S?bado, 29 de noviembre de 2008

Carta semanal del Arzobispo de Valencia el çcardenal don Agustín Gracía-Gasco Vicente para el domingo 13 de Julio de 2008.

Ignorar la dignidad humana  

        
La Declaración Universal de los Derechos Humanos sitúa la dignidad humana en la base de un orden social y político verdaderamente humano. El comienzo de su Preámbulo señala que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca de todos los miembros de la familia humana”.

Se trata de una afirmación que recupera el sentido más genuino del derecho natural: existe un orden social justo que se deriva de la dignidad de cada persona como miembro de la familia humana y no se subordina a las decisiones de los Estados particulares, ni a las costumbres locales, ni a ninguna propuesta ideológica. Para cultivar verdaderamente la libertad, la justicia y la paz es imprescindible reconocer la dignidad de todo ser humano como miembro de la familia humana, en todas las fases y circunstancias de su vida.

La dignidad humana es inseparable de su reconocimiento a todos y cada uno de los miembros de la familia humana. Esta advertencia es pertinente hoy en día, cuando vemos iniciativas que reconocen derechos para los animales y sin embargo dejan sin derechos al ser humano en su fase embrionaria y prenatal. Ignorar la dignidad de cada ser humano genera violencia.

Todas las fases de la vida merecen protección. El embrión y el feto humano son las primeras fases de la vida de cada ser humano. El desarrollo de la vida humana es algo natural. No se pasa de ser una cosa, un material biológico, a ser una persona. Somos seres humanos desde el primer instante y nadie puede arrebatarnos esa dignidad.

Todos hemos sido embriones, todos hemos desarrollado nuestra vida bajo el corazón de nuestra madres, todos hemos recibido los cuidados necesarios para llegar a ser lo que somos.

La protección de la naturaleza y de los animales es positiva pero eso no les convierte en miembros de la familia humana. Las personas y las sociedades tenemos el deber de cuidar la biodiversidad y el patrimonio cultural. Pero la igualdad de derechos inalienables es propia del ser humano. Ésta es la lógica de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de nuestra Constitución.

El reconocimiento de la dignidad humana de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y del artículo décimo de la Constitución española, encuentran un complemento en la acción evangelizadora de la Iglesia. El anuncio del Evangelio va unido a una mirada nueva que afirma la dignidad a cada ser humano, sin importarle que sea varón o mujer, pequeño, frágil, enfermo, de otra raza, de otro color, de otra cultura. La dignidad de la persona humana queda plenamente revelada al considerar que el Amor trinitario es el origen y la meta de la persona humana y de su vocación al amor.

Jesucristo ilumina la dignidad y la libertad personal del hombre y de la mujer y la sociabilidad humana en toda su profundidad. El ser humano, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, encuentra su plenitud en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Es una luz nueva que se proyecta sobre la identidad, la vocación y el destino último de la persona y del género humano.

La persona ha sido creada por Dios, amada y salvada en Jesucristo, y se realiza entretejiendo múltiples relaciones de amor, de justicia y de solidaridad con las demás personas.

La dignidad inalienable de la persona humana tiene su raíz y su garantía en el designio creador de Dios. Ningún ser humano, ninguna ideología o parlamento otorga o concede la dignidad a otro ser humano, por lo que tampoco se la puede sustraer. El actuar humano en el mundo está llamado a descubrir y respetar las leyes de la naturaleza que Dios ha impreso en el universo creado, para que la humanidad lo habite y lo custodie según su proyecto. Respetar la ecología humana implica impedir que usemos la ciencia y la técnica en detrimento de los derechos del ser humano en sus fases más vulnerables.

La dignidad humana brilla en todo su esplendor cuando la visión de la persona, de la sociedad y de la historia hunde sus raíces en Dios. La revelación cristiana y su aplicación a los derechos de las personas protege a los más débiles. Ignorar los derechos humanos de los más débiles nunca puede ser un progreso. Todo lo contrario: se trata de un retroceso hacia las etapas más oscuras de la historia humana, en las que los más fuertes imponían su violencia sobre los más débiles. La Declaración Universal de los Derechos Humanos quiso poner fin a esas etapas oscuras. Los católicos debemos ser sensibles a poner en practica la cultura de la vida y ofrecer soluciones de vida y esperanza a todas las personas y especialmente a las que se encuentran en situaciones difíciles.

Con mi bendición y afecto,

Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Hablan los obispos
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