembre de 2008

Carta semanal del Arzobispo de Valencia Don Agustín García-Gasco Vicente para el domingo  22 de Junio de 2008.

 

No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti

 

Todo ser humano que desarrolla su inteligencia y que vive conscientemente en comunidad comprende sin excesiva dificultad los principios de la justicia. La llamada regla de oro expresa con acierto el criterio común de los principios de la justicia: lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás; quiere para los demás, lo que quieres para ti.

Ninguna cultura ni ideología es tan absolutamente excéntrica y singular que se encuentre totalmente al margen de este sentido primigenio de la justicia. Esta intuición fue expresada ya en el siglo V por san Agustín de Hipona, uno de los maestros de la herencia intelectual cristiana. Decía que la máxima “no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti” en modo alguno puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones.

Hoy la regla de oro puede ser eficazmente reformulada así: “Si quieres que se respeten y potencien tus derechos, respeta y potencia los derechos de los demás”. Sin embargo, como ha advertido Benedicto XVI ante las Naciones Unidas, la experiencia nos enseña que en ocasiones la legalidad prevalece sobre la justicia, cuando se hace aparecer a los derechos humanos como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por los que están en el poder.

Cuando los derechos humanos se presentan simplemente en términos de legalidad o de opciones ideológicas, corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Esa condición de fragilidad y de ineficacia de los derechos quiso ser decididamente corregida por la Declaración Universal. El respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia, sobre la cual se basa también la fuerza vinculante de las proclamaciones internacionales.

Hoy en día el mayor enemigo de una comprensión fuerte de la dignidad humana y de sus derechos es la perspectiva utilitarista. Quien analiza a los derechos humanos en claves de utilidad no tiene ningún inconveniente en reducir los derechos de los más débiles e indefensos, si con ello consigue beneficios para un gran número de mejor situados. Frente a este reduccionismo hay que señalar con claridad que los derechos y los consiguientes deberes no son fruto de la capacidad de negociación de los agentes sociales.

Es imprescindible tener siempre bien presente que los derechos humanos son el fruto de un sentido común de la justicia, basado principalmente en la solidaridad entre los miembros de la sociedad, y eso los hace válidos para todos los tiempos y todos los pueblos. Por tanto, los derechos humanos han de ser respetados como expresión de justicia, y no simplemente porque pueden hacerse respetar mediante la voluntad de los legisladores.

Basar los derechos en la justicia que no cambia no implica ignorar la importancia de la historia humana. El Santo Padre ha reconocido que con el transcurrir de la historia surgen situaciones nuevas y se intenta conectarlas a nuevos derechos. Para tener éxito en esta conexión se requiere la virtud del discernimiento, es decir, la capacidad constante de distinguir el bien del mal, especialmente en las exigencias que conciernen a la vida misma y al comportamiento de las personas, de las comunidades y de los pueblos. No basta invocar nuevos derechos. Hay que reflexionar con profundidad sobre si verdaderamente protegen el bien humano de modo integral.

El buen discernimiento desaconseja confiar de manera exclusiva a cada Estado la responsabilidad última de conjugar las aspiraciones de personas, comunidades y pueblos enteros. Sin negar su importante papel en la articulación del bien común, el absolutismo de los Estados en la comprensión de los derechos humanos puede tener consecuencias que excluyen la posibilidad de un orden social respetuoso de la dignidad y los derechos de la persona. Los Estados están al servicio de la dignidad humana de las personas. Los ciudadanos no somos sus siervos.

Si las personas crecemos en nuestro sentido de la justicia cuando actuamos en libertad, el futuro de los derechos humanos está garantizado. La mejor cultura de los derechos humanos no se impone con la fuerza, sino que muestra su esplendor con una adecuada comprensión de la dignidad incomparable de cada ser humano.

Con mi bendición y afecto,


Publicado por verdenaranja @ 22:24  | Hablan los obispos
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