Jueves, 11 de diciembre de 2008

Ponencia del décimo aniversario del Sínodo Diocesano Nivariense, pronunciado por el Vicario General de Pastoral (Noviembre 2008).

 Primera parte

4.- LOS CAMPOS QUE YA BLANQUEAN: INSTAURAR

 

Cierto es que mucho es lo que queda por hacer. Como vemos, siguen apareciendo asignaturas pendientes que necesitan seguir mejorándose:

 

  • Continuar profundizando sobre la importancia de "ir al corazón de la fe", a lo fundamental y nuclear de la experiencia cristiana.
  • La formación y mejor cualificación de los cristianos, de los militantes de los movimientos, de los agentes de pastoral. Lo que ya dijera nuestra asamblea diocesana: "cualificación cristiana y pastoral de los agentes..." sigue siendo un desafío ante el cual no podemos rendirnos ni conformarnos.
  • La centralidad de la Palabra, en la línea de lo dicho por el Papa en la misa de inauguración del reciente Sínodo: "Cuán necesario es poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad.
  • Concluir un directorio sobre la iniciación cristiana que marque unas pautas comunes en los procesos diocesanos; y un catecumenado de adultos bien organizado para preparar adecuadamente a aquellos adultos que deseen ser cristianos, y para fortalecer la fe de los que ya lo son, pero están alejados o se sienten poco formados;
  • La intensificación de la vida cristiana pasando de un cristianismo tradicional a un cristianismo de experiencia-testimonial. Continuar ofertando medios para concienciar y hacer realidad el paso de una pastoral de lo heredado a una de la propuesta. Ser capaces de implementar, conforme a criterios pastorales, determinadas experiencias pilotos que, debidamente evaluadas y en comunión con la diócesis, puedan ir abriendo caminos nuevos al evangelio;
  • La importancia e implantación de los movimientos apostólicos. Las condiciones actuales siguen demandando una apuesta seria por ellos, al tiempo que su acompañamiento y su más real implicación en la presencia pública de la Iglesia;
  • El apostolado asociado sigue siendo una gran tarea pendiente, de cara a canalizar, entre otras cosas, una mayor y mejor presencia de los católicos en la vida pública. El acompañamiento de los cristianos en estos ámbitos es muy deficiente, si exceptuamos algún encuentro con responsables públicos y periodistas;
  • Fomentar unas comunidades parroquiales con mejor parresía apostólica, con verdadero espíritu fraterno donde tengan cabida la acogida, la corresponsabilidad, la pastoral de conjunto, el ejercicio de la caridad, la corrección fraterna, la participación activa de todos sus miembros, desde la realidad de unas parroquias mejor catequizadas y catequizadoras;
  • Implementar una pastoral misionera, con un marcado carácter de primer anuncio.
  • Ir dando pasos para que la pastoral se vaya concretando según el modelo de la iniciación cristiana, ofertando itinerarios catequéticos diversificados, atendiendo más personalizadamente a cada uno, etc
  • Los adultos y la familia. Ambas realidades siguen siendo ámbitos de acciones preferentes y transversales precisas para que ocupen en lugar que les corresponde en la pastoral ordinaria actual;
  • Las vocaciones, tanto a la militancia cristiana en la vida pública, como a ser agente de pastoral en tareas catequéticas, solidarias, litúrgicas, etc, como las de especial consagración han de ser objeto de una atención más cuidada y preferente por la vía de hecho. El relevo generacional de los agentes de pastoral es un desafío muy importante;
  • La Piedad Popular es un ámbito que sigue sin tener la atención pastoral que se precisa. Otro tanto cabría decir de todo el mundo de las hermandades y cofradías.
  • La autofinanciación de la Iglesia como compromiso de todos;
  • Por último, parece preciso proseguir con la renovación y discernimiento de los servicios diocesanos como estructuras para la misión. Así como del funcionamiento de las vicarías, arciprestazgos, parroquias, etc.

 

5.- ODA FINAL. CORREGIR

 

El oficio de adivino es siempre aventurado; más aún si se ejerce acerca de una institución tan singular e incalificable como la Iglesia. No en vano confluyen para configurar su futuro el imprevisible factor humano y el indisponible e implanificable factor divino. Por eso, al término de este estudio, puesto en estas páginas, mi impresión es la perplejidad. ¿Cuántos aciertos logrará este pronóstico? ¿Cuántos rasgos del perfil venidero de nuestra Madre la Iglesia que peregrina en nuestra Diócesis, no habrán sido aquí ni siquiera mencionados ni sospechados?

 

Todos convenimos sin esfuerzo en cómo no queremos que sea; pero nos cuesta más trabajo convenir en cómo debe ser la Iglesia.

 

  • No queremos una Iglesia intolerante, antipluralista, antidemocrática, centralista, inmisericorde, evasionista, desencarnada... Queremos una Iglesia que se presente en la sociedad como servidora, no como señora; como pronta al diálogo y la comprensión, no como poder impositivo y doctrinario; como alentadora de una convivencia fraterna, que es más alta forma de democracia; como comunidad abierta, no como reducto sectario o elitista.
  • Queremos, en fin, una Iglesia que se autocomprenda como la comunidad de los que esperan la venida del Señor Jesús; que vuelva a proclamar el maraña tha con la misma anhelante premura con que lo profería la Iglesia recién nacida del costado abierto de Cristo; que, a la vez que se entrega confiada y gozosamente al futuro escatológico, se comprometa valerosamente con el presente y el futuro históricos, sabedora de que sólo tienen derecho a esperar lo último, (lo que no es imposible) quienes pugnan por llegar hasta el límite de lo penúltimo (lo que no es humanamente alcanzable). 

 

Entonces esta Diócesis tendrá el coraje de anunciar que su misión consiste en ser, según se indicó más arriba, la institución significativa de la trascendencia. De una trascendencia encarnada y salvífica, no evanescente y asépticamente desinteresada de la suerte del ser humano. Una Iglesia-sacramento de esa trascendencia deberá-recordémoslo de nuevo -obrar lo que significa-; habrá de implicarse en las situaciones de no-salvación para poder ser salvación creíble de la gracia salvadora.

 

Esto es, a la postre, lo único que Dios nos está pidiendo; afortunadamente, esto es también lo único que los hombres y mujeres de buena voluntad esperan de ella. Una Iglesia Diocesana así, que se reencuentre con su misión y se exhiba con sus auténticas señas de identidad, no morirá nunca. Estará más bien en trance de permanente y prometedor renacimiento. Ella puede ser (ella será, sin duda) lo que haga llegar a la cultura de este tiempo que nos ha tocado vivir la buena nueva de la salvación.

 

Después de lo visto, sería pretencioso y falso decir que cada nuevo plan ha superado al otro, y que todo lo propuesto en el Sínodo se ha llevado a cabo. De hecho, en los tres planes diocesanos vemos voces que se repiten y que, una y otra vez, insisten en algún objetivo o realidad que nuestra Iglesia diocesana tiene que potenciar. Esto no significa que los planes hayan sido un fracaso ya que, a través de los planes diocesanos de pastoral, incluso repitiéndose algunas cuestiones y acciones en los mismos, descubrimos que la gran marcha de esta iglesia particular tiene un rumbo fijado, que la Iglesia diocesana está viva y que estamos trabajando juntos en hacer, aquí y ahora, lo que Dios espera de nosotros. De hecho cuando se tiene clara la meta que se quiere alcanzar, se buscará el camino y cuando se tiene claro el "qué" tenemos y queremos hacer, se buscará el "cómo" llevarlo a la práctica.

 

Desde los orígenes de la Iglesia, en el ejercicio de los ministerios, se han tenido tres referencias fundamentales: la evangelización de los no creyentes, el cuidado de la vida fraterna en las comunidades y el ejercicio de la corresponsabilidad. Llegados a este punto podemos decir que la pregunta que nos ha servido de punto de partida se desdobla en dos interrogantes que engloban toda la acción pastoral: ¿cómo decir con «palabras y gestos» una palabra significativa sobre Dios al ser humano de hoy? ¿cómo dar una respuesta eficaz al problema de la pobreza que afecta a tantos hermanos nuestros? Sólo si logramos dar una buena respuesta a estos retos podemos dar el paso siguiente y preguntarnos: ¿cómo se hace un cristiano y cómo se renueva la comunidad cristiana?

 

Una pastoral «actual, creíble y eficaz». Esto es lo que nos pidió el papa Juan Pablo II en la encíclica Pastores dabo vobis (n 72). La Conferencia Episcopal Española lo expresó con estas palabras: «Tendríamos que hacer una revisión de muchas de nuestras actividades pastorales ordinarias que, a pesar de los muchos esfuerzos hechos, no consiguen suscitar el vigor religioso cristiano que las nuevas generaciones necesitan para expresar, practicar y mantener la fe a pesar de las presiones ambientales a las que se ven sometidas. Tendríamos también que examinar y valorar los diferentes procedimientos que han ido apareciendo en la Iglesia durante estos últimos años para corregir los que se hayan manifestado defectuosos o insuficientes e impulsar los que están demostrando una mayor capacidad evangelizadora de conversión» (Para que el mundo crea, Plan Pastoral 1994-1997, 6c). Sin duda alguna, en nuestros quehaceres pastorales se solapan modos de hacer rutinarios más propios del pasado y de una sensación no confesada de fracaso y desaliento. Es necesario mirar al futuro sin miedo, con creatividad y guiados por la esperanza que no defrauda.

 

Como escribió José Antonio Marina, "el pesimismo es un lujo que sólo se puede uno permitir en los buenos momentos. Cuando las cosas se ponen difíciles, el optimismo se convierte casi en un deber moral. El optimismo es la inteligencia decidida a determinar el futuro. No es un sentimiento, sino un modo de actuar". Quizá sea algo así como el "Yes we can" convertido en "Yes we did" que ha recorrido estos días el mundo conjurados por Obama a la "Audacia de la esperanza", o lo dicho por Teresa de Jesús: "no durmáis, no durmáis... iiaventuremos la vida!!, o como dice - y termino - el mensaje final del Sínodo de la Palabra: "Existe, en efecto, también en la moderna ciudad secularizada, en sus plazas, y en sus calles - donde parecen reinar la incredulidad y la indiferencia, donde el mal parece prevalecer sobre el bien, creando la impresión de la victoria de Babilonia sobre Jerusalén - un deseo escondido, una esperanza germinal, una conmoción de esperanza".

 


Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios