Jueves, 27 de noviembre de 2008

Carta de monseñor Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Valladolid con el título: "¿Cuál es la razón?" . Noviembre 2008.

Llevamos mucho tiempo sabiendo las dificultades crecientes de nuestros niños, adolescentes y jóvenes para conseguir un nivel de educación mínimamente aceptable. Es preocupante el fracaso escolar, que produce desazón: ocupamos un lugar muy bajo entre los países de Europa. ¿De quién es la culpa? De la sociedad española, de los responsables más directos, del mismo sistema educativo. No es culpa de que en algunos colegios públicos, muy pocos, haya algunos crucifijos colgados en la pared del aula escolar: hace tiempo que en la mayoría de esos colegios han desaparecido, se han guardado en armarios o colocado en otros lugares menos dignos.

Ahora una sentencia, que se acata, pero no se comparte, obliga a un colegio público, el Macías Picavea de Valladolid, y a su Consejo escolar, a retirar los crucifijos de las aulas y lugares comunes. Este Consejo escolar es de los poquísimos que en España han dicho: No retiramos los crucifijos, están bien en las aulas. Han acordado una y otra vez que es voluntad de este organismo de nuestro sistema educativo mantener los crucifijos, porque no hacen mal, sino que son signo de amor entregado a los semejantes, de paz y de ejemplo de cómo se puede vivir una existencia para ayudar a transformar este mundo; también piensa el Consejo que un crucifijo forma parte de una cultura viva de la mayoría de los pueblos de Europa.

Por otro lado, no existe ninguna norma que prohíba la existencia de crucifijos en las clases, y si no hay tal prohibición, unos padres católicos, que tienen el derecho de que sus hijos sean educados según sus convicciones, ¿acaso están haciendo que la presencia de un crucifijo en el aula sea una amenaza para otros niños que no son cristianos o no lo quieran ser? “Es difícil pensar que un crucifijo pueda ser una amenaza para la educación y el estado laico”, afirmó apenas dos días el servicio de información religiosa de la Conferencia episcopal italiana. Habla, sin duda, de una sana laicidad. En países de la Europa comunitaria, en Italia o en la Baviera alemana, se ha regulado esta cuestión de tal forma que se permite la existencia de los crucifijos en los lugares públicos.

Y es que el crucifijo, a pesar de la sentencia del juez vallisoletano, tiene, además del sentido religioso cristiano para estos creyentes, otro valor no desdeñable: es el símbolo omnipresente en la historia y en la cultura que ha configurado el Occidente en el que vivimos y los valores que sostienen la democracia. Pero sin duda hay una pérdida de memoria respecto a las tradiciones y a los valores que han dado esencia a Europa. No se puede pensar razonablemente que el crucifijo expuesto en el aula escolar sea un simple objeto de culto; es también un símbolo idóneo para expresar el elevado fundamento de los valores civiles que delinean la sana laicidad en el actual ordenamiento jurídico español.

¿Por qué, pues, hacer desaparecer la imagen del que ha llevado a personas concretas, familias y pueblos enteros apostar por el bien común, la justicia, el perdón, la ayuda mutua, la solidaridad, la fraternidad y la caridad, que es amor desinteresado que busca el bien de los demás? No parece razonable en nuestro entorno cultural. ¿A quién se obliga hoy a ser cristiano, qué imponemos hoy los católicos a los que no lo son? ¿Nuestras procesiones, sobre todo de Semana Santa? Entendemos que pueda molestar a un sector de nuestra sociedad que los católicos quieran mostrar externamente, en la calle y en los lugares públicos donde vivimos, que creemos en Jesucristo y que esta fe es buena para la humanidad. No extorsionamos a nadie. También nosotros aceptamos otras muestras de “creencias” y a otros creyentes no católicos y no cristianos. No nos molestan, si son hombres y mujeres de buena voluntad.

Sin duda en el caso que nos ocupa las partes afectadas por la sentencia harán valer sus derechos, siempre con procedimientos democráticos. Juan Pablo II, hablando a una representación de responsables, profesores y alumnos de las escuelas romanas, dijo: “El crucifijo, presente en vuestras aulas, es signo concreto del don de amor de Jesús a todo hombre: ojalá que sea para cada uno de vosotros una invitación a entregarse generosamente, a fin de construir un mundo nuevo más solidario y justo” (13.02.1999).

Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Valladolid


Publicado por verdenaranja @ 22:30  | Hablan los obispos
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