Lunes, 08 de diciembre de 2008

Reflexión del Padre Antonio María Hernández Hernández del Hogar Santa Rita del Puerto de la Cruz, publicada en la HOJA DE DIFUSIÓN PARROQUIAL DE SANTA RITA DE CASIA DE PUNTA BRAVA Y DE SAN PABLO APÓSTOL EN LAS DEHESAS DELPUERTO DE AL CRUZ, 16 de Abril de 2006, número 75.

 

24 HORAS ANIMADAS Y ASÍ CADA DÍA

 

Queridos amigos: la vida dé cada día siempre es lucha, siempre habrá alguna di­ficultad, algo nos sale mal, algo nos sale al revés, alguien te puede fallar, alguien puede producir en ti una sensación de soledad, de tristeza, de desánimo, alguien puede hasta hundirte en una horrible depresión. Los desaires, los desprecios, las mil dificultades están siempre a la vuelta de la esquina. Podríamos decir que son el pan de cada día. ¿A cuantas personas no le im­portan tus problemas? O más bien ¿a qué pocas personas les preocupa nuestras dificultades?

 

El desánimo es, a veces, una falta de confianza en nosotros mismos. Nos tambaleamos. Hemos construido nuestra vida sobre un amor humano, te falta el amor y te vas para el piso.

 

TENÍAMOS QUE AGARRARNOS MÁS A DIOS, que es el amor que nunca falla, y ver que con la ayuda de Dios saldremos adelante. Cuando nos sale algo al revés, cuando tú entregas toda tu vida y pones toda tu confianza en alguna persona humana, si, por lo que sea, te abandonara, quedas como un barco que está sin rumbo, ala deriva, estás como un perro que ha perdido el amo, triste, melancólico, vacío, como un zombi, tarumba, sonado; ¿Pero en esta circunstancia, que hacer?

 

Creo que lo mejor es asumir el fracaso, no seguir luchando por lo que ya no tiene solución, no perder el tiempo en reconstruir un edificio que está ya totalmente en ruinas, no forzar las circunstancias para hacer revivir lo que ya está totalmente muerto. No verlo todo negro y sin solución.

 

No abandonar el esfuerzo, dándonos por derrotados o perdidos, sin solución. Pien­so que hay que rehacerse, emprender nuevos caminos, construir nuevas amistades, buscar nuevos rumbos, fundamentar mejor el amor; pero nunca sentirnos acomplejados, ni creer que somos una basura, o que no tenemos arreglo. Aceptar las rosas con las espinas. No hay persona por muy feliz que aparente estar que no sienta también el dolor de la soledad, que no sienta los golpes de la vida, aunque no lo diga.

 

¿TÚ QUÉ SABES LO QUE SUFRE ESA PERSONA POR DENTRO? ¿Tú qué sabes los problemas que a lo mejor le están atormentando? Échale una mano, camina a su lado, no le dejes solo. Si uno quiere triunfar y echar adelante, primero tiene que reconocer sus propias limitaciones y sus propias dificultades y reconocer que la vida, muchas veces, se vuelve un tanto cruel, y hay que poner buena cara al mal tiempo.

 

¿Qué te hacen despreciado? ¿Y qué pasa? Adelante a sonreír, que no te vean depri­mido ni acogotado, no pidas amistad como un limosnero. Si te quieren, te quieren, y si no, no pasa nada. No tenemos que darle el gusto a nadie de que nos vean desanimados, aunque la procesión vaya por dentro. No tenemos que dar a conocer a nadie los sufrimientos que llevamos por dentro. Para uno abrirse con alguien y desahogarse tiene que haber una gran confianza, y que te escuchen sin ironía, sin tomadura de pelo, sin que sientan compasión de ti, ni que les dé pena tu situación.

 

NO SE TRATA DE ESCABULLIRNOS DEL PROBLEMA. Hay que afrontarlo con tenacidad. No se trata tampoco de sentirnos víctimas, ni mimosos. Hay que echarle pecho a la vida y luchar en todos los frentes; pero uno por uno, dificultad por dificultad, y tratar de solucionar la raíz del problema. No se trata tampoco de creernos supermanes, sino ir resol-viendo uno a uno los problemas de turno, sin acongojarnos, sin tirar la toalla, con optimismo.

 

NO PERDER DE VISTA A DIOS. Dios nunca será un intruso en nuestras vidas. Siempre será un Padre cariñoso que nos da una y otra vez oportunidades de rectificar, de corregir nuestro rumbo, si va mal.

 

Tranquilo, acepta la situación nueva que se te viene encima. Todos los Santos han tenido que luchar, han tenido que estar luchando sin perder el ánimo, sabiendo que Dios lo permite todo para nuestro bien, aunque ahora no lo comprendamos. Al final subimos al podium a recibir el premio a la constancia, al sufrimiento, a todas las pruebas de la vida, las «metas volante, el premio de la montaña, el premio a la resistencia y llegada aunque sea al último puesto, a la meta señalada».

 

¡Dios mío! Yo sé que no es nada fácil, porque a veces nuestra vida se pega a otra vida y es muy doloroso el separarse, el despegarse; pero tenemos que arrancarnos aunque soltemos sangre. Ante los ojos de Dios, el valor de una persona no se mide por sus fallos, sino por la confianza que aún en medio de los fracasos tiene puesta en Dios. Por eso tenemos que, a trancas y barrancas, caminando por encima de espinas, saltando las enormes piedras que se nos atraviesan en el camino, siempre adelante, sin perder el paso, sonrientes, con valentía, poniendo alegría, aunque sea forzada, porque si nos acobardamos ante los problemas, y caminamos acongojados y tristes, nos sentiremos terriblemente solos y totalmente desanima-dos y hundidos. Ser conscientes de nuestras debilidades. No tenemos porqué descorazonar-nos. Al contrario, que las contrariedades nos unan más a Dios, que sabemos que es «un amigo que nunca falla».

 

SI FALLAMOS, SI CAEMOS, NO ES CUESTIÓN DE QUEDARNOS TUMBADOS EN TIERRA. Tenemos que levantarnos mil veces, si mil veces cayéramos, y animarnos de nuevo y reemprender de nuevo el camino, tomando las riendas de la propia vida y crecernos ante los problemas que nadie use nuestra vida, que agarremos fuertemente la vida personal y seamos nosotros mismos, quienes caminemos, aunque sea con una muleta, puesta la vista en Dios.

 

Estar vivos es tan maravilloso, que solamente por este motivo debemos de estar en "estado de alegría", aunque a un tiempo nos estén saltando las lágrimas. Para un cristiano todos los días, son días de Pascua de resurrección, porque, amigo mío, el dolor, el sufrimiento, aún una enfermedad por muy horrible que sea, cualquier desolación, cualquier fracaso, o error que cometamos, tiene posible solución mientras Dios nos siga prolongando la estancia en este planeta Tierra, y además, se acaba y luego llega la resurrección. La idea real de que hemos nacido para vivir ha de sacudirnos de nuestra inercia y decirle sí a la vida, ilusionarnos por gastar hasta el final está vida marcada por el reloj del tiempo, preparar la marcha hasta que la muerte ponga fin a tanta amargura, a tanta tristeza, a tantas terribles separaciones.

Muchas veces nos angustiamos porque no hemos encontrado el sentido de la vida, ¿para qué venimos a esta tierra?, ¿Qué pintamos en este mundo? ¿Vale la pena vivir? ¿Vale la pena sufrir? ¿Vale la pena tanta lucha, tanto desgarre, tanto desamor?

 

YO PIENSO QUE, A PESAR DE TODO, HA VALIDO LA PENA VENIR A ESTE PLANETA. Lo que tenemos es que darle un giro a nuestra vida, enrumbar el camino con dirección a Dios, que nos quiere tal y como somos. Adelante, pues, que tengamos una se-mana hermosa, adelante, amigos, que todo el mundo cuando se acerque a ti, te vea lleno de fe y de esperanza. Cuando estés mal, por favor no contagies de tu desazón y rareza interna a los demás. Que cuantos se acerquen a ti, salgan contagiados de ilusión, de alegría, de paz. Crea dentro de ti un bosque de tranquilidad, de calma, de serenidad. Que cuantos se acer­quen a ti, estén a gusto, se sientan felices y no tengan ganas de marcharse. Intenta ser como "un oasis en medio del desierto". Aunque tengas mil contratiempos, que siempre te vean con un talante acogedor, con un rostro amable y siempre en tu cara se dibuje una sonrisa. Nunca espantes a nadie, que los que estén un rato contigo no tengan ganas de marcharse y puedan decir como un día dijo San Pedro: "Qué hermoso es estar aquí", junto a esta persona que desprende amor y paz por los cuatro costados.

 

SIEMPRE TENEMOS QUE DECIR «QUÉ BUENOS SON LOS SANTOS», y qué buena es llegar a ser Santos y la cuestión es que podemos llegar, si queremos. Si no llegamos no podemos echarle la culpa a Dios. Es nuestra culpa y responsabilidad. Y además que seamos unos Santos simpáticos, alegres, siempre de buen humor, que jamás espantemos a nadie por culpa del mal carácter o de unos enfados descompasados.


Antonio María Hernández y Hernández

 

 


Publicado por verdenaranja @ 23:02  | Espiritualidad
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