Mi?rcoles, 24 de diciembre de 2008

La Oficina de Prensa del Obispado de Tenerife nos envía el siguiente artículo para nuestra reflexión.

"Pequeña y real historia de "milagros de vida" para noche tan significativa. Ha sido publicado este fin de semana en la cabecera de Vocente y lo reproducirá el XL que se publica el próximo domingo con DiariodeAvisos. Su historia ha recibido el premio Derechos de la Infancia y Periodismo de la asociación de la prensa de Madrid por el reportaje Supervivientes Natos"


Ethan, el bebé milagro

Desde que nació, Ethan ha luchado cada minuto para crecer, vivir y desarrollarse. Hoy es un niño sano contra todo pronóstico, un bebé feliz contra todo pronóstico. Cuando lo conocí, hace nueve meses, estaba en una incubadora de la UCI neonatal del hospital La Paz, pesaba 900 gramos, llevaba mascarilla de oxígeno y necesitaba una transfusión de sangre. A pesar de su dramático aspecto, era uno de sus días buenos y, cuando busqué un testimonio para XLSemanal, su madre, Noa Suskind, se presentó voluntaria con la mejor de sus sonrisas. Un médico nos insinuó que no era un buen caso, que había otros niños prematuros con más posibilidades de salir adelante. Con Ethan, todo lo que podía ir mal estaba yendo mal; sin embargo, para sus padres «que apareciese en un reportaje significaba que, pasara lo que pasara, la existencia de nuestro hijo había dejado una huella».

Otros progenitores se consideraron ofendidos por nuestra presencia, temerosos de que estuviésemos allí para explotar su dolor. «Mi hijo no es un mono de feria», dijo una madre indignada por el flash. Y es lógico, en una UCI neonatal hay muchos nervios, miedo, rabia contenida que se revuelve con una mirada indiscreta, rabia hacia los médicos, rabia hacia la pareja o, incluso, rabia hacia los niños, que yacen en las incubadoras, inermes, desproporcionados y enfermos. En la UCI neonatal hay dolor en estado puro. Noa Suskind y Michael Moradiellos lo saben bien, pero desde el principio se aferraron a la vida de su hijo con un optimismo irracional. Ethan nació con 25 semanas, 700 gramos y 30 centímetros, a los cuatro días sufrió una hemorragia cerebral, sepsis y problemas pulmonares que implicaban una operación a corazón abierto. Todo estaba en su contra, pero a pesar de los pronósticos los padres eligieron la cuna, el cambiador y el carrito porque necesitaban «visualizar el futuro en positivo. Si él estaba luchando, nosotros también teníamos que luchar, era lo mínimo». La fuerza de esta pareja es fruto de su enorme deseo por tener un hijo. Noa siempre había soñado con ser madre y lo consiguió, pese a que a sus 30 años tiene un largo historial de problemas cardiacos y ginecológicos que hacían aparentemente inviable su embarazo. Los dos son belgas: Noa, de origen judío, y Michael, hijo de inmigrantes españoles, pero se conocieron y enamoraron en Madrid, donde ella estudiaba comunicación y él, arquitectura. En los roles de la pareja, a Michael le tocó ejercer el papel más pragmático. «Cuando Noa estaba desesperada, yo tenía que poner el optimismo. Tenía que recogerla cada día y hacer que volviera conmigo o nunca habría salido del hospital.»

En marzo, un día después de nuestra entrevista, Ethan empeoró. «Pasó casi dos meses encadenando una infección tras otra –recuerda su madre–. Era un círculo vicioso: le daban antibióticos y a las dos semanas mejoraba, pero las vías por donde le suministraban la medicación eran una fuente constante de bacterias y volvía a recaer. Sus pulmoncitos estaban muy afectados, le pusieron un respirador con alta frecuencia y para que no luchase contra las máquinas decidieron sedarlo. Estaba totalmente planchado. Los antibióticos no le hacían efecto y sufrió una nueva sepsis fulgurante. Según los médicos, un bebé tan frágil no iba a ser capaz de sobrevivir a otra infección. Estábamos destrozados. Todo el mundo pensaba que no lo iba a conseguir. Los otros papás cruzaban miradas con las enfermeras y bajaban los ojos. Aquella tarde, cuando me pidieron que abandonara la sala, no lo pude soportar. Estaba convencida de que esa noche era el final y quería estar a su lado. No podía dejarlo solo y empecé a gritar a las enfermeras hasta que me desalojaron por la fuerza. Fue el momento más duro de mi vida.»
Sin embargo, a la mañana siguiente las cosas cambiaron. Muy lentamente, poco a poco, los parámetros empezaron a mejorar y se pudo bajar la ayuda respiratoria de Ethan. Su madre escribió en un correo electrónico a todos sus amigos: «Ethanou rozó lo peor, pero ha conseguido escapar. Nuestro campeón es increíble. Ness gadol haya po», una frase en hebreo que significa `un gran milagro ha ocurrido aquí.


A mediados de abril cesaron las infecciones y la progresión de Ethan se aceleró. Seguía bajo de peso, pero ya no tenía fiebre y estaba más vital. Por fin, el 25 de abril abandonó la UCI para entrar en Cuidados Intermedios. Pero el paso definitivo llegó el 20 de junio. Con un mes de vida había sufrido una obstrucción del meconio y hubo que practicarle una ileostomía, una incisión en el intestino grueso para crear una abertura artificial a través del cual los intestinos eliminan los productos de desecho dentro de una bolsa. Ahora por fin iban a cerrar esa abertura para que su intestino empezara a funcionar con normalidad. La operación fue un éxito y en unos días Noa experimentó una sensación completamente nueva. «Ethan siempre había estado conectado con algo. Cuando lo cogía, no podía apartarme de la incubadora ni un metro. Cuando le quitaron la vía pude abrazarlo, por primera vez, sin cuidado. Puede parecer una tontería, pero una vía es una cadena que te conecta con el hospital y con la enfermedad y Ethan por fin estaba empezando a ser libre.»

El 11 de julio, viernes, a las siete de la tarde Ethan, Michael y Noa subieron las escaleras de su casa. La primera noche la pasaron en vela, torpes y temerosos como cualquier primerizo, y el sábado decidieron salir a pasear. «No queríamos ser como otros padres de prematuros, que se encierran en casa por miedo a que enferme. Queríamos tener una vida normal.» Por primera vez salieron a comprar el pan juntos y por primera vez las señoras mayores se agacharon al carrito para decirle a Ethan que era un niño precioso. Cuando les preguntaron: «¿Qué tiempo tiene?», no supieron qué contestar. «Yo dije tres meses y Michael, un mes. Parecíamos dos bobos, pero no queríamos dar pena.»

Hoy Ethan tiene diez meses reales y seis meses corregidos, pesa seis kilos y medio y mide 67 centímetros. Cuando Fernando González Urbaneja, presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, me llamó para decirme que habíamos ganado el premio Derechos de la Infancia y Periodismo por el reportaje Supervivientes natos, mi primer pensamiento fue para Ethan. Recordé su cuerpecito, frágil y torturado, y pensé en llamar a Noa, aunque me daba miedo, por si tenía malas noticias. Al final ella se me adelantó, había leído lo del premio y me felicitaba: Ethan estaba bien y, lo que es más importante, sin secuelas. «Realmente es un milagro. Ha tenido todas las complicaciones posibles de un prematuro extremo y todas las ha superado. Es evidente que quería estar aquí, conmigo, así que yo soy la madre más feliz del mundo.»

Cuando volví a encontrarme con ellos, Ethan estaba en los brazos de Noa, dormido. Parecía otro, plácido y entregado, tan distinto de aquél sostenido por un respirador. Cuando se despertó, me miró a la cara y sonrió. Yo me deshice. «Está acostumbrado a las caras nuevas –me dijo Michael–, un día hice el cálculo y teniendo en cuenta que cada día hay tres turnos de enfermeras, en los seis meses que estuvo en el hospital vio mil caras.» Tal vez por eso le encanta estar con gente, aunque siempre necesita sentir a su madre cerca.

En su rutina diaria sigue habiendo visitas al médico: al neurólogo, al cardiólogo, al hepatólogo, al urólogo, al oftalmólogo… Es probable que, como la mayoría de los prematuros, pronto necesite gafas. Este mes ha empezado con la terapia de rehabilitación y estimulación en el Hospital del Niño Jesús y Noa está encantada. «Todavía no es capaz de sentarse, pero progresa cada día.» Su maduración es más lenta que la de un niño nacido a término, pero los prematuros necesitan al menos dos años para ponerse al nivel de los otros. Muy pronto podrá cumplir con el sueño de su padre: «En los peores momentos de Ethan, cuando estaba solo en casa, miraba a través de la ventana, al parque, y nos imaginaba jugando a la pelota. Ahora sé que pronto va a ser realidad».

Isabel Navarro


Publicado por verdenaranja @ 23:23
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