Martes, 23 de diciembre de 2008

Discurso de Benedicto XVI a los Obispos de Taiwán, recibidos en audiencia la mañana del viernes 12 de diciembre de 2008, con ocasión de la vista Ad Limina Apostolorum.

 

Mis queridos hermanos Obispos,

A todos vosotros, os doy saludos de paz y alegría en el Señor Jesús. Por su gracia, habéis venido a esta ciudad para venerar las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo como un signo de vuestra comunión con la Iglesia en Roma, que “preside en la comunión universal de caridad” (Pastores Gregis, 57, cf. San Ignacio de Antioquía, Ad Romanos, 1, 1). Es con este espíritu de caridad que os doy la bienvenida hoy y animo a los fieles católicos en Taiwan a perseverar en  fe, esperanza y amor.


“Consolad, dad consuelo a mi pueblo” (Is 40, 1). Estas palabras, que han resonado en la liturgia de la Iglesia esta semana, resumen claramente mi mensaje a vosotros hoy. ¡No estáis nunca solos! Unidos al Padre a través del Hijo y en el Espíritu Santo, vosotros, juntos con todos vuestros hermanos en el Episcopado, sois bendecidos con aquella “colegialidad efectiva” que os fortalece  para predicar el Evangelio y preocuparos de las necesidades del rebaño del Señor (cf. Pastores Gregis, 8). Efectivamente, vuestra celebración del 150 Aniversario de la Evangelización Católica en Taiwan es una ocasión para manifestar  siempre con más ilusión vuestra unidad de uno para otro y con el señor porque prometisteis  juntos el apostolado común de la Iglesia.


Esta unidad de pensamiento y corazón se evidencia en vuestro deseo de cooperar más íntimamente por extender el Evangelio entre los no creyentes y formar a aquellos ya iniciados en la Iglesia a través del Bautismo y la Confirmación. Estoy satisfecho de observar que continuáis coordinando una diversidad de instituciones para este fin, con el énfasis debido en la parroquia, la “primera fuerza y lugar preeminente para la catequesis” (Catechesi Tradendae, 67). Como Obispos, sois bien conscientes de vuestro papel vital en este aspecto. Vuestro ministerio de enseñar es inseparable de los ministerios de santificar y gobernar, y es integrante de lo que San Agustín llama el amoris officium: el “ministerio del amor” (San Agustín, In Ioannem, 123). Decisivo a esta finalidad es la formación de los sacerdotes, quienes son ordenados para asistiros ejerciendo este “ministerio de amor” por el bien del pueblo de Dios. Estos programas son para llevarlos a cabo de modo que los sacerdotes puedan continuar centrándose en el significado de su misión y abrazándola con fidelidad y generosidad. Tales programas deben también ser designados con la consideración debida a la diversidad de edades, condiciones de vida y servicios descubiertos en vuestro clero.


Se debe dar prioridad a la preparación cuidadosa de los catequistas. Una vez más, es esencial tomar en consideración la selección de entornos en los que trabajan y dotarles  con los recursos necesarios de modo que puedan seguir el ejemplo de Jesús hablando la verdad  francamente y de un modo fácilmente accesible a todos (cf. Mc 4, 11). Con su ayuda activa, seréis capaces de preparar programas catequéticos bien planeados que empleen una metodología progresiva y gradual, para que de año en año entre vuestro pueblo pueda ser fomentado un encuentro siempre profundo con el Dios Trinitario.


Una catequesis efectiva construye inevitablemente familias más fuertes, que sucesivamente dan a luz nuevas vocaciones sacerdotales. Efectivamente, la familia es aquella “Iglesia doméstica” donde el Evangelio de Jesús es oído por primera vez y el arte de vida cristiana primeramente practicada (cf. Lumen Pentium, 11). La Iglesia, en cada nivel, debe mantener y fomentar el don del sacerdocio de modo que los jóvenes respondan generosamente a la llamada del Señor a ser operarios en la viña. Padres, pastores, maestros, líderes parroquiales, y todos los miembros de la Iglesia deben proponer ante los jóvenes la decisión radical a seguir a Cristo, para que encontrándole, se encuentren a sí mismos (cf. Sacramentum Caritatis, 25).


La familia, como sabéis, es aquella “primera y vital célula”: el prototipo para todos los niveles de la sociedad (cf. Apostolicam Actuositatem, 11). Vuestra reciente Carta Pastoral Preocupación Social y Evangelización subraya la necesidad de la Iglesia a ocuparse activamente en la promoción de la vida de la familia.  Fundada en la alianza irrevocable, la familia conduce a las personas a descubrir la bondad, la belleza y la verdad, para que puedan percibir su único destino y enseñar cómo contribuir a la edificación de una civilización del amor. Vuestra preocupación profunda por el bien de las familias y de la sociedad como un todo, mis Hermanos, os mueve a asistir a las parejas a conservar la indisolubilidad de sus compromisos matrimoniales. Nunca os canséis de promover una legislación y políticas civiles justas que protejan la sacralidad del matrimonio. Salvaguardad este sacramento de todo lo que pueda dañarlo, especialmente el corte deliberado de la vida en sus estadios más vulnerables.


La solicitud de la Iglesia por los débiles  le obliga de modo parecido a dar atención especial a los migrantes. En las diversas cartas pastorales, habéis indicado  el papel esencial de la parroquia sirviendo a los migrantes y tomando conciencia  de sus necesidades. Me grada también observar que la Iglesia en Taiwan ha sido activamente defensora de las leyes y de políticas que protegen los derechos humanos de los migrantes. Como sabéis, muchos de esos que llegan a vuestras costas no solo participan en la plenitud de la comunión católica, sino también traen con ellos la única herencia cultural de sus respectivos lugares de origen. Os animo a continuar acogiéndoles con afecto para que puedan recibir el cuidado pastoral  asiduo que les asegure su pertenencia a la “familia de la fe” (Gal 6, 10).


Mis queridos Hermanos Obispos, por la Providencia del Dios Todopoderoso,  habéis señalado vigilar  a esa familia de fe. Vuestra unión apostólica con el Sucesor de Pedro supone una responsabilidad pastoral por la Iglesia universal alrededor del globo. Esto particularmente significa, en vuestro caso, una preocupación amorosa para los católicos en el continente, a los que tengo constantemente en la oración. Vosotros y los fieles cristianos en Taiwan sois un signo viviente que, en una sociedad justamente ordenada, uno no necesita temer que sea un católica fiel y un buen ciudadano. Ruego que como parte de la gran familia católica china, continuéis estando espiritualmente unidos con vuestros hermanos en el continente.


Queridos Hermanos, soy bien consciente que los obstáculos a los que os enfrentáis pueden parecer insoportables. Sin embargo existen muchos signos claros – Día de la Juventud de Taiwan y la Conferencia sobre la Evangelización Creativa son dos ejemplos recientes – del poder del Evangelio para convertir, curar y salvar. Que las palabras el profeta Isaías nunca dejen de animar vuestros corazones: “¡No temáis! ¡Aquí está vuestro Dios!” (Is 40, 9). ¡El Señor efectivamente habita entre nosotros! Él continúa enseñándonos por su palabra y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. La esperanza de su retorno nos estimula a manifestar el grito levantado desde Isaías y repetido por Juan el Bautista: “¡Preparad el camino del Señor!” (cf. Is 40, 3). Estoy seguro que vuestra celebración fiel del Santo Sacrificio os preparará a vosotros y vuestro pueblo a encontrar al Señor cuando él venga de nuevo.

Confiándoos  a vosotros y a vuestro pueblo bajo el cuidado de la protección maternal de María, Auxilio de los Cristianos, cordialmente imparto mi bendición apostólica.


(Traducción particular no oficial desde el inglés)

Texto en inglés:
http://www.fides.org/ita/magistero/bxvi/adlimina_taiwan_121208.html

 


Publicado por verdenaranja @ 22:59  | Habla el Papa
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