Martes, 16 de diciembre de 2008

Información tomada de DOSSIER FIDES  “La Congregación para el Clero” de Agencia Fides, 26 de julio de 2008.



En la Eucaristía el secreto del sacerdocio

 

Ha sido en ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción del pasado 8 de diciembre que el Prefecto de la Congregación para el Clero, el Cardenal Claudio Hummes, envió una carta a todas las diócesis para pedir oraciones por la santificación de los sacerdotes. Una campaña que desde el corazón de la catolicidad, el Vaticano, ha querido llegar a todo remoto rincón de la tierra. Una campaña urgente y en cierto sentido dramática a la que la Santa Sede quiso que adhirieran, con discreción y entrega, el mayor número posible de fieles. Una campaña cuyos contenidos fueron expuestos, justamente, en una breve carta con fecha del 8 de diciembre de 2007, fiesta de la Inmaculada Concepción, a la que vino anexo un panfleto de treinta y cuatro páginas rico de imágenes, profundizaciones, testimonios. La carta está firmada directamente por el responsable del “ministerio” vaticano que se ocupa del clero, el Cardenal brasilero Claudio Hummes, y por el Secretario de la Congregación, el Arzobispo Mauro Piacenza, y está todavía a la vista en el portal de la misma Congregación: www.clerus.org.

 

Su objetivo está en el primer párrafo: se pide a todas las diócesis del mundo la creación de «auténticos cenáculos» en que los fieles se dediquen alma y cuerpo, espíritu y energías, a la «adoración eucarística perpetua durante las 24 horas» con el fin de reparar «las faltas de los sacerdotes» y, juntos, para sostenerlos en el camino hacia la santidad. La iniciativa ha sido propuesta a todos pero sobre todo a las «almas femeninas consagradas» para que, siguiendo el ejemplo de María, adopten «espiritualmente a sacerdotes para ayudarlos con el ofrecimiento de sí, la oración y la penitencia».

 

Se trata, por lo tanto, de una auténtica llamada a una movilización general. Para que a través de la oración las culpas de los sacerdotes sean expiadas. Su vida se dirija hacia aquello que debe tender, es decir la santidad. Para que los sacerdotes «lo sirvan cada vez mejor a Él y a los hermanos, como aquellos que, al mismo tiempo están “en la” Iglesia y “al frente” de la Iglesia, haciendo las veces de Cristo y representándoLo, como jefe, pastor y esposo de la Iglesia».

 

El panfleto adjunto a la carta de Hummes da testimonio de la vida de tantas personas que, como dijo Benedicto XVI el 14 de septiembre de 2006 encontrando a los sacerdotes y diáconos de Freising, «sacuden el corazón de Dios» y reciben a cambio del dueño de la mies santos obreros. Se trata de simples fieles, entre estos muchas mujeres, que a través de su oración continua han decidido asumir sobre ellos toda la existencia de los sacerdotes, incluidos sus pecados. Lo dijo también San Pío X (1835-1914), en el siglo Giuseppe Sarto, cuando reveló como un día su madre, besándole el anillo episcopal, le dijo: «Sí, Peppo, pero tú ahora no lo llevarías si yo antes no hubiese llevado este anillo nupcial». Lo dijo asimismo el Cardenal Nicolás de Cusa (1401-1464), filósofo y matemático alemán, luego Obispo de Bressanone: frecuentemente los sacerdotes, a pesar de sus pecados, viven gracias al poder del abandono, de la oración y del sacrificio de las madres espirituales en lo secreto de los conventos.

 

Dijo lo mismo el barón Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), Obispo de Maguncia, cuando contó que un día vio en sueños a Jesús y ante él a una monja que alzaba las manos en posición de imploración: «Ella reza ininterrumpidamente por ti», le dijo Jesús en sueños. Ketteler, despertando, decidió hacerse sacerdote y, años después, cuando ya era Obispo, encontró por casualidad, en visita a un convento, «a la última y más pobre convertida» que se dedicaba a limpiar un establo. La monja lo miró y él reconoció el rostro de aquella que años atrás había soñado. Comprendió que había llegado a ser lo que era gracias a esta monja. Había sido ella, por toda su vida, quien rezaba por ella, por sus culpas, por su santificación.


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