Domingo, 14 de diciembre de 2008

Información enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colabortador en la Positio super virtutibus del siervo de Dios Manuel Aparici.

APÓSTOL CON VOCACIÓN DE CRUCIFICADO
MUERTE

 

  

         Falleció santamente el 28 de agosto de 1964, viernes, hacia las tres de la tarde, un día de San Agustín, que tanto citaba, justo dieciséis años después de la magna peregrinación mundial juvenil a Santiago de Compostela de 1948, Año Santo Jacobeo, ideal de santidad por él propuesto a la juventud española y del mundo, de la que fue su artífice y su alma, y cuyo recuerdo sigue vivo en la memoria de muchos.

         Una crisis cardiaca de las muchas que sufrió. No la soportó. Le administran los últimos sacramentos. Tratan de reanimarlo. Es inútil. Falló el corazón. En esos momentos estaban a su lado sus hermanos Rafael y Matilde y su primo Alfredo.

 

         «Entregó su espíritu en las manos del Padre como un hijo chiquitín –escribe el Rvdo. D. José Manuel de Córdoba en SIGNO– [...]. La vida de Cristo ha matado ya su muerte y ahora vive. Y también matará nuestras muertes y viviremos con Él y con él. Hasta pronto [...] en cualquier momento. Cuando hayamos cumplido “las cosas que faltan a las pasiones de Cristo en nuestra carne en pro de su Cuerpo que es la Iglesia”» [1].

 

         A pesar de tratarse de una muerte ya anunciada «su fallecimiento –asegura José María Máiz, el médico que le operó– fue una conmoción nacional en los ambientes de la Acción Católica» [2]. Produjo entre todos los que le conocieron –afirma Alejandro Fernández Pombo– una gran consternación de manera unánime» [3]. «Todos sintieron su muerte y revivieron su admiración por la figura sacerdotal ejemplar», declara Mons. Cerviño [4].

         «Tallado, diría yo, –dice el Rvdo. D. Mariano Barriocanal– para el sacerdocio, vino a ser lo que esperaba y fuertemente anhelaba, siendo el sacerdote santo, probado en el crisol de una larga y dolorosa enfermedad, que le sirvió para inmolarse y ofrecerse a Dios como víctima de propiciación a ejemplo del Sumo Sacerdote Jesucristo, inmolado en la Cruz [...]. Informes bien verídicos me aseguran  que su última enfermedad, sobre todo, fue una auténtica y verdadera inmolación sacerdotal» [5].

 

En la mañana del día de su muerte, como todos los días, había recibido la Sagrada Comunión que le habían traído de San Ginés. «Varios años antes de su fallecimiento –asegura su primo Javier– había recibido el sacramento de la Unción de los Enfermos, de manos del Párroco. La recibió con plena lucidez y consciente de lo que para un cristiano es este sacramento de los enfermos» [6].

 

         «Hacia el mediodía recibió la visita del Obispo de Huelva, D. José María García Lahiguera, que iba a verle con frecuencia. Fue a despedirse de su amigo, pues dentro de muy poco haría su entrada oficial en la Diócesis de Huelva. Le animó diciéndole que vencería esa crisis, como otras veces. Manuel Aparici le dijo en el momento de su despedida: «Es la última vez que te veo». ¡Qué cosas dices, Manolo! –respondió D. José María–. Yo seguiré viniendo a Madrid, y te veré con frecuencia. Se despidieron» [7]. Sin embargo, a primeras horas de la tarde de ese mismo día expiraba en su domicilio de Madrid, en la Plaza de Isabel II núm. l, el «Capitán de Peregrinos». Sus últimas palabras fueron: «Dios, recibe mi espíritu» [8]. Y entregó su espíritu en manos del Padre como un hijo chiquitín, quedando inerte su cuerpo en la butaca de al lado del balcón. «Tenía su cara un aspecto de tranquilidad y de paz» [9].

         «Leímos sus disposiciones sobre el entierro, etc. Le amortajamos revestido: un  alba  y  una  casulla  morada.  Y nos quedamos velándole» [10].

         La noticia de su muerte se difundió rápidamente.

         «Momentos después estaba de nuevo en la casa don José María, que rezó un responso ante el cadáver» [11].

         «Por la capilla ardiente, instalada en su casa, pasó un desfile continuo de conocidos, colaboradores, personas que habían tenido  relación  con  don  Manuel  en  las  distintas  etapas  de  su  vida ... » [12]. «Era un ir y venir de gestes que recordaban la figura, las obras y los consejos recibidos del sacerdote que acababa de fallecer. Entre los que acudieron a la casa del finado, figuraban, los Obispos Auxiliares de Madrid-Alcalá, doctores Ricote y Romero de Lema, D. José María y el Obispo de Salamanca, don Mauro Rubio, grandes amigos suyos también, [...] que vino de Salamanca a toda prisa; Cura Párroco y sacerdotes de San Ginés; el Vicepresidente de la Junta Técnica Nacional de Acción Católica, Antonio García-Pablos, dirigentes y miembros de la Junta Diocesana y de todas las Ramas de la Acción Católica, sacerdotes, viejos amigos suyos y de su familia» [13].

         «El rosario, que rezamos por la noche, fue especialmente emocionante. Como don Manuel nos enseñó a ver “un espíritu de fe práctico” fue para nosotros un signo elocuente de Iglesia. Lo dirigió don Maximino Romero de Lema que desde el primer momento había estado en la casa y que estuvo toda la noche al lado del cadáver […]. Estaban allí todas las vocaciones de la Iglesia: unas esposas de Cristo, las religiosas que le atendían, unos cuantos sacerdotes, unos padres de familia y unos jóvenes.

         »Nos ha dejado en paz y la llamada a la Fidelidad al amor del Señor. Hemos visto a un justo entre nosotros. ¡Le debemos tanto! Como él me decía tantas veces sonriendo: “Algo de culpa en tu sacerdocio, sí tengo”. ¡Bendito sea Dios» [14].

 

         Numerosas personalidades y amigos acompañaron sus restos mortales desde su domicilio, en la Plaza de Isabel II, hasta el Monasterio de la Encarnación, donde se celebró el funeral al día siguiente de su fallecimiento, pues la Parroquia estaba en obras.

 

         El funeral y el entierro fueron de una gran concurrencia de fieles, jóvenes de Acción Católica, y sacerdotes. Funeral de «corpore insepulto». La celebración fue magnífica y de un gran recogimiento. Ofició el Obispo Auxiliar de Madrid-Alcalá, don Maximino, que después rezó un responso ante el cadáver. Era el primer funeral que celebraba. Momentos antes de la ceremonia religiosa, el cadáver fue llevado hasta el templo desde la casa mortuoria.

         «El féretro fue colocado en la nave central, sobre un sencillo túmulo. En el presbiterio, al lado del Evangelio, se situaron los Obispos: don Juan Ricote, don Mauro Rubio y don José María García Lahiguera.

         »En lugares destacados de la nave central se encontraban el ministro de Hacienda, D. Mariano Navarro Rubio, y el ex-ministro D. Joaquín Ruiz-Giménez; el Secretario General de la Acción Católica, Rvdo. D. Miguel Benzo; el Vicepresidente de la Junta Técnica Nacional de la Acción Católica, Antonio García-Pablos; el Presidente Nacional de los Jóvenes de Acción Católica, Roque Pozo; antiguos dirigentes y miembros de todas las Ramas de la Acción Católica española, así como un grupo de sacerdotes íntimos y colaboradores suyos, el Párroco y clero de San Ginés –su Parroquia–, representación del Cabildo de Curas Párrocos de la  Archidiócesis,  de órdenes  religiosas y amigos del finado» [15].

         Toda la juventud de Acción Católica, que ya no es juventud, estaba allí. Una iglesia llena totalmente de hombres, los que le habían seguido por todas las tierras de España en actos peregrinaciones, dando Cursillos de Cristiandad, etc. Obispos, sacerdotes, religiosos, ministros, embajadores, médicos, abogados, padres de familia, etc.

         El duelo estuvo formado por su hermano Rafael; por su tío carnal Gustavo Navarro y Alonso de Celada y otros familiares.

         «Terminado éste numerosas personalidades y amigos del finado, que acompañaron los restos mortales hasta el Monasterio, siguieron al cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, de Madrid, donde recibió sepultura en el panteón familiar» [16].


 [1]  De fecha 5 de enero de 1965.

 [2]  C.P. pp. 82-94.

 [3]  C.P. pp. 166-182.

 [4]  C.P. pp. 449-461.

 [5]  C.P. pp. 9844-9845.

 [6]  C.P. pp. 399-405.

 [7]  Diario YA de fecha 29 de agosto de 1964.

 [8]  Su primo Alfredo describe así sus últimos momentos, que para él fueron impresionantes: «Estando yo presente, y sin respiración, intentó levantarse del sillón donde estaba y exclamó con voz firme: “Dios, recibe mi espíritu” y en ese momento cayó desplomado sobre el sillón, muerto» (C.P. pp. 121-134).

 [9]  José María Máiz Bermejo (C.P. pp. 82-94).

 [10]  Rvdo.  D. Carlos Castro Cubels (Su carta a Sor Carmen de fecha 1 de septiembre de 1964. C.P. p. 8885).

 [11]  Diario YA de fecha 29 de agosto de 1964.

 [12]  Alejandro Fernández Pombo (C.P. pp. 166-182).

 [13]  Diario YA de fecha 29 de agosto de 1964.

 [14]  Rvdo. D. Carlos Castro Cubels (Su carta a Sor Carmen de fecha 1 de septiembre de 1964. C.P. p. 8885).

 [15]  Diario YA de fecha 31 de agosto de 1964.

 [16]  Diario YA de fecha 31 de agosto de 1964.

 


Publicado por verdenaranja @ 22:21  | Espiritualidad
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