Domingo, 14 de diciembre de 2008

Información enviada por Carlos Peinó Agrelo, peregrino, cursillista, colaborador en la redacción de la Positio super virtutibus del Siervo de Dios.


APÓSTOL CON VOCACIÓN DE CRUCIFICADO
TESTIMONIOS
 A RAIZ DE SU MUERTE

 

         No podemos finalizar esta parte de su biografía sin recoger algunos testimonios, muy cualificados y altamente laudatorios, habidos a raíz de su muerte, y sin hablar de sus virtudes, vida de oración y fama de santidad. Éstos y otros muchos testimonios, cuando vivía y bastantes años después de su muerte pueden verse en los documentos que les tenemos facilitados. De los primeros, a raíz de su muerte, y de sus virtudes, vida de oración y fama de santidad, permítasenos esta licencia repetitiva al ofrecérselos, una vez más.

 

Se escribió mucho en los periódicos elogiando su figura. Hubo personajes como Joaquín Ruiz-Giménez, Antonio Garcia-Pablos, gente que lo había tratado mucho, que hicieron de él grandes semblanzas.

         Sin embargo «en las fichas biográficas que han circulado en periódicos y revistas con ocasión de su muerte –escribe el Rvdo. D. José María Javierre en INCUNABLE [1]– hay una laguna: un par de años a los que nadie da importancia, entre su primera Misa y el regreso del antiguo Presidente de la Juventud para ocupar el puesto de Consiliario Nacional. Es el tiempo que pasa en Salamanca como alumno de la Universidad Pontificia [...].

         »Ocurrió que el Señor signó su vida con la tiza de las grandes ocasiones: ocho años en cruz. Según la partida de nacimiento, ya no era joven y, sin embargo, todos le pensábamos como un muchacho escogido por Dios para el sufrimiento. Allí, en su sillón, en la soledad de hombre vencido, esperaba las visitas que casi nunca llegaban […]».

Reciente aún su muerte, SIGNO creyó conveniente dedicarle un número exclusivamente (el de fecha 5 de septiembre de 1964) para que sus amigos y compañeros dejasen escrito el testimonio de aquellos años. Pero al mismo tiempo se complacía en anunciar a sus lectores que muy próximamente dedicaría un número monográfico extraordinario, no tanto a D. Manuel como a la Acción Católica de su tiempo. Creemos –decía– que es hora de que se conozcan estas páginas de la historia de España, que para muchos permanecen totalmente ocultas.

En efecto, con fecha 5 de enero de 1965 SIGNO, número 1299/1300, publicaba, después de vencer muchas dificultades, un número monográfico extraordinario dedicado a la Juventud de Acción Católica de Ayer, de Hoy ayer y Mañana en recuerdo y homenaje a este hombre singular, Manuel Aparici, en su honor y su memoria [2].

«Ha sido preparado –decía en su editorial– con la ilusión que el tema a que se dedica merece. Y con el respeto y cariño que nos inspira la figura amada de quien, con su muerte, nos lo sugirió. La misma figura, grande en la historia de la Acción Católica Española, que fundó este semanario y proporcionó aliento y espíritu profundo a la Juventud de Acción Católica Española: Manuel Aparici».

Con motivo de su publicación S.S. Pablo VI envió una bendición especial para esa Juventud. También la envío el Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España, Mons. Enrique Pla y Deniel, al tiempo que pedía que SIGNO fuera un gran instrumento de apostolado para la juventud.


1.      Quien nos ha dejado ha sido el fundador de SIGNO, Presidente y

Consiliario Nacional de la Juventud de Acción Católica Española y

alentador de toda una generación de hombres de bien

 

«[...] Por su larga enfermedad estuvo en los últimos tiempos impedido de poder seguir infundiendo su espíritu a nuestro semanario, a su semanario. No importa que no conozcamos excesivamente la fuente si bebemos en el río. Mejor dicho, si somos río. La pujanza, la sinceridad y la buena voluntad que pretendemos poner cada semana al servicio de la Iglesia estamos seguros que nos llega directamente del hombre que un día de 1936 pensó en SIGNO. En los planes divinos y en su economía nada bueno se pierde.

»[...] A nosotros nos imponemos la tarea de trabajar sin descanso por la juventud, deseando que siempre y en todo nos comprometamos como él lo hizo» [3].

 

2.      A hombros de viejos amigos, iba un inmenso corazón roto

 

«Este cálido –y un no sé qué de agobiante– atardecer del 29 de agosto de 1964, en el Madrid casi desierto, se ha hecho de repente profundamente humano en torno al féretro humilde de Manolo Aparici –escribe Joaquín Ruiz-Giménez [4]–. Por la escalinata del Monasterio de la Encarnación, a hombros de sus viejos amigos, iba un inmenso corazón roto. Porque Manolo –así  le hemos llamado siempre, antes y después de su ordenación sacerdotal– fue inteligencia aguda y dinámica, sin bizantinismo, flexible y abierta a la acción, pero fue, por encima de todo, un corazón, un inmenso corazón, a la vez fuerte y frágil, indoblegable y tierno, reciamente fiel a la verdad y sensible –casi hasta la melancolía– a los dolores y a las necesidades de los hombres.

»Muchos somos los que a lo largo de estos tres últimos decenios nos hemos ido curando un poco de nuestras flaquezas, haciéndonos menos inhumanos, al contacto con ese corazón. Su latido reforzó nuestro ánimo en los años treinta, desconcertantes primero, azorosos después, turbulentos y amenazadores, entre el afán de aceptar lealmente una perspectiva para España y poner espíritu de Cristo, desde las filas de la Juventud de Acción Católica, en  las  cambiantes  realidades y políticas de la República y la tentación de defenderse [...].

»Tan lejos de la imprudencia como de la cobardía, Manolo Aparici nos brindó el ejemplo –casi heroico, casi inimitable– de un apóstol vigoroso, militante incluso (con vigilancia nocturna de las iglesias, y de los conventos en peligro [5]), pero al mismo tiempo sereno, sencillo e ilusionado, en espíritu de paciencia y de esperanza.

»Ese mismo latido del corazón de Aparici explica la actitud de hombres como Antonio Rivera, el “Ángel del Alcázar”, uno de sus más generosos seguidores [...]. Como también ese latido cordial hizo posible la acción hacia dentro, hacia el hondón del alma, en los Centros de Apostolado de Vanguardia –su creación más personal y fecunda–, en medio de obstáculos sin cuento.

»Corazón ejemplar de hijo y de hermano; de seglar al servicio de la Iglesia y de sacerdote; de apóstol sin fisura y de cristiano universal ..., el corazón de Manuel Aparici ha resistido sin claudicaciones todos los avatares de nuestra reciente y conturbada historia y se ha ido purificando, aún más si cabe, a fuego lento durante la forzosa inmovilidad de los ocho años de dolencia y, en parte, de soledad. Porque en el vértigo de la vida colectiva no le veíamos con la frecuencia que él hubiera deseado. Su ilusión era estar junto a cada uno de nosotros, día a día, codo a codo, compartiendo sobre la marcha inquietudes, ilusiones y fracasos. Pero tuvo que resignarse hermosamente a seguir la lucha en silencio, quieto y a distancia.

»Ya está en paz, en la paz de Dios, su inmenso, su santo corazón roto. Como grano de trigo que muere para dar vida. A los suyos y a los otros, a los de enfrente. No sé si Manolo tuvo alguna vez enemigos. Por su parte, tengo la certeza de que no [...]. Pero, en todo caso, ya está ahora su corazón ofrecido al Padre por todos su hermanos, los hombres».

 

3.      Con él se nos ha ido uno de los hombres que más profunda huella

han dejado en la Acción Católica y en Iglesia de España durante

los últimos treinta años

 

         Al día siguiente de su muerte, Antonio García–Pablos, su sucesor en la Presidencia Nacional, escribe en el Diario YA lo siguiente bajo el título «GUÍA Y EJEMPLO DE UNA GENERACIÓN» [6]:

         «Manuel Aparici ha muerto. Con él se nos va uno de los hombres que más profunda huella han dejado en la Acción Católica y en la Iglesia de España durante los últimos treinta años.

         »Siete años de Presidente Nacional de los Jóvenes de Acción Católica, vividos con una plena dedicación apostólica, le ponen en el candelero como ejemplo y guía de una promoción juvenil de más de 6.000 muchachos que, convencidos de haber participado en una Cruzada, entran en Seminarios y Noviciados dispuestos a entregarse al Señor para la renovación de la vida cristiana en España. Y muchos millares más, procedentes de ambas zonas, formados en el Ideal que él y sus colaboradores habían propuesto y defendido en el período del 33 al 40, se asoman a las nuevas responsabilidades familiares, profesionales, sociales y políticas con el firme propósito de dar en todos los ambientes un vivo testimonio apostólico.

         »El trabajo incansable, las dotes de organización, pero, sobre todo, la fidelidad al pensamiento pontificio y a las directrices de la Jerarquía y la profundidad de su vida sobrenatural hacen de él el hermano mayor, el Capitán de Peregrinos, el jefe indiscutible de una generación de jóvenes que han dado a España Obispos, ministros, profesionales destacados, militantes obreros y rurales, sacerdotes y religiosos, dirigentes apostólicos que actúan en primera fila en todos los sectores de la vida nacional.

         »Luego, Consiliario Nacional de la Juventud. A veces no era difícil descubrir al antiguo Presidente. Como en los últimos tiempos del jefe seglar, fácilmente se adivinaba al próximo pastor de almas. La forja de dirigentes, los cursillos, las peregrinaciones.

         »Por último la etapa del dolor. Ocho años de penosa enfermedad –de verdad– que atan a una butaca al apóstol incansable e infatigable, que le reducen a la inmovilidad y a la impotencia y también a la soledad, le van clavando más y más a la Cruz, en ese martirio lento que le consume, inmóvil en el sillón de su cuarto hasta su muerte ejemplar en 1964, poniendo su espíritu en manos del Padre, pero desde el que prosiguió su labor como Consiliario Nacional con el celo de siempre e irradió a antiguos y nuevos sacerdotes y dirigentes seglares la doctrina y el ejemplo de una vida entregada por completo al Cristo Total, Cabeza y miembros.

         »Manuel Aparici ha muerto. En un día de San Agustín, que tanto citaba. En un aniversario de la peregrinación a Santiago, ideal de santidad por él propuesto a la juventud española y del mundo.

         »Pero para cuantos le conocimos y tratamos, para los que trabajamos a su lado y de él tanto recibimos, será para siempre, en el sacerdocio o en el mundo, donde quiera que estemos, el acicate y el estímulo, el punto de referencia. Con el recuerdo de que en el primer lugar de la jerarquía de valores para el apóstol está la vida interior sobrenatural y el testimonio de la propia conducta. Que es lo que de verdad acerca a los alejados, convence a los que vacilan, enciende a los tibios.

         »Mientras nosotros bendecimos tu memoria, que el Señor te premie y nos alcance ser imitadores tuyos».


4.      No se podrá hablar nunca de la Juventud de Acción Católica

                   sin hablar de Manuel Aparici. La historia de esa Juventud es

                   es la historia de Manuel Aparici

 

         «Cuando yo le conocí –escribe en SIGNO de fecha 5 de septiembre de 1964 Miguel García de Madariaga [7]– ya era D. Manuel. Para algunos colaboradores del Consejo Superior [...] era Manolo, pero nosotros éramos muy jóvenes y no le conocíamos. Cómo jóvenes no nos importaba demasiado la historia, pero por muchas razones el nuevo Consiliario despertó nuestro interés. ¿Por qué aquella admiración y gran esperanza que se notaba a nuestro alrededor hacia aquel hombre de mirada profunda?

         »Y por boca de él y de otros escuchamos la historia de la Juventud de Acción Católica Española, que era la historia de Manuel Aparici. Y conocimos cómo habían vivido la guerra unos jóvenes que fueron mártires o son hoy sacerdotes, Obispos y dirigentes sociales y políticos de nuestra Patria. Supimos que éstos y otros, no por más obscuros menos entregados a una vida sincera, se comprometieron con la ayuda del Padre a forjar una juventud más limpia, más sana, más comprometida, que se sintiera Iglesia, que se sintiera evidentemente la necesidad de ser santos haciendo santos a los demás. Y recibimos el mensaje de Manolo de Llanos, de Antonio Rivera, de Ismael de Tomelloso, etc.

         »Pero seguíamos siendo jóvenes y poco unidos a la historia, a caso incrédulos, llenos de suficiencia juvenil. Lo que a nosotros nos tocaba era distinto. Lo de aquellos jóvenes había quedado atrás.

         »Don Manuel lo sabía y en su programa de extender el amor de Cristo en todas las dimensiones de la juventud, estaba el capítulo de la continuidad en el amor de las generaciones jóvenes. Y en su incansable ministerio apostólico, en la gran parcela que le había encargado la Jerarquía, no hubo otra cosa que sacrificio, esfuerzo continuo y amor. Este lenguaje lo ha entendido la juventud de todos los tiempos.

         » Don Manuel supo vincularnos no en lo accidental de los hechos más o menos notables de los jóvenes de la época de su Presidencia, sino a la línea maestra, al eje motor, a la idea madre que desde su nacimiento había movido a la Juventud de Acción Católica Española: El Amor.

         »Don Manuel nos supo transmitir el amor, porque amor y entrega pasional fueron sus años de Consiliario. El amor al Padre y a la Juventud fue toda su vida. Y este amor encarnado por la juventud que él presidió, supo transmitirlo, en un esfuerzo que le costó la vida, y acoplarlo en un vibrar unánime a la juventud que le tocó orientar como Consiliario. Y ese gran amor en todos sus sentidos y ese gran vínculo entre generaciones es la gran herencia que D. Manuel nos ha dejado a todos.

         »No es atrevido decir que no se podrá nunca hablar de la Juventud de Acción Católica sin hablar de D. Manuel, pues para hacer Juventud de Acción Católica Española habrá que vivir el amor como él lo vivió, y para hacer Juventud de Acción Católica auténtica habrá que sentirse vinculado a su historia en todas sus etapas. En los dos sentidos de ese amor de D. Manuel ha marcado la pauta, pues su apasionada entrega a ese amor y esa vinculación de generaciones le llevó a sacrificarlo todo antes y después de la enfermedad que le recluyera en su casa.

         »Estamos seguros que desde el cielo, D. Manuel seguirá cuidando de que estos dos grandes motores del Apostolado juvenil sigan funcionando constantemente.

         »¡Colaboraremos, D. Manuel!».

 

5.      Una institución en la Acción Católica Española

 

«Don Manuel […], una institución en la Acción Católica Española, llevaba ocho años enfermo, que soportó con resignación cristiana. Ocho años sentado en un sillón, en el que recibía a sus amigos, aconsejaba, estaba al tanto de todos los movimientos apostólicos y era un ejemplo para seglares, sacerdotes y religiosos que le visitaban. Ocho años de sufrimientos en el sillón  en el que le sorprendió la muerte», escribe el Diario YA el día después de su muerte [8].


        
6.      La realidad superaba a la leyenda

 

«Conocí personalmente a D. Manuel en su última época. Antes era para mí –escribe en SIGNO Alejandro Fernández Pombo [9]– una especie de mito desde la época en que, siendo yo aspirante, él era Presidente Nacional. Cuando lo traté, vi que, cosa excepcional, la realidad superaba a la leyenda [...].

»Desde entonces y a lo largo de los años heroicos de su enfermedad le vi con frecuencia, siempre inferior a la que él y yo hubiésemos querido. Incluso en días álgidos de su dolencia, pasé una noche entera a su lado, noche que él procuraba hacer breve hablando más de lo que su enorme fatiga le permitía. Entonces y luego hemos pasado muchas horas hablando de SIGNO, al que él quería apasionadamente, como quería a la juventud. Primero, para darme consignas, y consejos, a veces para regañarme –¡con qué admirable caridad!– por lo que no le parecía bien en nuestro semanario, que solían ser aquellas líneas donde advertía desamor [...]. En las últimas visitas, cuando él ya había dejado de ser oficialmente Consiliario y yo no figuraba en el equipo de SIGNO, seguíamos comentando sus páginas y él me preguntaba, con verdadero interés por las personas que respondían a los nuevos nombres de redactores y colaboradores.

»Ya digo que me hubiera gustado –sobre todo ahora lo lamento con verdadero dolor– haber hecho más frecuentes aquellas visitas, que tenían para mí la eficacia de una meditación o de un retiro, casi de unos Ejercicios Espirituales comprimidos. Con una maravillosa intuición iba llevando la conversación por aquellos derroteros en que me pudieran hacer más bien sus consejos, sus sugerencias, su manera de enfrentarse con un problema o una situación. Creo, por ejemplo, que le he oído a D. Manuel las más hermosas y edificantes palabras sobre espiritualidad familiar.

»Creo, en fin –y termino con ellas estas deslavazadas y apresuradas impresiones– que debo decir algo que he pensado muchas veces. Nunca he “visto” la presencia de la gracia santificante y santificadora en una persona, como la veía en D. Manuel, os lo aseguro».

 

7.      Su humana y espiritual madurez le habían constituido en estilo

 

«Cuando se nos regala con el acceso a la intimidad dejando diáfanas las dimensiones  replegadas  del  ser –escribe en SIGNO el Rvdo. D. Manuel Arconada [10]– es cuando, en verdad, resurge la estimación y valoración de la persona. Su riqueza nos lleva, entonces, a la admiración seria y exacta.

»En este momento en que hay una inquietud de esfuerzo por descubrir, tener y aplicar un estilo, podríamos afirmar –y la constatación no sería muy laboriosa– que Manuel Aparici no tenía estilo, sino que su humana y espiritual madurez le había constituido en estilo. Este se hacía substantividad con él: Manuel Aparici es un estilo.

»Vitalidad y peculiaridad, unidad y simplicidad honda, trascendencia y esperanza. Sólo su presencia ya era signo de lo sagrado, reafirmado con su gesto, su palabra, su sacerdocio y cuántas veces con su silencio.

         »Difícil siempre resulta simplificar en un término la complejidad del ser humano y de su espíritu. Sin embargo, a mí se me antoja que a Manuel Aparici le podríamos perfilar como un trazo grueso, nostalgia de Dios. La misericordia del Padre ciertamente le ha introducido ya en la plenitud de su gozo.

»La contextura jónica de su pensamiento y la vibración paulina de su temperamento daba un relieve a su acción sacerdotal que fácilmente ponía a sus educandos en el camino de la búsqueda y el descubrimiento del sentido de Dios en cada coyuntura y circunstancia de la propia existencia; existencia que siempre concebía y plasmaba en el comportamiento como peregrinaje esperanzado hacia la unidad del Padre, en Cristo e impulsado por el Espíritu.

»Su espera dolorosa convertida en sonrisa dolorida se apagó con la muerte de la esperanza que le mantenía terso y angustiado por el encuentro con el Padre para la visión y el gozo.

»Gran paradoja siempre él, por la adultez de su juventud y la jovialidad en su madurez. Paradoja del ser activo y de ocho años de contemplación en el dolor. Paradoja de retiro y presencia; de relevo y permanencia; de inmanencia en el operar y trascendencia en el ser.

»A lo largo de la zozobrante llamada de su última existencia, motivo de reconocimiento de sus limitaciones y finitud, supo identificarse […] dar impronta, hartas veces silenciosa e incógnita.

»Los jóvenes dejáronse marcar de su marchamo. La juventud se hizo dócil. Gran testimonio. Manuel Aparici todavía no ha muerto”».

 

8.      Guía y ejemplo de una generación.

Su vida bien merece ser conocida y venerada por las

nuevas generaciones

 

«Manolo Aparici, nuestro hermano entrañable en el amor a Cristo, nuestro viejo “Capitán de Peregrinos”,  se  nos  ha  adelantado  en  este  caminar hacia la Iglesia Triunfante –escribe en SIGNO Enrique Torres– [11]. No le hemos perdido, porque sabemos que está allí, que ha llegado a la meta de su peregrinar y nos espera. Con su sonrisa generosa y cordial, con su corazón roto de amor hacia Él, hacia nosotros y hacia todos los hombres; con su verbo cálido y penetrante pregonero de la gracia.

»Por eso, para quienes compartimos con él lo mejor de nuestra vida, las horas juveniles de afán apostólico, los ideales más puros, las empresas sobrenaturales más ilusionadas, la meditación sobre su muerte no puede traernos al alma una sensación de vacío, una tristeza desconsolada, sino un aliento de vida movido por el recuerdo y vivificado por la confianza en la resurrección.

»Con su vida de sacrificio, de entrega al apostolado, de ofrenda al sacerdocio, de dolor y de resignación en la enfermedad, Manolo Aparici nos dio hasta el último instante el testimonio de la verdad. El que alentados por él supieron dar antes los siete mil mártires y tantos otros jóvenes de Acción Católica Española. Su lección, su ejemplo, bastaría para confirmarnos en nuestra fe. Para continuar por el camino que él nos señala y del que tantas veces nos habló.

»Pero Manolo Aparici, guía y ejemplo de una generación, como hace pocos días le calificaba García–Pablos, fue también el creador de un estilo de buscar la santidad, remozando los clásicos motivos de su mística andariega, olvidada o dormida bajo la losa de un pecado de generaciones tibias e indiferentes; el que supo llenar de contenido aquella sugerencia de Taboada de Lago, el representante de las Juventudes Católicas gallegas en el Congreso de Santander, allá por el 1932, cuando propuso la celebración de la siguiente Asamblea Nacional juvenil de la Obra en Santiago de Compostela con ocasión del Año Santo. Contenido doctrinal lleno de sugestiones universalistas, que empezó con la idea de una comunidad hispánica fuertemente unida y acabó, cuando más intenso era el peregrinar de Aparici, en una santa ambición por la reconquista sobrenatural del mundo concebido bajo la fórmula esplendorosa de una cristiandad, de la que España podría ser si se lo proponía el ejemplo y el norte, según lo reclamaba el Papa Pío XI en su inolvidable encíclica Mit Brennender Sorge.

»Era entonces la hora crítica de España y también del mundo entero. Corrían vientos de persecución y de guerra. Aparici supo dar a este peregrinar un sentido heroico. Su tesis ganó fervores entre la juventud española, que se vio convertida en instrumento providencial para cooperar en la obra redentora del mundo. El centenario mariano de Zaragoza se interpuso en el camino hacia Santiago, pero fue aprovechado también por Aparici para hacer una nueva llamada a la gran marcha jacobea. Y desde las españolísimas orillas del Ebro, el gran “Capitán de Peregrinos” lanzó el gran mensaje de caridad y de comunicación de fe a todo el orbe abatido por la guerra y hambriento de paz. Ante veinte mil jóvenes españoles e hispanoamericanos, la juventud hispánica quedó juramentada para llevar otros cien mil a Santiago. Era la última consigna que daría el “Capitán” a sus peregrinos desde el puesto de seglar de mando. Porque el primer peregrino, siempre cabeza y guía, quiso llegar a Compostela comprometido ya al servicio exclusivo del Señor. Y allí el que esto escribe dialogó con él sobre este peregrinar para la prensa compostelana y para SIGNO. Era un momento crucial en la vida de Manolo Aparici.

»Humilde, casi olvidado, el que formó una generación de hombres que tanto ha influido en el renacer espiritual y social de España –Prelados, ministros, embajadores, catedráticos, dirigentes– pasó los últimos años de vida en un santo y callado peregrinar. Era su lección y ejemplo. Era el testimonio con el que ha cerrado el camino del triunfo. Porque morir en gracia santificante es triunfar.

»No sé si a estas horas habrá alguien, algún viejo hermano de apostolado, que haya tenido la feliz idea de preparar un estudio biográfico de Manolo Aparici y de su época. Si Dios me diera fuerzas, con gusto y gratitud lo haría. Porque es mucho lo que debo a este entrañable hermano en el amor de Cristo y porque su vida bien merece la pena que sea conocida y venerada por las nuevas generaciones, llamadas a seguir las huellas que él dejó».

 

9.      Pero ¿cuál ha sido ha sido la verdadera vida de Manual Aparici?

¿Cuál su apostolado más fecundo?

 

«[...] ¿El de sus años de “líder” juvenil? ¿El de su callada época de seminarista? ¿El de sus difíciles tiempos de Consiliario? ¿O el de sus ocho años de agonizante?

»La verdadera vida de Manuel  Aparici  ha  sido su muerte –escribe en ECCLESIA el Rvdo. D. Miguel Benzo, Consiliario de la Junta Nacional [12]–. Una muerte de ocho años. El incansable viajero  atado a un sillón. El apóstol impaciente, en la impotencia completa de actuar. El orador de Zaragoza  y Santiago capaz apenas de una conversación, con la ayuda muchas veces de oxígeno. El enamorado de su sacerdocio, imposibilitado con frecuencia para decir Misa en su pequeño oratorio. Una muerte gustada cada vez más profunda, hora a hora en la soledad. Alguna vez se le escapaba una amistosa queja. ¡Qué pocos vienen a verme! […].

»Diariamente la muerte hacía su obra en Manuel Aparici y la vida en cuantos se acercaban a él. Porque sólo cuando ninguna fuerza humana y ninguna ilusión mantiene al hombre podemos estar seguros de que si, a pesar de todo, permanece en pie, es que el poder de Dios le sostiene.

»Todos los que seguimos trabajando, más o menos acertadamente, en esa Acción Católica a la que Manuel Aparici dio su vida, esperamos que su intercesión invisible cerca de Dios, sea aun más eficaz para el apostolado seglar español de lo que fue su presencia entusiasta entre nosotros» [13].

        

         10.    Treinta años de acción pasan en un vuelo

 

         «Treinta años al servicio de la Iglesia y del Papa, de los jóvenes y los sacerdotes de España –escribe en SIGNO el Rvdo. D. José Manuel de Córdoba (destacamos) [14]–. Puede que alguien dedique largas columnas a enumerar las empresas apostólicas de la Juventud de Acción Católica Española que Aparici dirigió, durante tantos años como Presidente seglar, primero, y, después de su ordenación sacerdotal, como Consiliario Nacional. Se reconocerá, yo creo, al menos después de muerto, que fue el gran constructor de los cimientos de la Acción Católica Española y luego, en una línea, se añadirá una coletilla: “Tras nueve años de enfermedad, murió en Madrid el día 28 de agosto de 1964”.

»Treinta años de acción pasan en un vuelo, tanto más vertiginosamente cuanto más dinámica haya sido. Pero nueve años de sufrimiento, hora tras hora, ¿se tiene bien idea de la eternidad interminable de minutos y de cruces que supone. Esta prodigiosa actividad apostólica de una larga pasión de enfermo, “porque quiso”, es tan valiosa y eficaz que, comparada con sus treinta años de acción, reducen éstos a un simple prólogo de la verdadera obra de Aparici en la Iglesia.

»Digo “porque quiso” y me ha concedido la gracia, que ahora creo deber participar a los demás, principalmente a los jóvenes y a los sacerdotes Consiliarios, de conocer algo de lo que ha sido esta etapa decisiva de su vocación de apóstol. No quiero guardar para mi solo este testimonio de oro de ley que he recibido. Fue un apóstol con vocación de crucificado que él mismo pidió a Cristo como culminación de todo su apostolado de Acción Católica. Por eso afirmo que Manuel Aparici vivió la Acción Católica como “brazo de la Cruz”.

 

La cruz consuma su apostolado

 

»Hasta el final, esa cruz que consuma su apostolado de Acción Católica y su sed de padecer por la Iglesia y por los elegidos del amor de Dios, palpita con todo el ímpetu de su vocación de apóstol, en estas frases de una carta de la Cuaresma de este año de 1964: “El Señor hace que perciba más y más sus amorosas divinas exigencias y espero en su amor que me dé gracia para no endurecer mi corazón ante sus llamamientos; esos que me hace por ti, por los sacerdotes que me piden consejo y dirección, por los jóvenes, pocos, pero algunos que me confían sus almas; por los sacerdotes que pueden estar fríos en su amor; por los jóvenes que movidos de su gracia luchan por dilatar su Reino; por los que aún están esperando la palabra omnipotente que les diga: “Jovencito, Yo te lo mando, levántate”; por esta España aún no salvada, por esos dos mil millones largos de hombres que nada saben de Cristo [...] porque por todos ellos me pidió que me entregara a Él plena e íntegramente; y cuando veo pecado e imperfección tengo que golpearme el pecho diciéndole: perdóname, Señor, y no les castigues a ellos por mis traiciones, negligencias y pecados y dame gracia para ser totalmente tuyo como Tú quieres que lo sea, para que por mis culpas no se retrase más la hora de tus misericordias sobre tantas almas. A nuestra fidelidad a la gracia de nuestra vocación está vinculada la santificación de muchísimas almas”.

»A mediados de agosto último escribe, contando así “el achuchón fuerte” que tuvo la madrugada del día de Santiago y del que ya no se recuperaría. “Desde entonces tengo nueva conciencia de que vivo en manos del Amado; soy como el chiquitín a quien su padre va a dar un chapuzón en el mar; el niño se agarra con fe ciega al cuello de su padre; éste le sujeta bien porque es algo de su vida; al venir la ola, el pequeño cierra los ojos y cuando pasa los vuelve a abrir, y ya todo es luz y gozo y contento.

»¡Son maravillosas las obras del Señor!”

»A la sugerencia de que consulte a su confesor sobre la utilidad para la Iglesia de dejarnos el testimonio que ha recibido de Cristo sobre el amor del Padre, contesta el 24 de agosto: “Tu carta me ha causado mucho gozo y me ha convencido. Si Dios se digna prolongar mi vida trataré de consignar mis experiencias sobre el amor de Dios, aunque ¡qué difícil es! [...]. Llevo desde el día 3 casi sin acostarme; molestias, fatigas, dolores que gozosamente ofrece mi alma al Amado, pero que como síntomas no son muy buenos”. “Todo lo sufro por los elegidos”. “Son las leyendas de mi cáliz: “Adimpleo”. “Sitio”. Y le agradezco con toda mi alma que, pese a mi cobardía y miserias, en la infinita infidelidad de su amor me haya aceptado para ser “hostia y víctima que en todo momento se ofreciese por su reinado en el corazón de los jóvenes”. Desde mis primeros Ejercicios internos, Él clavó la sed de amarle en mi alma, pero como soy tan ruin, Él me hizo buscar las vuestras para que me ayudarais a amarle. Sed de que el amor del Padre que se nos manifiesta en Jesucristo fuera conocido para que fuera amado, fue la luz de mi vida; por eso no supe hablar de su amor. En fin, hasta pronto”.

         »El día 28 de agosto entregó su espíritu en las manos del Padre como un hijo chiquitín. No le ha dado tiempo a hablarnos del amor del Padre. Sus cartas hablarán por él. Termino con un paternal reproche suyo a un alma que dirigía [con toda seguridad la del autor de este artículo] y a quien animaba a la fe en el poder de Cristo sobre nuestros pecados: “Creemos que nos amó hasta darnos su vida y luego no creemos que su vida puede matar nuestra muerte”. La vida de Cristo ha matado ya su muerte y ahora vive. Y también matará nuestras muertes y viviremos con Él y con él. Hasta pronto [...] en cualquier momento. Cuando hayamos cumplido “las cosas que faltan a las pasiones de Cristo en nuestra carne en pro de su Cuerpo que es la Iglesia”».

 

         11.    Muchos jóvenes pueden decir bien alto que son cristianos

                   por la gracia de Dios y por la palabra de Manuel Aparici

 

«Y te llamo así [Manolo] porque te has aposentado en mi mayor intimidad y desde allí alanceas codiciosamente mi corazón –le decía José Pousa Pérez en su última carta a Manuel Aparici escrita desde SIGNO [15]–.

»Llegaste en la hora difícil de mi juventud. Un día paseando por la parte inferior del Cantón Grande, te dije que, a pesar de mi reciente cargo de Vicepresidente del Consejo Territorial de la Juventud de Acción Católica, yo no era capaz de amar a mis hermanos, los jóvenes, y tú me contestaste con una frase que no he olvidado nunca y que he repetido y vivido muchas veces: “Pídele prestado su corazón a Cristo”.

»Fueron las horas de mis años jóvenes y de los años jóvenes de España cuando nos llevaste, peregrinos, al Sepulcro del Señor Sant Yago y nos hiciste ser Adelantados de Peregrinos “para que por nosotros haga el Señor a todos los jóvenes de España y en especial a las de nuestra Diócesis, peregrinos de un eterno camino de santidad”.

»Manolo fuiste un hombre gigante, indiscutible. En el tiempo de posguerra envolvías una personalidad asombrosa en pura traza paulina. De ti es la repetición constante de la frase del gran Apóstol: “Amontonad ascuas encendidas de caridad sobre

Publicado por verdenaranja @ 22:31  | Espiritualidad
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