Martes, 16 de diciembre de 2008

Información tomada de DOSSIER FIDES  “La Congregación para el Clero” de Agencia Fides, 26 de julio de 2008.

 

Juan Pablo II y los sacerdotes

 

También en ocasión del Grande Jubileo del 2000, exactamente el 18 de mayo, Juan Pablo II dio una homilía a los sacerdotes. En ella él explicó que el gran sacerdote, «más bien el sumo Sacerdote, es Jesucristo». «Como afirma la carta a los Hebreos, él con su propia sangre penetró una vez para siempre en el santuario, consiguiéndonos una redención eterna (cf. Hb 9, 12). Cristo, sacerdote y víctima, "es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). Nos reunimos esta mañana para reflexionar en su sacerdocio nosotros que, como presbíteros, hemos sido llamados a participar en él de modo específico.

 

¡El sacerdocio ministerial! De él nos habla la liturgia de este día, haciéndonos volver espiritualmente al Cenáculo, a la última Cena, cuando Cristo lavó los pies a los Apóstoles. El evangelista san Juan narra la escena. Pero también san Lucas, en el pasaje que acabamos de proclamar, nos ofrece la justa interpretación de ese gesto simbólico de Cristo, que dice de sí mismo:  "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22, 27). El Maestro deja a sus amigos el mandamiento de amarse como él los ha amado, poniéndose los unos al servicio de los otros (cf. Jn 13, 14):  "Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15)».

 

Explicó Juan Pablo II que en la Eucaristía, Cristo ha instituido el nuevo rito de la Pascua cristiana, introduciendo en la Iglesia el ministerio sacerdotal. Al sacerdocio ministerial «nos remite sobre todo la Eucaristía, en la que Cristo instituyó el nuevo rito de la Pascua cristiana, introduciendo, al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal en la Iglesia». E ancora: «Durante la última Cena, Cristo tomó el pan en sus manos, lo partió y lo dio a los Apóstoles, diciendo:  "Esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros" (Rito de la misa; cf. Lc 22, 19). Del mismo modo, tomó el cáliz lleno de vino y lo dio a los Apóstoles, diciendo:  "Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por  vosotros  y  por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía" (ib.). Cada vez  que  repetís este rito, explica el apóstol san Pablo, "anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Co 11, 26)».

 

Según el Santo Padre, «Cristo ha puesto en nuestras manos, bajo las especies del pan y del vino, el memorial vivo del sacrificio que él ofreció al Padre en la cruz». «Lo ha confiado a su Iglesia para que lo celebre hasta el fin del mundo. Sabemos que por medio de nosotros, por medio de los ministros ordenados, él mismo actúa en la Iglesia, a lo largo de los siglos, como sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza».

 

Juan Pablo II habló asimismo del «sacerdocio ministerial». «Todos nosotros participamos en él, y hoy queremos elevar a Dios una acción de gracias común por este extraordinario don. Don para todos los tiempos y para los hombres de todas las razas y culturas. Don que se renueva en la Iglesia gracias a la inmutable misericordia divina y a la respuesta generosa y fiel de gran número de hombres frágiles. Don que no deja de maravillar a quien lo recibe. Después de más de cincuenta años de vida sacerdotal, siento una profunda necesidad de alabar y dar gracias a Dios por su inmensa bondad. Mi pensamiento vuelve, en este momento, al Cenáculo de Jerusalén, donde, durante mi reciente peregrinación a Tierra Santa, pude celebrar la santa misa. En ese lugar nació mi sacerdocio, y el vuestro, de la mente y del corazón de Cristo. Por eso precisamente, desde aquella "sala del piso superior" quise dirigir la Carta a los sacerdotes con  ocasión del Jueves santo, que hoy os vuelvo a proponer idealmente. En el Cenáculo, la víspera de su pasión, Jesús quiso hacernos partícipes de la vocación y misión que el Padre celestial le había confiado, es decir, introducir a los hombres en su misterio universal de salvación».


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