Lunes, 29 de diciembre de 2008

28 de Diciembre de 2008         
Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo B

 

Lectura del Evangelio según San Lucas: (2, 22-40)

 

Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones").

        Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.

        Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: 

- Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel.

        José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño.

        Simeón los bendijo diciendo a María, su madre:

- Mira: Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada de traspasará el alma.

        Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

        Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba.

 

Palabra del Señor

 

Lectio: ¿Qué dice el texto bíblico en su contexto?

 

          Éste relato, ambientado en el Templo, lugar de la presencia de Dios, está lleno de referencias al A.T. y consta de cuatro partes: la presentación de la escena (Lc 2, 22-24), la profecía de Simeón (Lc 2, 25-35), el testimonio de la profetisa Ana (Lc 2, 36-38) y el retorno de la familia a Nazaret. (Lc 2, 39-40).

          “…llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés”. (Lc 2, 22a). La Ley judía considera el parto, así como otros procesos orgánicos relacionados con la sexualidad, como una pérdida de vitalidad para la persona, que por medio de unos ritos debe restablecer su integridad y, con ello, su unión con Dios. (cfr. Nota de la Biblia de Jerusalén para Lv 12) Según la Ley: “…cuando una mujer conciba y tenga un hijo varón, quedará impura durante siete días… al octavo día será circuncidado el niño… peor ella permanecerá todavía treinta y tres días purificándose… No irá al santuario hasta cumplirse los días de su purificación” (cfr. Lv 12, 2-4). Lucas observa cuidadosamente que los padres de Jesús, como los de Juan, cumplieron todas las prescripciones de la Ley.

          “…llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor”. (Lc 2, 22b) La presentación del niño en el Templo no era obligada, aunque también está recogida en la Ley, así como la consagración de los primogénitos, cuyo texto cita Lucas; “Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son todos” (cfr. Ex, 13, 2). Según los más antiguos códigos de Israel, los primogénitos pertenecen a Dios, los de los animales se ofrecen en sacrificio; los primogénitos del hombre son siempre rescatados: “…Rescatarás todos los primogénitos de tus hijos, y nadie se presentará ante mí con las manos vacías”. (cfr. Ex 34, 20)

“…y para entregar la oblación (…) "un par de tórtolas o dos pichones". (Lc 2, 24) Ésta era la ofrenda de los pobres, la Ley obliga a hacer la ofrenda, pero también prevé el caso de la familia sin medios: “Cuando sus recursos no alcancen para una res menor, presentará a Yahweh, como sacrificio de reparación por su pecado, dos tórtolas o dos pichones, uno como sacrificio por el pecado y otro en holocausto” (Lv 5, 7).

“…no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor”. (Lc 2, 26) En hebreo “el Mesías”, en griego “el Cristo”, éste título, aplicado por los Salmos a David y a su dinastía, se ha convertido en título por excelencia del futuro Rey, el Mesías, de quien David era el tipo, y que aquí Lucas se lo otorga a Jesús. “El Mesías del Señor” es, literalmente, aquel que el Señor ha ungido, ha consagrado, para una misión de salvación, como el rey de Israel; finalmente, el Mesías, que instaurará el reino de Dios.

“…luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel”. (Lc 2, 32) El “Cántico de Simeón” (cfr. Lc 2, 29-32), llamado tradicionalmente Nunc Dimitis, según las palabras latinas de su comienzo en su uso litúrgico,  ha sido elaborado por el evangelista tomando como base, probablemente, los textos proféticos. Así el pasaje citado al comienzo de éste párrafo, parece corresponder con la siguiente profecía: “…Te voy a poner como luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. (cfr. Is 49, 6).

El tema de la luz es tratado en el N.T. siguiendo tres líneas principales: 1º Así como el sol ilumina el camino, así es “luz” todo el que ilumina el camino hacia Dios. 2º La luz es símbolo de la vida, la felicidad y la alegría; las tinieblas, símbolo de la muerte, la desgracia y las lágrimas; a las tinieblas del cautiverio se contrapone, pues, la luz de la liberación y de la salvación mesiánica, que alcanza incluso a las naciones paganas. (Éste sería el sentido del texto presente). 3º El dualismo luz-tinieblas viene a caracterizar los dos mundos opuestos del Bien y del Mal. (cfr. Nota de la Biblia de Jerusalén para Jn 8, 12).

“…será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada de traspasará el alma” (Lc 2, 34b-35). El evangelista anticipa ya que ésta misión de ser luz irá acompañada de hostilidad y persecuciones por parte de su propio pueblo. María, con su Hijo, se hallará en medio de esa contradicción donde los corazones deberán manifestarse a favor o en contra de Jesús. El texto: “derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén  un espíritu de gracia y oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único…” (cfr. Za 12, 10) parece inspirar esta profecía de Simeón; el evangelista Juan la citará para hablar de Jesús “traspasado” en la cruz.

Según la Ley, para garantizar la veracidad de un hecho se requiere la declaración de dos testigos; es así como, tras el testimonio de Simeón, Lc presenta a la profetisa Ana, la cual alaba al Señor por haber reconocido en Jesús al Mesías esperado, y difunde la noticia sobre él a cuantos viven abiertos a la Salvación. La conclusión: “El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba”. (Lc 2, 40) nos presenta cómo Jesús asume una vida con todos los condicionantes de la  humanidad. Lo poco que se dice de la vida oculta de Jesús es suficiente para apreciar el ambiente en que vivía el Salvador: sus padres eran obedientes y fieles a la Ley, y Jesús crecía en sabiduría, lleno como estaba de los dones de gracia con que el Padre lo colmaba.

 

Meditatio: ¿Qué me dice Dios a mí a través de la lectura?

 

          En esta escena, Lucas presenta a la antigua Alianza dando paso a la nueva, reconociendo en Jesús-niño al Mesías doliente y Salvador universal. Los personajes que aparecen en éste pasaje, Simeón y Ana, representan al pueblo judío que, precisamente en el lugar más sagrado, el Templo, encuentra al que será la gloria de Israel y la luz para los paganos. Hacia él converge la esperanza de la antigua Alianza. Pero, según la profecía de Simeón, esto se cumplirá en Jesús solamente siguiendo inevitablemente el camino de la cruz.

          El marco litúrgico en el que leemos hoy este pasaje es en el de la Fiesta de la Sagrada Familia, celebrando que Dios ha querido que su Hijo participara de la institución familiar afirmando, de esta manera, su carácter sagrado. María y José entran en el Templo como pobres miembros del pueblo de Dios para ofrecer su primogénito al Señor y para la purificación de la madre, tal como mandaba la Ley. Sin embargo, el Espíritu Santo inspira a otros dos sencillos miembros de éste pueblo para que proclamen que la antigua Promesa que esperaba Israel se ha cumplido: Jesús es el Mesías esperado.

          Sin embargo, Jesús, proclamado el Mesías en el Templo, aún deberá permanecer en el seno de su familia durante muchos años, para irse formando como cualquier ser humano, para aprender las tradiciones y la sabiduría de su pueblo y para ir ahondando en el propio conocimiento de su Misión. Contemplando a Jesús, María y José, la Sagrada Familia de Nazaret, hoy podemos dar gracias por la vida y la fe, recibida gratuitamente de Dios a través de la propia familia.

          Jesús ha nacido en una familia como la nuestra, con sus problemas y dificultades, con sus alegrías y esperanzas: ¿Le pido hoy que Él mismo enseñe a las familias las virtudes que brillaron en la casa de Nazaret: el amor, la laboriosidad, la unión, la justicia, la oración, etc.? Cada familia debiera ser escuela de ayuda mutua, de perdón y reconciliación. Y también, en este tiempo en que nos aturden los excesos del consumo: ¿pido y soy solidario con las familias más pobres, marginadas y necesitadas?.

 

Oratio: ¿Qué me hace decirle a Dios esta lectura?

 

          Sagrada familia de Nazaret, que vivisteis la experiencia de asumir la Salvación de Dios en la sencillez y pobreza de un hogar, concede a nuestra familia la capacidad de ser también instrumento para que la Salvación de Dios alcance hasta los confines de la Tierra. Ayudadnos a estar abiertos a la vida que viene del Padre-Dios, a imitar la entereza del Hijo para afrontar los momentos de cruz con entereza, y a estar atentos al Espíritu Santo, para actuar en todo momento según sus inspiraciones.

          Concedednos ser pobres de espíritu, sencillos como Simeón y Ana, pero también estar atentos para saber descubrir el paso de Dios por nuestras vidas, como ellos lo hicieron. Concedednos valentía para dar testimonio de la Salvación que Jesús trae a todas las naciones, luz para los pueblos.

          Os pedimos, en fin, Jesús, José y María, saber llevar una vida digna, creciendo en la verdadera sabiduría, en estatura moral y en gracia divina. Ten en cuenta a tantas familias como sufren en el mundo, la injusticia y la pobreza, pero también aquellas que padecen la desunión, las rupturas y la tentación que hace sentirse dueños de la vida, envés de humildes administradores de ella.

                   

Contemplatio: Pistas para el encuentro con Dios y el compromiso.

         

                   Impulsado por el Espíritu Santo, fue…

Mis ojos han visto al Salvador: luz para alumbrar a las naciones.

¡Lléname de sabiduría y de gracia ante ti, Dios mío!


Publicado por verdenaranja @ 21:03  | Espiritualidad
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