Domingo, 07 de diciembre de 2008

Información  enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la redacción de la postitio super virtutibus sobre el Siervo de Dios Manuel Aparici.

ÚLTIMA ETAPA DE SU VIDA,

SEGÚN TESTIGOS PRESENCIALES 

 

          En los últimos meses de su vida, Alejandro Fernández Pombo, principalmente, y otros residentes del Colegio Mayor San Juan de la Cruz, acudían algunas noches a pasarlas con él y le suministraban la medicación en horas de vigilia dado que la enfermedad que padecía le obligaba a pasar noches enteras despierto y sujeto a una rigurosa medicación. Lamenta Alejandro no haber escrito a la mañana siguiente las cosas que le decía y que ya no puede reproducir con fidelidad. «Pero lo que no he olvidado –escribe en el Diario YA 1- es aquella sonrisa casi permanente en sus labios, aquel amor a los demás que llevaba cada una de sus palabras, la fe absoluta y rotunda que explicaba su ser y su estar y que justificaba su entusiasmo por las ideas y principios, por su cristianismo y de una manera antitética de todo fanatismo. Porque si alguien era contrario al fanatismo, ese era don Manuel: Exigente para que todas las cosas se hicieran bien y comprensivo con los que no eran capaces de hacerlas».


         
«La enfermedad –afirma años más tarde en su declaración– estaba francamente avanzada y se le había asignado un Consiliario sustituto [Don Manuel Arconada] aunque él conservaba todas las facultades mentales, y en las visitas que yo le hacía ejercía su dirección espiritual sobre las Obras en que yo trabajaba ...

          »Con la enfermedad muy avanzada [...] y con grandes sufrimientos, y desde luego muchas limitaciones [...] [prácticamente no poder conciliar el sueño], su comportamiento fue siempre heroico y ejemplar sin la menor queja e incluso evitando hablar de sus dolencias […].

          »Era  exigente  con  mi  comportamiento  espiritual, expresado siempre con gran dulzura […]. A pesar de mis muchas ocupaciones, me recomendaba que me pasase algún domingo viviendo con personas que me necesitasen […].

          »Recibí la influencia edificante de su testimonio vital y de su palabra, acertada siempre y luminosa para mí, en la manera de ejercer el apostolado seglar e indirectamente en el ejercicio de mi profesión [periodista]. Uno de los ejemplos que me dio fue el de su extrema caridad en todos los sentidos» [1].

 

          José Díaz Rincón asegura, por su parte, en su declaración que estuvo con él días antes de morir.

 

          «[…] Le vi sufrir mucho física, moral y espiritualmente […]. Su situación humana era tremenda, por su dureza, soledad, prolongación, dificultades, etc., ya que no tenía ni ganas de rezar, ni de comer, ni de hablar, ni de dormir, ni de nada […]. Estaba peor, pero más sosegado, más espiritual, más confiado, más despegado de todo, se palpaba su fe profunda […]. Soy testigo de que siempre estaba inmerso en ese amor trinitario del que hablaba tanto, que reaccionaba como los más grandes santos que yo había leído. Era igual que un niño pequeño en las manos de su Padre Dios, se le notaba abrasado por el amor de Cristo y el fuego del Espíritu Santo […]. Yo le vi aquellos años sin salir de su casa en unas condiciones muy precarias en todos los aspectos; hasta los ruidos de las larguísimas obras de aquella Plaza de Isabel II […]. De la pena que me daba, le pedía a Dios insistentemente que si no le curaba que se lo llevase pronto al Cielo. A mí hasta desde la fe me era durísimo verle así.

          »Muy al final […] no podía ni celebrar Misa, ni rezar, ni hablar, ni descansar […].

          »A mí todos los actos de don Manuel me ayudaron y me ayudan hoy para vivir mejor mi fe […]. Cuando tengo que tomar decisiones […] tengo delante el testimonio de D. Manuel» 2.

 

          «Estando ya muy avanzada su enfermedad –afirma José María Castán Vázquez en la suya–, le hice mi última visita; él no salía ya del lecho y sufría visiblemente, pero me dijo que lo único que le preocupaba era que el sufrimiento llegara a hacerle más difícil la oración. Salí convencido de que la oración llenaba su vida y sentía de una forma intensa la presencia de Dios» 3.

 

          «Estando ya cercano a su muerte –afirma en su testimonio el Rvdo. D. Julio Navarro Panadero que coincidió unos años con el Siervo de Dios en el Seminario–, acompañé a verle con su amigo don Pedro Álvarez  Soler, [sacerdote  que  había  dirigido el Siervo de Dios] [2] que iba a celebrar Misa a su lado (no se permitía entonces la concelebración) en su habitación [...] .Acabada la Misa y dado gracias, me dijo: “Julio, ahora sé decir Misa”. Cuando se estaba inmolando en el altar con Cristo Sacerdote». 3.

 

 

[1]  C.P. pp. 166-182.
[2]  Sacerdote «que le atendía con mucha solicitud, con espíritu fraternal; le ayudaba a celebrar la Misa en su casa, cuando ya no podía celebrar en la iglesia, y cuando ya no podía celebrar él le llevaba la comunión todos los días», afirma Mons. Maximino Romero de Lema en su testimonio (C.P. 9814-9832).


 

 


 


Publicado por verdenaranja @ 19:37  | Espiritualidad
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