Lunes, 29 de diciembre de 2008

Lectio Divina para el domingo Segundo de Navidad B propuesta por la Delegación de Liturgia de la Diócesis Nivariense.

 

4 de Enero de 2009

Domingo II después de Navidad

 

Lectura del Evangelio según San Juan: (1, 1-18)

 

          En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra de hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. [Juan da testimonio de él y grita diciendo: “Este es de quien dije: el que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo”. Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

 

Palabra del Señor.

 

Lectio: ¿Qué dice el texto bíblico en su contexto?

 

El Prólogo del Evangelio de S. Juan es, con toda probabilidad, un antiguo himno cristiano que expresaba la fe de la comunidad en Cristo como Palabra eterna de Dios y su influencia en el desarrollo de la historia. El evangelista debió tomarlo, añadiendo los versículos referidos a Juan Bautista, probablemente con el fin de situar en su lugar correspondiente ésta figura, ante la excesiva importancia que los discípulos del Bautista tenían de él. Es por ello que la lectura litúrgica permite prescindir de dichos versículos, que hemos marcado entre corchetes.

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios”. (Jn 1, 1-2) La “personificación” que encontramos aquí de la Palabra corresponde con la tradición sapiencial judía, consolidada especialmente tras el exilio, cuando el peligro del politeísmo para Israel ya había pasado, y que dotaba a la Sabiduría de un carácter personal: “Yahweh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que la tierra.” (cfr. Pr 8, 22-23s). “La sabiduría hace su propio elogio (…) Yo salí de la boca del Altísimo y cubrí como niebla la tierra…” (cfr. Eclo 24, 1-3s). Los pasajes citados nos muestran que la idea de la existencia en Dios antes del mundo ya es un tema asentado en la literatura veterotestamentaria.

“Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho”. (Jn 1, 3) Ésta Palabra, por la que todo fue creado, es enviada al mundo para revelar los secretos de la voluntad divina y, terminada su misión, retorna a Dios: “Él envía a la tierra su mensaje, a toda prisa corre su palabra”. (cfr. Sal 147, 15s). “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos a la tierra y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar (…) así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mi de vacío, sin que haya realizado (…) aquello a que la envié” (cfr. Is 55, 10-11). El propio evangelista nos transmite así la misión de Jesús “sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía…” (cfr. Jn 13, 3); “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (cfr. Jn 16, 28).

          “Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció”. (Jn 1, 10) En el Evangelio el “mundo” designa unas veces el universo o la tierra, otras el género humano, otras el grupo de personas contrarias a Dios y persiguen a Cristo y sus discípulos. S. Juan contrapone “este mundo”, sometido al poder del mal, y “el mundo venidero” que aguardamos. De momento, los discípulos han de permanecer en el mundo sin ser del mundo: “Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí (…) Yo les he dado tu Palabra, y  el mundo les ha odiado (…) no te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo”. (cfr. Jn 17, 11.14-15)

“Y la Palabra de hizo carne, y acampó entre nosotros”. (Jn 1, 14a) La “carne” designa al ser humano en su condición débil y mortal. Pero S. Juan emplea aquí este término para subrayar el realismo de la venida del Hijo en la humanidad. Hay un salto entre aquella presencia invisible y temible de Dios en la antigua Alianza, y esta presencia personal y palpable de Dios entre los hombres, acaecida a través de la Encarnación de la Palabra.

“…y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. (Jn 1, 14b) La Gloria era la manifestación de la presencia de Dios, tal como se nos narra repetidamente en diversos pasajes del A.T.: “La gloria de Yahweh descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días. Al séptimo día, llamó Yahweh a Moisés de en medio de la nube”. (cfr. Is 24, 16). Así, en los escritos veterotestamentarios, ésta gloria expresa la majestad inaccesible y temible de Dios. La gloria llena la Tienda del encuentro durante la travesía del desierto, como luego tomará posesión del Templo de Salomón. Su resplandor era tan pavoroso que ningún mortal podía verlo: “…mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo”. (cfr. Ex 33, 20). Pero, si en la antigua Alianza dicho resplandor se hallaba por entonces atenuado por la nube, ahora lo está por la humanidad de la Palabra Encarnada.

 

Meditatio: ¿Qué me dice Dios a mí a través de la lectura?

 

          El Prólogo de S. Juan es una síntesis de todo el misterio de Navidad en clave de meditación. Jesús-niño es la revelación de Dios, la verdad de Dios y del ser humano. El momento culminante de este pasaje, especialmente contemplado en este tiempo de Navidad, es el versículo: “Y la Palabra de hizo carne”, ya que contiene el hecho de la Encarnación, núcleo central de la Navidad: el Hijo de Dios se ha hecho hombre asumiendo la fragilidad de toda criatura.

          Jesús, Palabra encarnada, hace a dios visible y cercano para el ser humano, siendo su reflejo. De este modo, toda la historia y la realidad humana tienen vida por la Palabra, porque en Jesús todo encuentra significado. El evangelista trata de transmitirnos, como testigo privilegiado que es del hecho narrado,  el papel de Jesús como revelador y testigo veraz de Dios.

          Pero también la Navidad nos hace visible la manera en que se ha realizado la encarnación: ha elegido la vida del pobre y del derrotado para que nosotros pudiésemos vislumbrar el poder de Dios en su elección de la pobreza. ¿Me doy cuenta, al meditar estos días, de que Jesús quiere ser buscado, reconocido y acogido como pobre necesitado y sufriente? Con su nacimiento, además, nos ha hecho también el don de ser hijos; así, la Navidad de Jesús es también nuestra Navidad, la de nuestro renacer a una vida nueva. ¿Vivo así estos días que estoy celebrando con toda la Iglesia?

 

Oratio: ¿Qué me hace decirle a Dios esta lectura?

 

          Oh, Cristo, Palabra eterna que, siendo pronunciada por el Padre nos ha creado, y habiendo sido enviado al mundo nos redimiste. Concédenos la dicha de profundizar en la contemplación de estos misterios que en este tiempo de Navidad nos invita a meditar. Que seamos capaces de asumir en nuestra vida la Luz que nos ha traído Jesús y podamos desterrar las tinieblas que nos atenazan.

          Has venido a tu casa, y has padecido el dolor de no ser recibido entre los tuyos, Señor. ¡Cuántas veces también has venido a mí y yo no te he acogido! ¡Cuántas veces me he avergonzado de dar testimonio de ti delante de mis hermanos! Que yo quiera recibirte siempre, Señor, para llevarte a aquellos que hoy también siguen cerrándote las puertas.

          Tú has asumido nuestra carne, con todas sus debilidades excepto el pecado. Y desde esta pobreza has realizado nuestra Salvación. Quisiera asumir yo en mi vida, Señor, la convicción de que justamente a través de medios pobres es como se manifiesta tu Gloria; de este modo quiero vencer la tentación de malgastar fuerzas buscando los poderes de este mundo, pues tu mismo dices que “a cuantos te reciben, les das poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”.

 

Contemplatio: Pistas para el encuentro con Dios y el compromiso.

 

En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Y la Palabra de hizo carne, y acampó entre nosotros.


Publicado por verdenaranja @ 21:11  | Espiritualidad
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