Lunes, 08 de diciembre de 2008

Publicados en la HOJA DE DIFUSIÓN PARROQUIAL DE SANTA RITA DE CASIA DE PUNTA BRAVA Y DE SAN PABLO APÓSTOL EN LA DEHESAS - PUERTO DE LA CRUZ, 16 de Abril e 2008, número 75.

El Emperador José II y el magistrado.

 

El Emperador José II (t 1790) se disfrazaba a menudo y se confundía con el pueblo para conocer a fondo su situación y especialmente sus necesida­des. Habiendo sobrevenido una gran carestía en Bohemia el año 1784 y alcanzando el trigo precios muy elevados, el Emperador envió a aquel país gran-des provisiones de ese cereal, para que fuesen distri­buidos a los pobres, dirigiéndose, personalmente, al mismo tiempo a Bohemia, para ver si los empleados obedecían puntualmente sus órdenes. Llegó una vez perfecta-mente de incógnito, a una pequeña ciudad de los alrededores de Praga y vio delante de la oficina de suministros muchos carros cargados de trigo. El Emperador entabló conversación con los hombres que los estaban guardando y supo por ellos que los pobres de aquel país hacía largo tiempo que esperaban en vano la distribución de los cereales y que aquellos mismos carros estaban desde muchas horas inútilmente delante de la oficina, pues el Delegado encargado de ello no dejaba verse. El Emperador, que iba muy modestamente vestido, se dirigió a la casa del delegado y le preguntó por qué la gente había de esperar tanto tiempo. El oficial respondió con arrogancia: «Yo no tomo lecciones de nadie y mucho menos de usted; conozco por mí mismo cuál es mi deber». Entonces el Emperador respondió, descubriendo su uniforme imperial: «Está hablando con el Emperador y en uso de mi pleno derecho te depongo de tu misión y te prohíbo que te ocupéis en delante de la distribución de trigo». En seguida nombró otro delegado. El oficial castigado palideció de terror. ¿Si hubiese conocido a su Emperador, habíale contestado con tanta arrogancia? Cierto que no. Si los hombres conocieran a Dios, tampoco le ofendieran con tantos pecados graves. 

 

 El pez fuera del agua.

 

Un buen pescador cogió un día gran cantidad de peces y se propuso regalar al párroco el más hermoso de todos ellos. El pez era aún viviente cuando se lo presentó. Agitaba la cola, saltaba y se retorcía sin cesar. El párroco se agarró a aquella ocasión para dar a los que le rodeaban una hermosa enseñanza: «Fíjense, les dijo, en este pobre pez y vean cómo se agita y retuerce. El quisiera volver al agua que es su elemento, pues sólo en ella puede vivir alegremente. Lo mismo nos acontece a los hombres: hemos sido criados para Dios y apenas nos alejamos de él, nos sentimos inquietos y desdichados». Con razón decía San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto está nuestro corazón mientras no descansa en Ti».


Publicado por verdenaranja @ 22:47
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