Jueves, 11 de diciembre de 2008

El Card. Rodolfo Quezada Toruño, Arzobispo de Santiago de Guatemala ha publicado una Exhortación Pastoral en ocasión del Adviento y la Navidad con el fin de ofrecer algunas reflexiones que ayuden a los fieles a vivir este tiempo litúrgico.

 

 

Exhortación Pastoral

de Rodolfo Cardenal Quezada Toruño,

Arzobispo de Santiago de Guatemala

en ocasión del Adviento y la Navidad

Guatemala, noviembre de 2008

 

Muy queridos hermanos en el Señor:

El inicio del año litúrgico y la proximidad de la Navidad siempre es ocasión privilegiada para dirigirme a todos Ustedes, los sacerdotes, religiosos/as y feligreses de esta Arquidiócesis de Santiago de Guatemala, para compartir algunas reflexiones que ayuden a una celebración verdaderamente cristiana de la Navidad.

En primer lugar, les recuerdo la finalidad del tiempo de Adviento con las mismas palabras de las “Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario”: “Después de la celebración anual del ministerio pascual, nada tiene en mayor estima la Iglesia que la celebración del nacimiento del Señor y de sus primeras manifestaciones: esto tiene lugar en el tiempo de Navidad”. (n.32) Y así como la Cuaresma nos prepara a la celebración del Triduo Pascual, el Adviento está en relación directa con la Navidad y la segunda Venida de Cristo: “El tiempo de Adviento posee una doble índole: es el tiempo de preparación para la Navidad, solemnidad que conmemora el primer advenimiento o venida del Hijo de Dios entre los hombres y es al mismo tiempo aquel que, debido a esta misma conmemoración o recuerdo, hace que los espíritus dirijan su intención a esperar el segundo advenimiento de Cristo”. (ibid., n.39).


En este mensaje pastoral pretendo hacerles llegar algunas reflexiones sobre el Adviento como preparación para la Navidad, que cobra especial importancia a partir del 17 de diciembre.

 

I.                   NAVIDAD CON CRISTO

 

Aún antes que comience el Adviento, la publicidad comercial es señal de la proximidad de la Navidad. Desde hace varios años, he insistido en la necesidad de celebrar cristianamente la Navidad. No es posible reducirla a una ocasión de compras extraordinarias, a un intercambio de degalos, a una fiesta de niños o a un simple pretexto para celebraciones profanas. Para evitar ese peligro, cada día mayor, los verdaderos cristianos tienen que concebir el tiempo de Adviento como un camino espiritual hacia la Navidad que no se deje aprisionar por el clima consumista de la época.


En Navidad conmemoramos y celebramos el nacimiento de Cristo, a quien nuestra fe proclama Hijo de Dios e Hijo de María, nuestro Señor y Salvador. Cristo debe ser por ello el centro insustituible y único de nuestras celebraciones navideñas. Históricamente la Navidad es el fruto de una inteligente iniciativa eclesial en el siglo IV: una fiesta pagana dedicada al “Sol invicto”, es presentada como signo de un acontecimiento cristiano, la manifestación, desde el nacimiento, del Señor “Sol verdadero” de justicia y salvación. La historia del Adviento comienza entre el siglo IV y el VI.


Navidad con Cristo. No podemos olvidar una verdad central de nuestra fe: Cristo vivo, ha resucitado y está con nosotros. Por eso la Navidad no es un simple recuerdo del nacimiento del Señor. Celebramos el nacimiento de Alguien, de Jesús, que está vivo y por lo mismo sigue viniendo a nosotros los creyentes. La primera venida de Cristo en la humildad de nuestra carne, fundamenta lo definitivo de la venida del Señor al final de los tiempos.

 

II. ACOMPAÑADOS DE MARÍA, JUAN BAUTISTA Y EL PROFETA ISAIAS.

 

DE MARIA. El Adviento es el tiempo privilegiado para honrar a María, la madre de Jesús, María está unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo. María es el modelo supremo de la espera del Señor, resumiendo en su alma toda el ansia por un Mesías deseado y esperado por el pueblo de Israel. La solemnidad de la Inmaculada Concepción, tan especialmente celebrada en Guatemala, debe considerarse como preparación radical a la venida del señor. Y sobre todo, del 17 al 24 de diciembre, lo mismo que el domingo anterior a la Navidad, la Iglesia recuerda frecuentemente en su liturgia la misión de María como Madre del Redentor. Ella debe ser “la madre de nuestro Adviento”.

 

DE JUAN BAUTISTA. . Es el último de los profetas. El resume en su persona toda la historia anterior, precisamente, en el momento en que ésta alcanzará su cumplimiento con el nacimiento del Mesías. El señalará a Cristo ya presente entre los hombres. (Jn 1,29-34) Tiene la misión de preparar los caminos del Señor. (Is 40,3) y de anunciar el “conocimiento de la salvación” (Lc 1,77-78)

 

DEL GRAN PROFETA ISAIAS. Ocho siglos antes, anunció la llegada del Mesías, del Enmanuel (Is. 8) Las lecturas de Isaías en este tiempo contienen el anuncio de esperanza para los hombres de todos los tiempos Por eso,.desde tiempos muy antiguos, la lectura del profeta Isaías ocupa un lugar privilegiado en la celebración litúrgica del Adviento. En Isaías resuena el eco de la gran esperanza que conforta al pueblo de Israel durante los difíciles siglos de su historia.

 

III. NAVIDAD Y PIEDAD POPULAR

 

Puede afirmarse que en un principio la celebración de la Navidad era más teológica, Así lo demuestran las hermosas homilías del papa san León Magno. (s. V) Se hacía hincapié en el misterio del “Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada en el seno de María por obra gracia del Espíritu Santo”. (Credo Niceno Constantinopolitano) Pero, a partir de la Edad Media, la piedad cristiana se centra un poco más en la humanidad de Cristo. Siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís, nace la costumbre de hacer “nacimientos o pesebres”. . Y de esta manera, alrededor del “nacimiento” o “pesebre” nace espontáneamente una serie de costumbres, de tradiciones y de piedad popular, con una sencillez encantadora, que varía según los países. Pintores, músicos, literatos y poetas se inspiran en lo acontecido en Belén de Judá. A nosotros, herederos de una milenaria tradición, nos corresponde valorar esta piedad popular hacia el nacimiento de Cristo.


Expresamente quiero referirme ahora a dos expresiones de la piedad popular guatemalteca: “las posadas” y “los nacimientos”. Estoy convencido, queridos hermanos en el Señor, que estas dos tradiciones del tiempo navideño nos permiten una buena preparación de la Navidad, siempre y cuando se realicen con verdadero espíritu de piedad.

Nuestras “posadas” pueden ser canalizadas hacia su finalidad original. Desafortunadamente, para algunos, “las posadas” son utilizadas para organizar fiestas mundanas, sin contenido religioso, y hasta con faltas de respeto a las Imágenes sagradas Creo que los guatemaltecos debemos hacer un serio esfuerzo para rescatar esta tradición. Si son diligentemente preparadas y debidamente centradas en la Palabra de Dios, las “posadas” son una excelente preparación para la celebración de Navidad, además del beneficio que supone compartir la fe con los demás y unificar las familias y barrios. De todo corazón deseo exhortar a los señores Párrocos para que, ayudados por los padres de familia, promuevan e impulsen estas posadas con adecuadas celebraciones de la Palabra de Dios. De esta manera se agilizará una cristiana preparación de la Navidad y se logrará recobrar una tradición tan popular en su verdadero sentido.


Otra tradición es la de los “nacimientos”. La preparación de los mismos ofrece a los padres de familia la oportunidad de cumplir con la obligación de educar a sus hijos en la fe, compromiso adquirido, al igual que los padrinos, en el día del bautismo. Nuestros “nacimientos” no solo reproducen plásticamente, con mayor o menor fidelidad, la escena o el paisaje del nacimiento de Jesús. También son una oración en acción y un acto de piedad. Ciertamente, la preparación de un “nacimiento” obliga a quienes lo preparan a una lectura reposada y meditada del evangelio según san Lucas para responder así, en la realización del mismo, a una mayor fidelidad a lo sucedido en Belén de Judá. Quiero insistir en que los “nacimientos” se convierten en pequeños altares domésticos, en lugares de oración, de reflexión y de gran contenido espiritual. A pesar de su belleza y colorido, no puede lograr esto el “arbolito de Navidad”.En lo personal, deseo exhortar a los señores párrocos y sobre todo, a los padres de familia, a preocuparse por esta tradición para que no sea lamentablemente sustituida por costumbres de otras partes, que, no obstante su bondad, no llegan a la raíz más profunda de lo nuestro. Sería verdaderamente fructuoso que los señores párrocos promoviesen concursos de “nacimientos”.

 

IV. UNA NAVIDAD SOBRIA

 

El tiempo de Navidad es siempre alegre. Sería lamentable que nos olvidáramos de la penosa crisis económica por la cual estamos atravesando y cuyos dolorosos efectos los sufren siempre los más pobres. No es lógico ni cristiano que en pocas horas, sin criterio alguno, se gaste en cosas superfluas el dinero extra que proviene del “aguinaldo” navideño y de otras prestaciones laborales de fin de año. Hay que tener los pies en la tierra. Hay que celebrar una Navidad austera y sobria. Consciente de sus responsabilidades familiares y de la crisis actual, el buen cristiano jamás debe caer en las garras de la sociedad de consumo. Considerar los bienes superfluos como necesarios y adquirirlos a

toda costa, a como dé lugar, es una nueva forma de esclavitud. Una navidad sobria supone la imitación de Cristo, que nace, vive y muere pobremente.

 

V. UNA NAVIDAD DE PAZ

 

“Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. (Mt. 4,42), proclamaron los ángeles a los pastores en la primera noche de Navidad. En este tiempo siempre nos deseamos recíprocamente la paz. Es probablemente la palabra más empleada para desear la felicidad a nuestros parientes y amigos. Todo hombre honesto desea y anhela la paz, esa paz que es fruto de la justicia y el amor. La verdadera paz -don de Dios y quehacer permanente del hombre consiste en una armonía estable de todo hombre con Dios, consigo mismo y con los demás hombres amados y servidos como hermanos. Por ello, ante la próxima celebración navideña, debemos renovar nuestro sincero propósito de ir creando, con nuestras actitudes, la civilización del amor cristiano.

 

Muchas son, sin embargo, las situaciones que no nos permiten vivir en paz. Es penoso constatar que existe entre nosotros una profunda falta de respeto a la dignidad de la persona humana que se manifiesta en la violencia completamente desmedida que sufrimos todos los guatemaltecos y guatemaltecas sin excepción. Los crímenes horrendos de los que hemos sido testigos en estos últimos meses tienen su origen en muchos fenómenos, entre ellos el crimen organizado, el narcotráfico, el contrabando, la impunidad. La crisis financiera internacional y su efecto en la frágil economía nacional agrava aún más esta situación. Sin embargo, todos debemos denunciar esta violencia como un mal inaceptable e indigno del ser humano. Debemos convencernos que sólo erradicándola de cada uno de nosotros, de nuestro corazón y de nuestras relaciones interpersonales, de nuestras familias, de nuestros barrios y colonias, de nuestras ciudades y pueblos, podremos empezar a vivir en paz.


Pero hace falta todavía algo más. Es necesario vivir de una manera nueva. A propósito, hago referencia al último Comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala, que entre otras cosas dice: “Las situaciones lamentables que hemos señalado son consecuencia de la exclusión de Dios de la realidad y de nuestras acciones, y de la falta de principios morales en la toma de decisiones políticas, económicas, financieras y en la misma actividad de ciudadanos. Recientemente la Conferencia Episcopal de Guatemala presentó el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia como documento que ofrece, de manera sistemática, los criterios que deben guiar la conducta de todos con el fin de alcanzar una sociedad más humana y justa. Esa doctrina es parte del Evangelio
de Jesucristo, que debemos anunciar con alegría y nuevo impulso misionero” (Comunicado, 10-10-2008). Este tiempo de Adviento y Navidad debería ser, pues, una oportunidad maravillosa para anunciar el Evangelio de la paz y para comprometernos a vivirla como opción y compromiso de todos y todas.


Queridos hermanos en el Señor: me permito desearles una santa y feliz Navidad. Que todos encontremos en esta celebración una razón más para ser consecuentes con nuestra fe en la vida personal, familiar y social. Y en este tiempo de Adviento, que todos esperemos la Navidad en aquella actitud de oración y reflexión, que tuvo María, la madre de Jesús y Madre nuestra, durante el tiempo de espera. Que el Señor les bendiga a todos.

 

Rodolfo Cardenal Quezada Toruño

Arzobispo Metropolitano de Guatemala

 

Por mandato del señor Cardenal Arzobispo,

Pbro. Lic. Eddy Calvillo Díaz

Vice-Canciller.


Publicado por verdenaranja @ 22:45  | Hablan los obispos
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