Domingo, 07 de diciembre de 2008

Comentario a las lecturas del domingo segundo de Adviento – B, publicado en Diario de Avisos el domingo 7 de Diciembre de 2008 bajo el epígrafe “el domingo, fiesta de los cristianos”.

 

Como el barrendero

 

DANIEL PADILLA

 

 

Les haré una confidencia. Me entusiasma el barren­dero que trabaja en la zona donde yo vivo. No sé cómo se llama ni poseo ningún dato de él. Simplemente le observo. Y es tal el esmero que pone al barrer las calles y aceras que, más de un día, me he dicho a mí mismo: "Si yo, si todos, pusiéramos ese esmero en la parcela que nos ha correspondido en la vida, otro gallo nos cantaría. Cambiaría la vida".

 

Hoy me he acordado muy especialmente de él, al repasar las consignas de Isaías y de Juan el Bautista: "Preparen los caminos del Señor. Enderecen sus sendas".

 

Hace unos días observé aún más atentamente al ba­rrendero. Soplaba un viento duro que desparramaba in­misericordemente las hojas secas que el buen hombre había amontonado. Pues, créanlo, sin ningún gesto de impaciencia ni contrariedad, corría detrás de las hojas, persiguiéndolas una a una, y volviendo a amontonarlas de nuevo. Era una imagen conmovedora y poética. Con su ancho vestido verde, parecía una inmensa hoja de otoño queriendo abrazar y cobijar todo aquel enjambre alborotado de hojas otoñales. Mi barrendero es de mediana estatura, joven y ya maduro, serio, y con un marcado perfil ascético. Y hoy, como les digo, al escuchar a Juan, me he acordado de él. Porque lo que pregonaba Juan es eso: que "barramos los caminos por los que suele venir el Señor".

 

Esa es la gran lección, no lo duden, de la liturgia de este domingo. El hombre, en su aventura individual, en su dimensión social, en su trascendencia religiosa, constata a cada paso que se va llenando de múltiples hojas secas, de constante barro acumulado, de baches peligro­sos. Dejar que nuestros caminos "hacia dentro" o "hacia fuera", es decir, hacia nuestro personal perfeccionamiento o hacia las exigencias de compromiso que tene­mos con los demás, se vayan deteriorando y ensuciando, es vivir de espaldas a la "venida del Señor". "No barrer bien los caminos" es pecado contra la urbanidad, contra el civismo y contra "el cuerpo místico de Jesucristo".

 

Somos "barrenderos de los caminos del Señor", no hay que olvidarlo. Se nos ha encomendado la limpieza de nuestra vida y el embellecimiento del mundo: "Una tierra nueva, unos cielos nuevos". Hay, además, campos muy concretos que, en algunas épocas, parecen estropearse muy especialmente. Es necesario cuidarlos.

 

Eso quería decir, Jesús cuando afirmaba: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios". Eso ha querido decir la ascética cristiana de todos los tiem­pos, cuando nos ha enseñado que, para llegar a Dios, hay que recorrer tres vías, la primera de las cuales se llama "purgativa", y pretende "limpiar, barrer a fondo" todo lo que esté manchado en nuestro camino hacia Dios. Eso es lo que han querido decir los Obispos españoles en su famoso documento "La Verdad les hará libres" sobre la "moralidad pública". Eso es, en fin, lo que contemplamos a cada paso "por la zafiedad a la corrupción". Sí. Es necesario barrer todo lo que desdice e impide que "caiga el rocío de lo alto y que las nubes traigan al Sal­vador".

 

Yo no sé si el barrendero de mi calle es creyente o no. No sé si sabe siquiera qué quiere decir "adviento". Pero les aseguro que, a mí, me ha ayudado a comprenderlo un poco mejor.


Publicado por verdenaranja @ 18:44  | Espiritualidad
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