Viernes, 02 de enero de 2009

El obispo emérito de la Diócesis de Tenerife Don Damián Iguacen Borau nos sorprende de nuevo con un artículo dedicado a la Virgen María, perteneciente a una serie de folletos en los que reflexiona sobre las diversas advocaciones de la Madre de Dios. Esta vez hemos recibido el escrito titulado “Nuestra Señora del Agua” que lleva como portada el icono ruso “Madre de Dios Fuente de la vida”, ante el que el obispo nos invita a reflexionar y a orar. (Colocamos unos extractos de la reflexión)

 

NUESTRA SEÑORA DEL AGUA

 

Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de la Diócesis Nivariense

1. Estamos ante el icono de la «Madre de Dios, Fuente de la vida». Según una anti­
gua tradición, la Virgen María se apareció en las afueras de Constantinopla y señaló una fuente que había hecho brotar, milagrosa, cuyas aguas corrían por el bosque próximo. En el icono vemos un enfermo que bebe esta agua y queda curado ante la admiración del pueblo de Dios que contempla esta escena. Muy pronto se edificó allí un templo dedicado a la Vir­gen María. Algo parecido ocurrió en Lourdes. Es frecuente encontrar ermitas, santuarios, capillas o imágenes de la Virgen María junto a fuentes, ríos, estanques de agua. La devoción popular asocia con toda naturalidad el agua a la Virgen María y hasta la llama «Sellada Fuente pura de gracia y de piedad».
 

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La Virgen María, «Nuestra Señora del Agua» nos invita a pensar en el agua, a agra­
decer a Dios el don del agua, a valorarla y a usarla bien. El agua merece una buena acogida y una buena distribución. Y al hablar del agua no podemos olvidar a su Creador. Hoy preo­cupa mucho el problema del agua, a nivel mundial. Hay foros y Exposiciones del agua. Este elemento vital se va haciendo problema, que se intenta resolver «científicamente», «técnica­mente», «políticamente»; todo esto está bien y tiene que ser; pero no es suficiente. Da la impresión como si estuviéramos a la orilla del río; vemos pasar el agua; hablamos del agua; usamos el agua; sin preocuparnos de la fuente; como si no tuviera fuente; como si el agua depen­diera de nosotros; sin preguntar por la fuente; ignorándola, e incluso, queriéndola cegar.

Aquí está la Virgen María, «Nuestra Señora del Agua», «Madre de Dios, Fuente de la Vida». Dios es la Fuente de toda vida. La Virgen María nos lleva, nos enseña la Fuente, el Creador de esa agua que tanto preocupa a científicos, técnicos, políticos y usuarios. No ignoremos la Fuente. Contemos con la Fuente. «Atención los que olvidáis a Dios», eso no es científico. En la inauguración de los monumentales telescopios de Canarias, algunos cien­tíficos extranjeros me dijeron: ¿Y aquí no se hace una oración, un recuerdo, un canto al Creador de estas maravillas que vamos a contemplar con estos magníficos instrumentos? Ofi­cialmente, nada. Pero en nuestros corazones muchos entonamos el salmo 18: «Los cielos pro­claman le gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos». Dios es la Fuente, esa «Fuente escondida, que bien sé yo do tiene su manida, aunque es de noche». Qué lumi­nosa y esclarecedora es la fe, compañera inseparable de la ciencia y el progreso.

2. ¡Agua! ¡Qué maravilla! «Aguas del espacio, bendecid al Señor». San Francisco
llama al agua «hermana»: «Y por la hermana agua, preciosa en su candor, que es útil, casta, humilde, ¡loado, mi Señor!». El agua es preciosa y útil, tan útil que sin agua no hay vida. Si el agua desapareciera de la Tierra, desaparecería todo vestigio de vida.

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A un maestro de vida cristiana le he oído que hay siete cántaros en el mundo: «el cántaro de agua del seno materno; el cántaro de agua de lluvia; el cántaro de agua del mar; el cántaro de agua de manantial; el cántaro de agua de los ríos; el cántaro de agua de los gri­fos; el cántaro de agua bautismal». Y la liturgia dice: «Y sacaremos con gozo del manantial de la Vida las aguas que dan al hombre la fuerza que resucita». 

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4. Las nubes descargan sus aguas a veces en forma de tormenta, acompañadas de rayos, relámpagos y truenos, «cuajadas» en granizo y pedrisco, que asola los campos, se pier­den las cosechas y resulta inútil el trabajo y los sudores del labrador. El salmista describe este terrible fenómeno hablando con Dios: «Las nubes descargaban sus aguas, retumbaban los nubarrones, tus saetas zigzagueaban, retumbaba el estruendo de tu trueno, los relámpa­gos deslumbraban el orbe, la Tierra retembló estremecida».

Pero el salmista nos invita a ver la majestad de Dios en la tormenta: «Hijos de los hombres, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor. La voz del Señor sobre las aguas, el Señor en la Gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales. El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno. El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz». Que «Nuestra Señora del Agua» nos ayude a descubrir que siempre «el Cielo proclama la gloria del Señor y el firmamento pregona la obra de sus manos; el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra».

5. Tambien hay agua que mana del suelo: las fuentes, los manantiales. Qué maravi­
lla una fuente, un manantial. «Manantiales, bendecid al Señor». Hay fuentes naturales, que siem­pre manan, unas veces a borbotones, como saltando el agua, a veces silenciosamente o con un rumor como de oración. Todo manantial tiene una belleza y encierra como un misterio. Qué bien se está junto a una fuente, cuánto se aprende junto a un manatial. A veces, la fuente está escondida y cuesta encontrarla.

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Pensemos de qué serviría el agua de la fuente si estuviera corrompida, si no fuera potable, ¿beberíamos de ella? Nos está diciendo: «Conserva tu corazón limpio, como el agua cristalina de la fuente, como estas aguas cristalinas del arroyo, y así, como ellas, podrás tú reflejar en tu vida las estrellas del cielo y las flores de la Tierra. Dice el salmista: «Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría y amor. De los manantiales sacas los ríos para que fluyan entre los montes; en ellos beben las fieras del campo; junto a ellas habi­tan las aves del cielo y entre las frondas se oye su canto. Desde tu morada, Señor, riegas los montes y la tierra se sacia de tu acción fecunda». Y el poeta místico comenta: «Y, como codi­ciosa, por ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa, una fontana pura hasta lle­gar corriendo se apresura.Y luego, sosegada, el paso entre los árboles torciendo, al suelo de pasada, de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo».

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Dios no es «fuente intermitente»; pero, sí es «fuente escondida». Es fuente perma­nente, pero escondida; no lo veo, pero está. Cuántas veces en las negativas es cuando está más cerca de nosotros. Nos pide actitudes de «niño», de hijo que se fía enteramente de su padre. Verdaderamente es un Dios escondido. «Aquella eterna fuente está escondida, que bien sé ye do tiene su manida, aunque es de noche». Dios nos pone a prueba, porque nos ama, para aquilatar nuestro amor; parece que se va, que no nos quiere, como si no estuviera; eso «dice el necio en su corazón: no hay Dios» pero, no es verdad. «En esta oscura noche de esta vida, que bien sé yo la fonte frida, aunque es de noche». Dios siempre está con noso­tros. Qué hermoso el «cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe». El «Geiser» es una fuente intermitente que lanza al aire con fuerza un surtidor de agua caliente, una espe­cie de volcán acuoso. Qué símbolo tan expresivo del Corazón de Dios Amor, fuente de amor, que brota con fuerza sobre cada uno de nosotros, para calentar nuestro frío corazón.

7. Hay fuentes artísticas y fuentes monumentales. En ellas el agua salta y hace cabrio­las, se eleva y sube como una palmera, dibuja figuras geométricas y encajes luminosos de agua transparente de varios colores. Son como la versión doméstica del «agua en movi­miento». Que no sean sólo un monumento. Nos recuerdan las palabras de Jesús junto al pozo de Jacob: «El agua que yo le daré se hará en él una fuente que salta hasta la vida eterna». Esta agua viva que salta hasta la vida eterna es la gracia santificarte. Al escuchar el rumor de estas aguas entremos en nosotros mismos: «Siento en mi interior la voz de un agua viva que me dice: Ven al Padre». 

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Hay pozos de agua. Y cisternas y depósitos de agua. El pozo tiene una larga historia en la vida de la humanidad, en la historia de la divina revelación y en la tradición de la Igle­sia. También Jesús esperó junto a un pozo a que alguien le sacara agua para apagar su sed. Cada persona es un pozo. A cada persona el Señor viene a pedir agua: «Dame de beber». El pozo es también un símbolo. Sacar agua del pozo es toda una liturgia, exige un esfuerzo mayor que ir a la fuente. Un pozo agrietado no puede retener el agua. «Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y se han fabricado cisternas, pozos agrietados, que no pueden rete­ner el agua», dice el Señor.

El pozo también encierra peligros; ante él hay que tomar precauciones. Qué paradoja: ir a por agua al pozo y morir ahogado. En la vida hay muchos peligros, podemos caer en algún pozo. «Vigilad y orad, para no caer en la tentación», dice el Señor. Muchos, por falta de vigilancia, de prudencia, por demasiada confianza en sí mismos, «fueron a por lana, y salieron trasquilados». Se dan muchos casos de «el alguacil, alguacilado». Se dan también muchos casos de personas que dan la impresión que están caídas en un pozo profundo y no hacen más que dar vueltas por el fondo del pozo. De un pozo no se sale dando vueltas, sino subiendo. «Levantemos el corazón», nos dice la Iglesia en la liturgia de la misa. «Lo tenemos levan­tado hacia el Señor» Que sea verdad.

8. El mar. Hay agua de mar. «Mares, bendecid al Señor». Los mares son grandes masas de agua salada, de color azul, como el cielo. Cielos y mares, de color azul ambos, parecidas realidades, paralelas, creadas por el mismo Señor: «suyo es el mar, porque El lo hizo», en él «bullen cetáceos y peces». El mar nos habla de inmensidad, de la inmensidad de Dios. «¿Quién ha medido a puñados el mar?». Se asoma San Pablo al misterio de Dios y exclama: «¡Oh abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!». Nosotros somos un puntito infi­nitesimal que admiramos su inmensidad, efímera flor de un día, fugaces y transitorios como la espuma que deja el barco al pasar.

Estamos rodeados de mares. Los mares bañan las costas de todas las islas, y de todos los continentes. El mar es un gran medio de comunicación para hermanar a todos los hom­bres. Basta con salir de las aguas propias para tener el camino abierto y poder visitar a los hermanos. Aprendamos a convertir los obstáculos en medios para el encuentro. El mar se atraviesa remando, navegando. Aquí hay una invitación al esfuerzo personal.

El mar tiene peligros y los que andan por él han de ser expertos. Nos enseña a ser prudentes.

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9. Los ríos. Hay agua de ríos. «Ríos, bendecid al Señor». «El alumbró manantiales y torrentes; El secó ríos inagotables». El profeta, emocionado, dice: «me mostró un río». Qué maravilla son los ríos. Y cuántas cosas podemos aprender de ellos. El agua que discurre ante nuestros ojos nos recuerda la fugacidad de las cosas y lo transitoria que es muestra vida. «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en el mar, que es el morir». A la orilla del río vemos con qué rapidez va pasando lo que lleva el río flotando. «Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando: Se viene la muerte, pero nuestra vida no termina, se transforma. El mar es el fin del río; pero la muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la vida eterna. «Se acabaron la lucha y el camino, y, dejando el vestido corruptible, revistióme mi Dios de incorruptible». La muerte no nos sumerge en el «absoluto anónimo»; la muerte nos lleva a Dios, que es la Vida. A El hemos de rendir cuentas de nuestra vida aquí. Pasemos esta vida haciendo el bien.

El agua del río está de paso, pero pasa haciendo el bien: «la tierra se sacia de su acción fecunda». Sólo hace daño cuando se desborda. Bien canalizada, se transforma tam­bién en energía eléctrica; al mover las turbinas de las centrales escalonadas a lo largo de su curso y apenas perceptibles. Qué energía sobrenatural puede producir, cuánto bien hace al mundo la «vida escondida con Cristo en Dios» de tantos hombres y mujeres consagrados al Señor.

El río es, también, un medio de transporte y lo ha sido a lo largo de la historia. No sólo transporta las cosas que lleva flotando, sino que se transporta a él mismo, sigue siendo él mismo hasta la desembocadura. El río es tradición, un precioso símbolo de la Tradición. La sagrada Escritura y la Tradición son las dos fuentes de la revelación divina. Tradición no es una mera sucesión de cosas, que se puede interrumpir y luego seguir. La Tradición, si se interrumpe, ya no es tradición. El río, si se para, ya no es río, es agua estancada. La Iglesia es toda tradición, fidelidad a Dios a través de los siglos. 

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10. También hay arroyos, riachuelos, torrentes , que son pequeñas corrientes de agua, que tienen su misión. El torrente es una corriente de agua impetuosa y poco duradera, que suele producirse como consecuencia de grandes lluvias, aguaceros o rápidos deshielos. Los arro­yos, los riachuelos, suelen nacer en primavera, cuando el sol reblandece la nieve. Qué alta y qué bella es la cuna de los arroyos, cuna de nieve y de sol. Se deslizan suavemente por las laderas, al principio lentamente, silenciosamente, van recibiendo otras aguas, crece su caudal, el agua juguetona salta y canta, va encontrando nuevas cosas y acaba en un río al que acrece o en un embalse o pantano; sus aguas, conducidas por galerías y tubos, mueven turbinas gigantescas que producen electricidad. «Aquel líquido limpio y fluido del valle que sacrificó su trayectoria natural se ha convertido en fluido sutil que da luz, calor, movimiento, y sostiene la vida del mundo». Precioso símbolo de la vida escondida, ofrecida al Señor.

«Vi un torrente de agua que brotaba del lado derecho del Templo y todos aquellos a los que llegaba esta agua quedaban salvados». Esta visión profética de Ezequiel se cumple en Jesucristo. La Sangre de Cristo, derramada en la Cruz, alcanza a todos los siglos de la historia; se derrama por todas las latitudes; fructifica en todas las edades de la vida humana; penetra en todos los niveles y categorías sociales; hermana a todos los hombres y los hace iguales ante Dios; es como un riego que hace germinar toda clase de virtudes y carismas. Qué alegría: «En el camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza».

Aquellos cuatro ríos del Paraíso se representan en la iconografía cristiana cayendo de una montaña sobre la que está el Cordero degollado, y simbolizan los cuatro Evangelios, que llevan el agua de la doctrina y de la salvación. Para el evangelista San Juan los ríos de agua viva que brotarán del seno de Jesús y de las creyentes simbolizan, con su fértil virtua­lidad, al Espíritu Santo que habían de recibir los cristianos.

El Apocalipsis describe la Jerusalén del cielo y pone en ella un río de agua de vida, clara como el cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero, y corre por las calles de la ciudad. A un lado y a otro del río hay árboles plantados, árboles de vida, que dan doce fru­tos al año y sus hojas son saludables para las naciones. Se trata de un mundo, de una huma­nidad que ha alcanzado por fin la plenitud anunciada y presagiada en el Génesis. Ya no habrá nada maldito. Todas estas imágenes sirven para expresar la dicha de los moradores del cielo, que gozan de vida eterna. Entonces sí que la vida y la luz y la bendición y el reino glorioso serán una realidad eterna.
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Las nubes aparecen en la historia de la revelación, en la vida de la Iglesia y en la vida de cada uno de nosotros. Dios habla desde la nube. La nube señala su presencia al mismo tiempo que la oculta. Las nubes son signo de apoteosis y epifanías. A través de la nube se percibe la presencia del Señor, pero esa misma nube vela su rostro: está ahí, pero invisible. La marcha del Pueblo de Dios por el desierto continúa para nosotros. Dios está aquí. El Señor está realmente presente, con nosotros, está presente en la sagrada Eucaristía, pero oculto en la nube de las especies sacramentales. Nuestro camino es un caminar en la fe, que «suple las deficiencias de nuestros sentidos». No lo veo, pero está. Un profundo sentimiento de intimi­dad y de trascendencia.

Hay muchas nubes en nuestro caminar por la vida. Con estas nubes Dios no nos quiere despistar. Dios no es algo nebuloso, anónimo, inasequible, inasible, un ideal huidizo, inac­cesible, una abstracción. Dios es Amor. «La Iglesia enseña que el Dios único y verdadero, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza por sus obras, gracias a la luz natu­ral de le razón humana». «Dispuso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual, los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu y se hacen consortes de la naturaleza divina». Pastor de nuestras almas, busca a sus ovejas perdidas, no se hace buscar, El viene a nosotros. Lo nuestro es acogerlo.
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12. La Virgen María, Nuestra Señora del Agua, es invocada por la Iglesia también como «Vaso». El agua y el vaso están muy relacionados. Vaso, así, en general, es un reci­piente, de cualquier materia y forma, apto para recibir y retener cosas y sobre todo líquidos. Según la Sagrada Escritura las personas somos «vasos» destinados por Dios para llevar el bien, para «dar de beber al sediento». Las personas que así lo hacen son «vasos de elección». Los injustos y fraudulentos se llaman «vasos pésimos». Pero, todos somos «vasos de barro», frágiles, que nos rompemos fácilmente, y tenemos que andar con cuidado. «No echéis en saco roto la gracia de Dios», nos dice el Apóstol.

Hemos de ser «vasos preciosos». Los vasos son preciosos o por la materia y forma artística que tienen, o por lo que contienen, por el uso que se hace de ellos, o por la utili­dad que nos reportan. El cristiano es un vaso de elección destinado por Dios a llevar el Evan­gelio por todas partes, a colaborar con el Señor en la obra de la redención del mundo. Gran­des tesoros ha depositado el Señor en nosotros. No seamos vasos rotos, que derraman el agua. ¿Para qué sirve el agua derramada? El vaso recibe, retiene y da a beber el agua que guarda. Sea de la materia, que sea, qué maravilla el cántaro, el botijo, la cantimplora, la botella, la redoma, siempre a punto para que beba el sediento. La materia y la forma artística son valo­res añadidos, valores que sirven de muy poco para uno que se acerca a ellos a beber y no contienen agua. No nos quedemos para nosotros mismos los dones que el Señor nos ha dado; en el darnos a los demás con amor encontraremos una gran felicidad.

El agua merece un gran respeto. Tiene sus leyes; cuando no se respetan, el agua, que es una bendición, se vuelve castigo; es vital, pero también letal; es refrescante y clara, pero se puede envenenar; da vida, pero también ahoga. No abusemos ni maltratemos ni desperdi­ciemos el agua. No malgastemos los dones de Dios, no juguemos con la vida. Con agua enja­bonada se suele hacer burbujas y pompas que, «cuando de lejos se miran / cautivan el cora­zón /, mas, se ve que nada son / cuando al tocarlas espiran» El agua hecha granizo, en el suelo parece una perla preciosa; pero, al tocarlo, se disuelve en agua. Cuántas locas ilusio­nes son un «pedrisco» para el espíritu. Y «cuántos, por lavar quizás / las manchas de su con­ciencia, / empañan con insolencia / el honor de los demás». Seamos vasos de elección, por­tadores de la Buena Noticia. 

En la Letanía Lauretana tres veces llamamos a la Virgen María «Vaso»: Vaso espiri­tual, Vaso venerable, Vaso insigne de devoción». Y lo hacemos con toda razón. Ella es Vaso que contiene el maná que nos alimenta, y encierra en sí toda delicia. Ella es Vaso lleno del Amor encarnado en su seno purísimo, Jesucristo, Fuente de agua viva, alimento sobrenatu­ral. Ella es «Copa de salvación», «Arca de la Nueva Alianza», Sagrario y Custodia viviente, Templo de la Santa Trinidad, Vaso insigne, Virgen acogedora, que nos enseña y ayuda a ser nosotros también acogedores, vasos llenos de agua, para saciar la sed de Jesús y la de todos los «sedientos». «La Fuente sellada que brotó del Edén es la Santa Madre de Dios». «Salve, Fuente de vida y salud. Salve, Fuente que lavas las almas. Salve, oh Copa que derrama ale­gría. Salve, oh Santa Madre de Dios, Fuente de la vida».

Nuestra Señora del Agua, ruega por nosotros.

Mons. Damián Iguacen Borau

Diversas variantes de la advocación «Nuestra Señora del Agua».


Nuestra Señora de las Aguas.

Nuestra Señora de dos Aguas.

Nuestra Señora de entre Aguas.

Nuestra Señora de Entrambasaguas.

Nuestra Señora de Aguas Santas.

Nuestra Señora de Aguas Vivas.

Nuestra Señora de Bañales.

Nuestra Señora de los Baños.

Nuestra Señora de la Barca.

Nuestra Señora de Buenafuente.

Nuestra Señora de los Canales.

Nuestra Señora de la Cisterna.
Nuestra Señora Copa que vierta alegría.


Publicado por verdenaranja @ 18:09  | Espiritualidad
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