Martes, 25 de noviembre de 2008

Información sobre el Siervo de Dios Manuel Aparici enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus. 


SEGUNDA ETAPA DE DOLOR
Año 1957: Estaba en periodo de convalecencia con una
actividad limitada dentro de casa. 

         Alejandro Fernández Pombo, entonces redactor de SIGNO, le entrevista en su casa, en un primer piso de la Plaza de Isabel II [1]. Le recibe a él y a Cecilio en su despacho, que tiene un poco de santuario. En la pared hay una fotografía que recoge un momento histórico: Manuel Aparici entregando a Antonio García-Pablos la Presidencia Nacional de la Juventud de Acción Católica de España. También hay otro pergamino lleno de firmas, recuerdo de aquellos años heroicos y peregrinantes. En una mesa pequeña, una luz, da tonalidad roja a la habitación. Junto a la mesa, con el manteo sobre los hombros, sentado en un sillón, don Manuel. 

         Al preguntarle sobre su enfermedad, responde: 

         «Estoy en periodo de convalecencia. El médico sólo me permite una actividad limitada dentro de casa. También me ha dicho que puedo salir un poco, siempre que haga buena temperatura. Lo cual quiere decir que ahora no salgo […]. Me cansa el andar, me fatiga un poco. Además me coge desentrenado [...]. Me levanto más bien tarde; celebro Misa aquí, en mi casa por permiso de la Nunciatura, en esta misma habitación [2]; recibo alguna visita de las inevitables; como y hago dos horas de reposo; a estas horas de la tarde –son las siete–  siempre viene alguien: los del Consejo, algún íntimo, sacerdotes; ceno temprano, y a las diez me acuesto». 

         Le dice que todos los Centros, Consiliarios y jóvenes piden por él. 

         «Lo sé; –le contesta– a ellos les debo que el Señor no me haya llevado aún de este mundo». 

         Al decir estas palabras –escribe Alejandro–, sonríe casi imperceptiblemente. Y recordamos aquellas frases de cuando era Presidente Nacional: «Un Centro no muere cuando hay un joven dispuesto a morir por él». 
         El motivo de nuestra visita –añade– es doble. Por un lado, saber de él y de su estado para poder informar a la juventud, que cada día reza y se interesa por su salud; pero también queremos que el Consiliario Nacional nos hable de estos jóvenes y que nos diga consignas para el año que empieza.

         «Yo le pediría a la Juventud –le contesta– para este año y para siempre el sentido de responsabilidad de la fe católica. El afán por perfeccionar esa fe no sólo con un mayor conocimiento de su sujeto, Cristo, sino sobre todo por la caridad, que es la que hace vivas y eficaces todas las virtudes». 

         Hace una pausa y añade: 

         «Gracias a Dios, en estos dos años últimos, se ha avivado el espíritu militante; pero aún hay que vivirlo con más perfección, dándose cuenta de que los militantes son el  enlace de Dios para muchísimas almas, ofreciendo por delante el testimonio de su vida. También les pido una alegría profunda y cristiana, que no es la alegría del mundo» y «se ha roto el frente del complejo consciente del fracaso de la Acción Católica. Claro que los que hablaban de fracaso no se habían dado cuenta de que la Acción Católica es una “gracia grande de Dios”, según decía Pío XI. Y la gracia de Dios no fracasa [...]. Y la operación Cursillos [de Cristiandad] ha sido un acierto. Los jóvenes han visto que cuando hay oración y sacrificio el Señor escucha y premia». 

         Y ya en un terrero más concreto, a la nueva pregunta de Alejandro responde: 

         «Como actividad fundamental para el Consejo Superior, los diocesanos y los centros, mejorar los equipos de militantes, perfeccionando a los dirigentes [...]». 

         Don Manuel, antes de despedirse, vuelve a insistir en que agradezcan a todos, en su nombre, cuanto han pedido por su salud o se han interesado por él y les dice que, tal vez, en marzo, o quizá en febrero, pueda ir por el Consejo. 

         Atendiendo a su estado de salud, el Cardenal Primado, de acuerdo con la Dirección Central de la Acción Católica, nombró a su buen amigo Manuel Arconada Flores Viceconsiliario Nacional, el 22 de junio de 1957, para que le asistiera en la Consiliaría. 

         Por las minutas de honorarios profesionales que se conservan de este año (19 de octubre y 19 de diciembre) relativas a las visitas efectuadas –inyecciones y curas– desde agosto a diciembre, ambos inclusive, sabemos que eran prácticamente diarias y en algunas ocasiones dos veces al día. 

         ¡Y la enfermedad estaba como quien dice empezando! ¡Cómo sería ésta en su etapa álgida!  

TERCERA ETAPA DE DOLOR
Año 1958: Le encontré siempre de buen ánimo,
aún en los momentos de sufrimiento.  

         «Cuando en el año 1958 regresé (de Roma) a Madrid –dice Mons. Maximino Romero de Lema, entonces sacerdote, más tarde Arzobispo [3]– le visitaba con bastante frecuencia. Nuestra conversación versaba sobre el sacerdocio, la oración y los problemas pastorales generales, especialmente de los sacerdotes. Le encontré siempre de buen ánimo, aun en los momentos de sufrimiento. Le visitaban muchos sacerdotes y antiguos compañeros de la Juventud de Acción Católica, y también jóvenes. Su presencia hacía bien […]. Sé que sus Superiores Eclesiásticos le estimaban y querían y le dieron pruebas durante su enfermedad». 

 [1]  Todo cuanto aquí se dice aquí está tomado del artículo que escribió Alejandro para SIGNO con motivo de la citada entrevista. (SIGNO de fecha 5 de enero de 1957).

 [2]  «Me admiraba la puntualidad en la celebración de la Santa Misa, los días que yo asistía para ayudarle; una práctica periódica que en su estado físico le suponía esfuerzo, dolor y trabajo» (Agustín Losada Borja. C.P. pp. 152-165).

 [3]  C.P. pp. 9814-9832.

 

 


 


Publicado por verdenaranja @ 22:19  | Espiritualidad
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