Domingo, 09 de noviembre de 2008

Comentario a las lecturas del domingo treinta y dos del Tiempo Ordinario – A publicado en el Diario de Avisos el domingo 9 de Noviembre de 2008 bajo el epígrafe “el domingo, fiesta de los cristianos”.

 

La enfermedad

del sueño

 

DANIEL PADILLA

 

"Como el esposo tardaba en llegar, se adormecieron aquellas doncellas y se durmieron".

 

Lo reconozco, Señor, así soy. Cuando no veo la meta, cuando los sucesos que espero se retrasan, me duermo. Debe ser algo innato. Quizá por eso el evangelio de hoy avisa con intención: "se durmieron todas". Las necias y las sensatas. Enfermedad contagiosa, por lo visto, ésta del "sueño".

 

Y no le demos vueltas. El estudiante, al comenzar el curso, suele desplegar un cierto aprovechamiento. Es después, con la monotonía de las clases y la lejanía de los exámenes, cuando baja la guardia y se duerme. El depor­tista, al que no le llega su oportunidad y tiene que "chu­par banquillo", muchas veces hace lo mismo: descuida sus entrenamientos y no tiene a punto sus aptitudes. Todos, en fin, más de una vez, hemos emprendido un cami­no nuevo, hemos iniciado un viraje de "cambio" en algu­na faceta de nuestro actuar. Pero, ¡cuántas veces, al no palpar los frutos inmediatos, hemos vuelto a caer en la rutina, en el "hacer por hacer", quién sabe si en la tibie­za! ¡Somos amigos del "llegar y besar"! Y, aunque se nos objete que "Zamora se conquistó en una hora", fácilmen­te caemos en el peligroso sopor de los mediocres.

 

De ese "sueño" nos quiere despertar el evangelio de hoy. La ascética cristiana de todos los tiempos ha resalta-do la necesidad de la constancia, de la paciencia, de la perseverancia. Jesús sentenció: "El que perseverare hasta el final, se salvará". Y aclaró, además, que "el que pone su mano en el arado y vuelve su vista para atrás, no es digno de ser mi discípulo". Debemos comprenderlo muy bien. Por eso, la más elemental psicología nos recomien­da que insistamos una y otra vez en una misma y determinada acción. La repetición de los actos crea los hábi­tos, tanto para bien como para mal. Por lo que, ejercitarse en acciones buenas y ensayarlas constantemente, es asegurar un sistema de vida con garantías de éxito. Inclu­so ese éxito de los éxitos que consiste en "estar con las lámparas encendidas cuando llegue el esposo".

 

Conviene tener muy en cuenta estas cosas en la época tecnificada y supermoderna en la que vivimos. Hoy todos nos movemos en un torbellino de vértigo, de velocidad y de soluciones inmediatas. Desde el "aprenda usted inglés en 15 días" hasta la increíble rapidez de los medios de co­municación y los transportes, nos vamos acostumbrando a querer presenciar los sucesos antes casi de que se pro­duzcan. Nuestros hijos son hijos del ordenador y de las vídeo-consolas. Y lo que nosotros conseguimos aprender en muchos días y horas de hincar los codos, leer, releer, subrayar y repasar, a ellos se les está sirviendo, en bandejas de imagen y contemplación, casi sin detenerse.

 

Es verdad que, luego, esos mismos logros de las téc­nicas y la velocidad nos pasan factura y nos sumen en los grandes atascos, las grandes masificaciones y los grandes caos de nuestras modernas ciudades. Es verdad igualmente que la "posmodernidad" no parece estar sirvién­donos un aceite de mayor garantía para nuestras lámpa­ras. Lo que sí va siendo claro es que, cuanto "más hechas" se nos dan las cosas, más "nos dormimos en los laureles". Por lo cual, atención a lo que dijo Jesús: A media noche se escucha una voz: Que llega el esposo. Sal­gan a recibirle".


Publicado por verdenaranja @ 21:52  | Espiritualidad
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