S?bado, 03 de enero de 2009

Día 3 de Enero
Santísimo Nombre de Jesús

Apostolado

 Celebramos hoy la fiesta del "Santísimo Nombre de Jesús", el nombre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, según declaró Juan de Jesús, viendo que se acercaba. En efecto, su nombre, Jesús –que significa Salvador– indicaba su misión, el sentido que tendría la vida del Hijo de Dios encarnado. No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Así lo advirtió el Ángel a su Madre en la Anunciación, y así quedó despejado el misterio para José –también por el ministerio de un ángel– de la Virgen encinta: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

        ¿Cómo se va a concretar esa Salvación para los hombres venida de Jesús? Yo he visto y he dado testimonio, asegura el Bautista. Y queda definida así a la perfección la personalidad apostólica –la propia de Juan–, que es asimismo la personalidad del cristiano. Fijémonos en su ejemplo, pues nos lo ofrece hoy la Liturgia. Como nosotros, fue testigo del mensaje evangélico, ese Anuncio Nuevo de que los hombres estábamos llamados, a partir de Jesucristo, a ser hijos de Dios. Y no se queda Juan indiferente o pasivo ante la noticia. Comprende inmediatamente la trascendencia que tiene para todos, y a todos quiere hacer partícipes de lo que supone la presencia de Cristo entre los hombres. Juan es –podemos asegurar– también salvador, como de hecho lo es cada cristiano que se siente responsable de su condición.

         La actitud apostólica es inseparable del verdadero cristiano. Si el mandamiento por excelencia es la caridad, el amor a los hermanos, como manifestación más notoria de amor a Dios, parece claro que los queremos verdaderamente sólo en la medida en que procuramos lo mejor para ellos. Pues participar de la filiación divina es lo que más puede engrandecernos a los hombres. Mucho más que cualquier otro talento o riqueza que podríamos desear o imaginar. Para ser hijos suyos nos creó Dios, y ser buenos hijos de Dios es el único fin que consuma nuestra vida. Y ser apóstoles supone algo tan elemental como procurar que los demás, nuestros iguales, reconozcan su condición de hijos Dios y que quieran ser consecuentes con ella.

        Aunque se trata de una tarea elemental, que no plantea apenas problemas entre gentes sencillas, como es el caso de los niños; no resulta fácil, sin embargo, en muchos otros casos. En particular cuando el hombre ha perdido la confianza en Dios y lo consideran, más que como un Padre amoroso, como un obstáculo de la propia autonomía, o incluso un rival de la libertad personal. A veces, en efecto, hay quien considera a Dios como una complicación incómoda, que lamentablemente existe, que dificulta más aún la vida, ya de suyo difícil entre el ajetreo diario los hombres.

        ¿Cómo es Dios para nosotros? Se hace necesario asegurar nuestra fe en la Revelación que hemos recibido de Jesucristo, pues, nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. Jesucristo, Hijo único del Padre, nos ha revelado que Dios es Amor, como dice san Juan, el apóstol amado. Pensemos, por ejemplo, en la conocida parábola del "hijo pródigo", en la que estamos representados –en aquel hombre que se marcha de la casa paterna y malgasta su herencia– los pecadores de todos los tiempos; y Dios, en aquel Padre que perdona, que espera cada día la vuelta del hijo, dispuesto a restituirle su favor apenas regrese arrepentido. No en vano se ha llamado también a ésta, la parábola del "padre misericordioso".

        Sin duda, muchos de nuestros iguales se sienten seguros de sí mismos y, sin embargo, viven tristes porque, habiendo sido creados para Dios, lo desconocen y, como dice san Agustín, no hallarán descanso sino en Él. Esperan sin saberlo que les contemos nuestra experiencia. Que les confesemos que, más de una vez, nos "tocó" hacer de hijo pródigo y que, otras tantas, hemos experimentado de inmediato el amor de Dios con nuestro "regreso", como la riqueza mayor que se puede pensar. En cada ocasión, cada vez que animamos a otro a "volver", se cumplen las palabras con las que concluye Santiago su carta a una joven comunidad de fieles: si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados.

        Si amamos a Dios de verdad nos dolerá que otros le ofendan, aunque no sepan que lo hacen. En todo caso, querremos que muchos más le amen, para que crezca más y más su gloria en el mundo. Pidamos al Señor la luz de la fe, también con la ofrenda de nuestra mortificación, para tantos que le buscan sin saberlo, porque intentan encontrar la felicidad donde no está: fuera de Él. La ilusión por acercar almas a Dios es manifestación clara de rectitud en el propio camino: de que amamos a Dios como Jesucristo. Él, con su corazón de hombre, nos quiere a todos felices junto a Dios, y con tal fuerza, que empeña su vida por nuestra salvación, porque es la única felicidad posible definitiva para los hombres.

        Juan Bautista habló de Jesucristo a los hombres de su tiempo para que la salvación de Dios, la vida de la Trinidad, se extendiera de modo más completo que con la ley de Moisés. En nuestro tiempo, aunque ha sido ya anunciado el Evangelio en muchos ambientes, se hace necesaria una nueva evangelización. Debe recordarse a todos el ideal divino, no humano, que Cristo vino a recuperar, dándole su acabada plenitud. Pues, en Jesucristo, como enseñó San Pablo, nos eligió antes de la constitución del mundo para que seamos santos y sin mancha en su presencia por el amor.

        La Reina de los Apóstoles recibió una especial luz, para penetrar el misterio de la economía salvífica en favor de los hombres, decretado por Dios desde la constitución del mundo. Nos encomendamos a Ella, para que sepamos hacer partícipes a los demás de la riqueza salvadora de Dios.

NOVEDADES FLUVIUM


Publicado por verdenaranja @ 13:01  | Espiritualidad
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