S?bado, 06 de diciembre de 2008

Información  enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la redacción de la postitio super virtutibus sobre el Siervo de Dios Manuel Aparici.

SÉPTIMA ETAPA DE DOLOR

 

OCTAVA ETAPA DE DOLOR

         Año 1963: Sigue buscando purificar y perfeccionar

más su inmolación. Busca la perfección en ella. 

 

 

         El 30 de enero escribe a Sor Carmen y le dice:

 

         «Estimada en Cristo Madre Carmen Teresa de Jesús:

         »Unas letras para no demorar demasiado la contestación a las tuyas. Llevo malucho desde el 7, precisamente ese día cumplí 60 años cristianos, sexagésimo aniversario de mi bautismo. Él me obsequió con un ataque de reuma gotoso; luego apenas pasado el ataque una bronquitis gripal, que aún colea y me impide celebrar la Santa Misa.

         »Tu carta última muy bien, creo que también es la solución de tus problemas; el mío el regateo en la entrega que tú apuntas; en la entrega de mis potencias todas a percibir su mensaje de amor del Padre. Ciertamente que en esa actividad permanente a percibir las adorables manifestaciones de su bondad, está todo; pues si las percibí en su luz, las alabo con mi existencia toda “ut simus in laude gloriae gratia me ejes”. Pero tantas y tantas veces me distraigo y desvío del “(ilegible) necessarium”.

         »Ya consulto cosas con Castro [Carlos, sacerdote], y me hace mucho bien; con José Manuel [de Córdoba, sacerdote] es distinto, su situación espiritual necesita de un amigo que persevere en la fe, pese a todo.

         »Leí la primera parte de la biografía; no estoy muy conforme, pues su enfoque es terriblemente subjetivo; los hechos se utilizan para justificar unos cuadros mentales preconcebidos echando sobre las personas rectoras de la Acción Católica de aquella época no las reacciones que ellas tuvieron sino las que ellos les achacan para justificar la insolidaridad con las generaciones que les precedieron.

         »En fin, termino porque me fatigo. Gracias a la “Madrina de Oraciones” y a toda la Comunidad. Os encomienda en el Corazón de Cristo» [1].

 

         A primeros de marzo, día, le escribe de nuevo

 

         «Muy estimada en Cristo Madre Carmen:

         »Ante la proximidad de la Santa Cuaresma, y ya gracias a Dios casi plenamente restablecido de la bronconeumonía que padecí en la última semana de enero y comienzos de febrero, voy a tratar de contestar a tus dos últimas cartas para tratar, con la ayuda de Dios, de tomar en serio la dirección espiritual.

         »Biografía de Antonio [hermano de Sor Carmen]. No he podido leer más que las dos primeras partes. De la primera me parece que Córdoba violenta la historia; él tenía un esquema preconcebido y, en lugar de filosofar sobre los hechos, los utiliza para justificar su esquema. Lo discutiré con él y veremos si me hace caso. En la segunda parte participo de tu opinión: nuestra confesionalidad era la unidad de nuestro yo cristiano, apostólico, el mismo en lo directamente apostólico que en lo indirectamente glorificadores de Dios en la Acción Católica, en la profesión, en lo político, en lo recreativo, irradiando la caridad de Cristo en cada ambiente e iluminándolo con la luz de la fe. Se le escapa en su afán de encajar las cosas en su esquema que las instituciones fundamentales que actuaron sobre Antonio [hermano de Sor Carmen] fueron la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y el Grupo de Propagandistas del Consejo de la Unión Diocesana de Toledo. En el uno, recibió la influencia del equipo de Herrera, en el otro, en cierto sentido, la mía […]. El resto de la segunda parte, aunque tiene inexactitudes, está bien.

         »Pasemos a tu alma. ¿Por qué quieres investigar los designios de Dios? Que Antonio [hermano de Sor Carmen] lo consumó a los 20 años, y a ti y a mí aún nos mantiene peregrinando ..., pues bendito sea Dios.

         »La infidelidad es lo propio nuestro; pero por eso Dios es fiel. No busques el negarte sino el afirmar en todas las cosas las complacencias de Dios, aunque éstas sean para amargura, desolación, etc.; prosigue en la observancia aunque te parezca que lo haces muy mal y complétala con la perfecta observancia de Jesús.

         »No te digo que piensas más en el Amor Suyo, sino con suma complacencia en las perfecciones del Amado, eso es amar; es vivir fuera de sí (negándose), viviendo en el Amado, consumiéndose en el tormento de ver no sólo cuan poco aman los hombres al Amor, sino cuando poco le amamos nosotros, pues hasta las obras más santas: el rezo, la Misa, la Comunión están teñidas, en nuestra cooperación, de nuestra miseria, porque esta fiebre nos lacera a abrazarnos como la Magdalena, la Cananea, o el buen San Pedro a los pies de Cristo para suplicarle que nos deje amarle con su propio Amor. Y esto ..., mi buena Madre Carmen, entiendo que son los comienzos del amor transformante.

         »Me hablas también de estas angustias que nos produce el ver que le amamos tan poco, es que Él nos enciende en deseos de cruz para dilatar nuestra alma y que así aceptemos con gozo las cruces cuando las envíe, “cuando llegue la hora suya”; las palabras que la Verdad pone en la boca de los operarios de la hora undécima lo confirma: “nemo nos conduxit”, fue comentario que le oí a Herrera [Ángel], ya Obispo [luego Cardenal]: olvidamos que sin gracia eficaz no hacemos, si tú o yo u otra persona parece aún ociosa juzguemos que aún el Señor no nos ha llamado con su “Lazare veni foras” omnipotente y como, según los Concilios Aransicano II y Tridentino, “Dios no pide imposible, sino que pides que hagas lo que puedas y que pidas lo que no puedas para que entonces puedas”; pidámosle humilde, porfiada y confiadamente que nos dé el poder ser suyos como su amoroso Corazón desea que seamos.

         »Tu devoción y confianza en María Santísima me parece muy bien, nunca será bastante ni nada agrada tanto a la Santísima Trinidad como nuestra entrega a Cristo Único Mediador a través de María la Mediadora ante el Mediador […].

         »Algo se me quedará que decirte, pero he de terminar. Orad, orad, hermanitas queridas, que nuestras lágrimas por tantas almas que ignoran al amor de Cristo conmuevan su Corazón y atraigan gracias extraordinarias sobre ellas para que tengan noticia de Él y sociedad y unión con nosotros en el amor del Padre por (ilegible) en el Espíritu Santo.

         »Con la efusiva bendición, vuestro en Cristo.

         »P/S. Como deducirás del contesto de la carta, está escrita en varios ratos: la comencé antes de empezar la Cuaresma y la termino hoy 2. Añado esto el 3:

         »Mi salud física, ya indico al principio, ha vuelto casi a la normalidad; digo casi porque después de la recaída, la vitalidad no vuelve a su nivel anterior; pero bendito sea Dios.

         »¿Mi salud espiritual? El Señor hace que perciba más y más sus amorosas y divinas sugerencias y espero en su amor que me dé gracia para no endurecer mi corazón ante sus llamamientos; esos que me hace: Por ti y por todas esas queridas hijas del Carmelo; por los sacerdotes que me piden consejo y dirección; por los jóvenes, pocos, pero algunos, que me confían sus almas; por los sacerdotes que puedan estar fríos en su Amor; por los jóvenes, que movidos por su gracia, luchan por dilatar su Reino, por los que aún están esperando la Palabra omnipotente que les diga: “Jovencito Yo te mando levantarte”; por esta España; por esos 2.000 millones largos de hombres que nada saben de Cristo ...; porque por todos ellos me pidió que me entregara a Él plena e íntegramente ...; y cuando ves ... pecado e imperfección, tengo que golpearme el pecho diciéndole: Perdóname Señor y no les castigues a ellos por mis traiciones, negligencias y pecados y dame gracia para ser totalmente tuyo como tú quieres que lo sea para que por mis culpas no se retrase más la hora de tus misericordias sobre tantas almas.

         »Pensemos mucho esto, hermanitas del Carmelo: que nuestra fidelidad a la gracia de nuestra vocación está vinculada la santificación de muchísimas almas.

         »Una Santa Cuaresma en el Corazón de Cristo os desea vuestro siervo en Él» [2].

 

         Días después, el 20 de marzo, escribe a D. José Rivera, el padre de Sor Carmen

 

         «Mi querido D. José:

         »Hace tiempo que estoy queriendo escribirle y ahora aunque llegue con retraso la felicitación no quiero dejar de ponerle siquiera unas líneas.

         »Parece que Ana María es un poco gafe o profeta, pues en su carta felicitándome el año y el Santo me decía que deseaba que no tuviera la gripe de todos los inviernos y ...  a los pocos días caí con una bronconeumonía que me tuvo una temporada fastidiado, pues me privó de celebrar la Santa Misa y de pasarme largos ratos junto al Sagrario durante quince días […].

         »A Vds. también, como a la familia de San Bernardo [3], se les puede designar como «la familia que alcanzó a Cristo», pues si Vd. y Doña Carmen colaboraron con el Señor en la santificación de sus hijos, ahora éstos, con las exigencias de sus vocaciones, les santifican a Vds. crucificándoles con la cruz de la soledad; soledad que El nos elige para poderse dar más totalmente a nosotros sin compañías que dificulten la íntima unión preparatoria de la nueva, íntima, gozosa y eterna del cielo.

         »Con todo cariño les bendice a todos su “cuasi» hijo”» [4].

 

         En carta de fecha 6 de junio le dice a Sor Carmen:

 

         «Respetada y amada en el Señor Madre Carmen:

         »Al fin, aunque tal vez con brevedad, rompo el prolongado silencio.

         »¿Causas? De todo hubo. Durante la Santa Cuaresma, recogimiento, afán de fidelidad en tiempos de oración sobre todo para suplir lo que otros hermanos con salud no pudieron hacer abrumados bajo el peso de sus tareas apostólicas-pastorales. Durante la Pascua alteraciones en la salud que, sin llegar a cosa de importancia, me tenían desganado y flojo para todo. Laxitud y tibieza espiritual también; miseria, mucha miseria perdiendo horas y horas en lecturas de novelas y eso teniéndole a Él en el Sagrario para mí y si, por su misericordia estoy en su gracia, habitando en mi alma juntamente con el Padre y el Espíritu Santo; y así toda la Pascua y todo el mes de María; todos los días haciendo propósitos, y todos los días faltando a ellos. Las palabra del Apocalipsis “porque no eres frío ni caliente he empezado a arrojarte de mi boca” tengo contra ti que has decaído de tu primera caridad repiqueteando en los oídos del alma ...; y sin embargo Él seguía en el Sagrario por mi vida, y venía a mis manos todos los días en sacrificio de propiciación, y descendía hasta el abismo de miseria, y me daba su gracia para creer en su Amor. Así, con esa frialdad, con ese regateo llegué a la conmemoración del XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal. La antevíspera me hizo pensar el Señor: ¿Qué hubieras pensado tú del que se hubiera preparado para recibir la sagrada orden del presbiterado alternando las meditaciones de Ejercicios con la lectura de novelas policíacas ...? Y si la ordenación es una nueva creación, la conservación es una creación continuada y exige la cooperación de la criatura a la gracia como cuando fue elevada a la dignidad y misión sacerdotal. Este pensamiento ha sido, por misericordia del Señor, un fuerte revulsivo. Y a pesar de todo “subiendo a los más alto de los cielos y sentándose a la diestra del Padre, derramó sobre los hijos de adopción el Espíritu que había prometido …”. No subió para reclamar un castigo para nosotros, sino para interceder y rogar y enviar, juntamente con el Padre, el amor que les une ... ¡Qué maravilloso Pentecostés: El Papa Juan subiendo al cielo y los hombres de todas las lenguas sacudidos por el Espíritu pese añorar su partida y regritando las palabras que la Palabra derramó “sobre los hombres a través de su Vicario”!

         »Ahí tienes mi vida: Un abismo de miseria y basura sobre el que se derrama el abismo del Amor misericordioso de Dios.

         »Paso a contestar algo de las tuyas. Muy bien que te apoyes en la fe. Que el don Increado de la Trinidad Santa que se atribuye al Espíritu Santo porque amor es darse y al darse la Trinidad manifiesta el Amor en que se consuma la (ilegible) del Padre y el Hijo, sea precedido y acompañado del don creado de la gracia y la caridad. Lo cierto es que con ese amor que se nos da amamos a Dios y a los hombres. Saborea cuanto puedas el Veni Creator y la secuencia de Pentecostés.

         »A Castro [Castro, sacerdote] no lo he visto desde que recibí tu carta; cuando le vea lo expondré tu deseo.

         »De Agustín no sé que decir, depende de su salud. Tengo una carta de Ullastres [Alberto] en la que me dice que la (ilegible) se retirara, que no se desanime, que siga preparándose; pero, como según me ha dicho su madre, por fin vendrá la semana que viene y ya hablaremos.

         »Ya sé que toma hábito o hace los votos la hermana de Agustín [Losada], os seguiré encomendando y encomendadme vosotras pues ya ves que he contristado mucho al Señor.

         »Os bendice en Cristo» [5].


         Dieciocho días después, el 24 de junio, le escribe de nuevo

 

         «Muy estimada en el Señor:

         »¡Dios pague a esa venerable Comunidad su bondad y cariño para este pobre cura! Preciosos conopeos. Por cierto, te envío las medidas del Sagrario, pues, a la vista de los conopeos, parece que las medidas de profundidad y altura no están muy ajustadas, ya que la forma dada para las esquinas no coinciden con ellas, por si aún el verde no está terminado podíais confrontarlos; de todas formas como son muy bonitos hacen bien.

         »Tu carta muy alentadora; lo del sonajero me ha hecho mucha gracia. Todo esto que me dices, me lo he dicho muchas veces a mí mismo, pero con el monólogo no puede practicarse tan bien la humildad y la caridad. Si efectivamente nos eligió para hacernos servir, lo que me hace amarle, al menos con amor afectivo obsesionante, que es gozo y es cruz, es que me ame a mí; que por mí esté en mi Sagrario y en todos los de las Iglesias de la tierra, os mantiene en tensión de inmolación a vosotras y a todas las religiosas y religiosos de la tierra y a todos los seminaristas y sacerdotes, seglares y madres y padres; y todo eso no es más que unos momentos de la inmolación mística de Cristo que, físicamente, se inmoló Él como Cabeza pero místicamente con todos y cada uno de los hombres a quienes venía a redimir. Pero ese amor afectivo mío es bien poco afectivo, y entonces la frase del Señor viene a mi mente: “Operibus credite”, y veo que todas mis obras no son para el Rey y aún las que lo son, salvo la Santa Misa, van tan poco impregnadas de amor ...; que sean mezquinas no me preocupa pues siendo yo tan mezquino ¿cómo no lo van a ser? ¡Pero si fueran llenas de amor ...!  Sólo la Santa Misa me da paz porque en ella yo no soy más que el instrumento que se goza y agradece de que Él lo escogiera para celebrar su sacrificio y pienso que ya que aún mezquinos le entrega corazón, entendimiento, voluntad, memoria, manos y boca para que Él “¡Mysterium fidei!” por la consagración transubstancie las especies sacramentales en su Cuerpo y su Sangre a las que van unidos siempre, Alma y Divinidad y Cuerpo, Alma y Divinidad. Él, bondad inefable, no lleva a mal, sino gozosamente, el que cobije esa mi radical mezquindad en su ofrenda preciosa para con Él y por Él presentar al Padre la oblación en la que tiene puestas todas sus complacencias y la que juntamente con el Espíritu Santo se le da todo honor y gloria. Por eso, la Santa Misa es el cielo en la tierra, mas, por desgracia, (porque mi estulticia no se deja llenar de su gracia) todas las obras y momentos del día no van presididos e iluminados y caldeados por ese sol del amor que se revela en el Santo Sacrificio; en fin, espero en su Amor que ultime su obra en mi antes de llamarme a rendirle cuentas de los talentos que me confió. Créeme que temo ese momento, porque es verdad que no me remuerde la conciencia de pecado, pero no sé si estoy justificado. ¿Qué le presentaré al Señor en estas manos que Él ungió con el óleo santo del sacerdocio? ¿Qué he hecho por Cristo?, ¿qué hago?

         »Sí, me dirás que hice mucho; lo único, movido de su gracia, fue pedirle, en una hora santa sacerdotal, el 16 de marzo de 1934 en San Pedro del Vaticano, que ya que en el Cenáculo no reparó en vestirse de siervo para lavar los pies de sus apóstoles, que tampoco reparara en vestirse de la miseria mía para lavar a la juventud de mi Patria de la mancha de su desconocimiento del amor de Cristo. Él oyó la oración y a los pocos meses me hizo Presidente de aquella juventud y después seminarista, sacerdote, Consiliario, enfermo, y Él, inefablemente fiel y piadoso, pese a mis caídas, negligencias y ofensas fue manteniendo la tensión de entrega; pero yo ahora, cuando más intensa debiera ser la tensión y la vigilia, pues todas mis potencias deberían repetir el invitatorio de adviento “Domine prope est venite adoremos”, me regalo y adormezco y no me guío en mis elecciones por puro amor de Dios.

         »Termino porque empecé esta carta hace doce días; tuve visitas, estuve flojucho, etc. Pedid mucho por mí. Te escribiré en breve exponiéndote lo que creo que es el (falta en el texto) que me atormenta, pues aunque las consultas a tres sacerdotes: director, Castro [Carlos] y Evaristo Teliu, no acabo de estar tranquilo y ese pensamiento de ser fiel a la gracia, es algo fundamental, aunque no parece que haya pecado, es el hilito que le impide volar a mi alma.

         »Espero oír las cintas de Castro pues hoy me ha traído mi hermano un magnetofón.

         »Os bendice en el Señor a quien os encomienda» [6]


         A primeros de agosto, 5-6, la dice:

 

         «Estimada en Jesús Madre Carmen:

         »Unos renglones para explicar mi silencio. He estado todo el mes de julio un poco fastidiado; este pobre corazón se fue cansando, el hígado también se resintió más de tanto diurético “inofensivo” y empecé a hincharme, a retener líquidos, hasta que una pierna se me abrió un poco. El médico me prohibió celebrar la Santa Misa para que estuviese siempre con la piernas extendidas; me puso un tratamiento de más inyecciones en vena: Sufilina, que es un diurético que me ataca al hígado. Esto, la inyección diaria en vena, ha sido un magnífico motivo para no moverme de Madrid; todos, familia, sacerdotes, amigos, médicos, me decían que me convenía una temporada de campo, pero en el fondo de mi alma pensaba: Jesús nunca veraneó, y, sobre todo, si me voy tengo que dejar el Sagrario vacío; me parecía que esto era echarle a Él para regalarme yo. Pensé que sudores, molestias y fatigas aceptadas, por amor a Él y a sus amados, podían ser útiles para sus planes redentores más que temporada, más aburguesada todavía, en alguna pensión de la sierra; y me agarré a lo de las inyecciones, ya que además así lo aconsejaba la prudencia, pues el año pasado, después de probar con todos los practicantes, encontré uno que me acertaba, pero sólo en un brazo. Como entonces la inyección era cada sesenta horas se podía conllevar, mas cada veinticuatro, que es ahora, era bastante expuesto.

         »Por eso no te escribí el día de Ntra. Sra. del Carmen, porque todavía estaba con la pierna estirada y por eso ahora soy breve pues llevo veinte minutos sentado y ya me duelen todas las venas. Suspendí la carta para descansar y la reanudo hoy. Gracias a Dios la prohibición de celebrar al Santa Misa fue sólo ocho días, pero celebraba sentado y con las piernas algo extendidas, bajo el Altar. Después otra vez todo el día con las piernas estiradas hasta el día de Santiago. Ya pude salir un poquito, pero aún ahora el tiempo que estoy en casa debo de estar con las piernas extendidas; en fin, caricias del Amado, pues es verdaderamente admirable que el Verbo, que eternamente expresa el amor del Padre por medio de la Sacratísima Humanidad, haya tomado todo lo mío, menos el pecado, para a través de lo mío darme lo suyo; así, cada dolorcillo es revelación nueva de la inmensidad de su Amor, cada miseria mía, riada torrencial de misericordia suya, que creo, porque Él me da la fe, en su constante, invencible y fidelísimo Amor, aquellas palabras de sus profetas que la Iglesia puso en mi boca el día de mi ordenación de subdiácono: “Aunque una madre pudiera olvidar a su hijo pequeñito, yo Dios omnipotente no me olvidaré de ti”, no se apartan de mi mente.

         »Os voy a enviar dos pequeñas reflexiones ante el Sagrario que impresioné en cintas magnetofónicas por si en algo os pueden servir.

         »Confío en que “mis madrinas en Cristo” no me abandonen; yo os sigo recordando todos los días en el Altar.

         »Termino ya porque otra vez se me cargan las piernas.

         »Que el Amado os colme de sus gracias y que su amor abrase vuestras almas, le pide para su gloria y vuestra paz, vuestro humilde Capellán que os bendice en el Señor.

         »P/S. Supongo que tu silencio será debido a no saber si estaba en Madrid o en algún pueblecito serrano» [7].

 

         Tarda casi tres meses en volver a escribirla. Lo hace el 26 de octubre

 

         «Amada en el Señor Madre Carmen:

         »No sé como agradecerte, a ti y a tu Rvda. Comunidad tan amada en el Señor, tanta bondad y cariño como tenéis conmigo; bien sé que estáis plenamente entregadas a la voluntad del Señor que os usa como uno de sus principales instrumentos para amontonar ascuas encendidas de caridad sobre la cabeza de este hombre viejo que tan adversario le es a Cristo, pues no sólo me habéis enviado conopeos, casullas, humeral, sino también frutos de vuestra huerta y, lo que aún es mejor, visitas de José Manuel, de Pepe, llamadas de Agustín; en fin, caricias de la caridad de Dios, que se ha remansado en vuestras almas.

         »Reanudo la carta que hube de interrumpir por recaída en la salud [8]. Acababa de pasar una bronconeumonía, a consecuencia de la cual se me formó un terrible edema o hidropesía. Empezó el médico a ponerme sales mercuriales para aumentarme la diuresis y volví a recaer con algo bronquial; según el médico es que, por la debilidad del corazón, tengo una circulación tan deficiente que no logré rechazar ninguna infección en vías respiratorias. A fuerza de ultrabiótica se consiguió dominar esta infección, pero, en vista de que el porvenir no era risueño, mi médico, por indicación mía, llamó en consulta al Dr. Pescador: “Padre de la novia de Agustín [Losada]”, y, a Dios gracias, me recetó un diurético inofensivo para el hígado y el riñón y de una eficacia diurética extraordinaria; llevo tomándolo ocho días, y del líquido que tenía retenido he eliminado catorce litros, aunque todavía deben quedar unos cinco litros de exceso que, Dios mediante, eliminaré en lo que queda de semana. Esto, según los médicos, implicará una gran mejoría pleural, pues el corazón se fatigaba enormemente teniendo que vencer esa resistencia de los veinte litros que oprimían el sistema circulatorio; igualmente el hígado estaba encharcado, etc.

         »Implicará una mejoría, digo, porque en el momento actual no la noto por el terrible cansancio que supone el llevar ocho noches casi sin dormir, pues la diuresis aumenta por las noches, y no puedo descansar más de cuarenta minutos seguidos. Lo que también me pasa durante el día, pues también me tengo que movilizar cada media hora.

         »De espíritu, aunque no puedo apenas rezar, pues apenas empezar me vence el sueño, no dejo de agradecerle al Señor con toda mi alma estas pequeñas tribulaciones por las que puedo participar un poquito de su Pasión Redentora y avanzo en conocimiento del abismo de su infinita caridad.

         »Termino porque se me cierran los ojos y me tiembla el pulso.

         »Escribiré en cuanto pueda. Entretanto encomendarme. Os bendice con todo afecto en el Señor» [9].

 

         Ya no lo hace hasta el 25 de diciembre.

 

         «Amada en el Señor:

         »Quería haber contestado a lo más importante de las distintas cartas que me has escrito, al menos de las cuatro: 3 y 6/10, 6/11 y 19/11. A parte de las tuyas tengo otra de la Hna. Teresa de Jesús del 22/9 en la que decía enviar una de su hermano; ni recibí la carta ni sé si su hermano vino a verme. Posiblemente se me habrá traspapelado alguna otra tuya. Quería haber contestado pero me llevaría mucho tiempo y llegaría muy tarde mi felicitación Pascual.

         »No contesté porque desde fines de agosto he estado mal, especialmente desde el 18 de marzo hasta finales de septiembre; casi continuamente puesta la mascarilla del oxígeno, amodorrado, medio ciego, con llagas en la boca y en una pierna y además decaído en el espíritu; ya sé que todo esto es regalo del Señor. Es mi único consuelo; que al menos acepte con agradecimiento esa participación de sus dolores que el Señor me hacía, pero fuera de esto ¡qué mal me he portado con el Amado!

         »En fin, ahora se trata de desearos que el Niño que nos ha nacido, el Hijo que se nos ha dado, derrame sobre todas vosotras el conocimiento de la caridad admirable de Dios para que así os recojáis más y más en el silencio de las almas que viven de los secretos inefables del amor de Dios.

         »Prometiendo escribir en breve, os bendice con el mayor amor en Jesucristo» [10].


 [1]  C.P. pp. 1877-1878.

 [2]  C.P. pp. 1879-1888.

 [3]  Permítasenos esta licencia repetitiva a fin de no romper el hilo conductor.

 [4]  C.P. pp. 1889-1890.

 [5]  C.P. pp. 1891-1894.

 [6]  C.P. pp. 1895-1898.

 [7]  C.P. pp. 1899-1902.

 [8]  Empezada el día 26 de octubre de 1963, la reanuda el día 13 del mes siguiente.

 [9]  C.P. pp. 1903-1904.

 [10]  C.P. pp. 7053-7054.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:47  | Espiritualidad
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